A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Diálogo

EL PERFUME ANTICIPADO DE LA ETERNIDAD

Ilustración: Félix Guerra, “Diálogo”

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

¿Puede hablarme de su percepción de la raíz?

Calzamos una principal que viene desde la radícula y nos sujeta con un alma a la tierra, en espera de la lluvia. La raíz, como se sabe, es generosamente subterránea, aunque imposible de calcular cuánto para cada quién.  Crecemos sobre una raíz precursora y secular. Su importancia consiste en que si bien a menudo se nos poda la fronda, ella elude mejor los cortes y avanza en sentido inverso al filo de los metales.  En los orígenes ciertos matarifes odiaban a las raíces y cantaban ensalmos al follaje, sin notar contubernios y transferencias porque alguien debía inaugurar el estilo burdo de no distinguir entre causa y efectos y pasar por alto nexos entre invisibilidad y visibilidad. Por eso algunos muy fácil odian a rajatabla a quienes alimentan a sus tijeras y se desbaratan en lisonjas en presencia de quienes destrozan sus filos.

La raíz, como dice la botánica, nos ancla en los parámetros de un vasto territorio, donde aprendemos a beber el agua y la sal. Desde hace quinquenios estimo a mi raíz pivotante y comprendo que le debo casi todo el barroco de las columnas, el eclecticismo de las meditaciones, la humedad de los tránsitos, el balanceo espiritual cerca de las imágenes así como las oblicuas derivaciones de mis ventanales.

Hablando de botánica, ¿experimentó alguna vez aproximaciones intelectuales o sentimentales a la hoja?

Juro que desconozco lo que es la sed de venganza y que no probé el agua que la excita.  Soy criatura de otras orillas menos sombrías.  Pero, ah, ¿qué sucedería si repito palabras acerca del meristemo apical, la hoja circinada y las yemas axilares?  ¿Reagruparíase el coro para cantar la antigua canción del hermetismo, juntaríanse los metacarpos para apuntalar la benigna leyenda trasnochada?  Resulta  que visto por encima o leyendo aquí o allá, comparando el lanceolado con el festonado o las sesiles con las peltadas, o la raquis imparipinnada con la raquis de dos foliolos, la botánica es puro hermetismo y una complicada hermenéutica vegetal. La ciencia es roca para el profano y cualquiera que ignore, incluyéndome, estaría tentado de arrojar al fuego por incomprensible el texto de Roig y Mesa que afirma que la Roystonea regia tiene el peciolo largo y envainador, espádice en la base del cilindro formado por las vainas, sin sospechar que charla de la hoja numerosa de la palma real.

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OFICIALMENTE LA FANTASÍA

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

Las mil y una noches: ¿literatura para niños?

Saint-Exupéry, fisgoneando, profetizó fácilmente el futuro: más tarde o más temprano el niño terminar por leerlo todo. Las mil y una noches logra retener en la niñez a octogenarios e incluso a vejestorios de un siglo, si se cumple la única imprescindible condición de que no traspapelen sus espejuelos. Todas aquellas historias terribles, encadenadas con nocturnidad, sobre adulterios, decapitaciones y una concubina narrando desesperada para aplazar el golpe de hacha o cimitarra, es ahora un caldo tibio que se sirve en el desayuno. En la noche 168 Scherezada dice: “Todo lo escrito debe ocurrir, y los destinos, bajo cualquier cielo, han de cumplirse.” La tradición oral arrastró esa profecía desde el principio de los tiempos, si es que hay principio y si en realidad hay tiempo. Ahora debemos ponerle una oreja contemporánea. Mi percepción, en la transparente y veraniega tarde de hoy, es que cualquier escritura luminosa y batida con esos golpes deslumbrantes de magia, está efectivamente destinada a suceder y a suceder siempre que se repita el acto insosegado de las lecturas. Los nuevos lectores nos vienen pisando el calcañal y son más voraces que nunca. No importa que el cesto de las decapitaciones se replete de cabezas desgreñadas de adulteras.

Los niños tiran fuerte del mantel por el otro lado de la mesa.  El niño no anda con rodeos: solo escoge clásicos.  O convierte en clásicos lo que escoge.  Si no ¿quién iba a justipreciar sin

astucias relamidas el encanto metafórico o expeditivo de un palacio navegando con todo y su cimiento por las encrespaduras del aire?  El  vuelo rasante del asombro exige la recién cabeza y algún dedo sabio trasteando en la nariz.

