A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Niño

Los regalos rotos

Conocí mi torpeza cuando iba apenas,
cuando iba ya en segundo de primaria.
Nuestro maestro decidió que para el día de las madres
no haríamos lo usual: comprar palillos de colores
y pegarlos sobre una matriz que representaba
una casita en el bosque, o urdir una pulserita de cuentas.
No, en el salón íbamos a hacer una canasta de cartón
trazada, cortada y pegada con nuestras propias manos,
y luego la llenaríamos de dulces comprados con dinero
escatimado a nuestros domingos.

 

Con dificultades copié las líneas que el maestro
iba trazando en la pizarra. Luego iluminé esmeradamente los espacios
entre las rayas y dibujé unas flores rojas que sobre el fondo amarillo
debían brillar como botones en medio de un pastizal.
Recorté con titubeos los bordes elusivos y emprendí la senda
de los dobleces que insistían en evitar la línea recta.

 

No recuerdo si pensaba en mi madre mientras lo hacía,
en su obstinada afirmación de la vida desde las trincheras
domésticas. Ignoraba yo entonces que no amaba a mi padre
y el amor de su vida la había engañado ocultándole
un matrimonio inconcluso. Tampoco sabía que mis abuelos
la habían convertido en reclusa y que tuvo guardianes
y chaperones durante meses hasta que al fin
aquel dolor pasó como un náufrago que cede ante lo inevitable
y se sumerge en la oscuridad de algún océano.
De haber sabido aquello acaso habría entendido
las migrañas de mi madre, sus vehemencias súbitas,
por qué parecía enojarse sin causa aparente.

 

En el salón de clases preparamos el engrudo
para pegar los bordes de la canasta materna.
La mía semejaba una barcaza china
que hubiera sido alcanzada por un rayo
y estuviera a punto de hundirse. Con cuidado
puse el toque final: el asa para que una mano
levantara delicadamente su regalo mientras la otra
pescaba un dulce entre el índice y el pulgar.

 

Después la llené con lo que había comprado
en la tienda de la esquina y la custodié camino a casa
como un relicario frágil que guardara los huesecillos
de algún santo. A duras penas sobrevivió aquello
a los traqueteos del trayecto y finalmente,
mochila al hombro y suéter enlazado en la cintura,
en el calor incomparable de los nueve años le di a mi madre
su canasta y me puse a llorar ante mis desastrados esfuerzos.
Eso la conmovió más que cualquier regalo y me abrazó
dulcemente, como poco lo hacía.

 

Medio siglo después y ya muriendo
mi madre recordaba a aquel hombre que conoció
cuando trabajaba en una papelería del centro,
y se preguntaba cómo habría sido su vida
si hubiera tenido el valor de seguirlo.
Ante ese pensamiento, que no sólo negaba a mi padre,
sino a mí mismo y a mis hermanas, yo guardaba silencio,
y acariciaba su pelo con los mismos dedos torpes
de los regalos rotos.

Mañanas para nadie

Sobrevivir es más que un acto de fe

Es un ejercicio físico.

 

Me duele verte así desconocida

Prisionera de ese yo que te inventaste

Me duele poner mi mano en tu hombro

Y recordar que eres tú mi vida

Esa vida que me diste

Y que aún no te compenso.

Me asusta escucharte

Hablando sola

Como quien no quiere descubrirse

Llorar otra jornada y huir como un niño de las pastillas.

Me duelen tus ojos en los míos

Tu cuerpo desplomado en el mío

Hasta esas velas que encendiste para derretir la fe

Yo sé por dónde tus oscuridades

por dónde tus silencio más profundos

Yo te comprendo madre

Te comprendo

Pero no me vuelvas a decir

Ni se te ocurra

Que lo único que quieres

Es morirte.

Reparaciones

Reparaciones

De mi casa salían dos caminos que llevaban
a las de mis dos pares de abuelos.
Los paternos eran pueblerinos y orgullosos.
Cuando llegábamos decían: “¿Qué andan haciendo
en casa de los pobres?” y al despedirnos:
“¿Dónde van que más valgan?”

Mi abuelo sufría de mal humor crónico y una sordera
ingobernable que amansaba oyendo radionovelas.
Le gustaban las curiosidades y alguna vez me confiscaron
una caja de plástico transparente
con los contornos de la basílica de San Pedro
para que él pudiera iluminarla con luces navideñas.

