A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

LA LÓGICA DE LA SUPEROSTRA

Ilustración: Félix Guerra

SUPEROSTRA
Rigaostra torcuata

Mucho antes que la perla, existió el collar. El asunto resulta de fácil comprensión. La reticente ostra actual tuvo varios precursores. Entre otros, la superostra, que navegaba llevando a bordo una recua o ristra o ensarte o arria o traílla de perlas, que soltaba cuando un predador la colocaba en apuros o para elaborar un nuevo y rutilante collar o simplemente para arrojar lastre. Lo natural, y lo lógico, es eso, el collar completo. Existían ya, por supuesto y sobradamente, los destinatarios, es decir, los muchos cuellos que volaban o nadaban o reptaban. Lo extraño es la perla aislada. Porque ¿para qué sirve una perla sola metida entre las dos tapas de una concha que se resiste a abrir?

Lagartos

ESCOCÉS QUE SE HACE PASAR POR LAGARTO INCONSOLABLE

 

Ilustración: Félix Guerra

Ohlochloch

Lacertus scotchneesis moestus

   

Un lagarto ronda el sofá y la butaca, mas luego bracea por el lago tarareando: «Oh, Lochness, oh, Lochness…» El lago es pro­fundo, transparente y muelle, forrado con húmeda tela de chaque­ta y estampado con peces.  Es un trapo sedado y líquido en el que alguien dibujó además cornamusas, sardinas, mejillones y bote­llas bien tapa­das con sus corchos de alcornoque o de roble. El lagar­to no teme: usa cuello de tortuga en invierno, de fidich en verano y se abotona el otoño con bellotas de la arboleda. Ser­pentea el lagar­to por debajo de los cojines, disfruta  su inmen­sidad, mueve a ratos la leja­nía. Con almohadones azules alivia la fatiga lacus­tre y tran­sitoria de las alas. La gola de encajes que lleva al cuello flota por debajo de sus axilas y detiene por tramos la deserción de la marea: el agua no se atreve a mojar ni a chocar contra  sus alas ni contra su gola. Casi que con esas manio­bras infan­ti­les el lagarto enseña el pecho, que aún no confesó hasta la fecha si es de hembrita o de machito o si lleva el cascabel andrógino (que murmuran las leyen­das) colgándo­le del ombligo. Reca­tada(o) retroce­de hasta las inme­diaciones de sus instrumentos musicales. Hace flau con la flauta, pian con el piano, sax con el saxofón, gay con la gaita: con esa melo­día   molto alegre va acumu­lando espectadores en la ori­lla, en el perímetro de un aro risueño y creciente, a lo sumo de una tarde de ancho, donde la muchedumbre apretujada baila a fondo me­tiendo codos y barbi­llas. Levantan el pie, una pati­ta, un emble­ma, un corcho que salta, el tobillo que duele, una barrigui­ta adulta  y por detrás unas nalgas también bastante adultas. Reina la nalga­rabìa, el príncipe depone su corona, la multitud arrebata soni­dos, se levanta un himno de coro, el enmu­decido silencio des­pierta de las modorras y comienza a mover lento el pie y luego otro y luego otro, hasta que va a dar frené­tico contra el borde osci­lante de la laguna. El rey acarrea un montón de pitos relle­nos de pit, tambores reple­tos de tam-tam, y el bullicio aumen­ta y el jolgorio reina sin coronas ni corte­sanos, y la corona suena a corn, mien­tras la familia real, greñas al aire, se despa­tarra para subir hasta donde los toneles de whisky y cerve­za sirven a los parro­quianos que se  acercan sedien­tos. De pronto hay un pop  inusi­tado, al que luego sigue un pomp pop más estruen­do­so de cor­chos aven­tados en cualquier direc­ción. El líquido que por turno tocaba a una moza, a la reina, al príncipe, a un carre­tonero, al rey, salta incon­te­nible y rueda, cuesta abajo, pro­vo­cán­do­le temblores a la yerba de anís y a la ortiga  y al mordis­co del