Alguien dijo que el error imperdonable de Balzac o Dostoievsky fue no escribir de forma que los niños pudieran leerlos.

No hay error imperdonable ni perdones erráticos.  Errar y perdonar son piezas mayores de la dialéctica de alto voltaje que amparó la conversión del protozoo en las bestias trepidantes o melancólicas de la actualidad. Cometemos todos los errores de gula vinculados a las sardinas enlatadas en aceite, porque conocemos los perdones anticipados del pez devónico.  Cada cual escribe en la agonía de su propia tinta y partiéndose el brazo con alimañas ilusionadas o reales y, si puede, entrega cierta claridad de sus tinieblas personales. ¿Cuánto gozo daría a Balzac ver su Comédie Humaine vendiéndose al por mayor junto al quiosco de los helados y compartiendo la lengua golosa de la grey infantil?  ¿Qué no pagaría Dostoievsky en moneda dura y contante, para que los niños lo llevaran al parque y deletrearan el texto de Crimen y Castigo bajo el framboyán azul o la mirada caudalosa y pedagógica del aya?

¿Cree o no en una literatura para niños?

Yo  me sumo a las creencias y a los escepticismos, porque no me agrada despreciar.  ¿Qué sucedió o sucede aproximadamente?  Los escritores han estado alimentando siempre la boca de fuego de la imaginación y legaron la colosal pira de sus páginas escritas.  Mientras el niño careció de voz y voto, el paisaje permaneció incólume y sin huellas de caramelos.  A partir sobre todo de una  despabilada promoción del siglo XX, se presentó el gran aventurero del caballito de palo.  Ese señor comenzó a toquetear, con gran desvergüenza, y de la mina a cielo abierto del ilusionismo y los duendes fueron salvando este y aquel tomo, este antes prohibido y aquel antes de que lo prohibieran.  Los que rozaban con sus alas de saltimbanqui se trasmutaban en clásicos irremediables.  Convirtieron  las mil y una noches en mansa alameda.  El millón de Polo y sus exóticos y peligrosos itinerarios los he visto destripados e incómodos en la maleta escolar de algún desaliñado.  Verne ni se diga: su imponente Nautilius duerme debajo de las camas, cerca de los orinales.  Swift y Gulliver, que aspiraban a denostar a la criatura humana y poner a descubierto su prolongada y fija maldad,  vinieron a carenar a los arrecifes infantiles, donde predomina un ecuador florecido y una costra de pupilas fascinadas.

Más que la historia de los escritores que escribieron para niños, advierto la epopeya en que los niños escogieron entre muchos fuegos y decidieron en cuáles incendios querían arder. Ese ciclo no se cierra, porque los incendios procrean incendios. Y si algún caballo de palo es reducido a cenizas, al rato yo me invento a martillazos otro caballito de palo.

¿Nuevos asaltos?

Intento decir que nadie negaría con fundamento la eventualidad de que dentro de un siglo o cinco, Dostoievsky o Proust se conviertan en lectura para angelotes. ¿Imagina al infante de aquí a un milenio?  ¿Qué vendrá a secretearnos luego de volar aplicadamente por el cosmos y visitar a Dios en sus propios aposentos? ¿Todavía podrá  Verne o el perro Pluto entretenerlo toda una tarde, cuando antes dialogó con un cánido astrónomo del planeta X y decidió viajar al centro de la galaxia durante el próximo invierno? Apuesto a que no siempre los padres le negaran permiso al niño cuando reclame ir a tomar helados cibernéticos o chupar caramelos de neutrones a algún asteroide recién estrenado. Ellos calzan botas de 7 mil leguas y serán los invitados de todas las pantallas.

No sé a dónde van las piedras rodando. Imagino que las piedras rodar n mientras haya piedras y por dónde rodar.  En el listado de los escritores que no erraron ni nadie va a perdonar, podríamos incluir a cualquiera: a Shakespeare, Cervantes… Aunque pensándolo con justicia, creo que Quijote y Sancho y Romeo y Julieta comienzan  cambiar el bando. El pequeño recoge todos los pergaminos útiles y algunos adultos no atinan más que a abandonar candelabros. Ulises y Helena también suben al podio y opacan la popularidad de estadistas, políticos, generales, gobernantes y otros personajes de uña, carne y hueso. El Homero incierto y ciego de una era imaginaria, escribía  también para los niños.