Mi abuela era asmática, depresiva y adoraba a los gatos.
Sobre su cama tenía un cuadrito donde una niña
se asomaba a una biblioteca luminosa.
Compartía sus pesares con un tanque de oxígeno.

Mi padre tenía una hermana rubia y altiva
que se había casado con un hombre más grande.
Aunque el tío se distanció de la familia,
los domingos llevaba su prole donde los abuelos
y la recogía después, ya entrada la tarde.

Mientras esperaba en el coche, mis primos y yo lo visitábamos
para que nos contara historias que eran más bien retazos
de su filosofía y fragmentos de Díaz Mirón.
Solía concluir sus charlas con citas del Eclesiastés.
Se ponía serio y bajaba la voz para decirnos: “Es correr tras el viento”;
luego nos escapábamos a jugar futbol.

Mi padre tenía un hermano diabético
que murió joven pero lo persiguió tenazmente
en la vejez, como un recuerdo opaco
que se mezclaba con los gatos de la abuela
y una muchacha que había conocido en Veracruz.

Los primos eran cuatro y después cinco.
Con ellos viví los desplantes y asombros
de la niñez; con ellas –que eran hermosas–
el cosquilleo ante el territorio ajeno
de blusas y faldas. Juntos en cierta ocasión
nos repartimos el mundo, usando los mapas
de un viejo libro de geografía.

Mi padre trabajaba para una gran empresa
de fotografía. Fue parte de la última generación
que hizo algo sin haber estudiado nada
–pero en las tardes se empeñaba en aprender inglés.
Cuando iba a visitarlo a la oficina –que hoy es
una oceánica biblioteca– me llenaba del olor
de químicos y emulsiones, y contemplaba folletos
con imágenes de niñas rozagantes y cerezos en flor
tomadas en algún pueblo de la Nueva Inglaterra.

Don Jorge era jefe de Reparaciones, donde los técnicos
arreglaban descomposturas para que las cámaras
pudieran seguir contrabandeando imágenes.
Tenía su pequeña corte de muchachos bigotones
y viejos de manos temblonas que trabajaban
en las minuciosas entrañas del desorden. Una o dos veces al año
venían por casa y bromeaban sobre el acontecer de la oficina
o movían la cabeza por alguno que había cometido adulterio.

Mi padre orbitaba entre el apego a su familia
y una batalla perdida con los demonios
de mi madre. Estoy seguro de que me quería,
pero acaso también me detestaba como la imagen
torcida del hijo fuerte y valiente que hubiera deseado.

Mis hermanas y yo habitábamos nuestro reino de almohadas
y veíamos la vida como un territorio fantástico.
Con ignorancia espléndida desconocíamos la muerte
que hoy corroe los talones de mis padres
mientras recorren su mundo en blanco y negro,
acosados por recuerdos y punzadas.

En sus delirios de anciano, don Jorge juega con los gatos
grises de la abuela y charla con la sombra de su padre,
que se apoya en el marco de la puerta y se niega
a acercársele. Un día no hace mucho me llamó “papá”
y me di cuenta, dolorosamente, de que ahora me encuentra inescrutable
como él solía serlo para mí. Entonces quisiera mostrarle la imagen
desgastada de ese pasado, y que juntos pudiéramos enmendarla
para que nos absuelva a todos con su brillo
como una verdad más poderosa que cualquier certidumbre.

 

Fe

Examen para el sinvergüenza

Debería darte vergüenza

llevar una vida digna

Ser buena persona

Desenchufar el tiempo en un crucero

Soltar la respiración

Y meter la boca en una vagina olímpica.

 

Debería darte vergüenza tener fe

En el mejoramiento humano

En los policías buenos

(Si queda alguno)

En la entidades decentes

(Si queda alguna)

Debería avergonzarte

Tener un sexo seguro

Bueno y ruidoso

Ser tan feliz que se te olvide el cáncer

La diabetes

Llevar la vida a cuestas

O subir la cuesta de la vida

con el corazón en la mano

En fin

Debería darte vergüenza

Llegar al final de este poema

Sinvergüenza.

