A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

El amor es gaviota de nostros

El amor es gaviota del nosotros

TERCERA TRILOGÍA DEL AMOR

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te lo diría: el amor es de humanos

 

te lo diría: el amor es de los dioses humanos

te lo diría: el amor es una manzana que contiene el paraíso

te lo diría: hay que mirar el amor que nos enmarca

la sola visión de su presencia nos vuelve poderosos

te lo diría: el amor es lo esencial de la geografia del entorno

te lo diría: únicamente el amor preserva el amor

te lo diría: el amor desconoce decir adiós

te lo diría: las fronteras que nos separan del amor

son ante todo nuestras propias fronteras

te lo diría: ni vida alguna ni muerte alguna

han podido nunca con la mirada del amor

el bendito maldito amor es la inmortalidad por excelencia

 

Francisco Garzón Céspedes es uno de los grandes poetas iberoamericanos, admirado por los escritores emblemáticos de la literatura latinoamericana: de su obra Ernesto Cardenal ha dicho: “Una poesía, muy novedosa, con una intención temática y donde la tipografía, los dibujos y el verso forman una suerte de afiche, de poesía plástica (de las bellas artes) que debiera editarse como cartel”. Julio Cortázar aseguraba que en cada una de sus creaciones Garzón “entrega el prodigio de cada una de sus palabras”.

La lista de grandes nombres que han reconocido la importancia de la literatura de Francisco Garzón Céspedes se extiende a César Rengifo, José Corredor Matheos, Maruja Vieira y Oscar Hurtado.

El amor es gaviota del nosotros fue editado este año por Editorial Huso, en una apuesta por la poesía del corazón.

Más sobre el autor y su obra:

«El amor es gaviota del nosotros». Diez trilogías del amor. De Francisco Garzón Céspedes. Huso Editorial.

 

Breve compilación de poemas José Carlos Cataño

Poeta, narrador, ensayista, abanderado de altas causas como “la cultura” o “la denuncia del antisemitismo”, involucrando hasta los huesos en sus derroteros…, el canario José Carlos Cataño nos entrega con esta, su primera “breve compilación de poemas” para los lectores de A4manos, la magia del alma cuando sabe poner la vida en versos, honrándonos así con las estrofas que no son, sino de un grande poeta…

 

MI COPA DE VINO (FRAGMENTO)

 

ALGUIEN,

Si alguna vez, tan intensamente

Fue, como el recuerdo gime,

Arde tan lejos que ya lo creo

Verdadero en la distancia.

 

Quise arder sobrevivo de su cuerpo

Que no fue. Mas mi empeño, de dañarlo,

¿No sería una extraña forma

De amor? ¿No sería acaso el deseo,

Arder distantes

En la memoria?

 

Deslízate en mis labios que no siento,

Pues me colma

Tu inexistencia.

 

***

 

LIGERO COMO EL CANTO que no acaba

Se ondula tu recuerdo en el verbero.

Regresa y es el mismo.

Despierto y no es un sueño,

A tu vuelta inocente encadenado.

La voz no sabe lo que canta.

Tallas mi vida y no lo advierto.

Hablo,

Y siempre ignoro de quién hablo.

 

***

 

NUBES EN LA NOCHE

 

NUBES vanas en la noche,

Así pasan las palabras

Por la aurora irreversible de las cosas.

 

Todo pensar se declina

En el grito oscuro de lo pleno.

 

Y yo entre las vorágines te buscaba

Como si así pudiera con tu rescate

Cumplir un luminoso pasado.

 

***

 

PADRE

 

Solo después de muerto

Y solo después, muerto,

Gozo de todo lo negado,

Y tan muerto de todo,

Padre, después de tu decir

Apenas de tu muerte vivo.