diablo y a la hipeca­cua­na  y al perifo­llo borde. Oh, qué música subli­me todos esos ruidos  re­vuel­tos, en cascada o círcu­los concé­ntricos. Qué feli­ces los huma­nitos, cuando toda­vía la sor­presa del acci­dente no le ha calado los tobi­llos ni se le ha subido a las cabezas. Pero el lagar­to ad­vier­te,  sí, cuando el whisky y la cerve­za inundan su  domicilio y provi­sional­mente se ale­gra del inesperado y enorme descor­chado ocu­rrido en la monta­ña. Del líquido  que colma la laguna, bebe, un barril tras otro, espuma tras espu­ma. Salta un corcho con su tonel  y golpea al sofá y a la butaca, el ambari­no ebrio sube las paredes del cris­tal, ensa­liva la raíz del manan­tia­l y rebota bravío en los páramos. La apoteosis sobrevie­ne cuando se hacen filar las filarmóni­cas, trompar las trompe­tas, y al plink plink de la gotas deletreadas por la tormenta en las aguas del lago. El infortunio empapa la tarde antes de que atardez­ca. La noche anochece antes de que rebuznen las estre­llas. Catás­trofe: se altera mucha alegría a la redonda. Buscan debajo de las sillas, en el mone­dero, las señoras en sus bolsos y en los bolsi­llos. Pero nada: heca­tombe. Re­gistran con buzos y una tecnología primitiva de imanes el fondo del lago. Reapare­cen solo un manojo de anti­guos puñales vengati­vos y solo algas y más algas. No, abso­lu­ta o casi abso­lu­ta­men­te conti­núa extraviada la espe­ran­za. La gola de enca­jes que el lagarto lucía siempre bien atada­ a su garganta, se ha perdi­do. La corriente arrastró la gor­gue­ra corriente arriba, hacia alguna ori­lla, o corrien­te abajo, hacia lo profundo, o la  diluyó, como sal en las aguas. Fueron las notas musica­les, su pandilla ente­ra, fueron el whisky, las cervezas, el vino,  el revolti­jo de toda esa flama mezclada. Fue el arrebato emocional de la muchedumbre, la falta de altivez de su alteza real, el descor­char sin ton ni son, la fragilidad de barricas y toneles. El acta policial echa flores por la boca. En el juzgado, fisca­les y jueces y defenso­res departen poco amiga­blemente y unos piden indulto general y otros cadenas de escla­vi­tud a perpetuidad y otros un whisky para calentar el frío de los huesos. ¿Y el lagar­to mismo, por qué dia­blos no se contu­vo ante las inespe­ra­das inun­daciones del alcohol? ¿No sabía el muy tonto, o el muy inocente o el muy poco escar­mentado por expe­riencias ante­riores, que con la gola no se juega, que sin gola no hay juegos ni fies­tas ni magia  ni nada? «¡Recorcholis!», voci­fera el portavoz de la autorida­des ecle­siás­ti­cas y también «¡Tamaña estupidez!», el portavoz de los jefes de clanes. Entre­tan­to el lagar­to busca deses­perado y por su cuen­ta, ondu­lando de la profundidad hacia la superficie y de la superfi­cie hacia las superficies, mostrando el morro ansioso y verdi­ne­gro, la cola o las lacrimo­sas pestañas en cada una de las ondu­lacio­nes.

Desde entonces la verbena entró en un largo paréntesis, se paralizó el flujo azucarado de la bajamar y la pleamar. La multitud quedó varada y rígida en sus contoneos danzarios. De los horizontes más cercanos y, de tarde en tarde, solo esca­pan suspi­ros y un millón de aves mustias que se apresuran a graznar con lenti­tud  en las inmediaciones de sus respectivos pára­mos. Suce­dió hace aproxima­damente muchos siglos, o quizás más, y el drama conti­núa en el nuestro, hoy, y seguro en los siguien­tes, acumu­lando esa edad casi infinita de las leyendas. Todo ocurre sin intermi­tencias, Taranis por medio, ante las orillas del Lochness. Transcurre, lago por medio, ante las iras perennes­ del ator­mentado dios de las tormentas.