Fernando Pessoa

EL POETA NO ES FINGIDOR

I

Si finge y hace tropos, cítara o violín en ristre, y apa-

renta emociones, es entonces poeta. Y si todo poeta,

con más razón, finge y representa alarmas, lágrimas

incurables, timbres de urgencias, heridas de acor-

deón, falaz turbación,

entonces empedernida y trovadoresca humanidad

finge desde épocas inmemoriales.

Cocuyo simula luz por razón de sobrevivir,

pájaro opera camuflajes para escapar a vendavales

o apresar por un suspiro la fuga de la proteína. Fingir,

disfrazar, afina con cualidades de imaginar:

conjeturar, sospechar, presumir, confundir. Proviene

de adahora y adamar y echa follajes en almas cavilan-

tes o sufrientes o energúmenas o violentas o flemáti-

ca. O hábil y oportuna: agréguese, de paso, una lám-

para a la luna.

 

Poeta como poeta no finge, os aseguro.

Sino como criatura vivida, existida, que intenta sobre

vivir. No es cierto, por tanto y más cuanto. Afirmo:

no es tramoyista. Ni charlatán, payaso o simple se

ductor. Acuéstese el bardo junto al verso

e improvise respuestas y preguntas. Nadie se resiste

a ser creído.

¿Finjo si afirmo y aseguro, ciego de convicción,

que la imagen penetra al lenguaje y lo fecunda

con la eternidad de la escritura? ¿Finjo si afirmo

que ficción, con el decursar, llega

a ser el único atributo creíble de la realidad?

 

II

El cielo incrementa anatomías, se dilata

el azul oscuro. Si amanece en penumbras mañana,

gracias a zanahorias bifocales vamos a ver el sol. No

es falso o farsa.

Cierto. Incierto que nadie dialogue su cabeza pa-

ra cabezas que no lo creerán. Chorreados árboles

de lágrimas y ríos de magnolias, lo van a comprobar.

 

Si finge él, poesía necesariamente es falacias,

carromato, tremedal donde al lector le untan lodos y

embadurnan deshonras. Infierno vivo para La agonía

del espíritu. Aquel, como yo, alentó en un vientre y

hoy no logra recordarlo. Poesía es superabundancia.

Lo que no se puede. Y sobre todo lo que se puede,

cómo no se va a poder.

¿Cómo chapotea el tobillo en ese territorio de la es-

pecie, donde se juega alma y virtud de declamar?

Finge quien afirma que el poeta es fingidor, y

que en verdad o mentira jamás se logran azular y

planchar todos los caos.

 

III

No finge: revoca la sibilina verdad

de que finge, citada por epígonos. Poeta

con la palabra siempre interpretó. Mundo es así.

Fingen los coterráneos presentes y pasados, incluidos

él y yo, y ellos y otros, desde milenios y cataclismos

venideros, sin descontar tocayos y calaveras de post

vida, quienes a menudo fingen lo que sienten o fingen

que sienten lo que no sienten, o simulan

por falta o exceso de imaginación. Si afirmo que sufrí

una eternidad bajo los puentes, póngase en duda:

no hay puente eterno ni eternidad bajo los puentes.

 

¿Fingen el barbero o la navaja cuando se ensañan

al rasurar? ¿Navaja es filo artificial, y la mano detrás

del metal aparenta placeres? ¿Es la misma mano afi-

ladora e igual navaja que se deja afilar? ¿Fingen a

causa de monedas, a causa de alguna parentela o

vocación?

Murciélagos, por ej., se distribuyen alturas y distancias

para cazar. Cada individuo sabe su alto y su lejos y ahí

engulle los insectos. ¡Y luego dicen que no escriben

poemas!

 

IV

Finge que finge emociones, pero no es poeta,

sino humanidad temerosa que acude a resquicios y

rezos. Muerte o fortuna tocan indirectamente

a puertas y agonismos: mano rota, sangre

a trasfundir, música fúnebre, guadaña utilitaria, acree-

dores que alargan peligros, pliegos y guarismos.

 

¿Finge ahorcado con la lengua afuera, aguarda

alguna promoción? ¿Subió al árbol para ser follaje o

pájaro? ¿Abusa del milagro de colgar y enmudecer?