 

MÁS SOBRE JOSÉ CARLOS CATAÑO

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Carlos_Cata%C3%B1o

 

Como en el mito de la caverna de Platón

(Tomado del libro: El otro Damian, cortesía del autor)*

 

solía despertar después de media noche

mientras aún dormía

y entonces mirarse hacerlo,

como el espectador de una función

a quien se le pide pasar al frente

Tenía la costumbre de ver

cómo encogía un pie o dos,

cómo iba de un lado al otro,

cómo la sábana le separaba

del resto de la habitación,

pero, sobre todo,

todo aquello que no

se permite ver de día

con esos lentes

ya un poco trasnochados

Algunas veces no deseaba regresar,

aunque tanto quisiera contarse

lo que había podido ver,

pero nunca se creería

ni una sola palabra

“Yo me pongo en sus zapatos

y de vez en cuando me quedan grandes

Uso sus palabras

y estoy seguro

que esas no son las mías”

Hubiese querido abrazarse

y abrirse los ojos,

pero dormía entonces

“Estoy soñando y vos no sos yo”

“Sí lo sos-sí lo soy”

“Dejame dormir en paz”

Sabía que era inútil

y, de alguna forma, también

temía que algo pudiera salir mal

Esto pasa si despertás

y te encontrás a tu lado

Pero eran esos

los pequeños momentos

en que se podía comprender

y escucharse

Encendía un fuego con sus temores

y se contaba los sueños

que solía olvidar y escupir

Se daba cuenta que quizás

no era sensato

tropezar a la vuelta de la esquina

con la idea de que alguien le sigue

o decir una palabra equivocada

con un Do de pecho

o apenas llamarse a media noche

para poder despertar

“Hey, oíme,

hoy he viajado en mí mismo,

pero vos no me escuchás, vos

no querés ver,

vos no querés ver”

 

*Rodrigo Zúñiga nació en Pococí (Limón, Costa Rica) en 1982. Es escritor, psicólogo y estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica. Perteneció al Taller Literario Poiesis de 2009 al 2014. En el 2013, su poemario Souvenirs y noticias de amor obtuvo el primer lugar en el Certamen Literario Brunca en su XXX Edición en el género de Poesía (UNA). Ha publicado dos poemarios: Deshojar el reloj (EUNED, 2013) y El otro Damián (EUNED, 2016).

Otro poemas de Rodrigo:

cuando las voces cuentan verdades en lugar de ovejas

Portada El otro Damian

cuando las voces cuentan verdades en lugar de ovejas

(Tomado del libro: El otro Damian, cortesía del autor)*

 

escucha llegar la madrugada

como se escucha esa llave del baño descompuesta

que no deja de llorar

La madrugada entra

lo mismo que la mirada por el ojo de la cerradura

Lo ve como una causa perdida,

una alimaña acorralada, a contrapelo del sueño,

a merced de sus garras

Lo sorprende adolorido

esperándola/soñando huir de ella

El llanto lo despierta sin percatarse

El barro del amanecer no lo deja respirar

 

Se imagina la estática del televisor

aún suspendida en el cuarto,

las voces de fondo

de una multitud en silencio,

el vestigio de unos perros que ladran,

apagándose

conforme se apaga también la oscuridad

Ahí

en esa trinchera, cansado,

bulímico de sueño,

ahora que tarde o temprano es de día

 

(El deseo es una gotera en la cabeza,

que no se repara y lo inunda todo

El remordimiento es un coyote,

una ciudad que no duerme

El amanecer, un timbre

que no puede retractarse de sonar)

 

***

Pensalo bien, así es la vida:

No importa cuánto apretés los ojos para dormirte

y te escondás bajo las sábanas,

las manos de la realidad

igual te jalarán los pies

al llegar la madrugada

 

* Rodrigo Zúñiga nació en Pococí (Limón, Costa Rica) en 1982. Es escritor, psicólogo y estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica. Perteneció al Taller Literario Poiesis de 2009 al 2014. En el 2013, su poemario Souvenirs y noticias de amor obtuvo el primer lugar en el Certamen Literario Brunca en su XXX Edición en el género de Poesía (UNA). Ha publicado dos poemarios: Deshojar el reloj (EUNED, 2013) y El otro Damián (EUNED, 2016).

EL ECLECTICISMO- IMPERIO ROMANO

VERDADES AL POR MENOR

Del eclecticismo de que yo hablo o deseo hablar no es ese…

No es de anudar o empatar tres o cuatro bagatelas diferentes y hacerlas pasar por un producto de alta calidad, acabado de salir de fábrica, del horno caliente de la moda, ni es declaración con ribetes dorados, o aparato de última tecnología pero que eventualmente en poco demuestra que cojea de alguna parte y las piezas de repuesto hay que ir a comprarlas en Hong Kong.

Tampoco consiste en ningún imposible eclecticismo escolástico y pedagógico, que se repite y enseña y se niega y contradice a sí mismo.