 

UN MÁRTIR DE LA SOBREVIDA

CAGÓN COMÚN

Anolis vesiculus morbo

Una pregunta, tal vez indiscreta para la ciencia: ¿cómo la materia, en su irrupción organizada hacia formas cada vez  superiores de vida, fue a dar al callejón sin salidas de los dinosaurios? Según indicios y exploraciones, todo comenzó muy atrás pero muy bien, bajo los auspicios de la lógica y la racionalidad. El hidrógeno, el oxígeno, el carbono y hasta el minoritario nitrógeno, fundaron el triunfante partido de la vida, al que se adhirieron otros varios elementos químicos de orientación progresista. Aparecieron entonces aminoácidos, proteínas, enzimas. De ahí a las algas fotosintéticas, el camino ya no fue demasiado largo. Y cada paso resultaba gradual, paulatino, ascendente. Eso, claro, contemplados los sucesos desde una visión necesariamente retrospectiva y antropomórfica, es decir, susceptible de colosales equivocaciones.
Pero incluidos errores, ¿qué puñeta fue a hacer la evolución de la vida en ese recodo del Jurásico? Se argumenta que el alimento abundaba y que los animalitos comenzaron a comer más con la boca que con los ojos. Incluso los desganados tragaban a cuatro patas, cometiendo a cada segundo morrocotudos pecados de gula. Y la barriga creció. También lo que cuelga: muslos, nalgas, pechos y hasta algo la cabeza. El cerebro no: ese se alimenta distinto y los dinosaurios eran únicamente vegetarianos o carnívoros. Fue un minuto sórdido, en que la materia, aturdida por su ambición de alcanzar formas cada vez más complejas de vida, desembocó en magnitudes y pesos descomunales. Se atavió además con colmillos, garras y rugidos de dudosa utilidad. Aunque nunca oí críticas, tampoco escuché elogios para esos desafueros del Mesozoico.
Cierto que cualquiera se equivoca. Y cierto que rectificar es de sabios. Así, un día, bajo una dilatada racha autocrítica, los dinosaurios comenzaron (¿inexplicablemente?) a extinguirse. La defunción de esos superpesados del reino animal, dio lugar a un inevitable hedor, que de alguna manera mortificó la aparición de los más explicables mamíferos, así como de las alígeras y preciosas aves, quienes, como una expresión del proceso rectificador de la materia y con sus vuelos al atardecer, reclamaban ya muy precozmente la aparición de la metáfora y el poeta.
Pero hay un hecho curioso y casi desconocido. Por aquellos años coexistió un saurio: el Anolis vesiculus morbo, que presenció todos los capítulos del drama. El vesiculus, comparado con sus lejanos y supuestos primotes, fue un pigmeo: tal cual una lagartija de hoy. Eso lo hizo padecer y comenzó a trasmutarlo en una criatura escurridiza y tímida. Esa suerte de lagartija precursora, en cuanto notó la abundancia de alimentos y el fenómeno del gigantismo dinosáurico, se dio a las comelatas. Luego de las primeras ingestas, sobrevinieron unas atronadoras indigestiones. Con el estómago revuelto, las idas constantes al retrete y la punzada bajo las costillas, el vesiculus perdía toda oportunidad de estirar la talla, que por otro lado se ofrecía sin límites a su glotón y saludable vecindario.
Se trataba de una insuficiencia vesicular de la especie, que la lagartija no podía ni remotamente sospechar. Por esa vía contrajo el raquitismo crónico, que padeció estoicamente durante unos ciento cincuenta  millones de años.
El vesiculus asistió a los funerales de sus imponentes coterráneos, aguardando su propia extinción. Pero no: a pesar de los vómitos y diarreas, allí permaneció, anémico y coleando. Es dudoso que los varios millones de años subsiguientes hayan aclarado al vesiculus con respecto a su sobrevivencia, pues la ciencia continúa perpleja hoy con la dureza de entendederas de los saurios.
Pero, ah, he ahí los enigmas y las maravillas: el cagón común, por instinto, según parece, sigue ingiriendo cada cierto tiempo de aquellas mismas gramíneas que lo torturaron y enjillaron en épocas pretéritas. Es un ritual semanal dentro de una ya más balanceada dieta de digestivos insectos.
Con la extinción de los dinosaurios, tal vez la materia, incluso sin proponérselo, redactó un mensaje indeleble en las enormes paredes del tiempo. Interpretar esa escritura, sacar las conclusiones y mantenerlas ventiladas, puede resultar tan útil como una vesícula enferma.