¿Es cierto?  Sí, es cierto. Entonces, ¿porqué yo, aun cuando ahora mis novelas son consideradas cameras y mis ensayos y poemas de doble fondo y con cabinas herméticas, no podría aspirar también? Tal vez dentro de un milenio o dos, las criaturitas acudan a mascar rositas de maíz sobre mis disminuidas y muy amarillas páginas, que para la fecha seguro pecarán de ingenuas y levantar n un tufillo a poeta trasnochado y nicotínico.

¿Y de Martí y de su Edad de Oro?

Martí siempre sobrecoge con sus intempestivas credulidades.  ¿Imagina ese último quinto de siglo?  Todavía en el aire el olor de la llaga esclavista y el indio con la cicatriz sin lavar, la metrópoli queriendo sujetar una montaña de cajas de zapatos vacías y las as bayonetas rodeando el monte de yagrumas.  Caudillismos, divisiones, el fantasma de las botas. Se alista una rebelión, que debe alentar como chispa cavernaria. Los pómulos del hombre y lo curvo de la rapiña. En verdad, terrible. Martí no se desentiende ni distrae. Al contrario. Se apresta como apóstol y lanza discursos de maestro.  Y por encima de tales copetudos conflictos, sale al portal con ese fuego inaudito.  El vislumbraba renacimientos, nuevas edades de oro y el reencuentro con los paraísos. Si no, ¿como sacar más humo del fondo de la tozudez y la ternura?
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DESCUBRIMIENTOS E INNATOS DESCUBRIDORES

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

¿Decía usted  que la palabra Descubrimiento  en esta  latitud  trae  a  colación  rápidamente al genovés?

Lo he comprobado: aquí connota Colón muchísimo. Infinitamente más Colón que Pasteur y más Pasteur que los hermanos Lumière y más Lumière que Servet, por ejemplo. Se alude entre nosotros a un descubrimiento y la evocación deriva enseguida hacia las aguas navegadas por La Niña, La Pinta y La Santa María.  Eso es lo que se llama condicionamiento histórico, además de una secuela de la escolástica de la primaria.  Cierto es que la historia escrita comenzó en estos lares con el advenimiento del genovés. Desde entonces hay en la palabra Descubrimiento un chispazo detonante, un blanco fogonazo en la claridad. Recordar cuando aprendíamos, cada  cual en su infancia, a descubrir el mundo. ¿Existe el río? Existe. ¿Existen la yerba y la lombriz? Existen. ¿Existen los pájaros y las nubes? Pues sí. Y existen también los caminos, las casualidades, las sorpresas. ¿Ah sí? Y existe el pie y existe el crecimiento del pie y existe el zapato que ya le queda chico. Ah, cómo existen cosas. Y existe la oreja, que oye, y la nariz, que huele. Es decir, todas esas maravillas camufladas y menudas, deslumbrantes y cotidianas, iguales y monótamente imprescindibles.

Entonces resulta que, en alguna parte, en la escuela, nos llega de repente el notición, es decir, aprendemos la lección de que el Almirante navegó y navegó, enfrentó amotinados, vio una luz y al fin nos descubrió y nos descubrió.  Sucedió algo que tenía que suceder, como si el tiempo ya hubiese tenido prendido con alfileres ese velamen. De esta manera se nos imprime esa acepción post renacentista de la palabra Descubrimiento. En Asia debe ser muy distinto. Ignoro cómo es, pues mis viajes por Asia se reducen a la calle Zanja, pero allí es posible que connote más imprenta o pólvora.

De cualquier manera, hemos descubierto que las palabras no son partículas inmaculadas del lenguaje, sino que nos llegan con su acíbar o miel. Cada palabra tiene preludios, huellas de dedos anteriores. Cada una trae su desgaste. También, por supuesto, hay constantes reincorporaciones. Para decirlo de alguna forma, sin ínfulas excesivas y vanidades ridículas, nosotros somos reincorporadores naturales, así como carne atenuante contra las decadencias y cansancios clásicos.  Adicionar, reinventar, volver a vivir lo olvidado, poner nueva imagen o cambiar la máscara, son sinónimos materiales y constantes de la palabra descubrir. No sé cuánto ni hasta dónde hemos sido descubiertos, pero sé, sí, que los americanos somos innatos descubridores.