Serían definiciones adversas, equivocadas, reduccionistas, de pasa y corre, quizás aprisionada en libros de poca valía o en libelos. O divertimentos. O para tertulias de entre semanas.

Hablo de un eclecticismo de alcurnia humanista, científico y ético, siempre en proceso, comunicante, incluyente, estético, con aliento y futuridad, llegado de todas partes, crítico, dialéctico y complejo.

Hablo de esa arquitectura de pensamiento hermoso y grande, abarcador, que opina que no una filosofía ni una religión ni una academia, sino todas, no para ungirla como yugo, sino para reinar sobre ellas. Como dejó dicho José Martí en páginas célebres.

Es más bien aquella de Marx, para empezar, quien, citando a Diderot ilustrado y precursor, y a los sabios de la Ilustración, citando a los renacentistas más ilustres, citando a los griegos antiguos más sabios, con respecto a dudas y certezas sobre cualquier asunto definido de antemano por cualquiera, como si realidad o lo que aludimos como realidad, incluido irrealidad, pudiera simplemente ser definida sin fecha de caducidad y envasarla como aspirinas o meprobamatos.

El modernismo comenzó ya a apuntar a una esencia o procedimiento ecléctico en todos los asuntos, es decir, por idiosincrasia, a reunir varias y muchas escuelas, y cada vez más, sin soslayar ni rechazar sin análisis, tomando experimentalmente lo mejor de cada cual y a su vez sometiendo a dudas hasta las joyas más ilustres y preciadas de la tradición.

Para mí, hoy, es ingenuo y letal creer solo en el todo de una doctrina, porque te convierte irremediablemente en dogmático. El exceso de convicción crea fanatismos.

Lo mejor, en primera instancia, lo óptimo como sistema, es ver donde está lo mejor de todo, en una búsqueda sesgada, que no es instantánea, como en wipidedia, sino en una indagación in profundis, metódica, sistemática, consciente, infatigable, implacable. No con energía de árbitro o fontanero sino de descubridor y creador que no aspira a lindes inmediatas o indestructibles.

Ese es el espíritu, en verdad, de la ejemplar y gran doctrina humana del conocimiento, desde tiempo primitivos, desde Aristóteles y Heráclito y Pitágoras, desde Platón y Sócrates y Demócrito y Avicena, desde Giordano Bruno y Erasmo, y desde antes y siempre, hasta el último descubrimiento de ayer.

Martí lo afirmó, al hablar de Whitman y Emerson, quienes alertaban alguna vez que el universo no es como lo vemos, no es sus apariencias sino también y sobre todo sus esencias, siempre más complicadas e inextricable de lo que a menudo logramos alcanzar o imaginar.

Y que definir algo, cualquier asunto, y apegarse a ello con Cola Loca, resulta escolástica y luego inquisición, fin del debate, divinización de teorías y teóricos. Son verdades luego que utilizamos como centinelas para vigilar transgresores y encerrar pensamientos creadores.

José Lezama Lima, para mencionar a alguien que conocí bien, fue además de un iconoclasta, un ecléctico confeso, porque siendo católico con respecto a la fe, creía también que la mejor religión era la libertad, como lo escribió antes ejemplarmente José Martí.

No es posible ser seguidor puro en nada, al cien por ciento, indudoso, partidario como una roca, inconmovible al pensamiento opuesto o renovador, sin tomar en cuenta tesis, hipótesis, conjeturas y suposiciones de la ciencia, así como opiniones, cálculos, datos, deducciones imprevistas, descubrimientos, invenciones, vengan de donde vengan, porque el conocimiento y la civilización se alimentan de la totalidad de lo pasado y pensado y también de todo lo que cada día aportan ciencias y artes y pensamientos ideológicos, filosóficos, naturalistas, humanistas de antes y después.

Ortodoxia se mantiene adherida de forma inconmovible a una fe o principios originales y no admite cambios. El conflicto fatal e inevitable de la ortodoxia de cualquier procedencia.

El eclecticismo renueva constantemente, toma de cualquiera y de todas las fuentes, analiza, duda, no desdeña nada ni detalles, intuye que las verdades hay que enhebrarlas, con agujas sutiles, y afinarlas constantemente, como a un piano.