EL TEMBLOR DEL LABIO SIMULTÁNEO

Ilustración: Félix Guerra

ESPIROQUETA
Speira spitus

Y sinuosas se acercan: se acercan enroscando y desenroscando anillos. Omiten ruidos, pronuncian silencios, envainan señales de sombras y apócrifas espadas. Siento el vaho múltiple de esos pies lamiendo varios dedos de mi boca. Esta latitud de piedras y débiles destellos de jardín remoto, prueba el valor de mis nervios. Un pavor digital me empuja contra las rocas: desde aquí logro contar el número pavoroso de áfidos que irreversibles suben de mis rodillas hacia  abajo, de mis ojos y hojas hacia lo alto. El coraje me hormiguea en las paredes del estómago. El discurso que medito se humedece la punta de las extremidades en el temblor del labio.
¿Correr o saltar?, me pregunto, ¿o hundirme hasta el cabello en alguno de los cráteres resecos?, ¿o disfrutar de una última apetitosa cena?, ¿o blandir el arco, apuntar con el ojo directriz?, ¿o probar con la filarmónica encontrada en el bolsillo infantil?, ¿o soplar la cerbatana?, ¿o arrojarle polvo a los ojos, entre otras triquiñuelas?, ¿o hacer centellear la daga que me abre surco detrás de los riñones?, ¿o implorar para que alguna fuerza  mítica o animal?, ¿o disfrutar de una última cena apetitosa, al estilo de los condenados?, ¿o aguantar en silencio?, ¿o llenar el desierto de alaridos y llevarme a otro mundo la valentía intacta sin usar?

LA ESFINGE DE LA GUAYABA Y SU PENETRANTE OLOR

LA ESFINGE DE LA GUAYABA Y SU PENETRANTE OLOR

CRIATURAS INSÓLITAS O DESAPARECIDAS

ESFINGE DE LA GUAYABA
Mima modulator

Entre las más de cien mil mariposas que engalanan las primaveras del tiempo, hay una que nos deja boquiabiertos. Se trata de la esfinge de la guayaba. Las esfinges son consideradas insectos musicales, por los sonidos que emiten al batir alas, percutir sobre una membrana del tórax o golpear con la cabeza duras superficies. La insólita esfinge toca además un instrumento de viento que improvisa soplando por la parte estrecha del embudo natural de la floración de la guayaba. Esa cualidad está reservada a las hembras. En cuanto una doncella rompe crisálida busca el espejo de cualquier gota de agua para comprobar belleza y se va a la flor más próxima y sopla con ganas, originando acordes que el macho percibe hasta a un kilómetro de distancia. El pretendiente, guiado por un par de millones de células olfativas de la nariz, es capaz de salvar ese abismo hasta la amada en menos de un minuto: el mejor tiempo registrado (con reloj manual) es de cuarenta y tres segundos y siete décimas, y ocurrió con viento a favor en la región de Popayán, en América del Sur. Cuando el galán se acerca, de sus alas emana ya un perfume a fruta madura que deja aleladas a las sopladoras de flor. Luego la pareja se une en cópula centelleante  e inicia un viaje nupcial que esparce sobre el monte el penetrante olor de la guayaba. Un entomólogo colombiano, F. Ariza, en texto delirante, se lamenta de no ser esfinge, porque su sueño, afirma, sería protagonizar uno de esos enfebrecidos vuelos. Se sabe que el acoplamiento de las esfinges es para toda la vida y no conoce treguas ni fatigas. Como es especie de gran longevidad, se dio el caso de individuos que esperaron hasta cincuenta y siete generaciones de mariposas para encontrar el  verdadero amor. Ocurrió también que algunas exigentes esfinges murieron de soledad y hastío mientras aguardaban el amado o la amada, olisqueando selectivamente a cada recién llegado. Es lástima que entre estas mariposas no abunden los novelistas, pues más de una podría redactar fulgurantes textos que describieran el  persistente e irresistible olor de la guayaba, o lo que es lo mismo, el invencible e incomparable instinto del amor.