 

Si todo poeta finge y si a continuación el que finge

es poeta, repito, la humanidad se compone estricta

mente de poetas. Humanidad poeta y poeta de uni-

verso humanizado. ¡Cuántos buenos bardos en bea-

tas y beatos, choferes, estadistas, rapsodas, mensaje

ros, costureras y putas de mis barrios. Demasiado

desnudo el nudista y en exceso pedigüeño el limosne-

ro.

 

V

Cada gota transparenta su mueca en el torrente y re-

sulta inimaginable. Unanimidad improbable, asco has

ta en las excepciones. Disfraz necesita antifaz. Y nue-

vas mentiras para no desfallecer. ¿Finjo si declaro so-

lemne, con autoridad de mi ombligo, que unanimidad

la inventaron demonios para poner en duda la redon-

dez del círculo? En consecuencia, proclamo falso, ¡y

aberrante!, ¡y descarriado y descarado!,

que el poeta sea el fingidor buscado de árbol

en árbol y metódicamente debajo de sus ramas y

que por módica y no metódica suma, solo se encuen-

tra vivo o muerto. O cantando hipocre-

sías. El poeta, si es poeta y no fingidor,

es voz de multitud, incluso en el acto indispensable y

temerario de fingir. Otra cosa, VEAN. Y creo

que no confundo, que al hablar el poeta o yo de tras

tornes, de síndromes, se descubre eventual

que las palabras tienen sus propias intenciones. Con

relación a las palabras, por cierto, quisiera tener don

de rebuscar y encontrar más. Con respecto a Ofelia,

me gustaría desnudarla en la carrera, y ver si todo

lo que carga detrás solo son sus nalgas. Llevo mucho

de clavo y no temo el martillazo. Créalo o no: y si no

que le devuelvan sus sospechas.

 

Verdad, tanto como felicidad, son asuntos efímeros

e intermitentes, semáforo social, al margen de sindi

catos, desoyendo cofradías, es decir, o sea,

con la misma dialéctica fugaz y perdurable, por ejem-

plo, de flores, o por ejemplo, de la vivaz mariposa,

o quizás de luciérnagas que apagan y encienden

trasiegos peatonales. Verdad perdura tanto como

quien se acomoda a creer en ella. Puedo levantar

un fuego de antorchas que no queme a nadie y, sin

embargo, dejar ciega a la multitud.

 

VI

El poeta no es un fingidor, repito. Es más bien repeti-

dor y explorador. Buen destello o chispazo.

Alfarero saca barro de donde no había barro. Pala-

bras de donde no hay confesiones. Palomas de don

de solo había un sombrero. Descubre versos

con la palabra y palabras con el verso.

Lo que suspira bajo tierra o piel sube al poema

por la emoción. Todo color del espejo con que se mi

Poeta arqueólogo. Y quita máscaras: y tanto

de las palabras en general

del mundanal ruido, como de la fila del soldado raso.

Poeta NO. Verdad tan ciega como la que desmiente.

Fingir sería escribir simulacros. Veracidad prodigio

sin ardor de la cafetera al fuego, menos multitudinaria

que la mentira. Fingir sería sentir nada y rebosar lá-

grima. Declamar y no reclamar ni aclarar. Percibir

al individuo y aplaudir siniestro. Verdad contiene in

mediatas y fulminantes partículas auto corrosivas, re

ajustes retóricos o mudas de plumaje. O dobleces ac-

cidentales (incluso realidad e irrealidad son simula

cros mutuos). Verdad se refuta

con verdad y expropia al leguleyo patrón de mentiras.

 

VII

 

Lo que escribe el poeta es o será verdad radiante o

exactitud de escorbuto. Sinceridad, certeza definitiva y

vacilante, dolorosa, ambigua e iluminada,

con equívocos costosos e indudables dudas,

aunque al vacilar,

al coquetear con sombras, ¡ah mortal irreducible!,

finja que siente lo que no siente y sienta lo que no fin

Poeta tiene su público y ejerce para orejas adies-

tradas. Poeta no finge poema ni cuando trafica rimas

o pinta acrobacias.

en el verso, menos cuando añora y descubre oracio-

nes de sol intrínsecas en la franqueza definitiva, des-

carnada, sangrante, y

en lo que la especie por naturaleza y el individuo

sin palabras, mudo, no logran disimular ni apaciguar.

Gemir golpes, compartirlos con el semejante o seme-

jantes sujetos. Imposible simular heridas abiertas ni

sangre en la heridas ni lágrimas en los ojos del herido.