Definir es cenizar, dijo un maestro.

Eclecticismo es reajuste constante, modificación, rectificación, actualización, innovación, y todo el gran aparato del intelecto, el conocimiento acumulado, la investigación, la especialización, la inteligencia, nunca sacralizada, a disposición de ciudadano, e individuo y sociedad.

Eclecticismo de gran estirpe y transitoriamente definido e indefinido, hasta la próxima nueva estación, no solo en diccionarios, sino principalmente en la praxis cotidiana, apunta al futuro. Y a la nueva comprensión del pasado.

Es ya, de hecho, la tendencia del pensamiento moderno, trasgresor de géneros, que reescribe constantemente historias, filosofías y ciencias. Las recicla y somete a la práctica y la acción, al análisis sin límites. Y las deja transitoriamente con un brillo novedoso que apunta hacia los rincones más antiguos o los inéditos e insólitos del porvenir.

Albert Einstein fue un ecléctico que con el dogma de Fe creía en Dios, respetadísimo parecer, sin embargo, con uso de ciencia y pensamiento reflexivo descubrió un infinito impensado que se expande de forma constante, repleto de huecos negros, con tiempo y espacios conectados y propensos a la curvatura, con indicios firmes de que nada es simplemente lo que parece ni permanece inmóvil ni un instante. Todo ello muy lejos de lo que los seres humanos y la ciencia calculaba hasta ese día iluminado de la Historia.

No se mueve, pour se move, pero se mueve, dijo Galileo y al parecer siempre será así.

Asuntos, cosas, contenidos, vida y sobrevida, muerte y submundos, resurrecciones, naturaleza, sociedad, universo, son como la definamos finalmente nosotros, hoy (Hoy es siempre todavía, dijo Antonio Machado), en el interior de las consciencias y en nuestros libros, viejo y nuevos.

Y mañana volverá a cambiar, como ya osciló antes y antes y antes, casi infinitamente.

Es el eclecticismo de que hablo y propongo, visión de la complejidad, del mundo indeterminado, evolucionista y relativista, humanista, incluso pos humanista, regado con lágrimas de la plusvalía arrebatadas a la especie humana, el mundo natural y social que se mueve como marea y no podría ser represado, producto de obsolescencias, en definiciones netamente académicas y marchitas, ni en páginas de cualquier libro, por muy empastado y bien ilustrado que se presente a la venta.

Libros cerrados o sagrados y definiciones erróneas o envejecidas contenidas en cualquier texto aun escritos con gran pasión o manos muy célebres y venerables, también a veces son cárceles de las cuales hay que escapar a tiempo.

Al libro se entra, como a la celdilla de un convento, al salón de lectura de una biblioteca que impone silencio, pero luego resulta imprescindible salir transfigurado y con apetencias de recurrentes metamorfosis.

Froilán Escobar

El hombre que fue nadie

El escritor cubano Froilán Escobar escribió su experiencia de lectura sobre el relato de Andrey Araya, titulado En medio de ninguna parte, y que recientemente A4manos publicó en este espacio: 

Para Andrey, por su relato

Tu frente chocó con algo, con algún  pedazo de realidad que te recordaba el peso o la sensación de orfandad que te dejaba en los ojos la noche después de muchos intentos por ver eso que la gente llama estrellas. Porque siempre lo habías intentado. Siempre has tenido esa experiencia, desde que te quedaste solo en aquella penumbra dolorosa, en que no sabías ver el aire porque no habías conocido el jadeo tibio de alguien a tu lado, de alguien que te permitiera agarrarte de algo, de algún pedacito de eso que la gente que no sabe lo que es quedarse en lo oscuro llama luz, de un impulso mínimo, quiero decir, que te  permitiera alargar la mano para tocarle a una persona a tu lado la respiración. Hubo tanto tanteo. Con tus pies. Con tus brazos. Con tus vísceras, incluso. Con tus ojos que los pusiste a ponerse largos de miradas para tener, aunque fuera únicamente un tantico así, la sensación de que había un alguien a tu lado. Ah, qué de cosas. Cuánta estrella extraviada en su luz. Cuánto tu querer llegar a un alguien cercano a ti que hiciera posible ese ansiado acto, que disipara la nada. Hubo hasta intentos de pedir abrazos prestados, ruiditos humanos que te permitieran  caminar bajo la noche en pos de los que pasaban. Porque el mar, que tanto ansiabas tocar, también estaba solo a lo lejos. Ah, que absurdo que haya que buscar la luz en la oscuridad. Buscar presencias donde no estuvo nadie. Buscar caminos donde no hubo pasos. Cómo pedirle al mundo, que anda perdido por la Vía Láctea, que vuelva a venir con la mañana. Cómo carajo pedirle un mendrugo de palabra a tu boca  que haga posible abolir ese vacío donde uno queda cuando no hay nadie a quien quererle, aunque sea de perfil (como intentó Vallejo),  la ternura, aunque sea de soslayo la presencia en un retrato compartido. Hubo tanta noche entonces, tanto todo sin color en aquella penumbra en que te quedaste sin que tú mismo te vieras, sin que pudieras percatarte entonces de que eras un niño cuando te dejaron.