REMITENTE CON TALENTO

REMITENTE CON TALENTO

CRIATURAS INSÓLITAS O DESAPARECIDAS

PIÑONERO ESMERALDA
Trincapiñones smaragdus

Dando muestras inobjetables de precocidad e ingenio (y cuando no se había inventado siquiera la palabra) el Trincapiñones smaragdus envió la primera carta, que no llegó por la falta absoluta de destinos.

COCUYAE EN TIEMPOS OSCUROS

COCUYAE EN TIEMPOS OSCUROS

CRIATURAS INSÓLITAS O DESAPARECIDAS

COCUYAE
Phyphorus noctilucus

Es cierto, cocuyae mío: la temporada es dura, dura y magra en toda la extensa latitud del planeta. Dura y cruel, si lo prefieres. No hay col, amado, no hay ajo, amado, no hay siquiera una rodaja de cebolla al final de las esperas. El banal caviar o el helado de vainilla es un lujo que no se pueden dar todas las hormigas. ¿Quieres limpiar tus dientes? No hay pasta dental, no hay cepillos y también además tus dientes se extraviaron y no son más que simples huesecillos del recuerdo. ¿Deseas beber jugo de toronjas o manzanas? Escasean las toronjas y manzanas. ¿Chupar quieres un bombón de chocolate o un pirulí de miel? Ya no los fabrican para ti, porque el huracán de las exportaciones bate en otras direcciones. A veces, es verdad, se fabrica agua para botarla al mar o se extraen petróleos que también se van luego en unas absurdas  vacaciones al mar.  Es cierto, es verdad, no te desmiento, oh, cocuyae de mis entrañas. Nadie lo niega, es cierto y real o real y cruel si lo prefieres. Pero propongo, para que estos maléficos tiempos no nos quiten más ni nos castiguen tanto, atravesar los años de la forma más risueña y amena, contándole briznas a la yerba, desenganchándole vagones a la locomotora, dinamitando con paquetes de té los cúmulos de sombra. Somos dos multiplicados por nuestras vísceras y orejas, dice Pablo, por nuestras narices y cabellos, dice César, por cada uno de nuestros ojos y manos florecidas de dedos, dice Bertold. Somos irreductibles, cocuyae amado, y lo seríamos incluso en el propio cadalso, incluso bajo las luminarias cegadoras del día, incluso con la lengua afuera cuando los verdugos aprieten los cuellos o el gatillo por simple gusto de ver languidecer. Apurémonos en sacar la lengua por nosotros mismos, no como sufrimiento sino como placer.
Vámonos, amado, a tragar con fingido y real esmero, nuestros panes de humo y nuestras leches de suspirar.