¿Cree que Humboldt, con hacer algunas importantes observaciones,  redescubre el archipiélago?

Necesitamos ver qué es descubrir. La palabra Descubrimiento, como apreciamos ya, en términos de navegación, oceanográficos, geográficos y hasta históricos, entre nosotros se vincula a Colón y sus viajes. Pero cuando trasquilamos las palabras, las sorprendemos por detrás, vemos, sin demasiado esfuerzo, que se tambalean y que  las simetrías se trasmutan en acciones de paralaje. Marco Polo avanzó hacia el Asia, desde el epicentro irradiante de Europa. Asia nunca avanzó con semejante ímpetu hacia Marco Polo y Europa. Asia fue redescubierta, Polo nunca fue descubierto y ni siquiera cogido in fraganti. Ese modo de descubrir o redescubrir y esa manera de acuñar descubrimientos, es típicamente europea. Europa inventa la  cultura. A Colón se le atribuye un espejo prestado, la luna europea del prestamista. El iba a calcar en agua lo que Polo anduvo en tierra. Iba tras especias, vulgares especias si las contrastamos con la retribución que recibe de manos de la historia. Para colmo, Colón no se sintió descubridor de continentes sino un ente de segunda moviendo paralajes en el universo de su caro Polo, precursor en la huella. Entonces, ¿descubrir lo que aquel narró en detalles, que lo lleva a constantes traspiés narrativos y lo conduce a ver lo que no vio y no ver lo que mira? Marco Polo inventó el itinerario a remontar, Colón creyó hasta el fin marchar por itinerarios inventados.  El descubridor no aspira a descubrir, ambiciona cierta ruta similar para arribar al mismo puerto.

Por otro lado, ¿portar mosquetes es lo que permite descubrir? La flecha es descubierta. La flecha es de un linaje inferior y puntiagudo, la flecha pervive remotamente en un ignoto arrabal de Europa. ¿Cómo hubiese sido si llegan a contender mosquetes contra mosquetes? ¿De qué hablaríamos ahora: de invasión, de guerra mundial, de descubrimiento? Incursiono imprevistamente en esas  aguas, pero me asaltan paradojas y amargas interrogaciones. Los mongoles que bajaron por el estrecho de Bering y colonizaron, así como los vikingos que llegaron a costas del Canadá, ¿solo eran trashumantes, solo levantaron la tapa de la olla?  Y el imprevisto y rubio Quetzalcoatl, arribando náufrago, ¿qué fragmento del botín puede reclamar? Nos inclinamos sobre un mar de extramuros a parlamentar de extranjerías y levaduras.

No me atrevo, por ahora, a insinuar que el redescubrimiento de Humboldt sea más transparente y preconcebido que el del genovés. Ni quito mérito ni trato de obstaculizar ni minimizar la hazaña del gran Almirante, quien por la simple razón travesía dibujó una raya divisoria a mitad del milenio que es hoy la cicatriz más visible del planeta. Digo que, no obstante, ver lo que otros ojos  foráneos o nativos no acertaron a ver, constatar agujas en el brillo que el párpado nativo solo registraba como intolerancia, es descubrir en una importante y esclarecedora acepción. Lo descubierto ha sido antes descubierto. Lo que vamos a descubrir va siendo anticipadamente descubierto. Todo ojo tiene su ojo precursor. Mejor viajar atinadamente con el sombrero suelto y engrasado y quitárselo a cada destello. Mejor orientar la nao entre los laberintos y las sinuosidades de las ollas y permanecer alertas para levantar tapas. Hoy mismo hice comprobaciones en la mañana: rasgar la orilla y liberar sobres y misivas, implica una oferta de descubrimiento. Sobre todo si ignoramos el acto genético del remitente.

Pero, bien, ¿qué nos descubre o redescubre Humboldt?