Cuando la criatura finge, la poesía vuela y escapa a

otros hospitales.

Todo al amparo fugaz y tenaz de las estrellas.

 

 

 

 

Mundo moderno

oración@mundo.el 

Apagado siglo de las luces
De ciegos videntes
De la tierra prometida

Los muchachos se venden
Para comprar la entrada de la discotek
O para salir drogados de las discotek
O por drogarse en los flash
De las discoteks.

Madre
sácame de este llano en llamas
De este cine pobre de espíritu
De este salario pobre de poeta
De mal poeta.

No me de dejes caer en Google
Si Google engorda mi egoísmo.
Quiero comprarme una identidad
Donde no me rapten el pellejo
Con un clic
Ni ser pasto para un selfie.

¡Oh! Madre
sálvame de Facebook
Aunque Facebook no me decepciona
Es el hombre, pero sálvame igual
Del hombre
De este marquetin sarcástico del ego.

Prendido siglo de las luces
De claros invidentes
De la tierra prometida

Los muchachos se venden
Para comprar ropa de mark
Un Ihfone, el peinado de moda
una Lapto con manzanita
e ir luego

donde los flash…

Lisiados de Guerra, OTTO DIX, 1920

Antibiótico Nacional

Del libro, Atajos para no encontrarse. Cuba.

  

a Bernardo Rodríguez Ramos.

…otro cosmonauta político.

 

Es duro no tener una medalla

Donde dejar un pulmón o una pierna

Un diploma que nos acredite el pecho

A la hora del homenaje

Es injusto quedarse con un solo disparo

Volver sin perder al menos la memoria.

La guerra no se hizo para los débiles

Ni para los millonarios

Es fácil no tener donde amarrar la chiva

Donde poner la boca

En boca de otros

Y exigir un puesto en el Congreso

De los mutilados.

 

Mi abuelo fue a la guerra

Tenía un cuarto para las medallas

Y uno para pasar el hambre

Vino con la cabeza llena de musarañas

Hablaba solo

Se dormía escuchando fotografías

De muertos

Otro chiflado más

Quién indemniza la demencia.

 

Es duro no tener una medalla

Donde hincarnos a llorar

Un lugarcito

Para colgar los diplomas

Que nos legó la burocracia.

No pasar inadvertido

FIN DE LA ERA

Del libro: Dramaturgia de las piedras

 

 Soy el individuo y grano de la especie.

Atributos físicos que cargo los llevan todos masivamente.

Y llevo los atributos que cargan todos.

Mi boca no canta pero dialoga.

Mi mano no se agita en los discursos.

Pero escribe versos.

 

Mi nariz es cada vez menos recta, pero igual olfatea y presiente los peligros.

No soy sordo pero a veces padezco de sordera.

Mis ojos no son azules ni verdes,

pero son de otro color: logran ver a kilómetros

de distancias y astros en el cielo.

Lo imprescindible para no cruzar a oscuras.

 

No hay grandes desemejanzas, solo pequeñas

desemejanzas. No hay grandes semejanzas, solo pequeñas semejanzas. No existen enormes desigualdades, solo diminutas desigualdades.

No existes enormes igualdades, solo diminutas igualdades.

 

Soy la persona que firmo al pie de algunas cartas y sufre sus amores.

Hago oír mi voz en el grupo y la familia. Y

los que opinan saben que yo tengo

mi opinión.

 

Parezco sospechoso solo cuando cargo

sospechas. Cuando camino entre ingenuos

casi siempre parezco una persona ingenua.

Soy pizca en la multitud y nadie en la multitud

es mayor que una pizca.

 

Lo imprescindible para no cruzar a oscuras

 

Soy el individuo y grano de la especie.

Fin de la era de pasar inadvertidos.

 

 

 

El libro no escrito

Letra muerta

A veces, entre las sombras, frente a mis ojos
pasan fragmentos arrebatados, héroes sonoros,
frases aladas, sagas ignotas, hondas estrofas
que se diluyen en los jirones de la memoria.

 

Libros enteros que yacen muertos y sin que nadie
pulse sus hojas, huela su tinta, cante sus letras.

 

Son edificios que nacen ruinas, vastos espacios
cuyos secretos no revelados nadie atesora.