En medio de ninguna parte

Niño

Los regalos rotos

Conocí mi torpeza cuando iba apenas,
cuando iba ya en segundo de primaria.
Nuestro maestro decidió que para el día de las madres
no haríamos lo usual: comprar palillos de colores
y pegarlos sobre una matriz que representaba
una casita en el bosque, o urdir una pulserita de cuentas.
No, en el salón íbamos a hacer una canasta de cartón
trazada, cortada y pegada con nuestras propias manos,
y luego la llenaríamos de dulces comprados con dinero
escatimado a nuestros domingos.

 

Con dificultades copié las líneas que el maestro
iba trazando en la pizarra. Luego iluminé esmeradamente los espacios
entre las rayas y dibujé unas flores rojas que sobre el fondo amarillo
debían brillar como botones en medio de un pastizal.
Recorté con titubeos los bordes elusivos y emprendí la senda
de los dobleces que insistían en evitar la línea recta.

 

No recuerdo si pensaba en mi madre mientras lo hacía,
en su obstinada afirmación de la vida desde las trincheras
domésticas. Ignoraba yo entonces que no amaba a mi padre
y el amor de su vida la había engañado ocultándole
un matrimonio inconcluso. Tampoco sabía que mis abuelos
la habían convertido en reclusa y que tuvo guardianes
y chaperones durante meses hasta que al fin
aquel dolor pasó como un náufrago que cede ante lo inevitable
y se sumerge en la oscuridad de algún océano.
De haber sabido aquello acaso habría entendido
las migrañas de mi madre, sus vehemencias súbitas,
por qué parecía enojarse sin causa aparente.

 

En el salón de clases preparamos el engrudo
para pegar los bordes de la canasta materna.
La mía semejaba una barcaza china
que hubiera sido alcanzada por un rayo
y estuviera a punto de hundirse. Con cuidado
puse el toque final: el asa para que una mano
levantara delicadamente su regalo mientras la otra
pescaba un dulce entre el índice y el pulgar.

 

Después la llené con lo que había comprado
en la tienda de la esquina y la custodié camino a casa
como un relicario frágil que guardara los huesecillos
de algún santo. A duras penas sobrevivió aquello
a los traqueteos del trayecto y finalmente,
mochila al hombro y suéter enlazado en la cintura,
en el calor incomparable de los nueve años le di a mi madre
su canasta y me puse a llorar ante mis desastrados esfuerzos.
Eso la conmovió más que cualquier regalo y me abrazó
dulcemente, como poco lo hacía.

 

Medio siglo después y ya muriendo
mi madre recordaba a aquel hombre que conoció
cuando trabajaba en una papelería del centro,
y se preguntaba cómo habría sido su vida
si hubiera tenido el valor de seguirlo.
Ante ese pensamiento, que no sólo negaba a mi padre,
sino a mí mismo y a mis hermanas, yo guardaba silencio,
y acariciaba su pelo con los mismos dedos torpes
de los regalos rotos.

Mañanas para nadie

Sobrevivir es más que un acto de fe

Es un ejercicio físico.

 

Me duele verte así desconocida

Prisionera de ese yo que te inventaste

Me duele poner mi mano en tu hombro

Y recordar que eres tú mi vida

Esa vida que me diste

Y que aún no te compenso.

Me asusta escucharte

Hablando sola

Como quien no quiere descubrirse

Llorar otra jornada y huir como un niño de las pastillas.