Diría yo, como conjetura, que el geógrafo  demuestra que toda criatura que se deja quemar la mollera por el sol, es ya un ser relativamente tropical que nunca volverá a la total cordura ni siquiera recogiendo cordel y regresando a la alemana por el derrotero racional. ¿No es inaudito que un científico, germano por demás, se encierre con un cocodrilo en su habitación y suba luego a lo alto del escaparate, para verlo actuar, como si las coristas se alimentaran de los espectadores o como si fuese el espectador el encargado de saltar en los trapecios?  ¿Eso es humor criollo o a mí el tabaco me hace llorar rosquillas de humo?, ¿eso es ingenua agudeza caribeña o es la influencia del sol iluminado los postes lo que hace orinar a los perros?  Humboldt, como todo buen tropicalista  repentino, además enseguida se repleta con la visión del mar, del aire y de la tierra y comienza a vislumbrar vastos reflejos de la luz, que resulta matinal, irisada, cenital, goteante, filtrada por el follaje o los vitrales, oblicua y acompasada, especular y cegadora, cristalina o terrosa, crepuscular y atestada de apagados tintineos.

De las diez de la mañana hasta las 4 de la tarde, dice Humboldt, se observan variados cortejos de la suspensión y la refracción de luz, como golpes de naipe en la base de la nariz.  ¿Humboldt descubre un octavo de la luz del archipiélago o simplemente la describe, la describe o simplemente la secciona y la muestra a los cuatro vientos con rigor científico y poesía razonada? ¿Descubre, redescubre, reaviva, destaca, se babosea como el niño? Cada quien que escoja su ceniza y la esparza, que siempre algún cierto le calzar la espalda.  No sé por qué, pero Humboldt aquí parece descubrir la lejanía (siendo él un ente en ese instante tan lejano), cuando mira los azules de cada cielo o de las distancias ribeteando objetos mediatos. Todo su enriquecido diálogo cubano sintetiza una experiencia: la poesía brota del entorno natural y toda poesía en sí misma es árbol y aire y luz comprimida y atributo del ambiente. La huella del dedo puede ser seguida como un rastro por el viento y el viento deja pulgares en la claridad. En cada árbol hay atado un caballo y cada caballo es una pieza del vivaqueo de Europa en tierra de América. Eso lo vio Humboldt, con ojo que comenzaba a ser parte del ajiaco, que igual provoca estreñimientos que diarreas, que igual nos pone adustos y solemnes que divertidos y chistosos.

¿Qué otras cosas descubrieron los viajeros?

Hemos descubierto que descubrir es sinónimo de tantas cosas: echar al viento, levantarse de un salto, desobstruir, revelar, destapar ollas, desflorar, exhumar, desenvainar. Tal multitud de significados permite que cualquier caminante curioso que pisa nuestras costas tenga oblongas oportunidades de descubridor. Nuestro país, efectivamente, ha producido descubridores a pastos. En 1928, por ejemplo, Abbot descubrió para los norteamericanos que en esta islita crece un exuberante producto de la naturaleza llamado ceiba por los nativos, gigante de siete o nueve brazos, dragón vegetal, polifemo de una extremidad plantal, tronco sensual, sagrado  y reino de los misterios.  Abbot cuchichea acerca del coloso, que afianza músculos para resistir tempestades, y asocia este gigantismo con el borrascoso clima del  trópico y con la desmesurada puja constante por la sobrevivencia.

Descubrir es también potenciar un instante, despejar un celaje que obstruía.  Abbot trajo consigo innumerables sombreros, que fue  soltando a medida que abría la boca y la ya manida lujuria de aquellos bosques del dieciocho y el diecinueve,  hoy difuntos, saltaban al sendero con flores de hasta un par de colores y un trío de perfumes en el mismo cogollo.  Para Abbot todo era descubrimiento: una bibijagua, un descubrimiento, dos bibijaguas, dos descubrimientos.  En fin, todo es descubrimiento en su libreta de notas: desde la piña silvestre que forma colonias en la rama de la ceiba hasta las tajadas de sol que se filtran inverosímiles y mansas entre los gigantes del monte. Vemos cómo hemos facilitado la encomienda o labor de descubrir al visitante, con una amabilidad en la rama y una hospitalidad en la luz.