EL AVECICA TOMA DE MI PLATO

EL AVECICA TOMA DE MI PLATO

CRIATURAS INSÓLITAS O DESAPARECIDAS
AVECICA
Avecica desterratum

Mientras sigo en el cielo las travesuras de un cúmulo de nubes que acoteja formas y ora parece un burro con tres patas y luego el perfil de un viejo barbudo  y más tarde el badajo de una campana, pienso una vez más en las sutiles tramas que vinculan a todas las cosas que rodean. El caldero de sopa que hace rato hierve en la hornilla, evapora líquidos continuamente: si lo dejo al fuego otra media hora, la totalidad de mi alimento irá a sumarse a la nube. Y dentro de un par de días o un par de semanas, tal vez el jarro de agua que yo beba sea la nariz jorobada del viejo que en este momento la laboriosa nube logra modelar.
Resulta fascinante: aunque este es un pensamiento peligroso que se repite demasiado a menudo en mis reflexiones. Temo que no esté lejos el día en que todo y todos me resulten fascinantes y tan inextricable y dialécticamente asociados, que se oculten a mi óptica lo vulgar, lo simple, lo inconexo. En ese mundo igual, carente de contrastes, de absoluto esplendor, ¿desaparecerían quizás los fenómenos, objetos y sujetos verdaderamente fascinantes, de la misma inexorable forma en que se diluyen las gemas de sal lanzadas al océano?

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EL BUSGOSU CUENTA UNA HISTORIA

EL BUSGOSU CUENTA UNA HISTORIA

BUSGOSU

Busgosu inconclusus

Con setecientos ochenta mil ojos despertaba de mi sueño y le veía el fo­llaje a la primavera. Y con otros sete­cientos ochenta  mil conti­nua­ba dur­miendo y resul­ta, oh sor­presa, que podía distin­guir en el sueño de los ojos dormidos casi cual­quier detalle de lo que ocurría en el sueño tutelar de los ojos des­pier­tos. ¡Qué seme­janza, concho, entre sueño y sueño! O, ¡qué parecido entre reali­dad y sueño y sueño y realidad! Porque si por el sueño de los ojos dormidos cruzaba una de esas mariposas Papilius ojerosa volando enarde­cida con sus colores amarillo y negro, por la realidad de los ojos des­piertos atinaba a pasar una idéntica, con las mismas alas geomé­tricas, iguales ocelos y espi­ritrompas y tres pares de patas fun­cionales desple­gadas, sin olvidar el amarillo y negro de las alas. Y si aquí se movía un insólito cedro, allá se movía la copa de un cedro insólito. Y si un Carpin­tero eyaculante precoz, de esos que apodan Jabao a causa del lomo motea­do, pico­teaba duro contra un tronco porque ya traía encinta a la carpin­tera y con náuseas y vómitos y deseos de soltar los huevos en el nido, en la escena contigua, es decir, la real o la oníri­ca, la que todavía soñaba con los ojos abiertos o los ojos cerrados, un Jabao an­sioso horadaba huecos donde albergar a no menos de tres pichones y a la madre tierna de los picho­nes. Y si por allá, uno de esos precavidos cazado­res, algo hosco y algo siempre mirando con el rabillo del ojo, con escopeta y balas, pisaba sobre la hojarasca de la realidad, tras una huella re­ciente y perfumada, por acá también uno inevi­table, duplicando las acechanzas, calcan­do los silen­cios, olis­queaba los aromas y no le faltaban ni el mentón pati­lludo ni la ansie­dad pegada al gatillo. No sospechaban, sin embargo, ni el uno ni el otro, que desde todas las atentas ramas y desde detrás de cualquier ale­targada piedra, no se les perdía pie ni pisada. Y que por todos los medios al alcance, se avisaba sin tregua y con el dedo sobre los labios a las criaturas más indefensas, como ciervos y ardi­llas, como zorras y leones. Y se compro­baba si otras mejor resguardadas, como búhos y serpien­tes, escorpio­nes y truchas, continuaban efectivamente bien prote­gidas en sus madri­gueras. En resumen. En esta época, desde hacía mucho, sufría inevi­tablemen­te el extraño fenómeno de la duerme­ve­la. O sea, velaba y soñaba al mismo tiempo. Y como lo que velaba y lo que soñaba eran sucesos simi­lares, pues resultaba como si yo mirara sin cesar en dos espejos imantados, aun­que con la dife­rencia de que nadie imitaba ni espiaba a nadie. O sea, el sueño no copia­ba a la realidad, así como la realidad no copiaba al sue­ño. Pero ¡cómo se parecían! Resultaba a veces hasta un tanto aburrido, porque las semejanzas eran tantas y tan eviden­tes, que, en oca­sio­nes, espiaba y espiaba durante horas y horas antes de descu­brir sorpresiva­mente que una paja de aquí o una aguja de allá no estaba en el otro, o que la manada tacitur­na de elefan­tes que deambulaba por allá espolvo­reándose la sequía del suelo no se hallaba aquí y que aquí solo se agi­taba un hurón huraño o una salamandra saltari­na, sin duplicados en el allá. Hasta me hacía un lío, es cierto, cada año, cuando se alejaba el invierno y desembocaban de nuevo las mañanas soleadas y las tardes llu­viosas y las casquivanas prime­ras flores silves­tres y volaban montones de amarillas y negras papilius macho y hembra colgando las unas de las otras, anun­ciando place­res y el devenir generacional. Me hacía un enorme y verdadero lío. O dos enormes y verdaderos líos. Porque, como dije al principio, tenía una buena parte de los ojos bien abier­tos y escudriñando todo, porque el ojo del bosque engorda a la liebre y al caballo y a la hormiga y al quetzal y al lobo, y otro  buen resto de ojos, algo más haraganes, pegados con placer a las sábanas y saba­nas. No hacía sino ver lo mismo aquí y allá, vida saltan­do o bostezando, con pequeñas y delicadas variaciones y asimetrías. Y sentía, figúrense, como si yo fuera dos bosques, la esencia dual de todo, el busgosu velan­te y el busgosu lirón: el primero con setecientos ochenta mil ojos abiertos y el segundo con sete­cientos ochenta mil ojos cerra­dos, miran­do ambos en todas las direc­cio­nes del espacio-tiempo. Y hasta calcu­laba, miren, que con los sete­cientos ochen­ta mil ojos abier­tos cuida­ba al dormido y con los setecien­tos ochenta mil cerra­dos soñaba que cuida­ba al des­pier­to, para que ninguna desgracia de cual­quier proceden­cia cayera sin aviso sobre noso­tros. Palpaba a menudo con mis dedos y siempre y sin dudas era verdad: los ojos abiertos perma­necían preocupa­damente abier­tos y los ojos cerra­dos conti­nuaban vigilo­samente cerrados. E incluso yo…