Me duelen tus ojos en los míos

Tu cuerpo desplomado en el mío

Hasta esas velas que encendiste para derretir la fe

Yo sé por dónde tus oscuridades

por dónde tus silencio más profundos

Yo te comprendo madre

Te comprendo

Pero no me vuelvas a decir

Ni se te ocurra

Que lo único que quieres

Es morirte.

Reparaciones

Reparaciones

De mi casa salían dos caminos que llevaban
a las de mis dos pares de abuelos.
Los paternos eran pueblerinos y orgullosos.
Cuando llegábamos decían: “¿Qué andan haciendo
en casa de los pobres?” y al despedirnos:
“¿Dónde van que más valgan?”

Mi abuelo sufría de mal humor crónico y una sordera
ingobernable que amansaba oyendo radionovelas.
Le gustaban las curiosidades y alguna vez me confiscaron
una caja de plástico transparente
con los contornos de la basílica de San Pedro
para que él pudiera iluminarla con luces navideñas.

Mi abuela era asmática, depresiva y adoraba a los gatos.
Sobre su cama tenía un cuadrito donde una niña
se asomaba a una biblioteca luminosa.
Compartía sus pesares con un tanque de oxígeno.

Mi padre tenía una hermana rubia y altiva
que se había casado con un hombre más grande.
Aunque el tío se distanció de la familia,
los domingos llevaba su prole donde los abuelos
y la recogía después, ya entrada la tarde.

Mientras esperaba en el coche, mis primos y yo lo visitábamos
para que nos contara historias que eran más bien retazos
de su filosofía y fragmentos de Díaz Mirón.
Solía concluir sus charlas con citas del Eclesiastés.
Se ponía serio y bajaba la voz para decirnos: “Es correr tras el viento”;
luego nos escapábamos a jugar futbol.

Mi padre tenía un hermano diabético
que murió joven pero lo persiguió tenazmente
en la vejez, como un recuerdo opaco
que se mezclaba con los gatos de la abuela
y una muchacha que había conocido en Veracruz.

Los primos eran cuatro y después cinco.
Con ellos viví los desplantes y asombros
de la niñez; con ellas –que eran hermosas–
el cosquilleo ante el territorio ajeno
de blusas y faldas. Juntos en cierta ocasión
nos repartimos el mundo, usando los mapas
de un viejo libro de geografía.

Mi padre trabajaba para una gran empresa
de fotografía. Fue parte de la última generación
que hizo algo sin haber estudiado nada
–pero en las tardes se empeñaba en aprender inglés.
Cuando iba a visitarlo a la oficina –que hoy es
una oceánica biblioteca– me llenaba del olor
de químicos y emulsiones, y contemplaba folletos
con imágenes de niñas rozagantes y cerezos en flor
tomadas en algún pueblo de la Nueva Inglaterra.

Don Jorge era jefe de Reparaciones, donde los técnicos
arreglaban descomposturas para que las cámaras
pudieran seguir contrabandeando imágenes.
Tenía su pequeña corte de muchachos bigotones
y viejos de manos temblonas que trabajaban
en las minuciosas entrañas del desorden. Una o dos veces al año
venían por casa y bromeaban sobre el acontecer de la oficina
o movían la cabeza por alguno que había cometido adulterio.

Mi padre orbitaba entre el apego a su familia
y una batalla perdida con los demonios
de mi madre. Estoy seguro de que me quería,
pero acaso también me detestaba como la imagen
torcida del hijo fuerte y valiente que hubiera deseado.

Mis hermanas y yo habitábamos nuestro reino de almohadas
y veíamos la vida como un territorio fantástico.
Con ignorancia espléndida desconocíamos la muerte
que hoy corroe los talones de mis padres
mientras recorren su mundo en blanco y negro,
acosados por recuerdos y punzadas.

En sus delirios de anciano, don Jorge juega con los gatos
grises de la abuela y charla con la sombra de su padre,
que se apoya en el marco de la puerta y se niega
a acercársele. Un día no hace mucho me llamó “papá”
y me di cuenta, dolorosamente, de que ahora me encuentra inescrutable
como él solía serlo para mí. Entonces quisiera mostrarle la imagen
desgastada de ese pasado, y que juntos pudiéramos enmendarla
para que nos absuelva a todos con su brillo
como una verdad más poderosa que cualquier certidumbre.