Según las agencias noticiosas (ANSA Reuter, EFE, Tanjug, PL, Xinhua, AFP, , Notimex, AP) un proyecto acarreado en porta­fo­lios cegó la historia del Busgosu inconclusus, que fue susti­tuida por un nuevo sueño urbanístico. Los poquísi­mos ojos y miradas de árboles que resis­tieron el empuje coordi­nado del entusiasmo y las excavadoras, componían un paisaje de tuer­tos y piratas con piernas y brazos de metal. No hubo ni podía haber ni ojo por ojo ni hoja por hoja, pues las hachas y sie­rras alinea­ron de un solo bando, con disciplina que no se apartaba de la autoridad del brazo. Las agencias aseguran que los portafo­lios prosperarán durante un long long time. Y que cuando la ciudad salga del bos­que, ya no quedará bosque.

EL CANTO CASUAL DEL SEÑOR RUIZ

EL CANTO CASUAL DEL SEÑOR RUIZ

CRIATURAS INSÓLITAS O DESAPARECIDAS

RUIZSEÑOR
Señor Ruis
criatura precursora y sucesora,  insólita como todas, pero
especialmente dedicada por los
autores al lector, tanto al de  la  rama
como al del sillón
La historia cabalga el potro de la brisa.

El ave deletrea a su vez sobre doce tomos enciclopaquidérmicos que describen uno a uno los sucesos del aire. En tierra de nadie se encuentran letras y trinos y el mensaje al fin
tiene sentido
Mojan con tinta de pájaro una oración descriptiva y en el párrafo  siguiente
se canta con hondura
el canto causal del RuizSeñor.