Otro tipo de descubridores son, por ejemplo, Fernando Ortiz y la señora Lydia Cabrera.  Don Fernando, desde su óptica natal, sin  comprar gafas en ninguna latitud, volvió a mirar sobre la isla y el panorama y conflicto de las razas se le rindió como un animal noble.  Como exclamara Alfonso Reyes, desde su afamada cátedra mexicana, “sabio en el concepto humanístico y también en el concepto humano, él ve claridades donde imperaban sombras oscuras y reparte cordura y razón y tolerancia a raudales, con una mano tan cubana que parecen  banderas las franjas de sus dedos. Un descubridor indiscutible y trascendente de la ceiba es la señora Lydia  Cabrera, que sin embargo nació aquí entre palmares. Descubrir, según vemos, no consiste solo en venir de fuera o de lejos.  No hay más lúcido descubridor que el nativo que mira y ve.  Lydia vio la ceiba en su bioma, con sus armas y trampas extendidas, la vio como Iroko, con  Oddúa sentado en la copa y Olofi pegado al tronco.  En la ceiba de Lydia viven la Purísima Concepción y la virgen de las Mercedes. Y por ahí se dan vueltas Oggún y Changó.  Eso es tamaño descubrimiento: ver lo que no vio Otro, aun cuando Otro tenía tantos ojos o más que el que vio. ¿Quién descubre con más fortuna y esplendor: quien arriba de allende las palomas y deduce y anota lo  visto o el rellollo que mira y observa y deshilacha destellos aparentemente invisibles en el cortejo de la luz?

¿Algún descubrimiento en el tintero?

Casi todos. El acercamiento del hombre al hombre, de Dios al hombre y del hombre a Dios, y ese recinto de inauguraciones donde se instala la ciencia, que lanza miradas hacia afuera y hacia adentro, nos traer constantes descubrimientos. La falta de descubrimientos es el fin, el cierre de la navaja.  Hay suficiente tejido, no obstante, que destejer y volver a tejer, porque una puerta abierta de misterios es el acceso a nuevos múltiples misterios enceldados. La panoplia es una adquisición constante, la hormiga sensible es una antena inexorable.  La poesía, es decir, descubrir, es el alimento del numen. Y el numen  es el aguijón hacia adentro, la liebre de retorno a la madriguera, la autocontemplación distante y cercana, una vuelta por los cerros, el silbido que convoca a las nostalgias.

AMO EL CORO CUANDO CANTA

Ilustración: Félix Guerra
TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

¿A qué edad comenzó a leer?

Todo tiene su origen, como usted sabe. Yo  vivo de rastrear orígenes, de fundar orígenes.  ¿Mi primera página leída?  Bueno, tendría que remontarme al diluvio o a las glaciaciones.  Fue allá por el siglo tanto.  Caminaba desnudo por un páramo, rocas a am­bos lados, un tigre perfumado pisaba sobre mi huella, calculando que iba a ser su desayuno.  El viento entonces: sopló.  Arrastró un periódico de ese día del Pleistoceno en que informaban, con esa perspicacia de la prensa diaria, que un gordón le iba a ser­vir de salchichón a los felinos.  Me dije: No.  Y vine y me encaramé en mi sillón, donde estoy a salvo de tales infaustos alcatraces de tierra.  Fue un acto insensible, prenatal.  Un golpe precordial de letras antes de que fuera inaugurada la lec­tura.  Y el culpable fue el incienso, el tigre rastreador, la ignorancia de que el desayuno estaba a punto de ser inventado.  Pero no me agradó ser la materia prima del primer invento, ni ser leído ni lectura.  Yo quería en ese instante inicial ser el múltiple lector.

¿Qué libro prefiere leer?

Yo prefiero.  O prefiero preferir.  Mi preferencia ocurre dentro de la diversidad.  La preferencia tiene mil y un rostros multi­plicados por las once mil vírgenes y luego por los cuatro jinetes del apocalipsis, lo que da una suma aproximada al hormiguero.  Todo lo ofrecido tentador, en materia de páginas o tomos, entra a mi jardín sobreponiéndose a los letargos.  A continuación, cami­nar ensoñado sin mover ni las pestañas ni los pies, lo que desemboca a otro acto mañanero de resucitar.  Para mí, si entro al baile de los ideales, el ideal debe acercarse a una constela­ción donde seleccionar no sea mutilar, ni tomar solo un aplaza­miento en la oscuridad.  Leo, pero sobre todo procuro descifrar, que resulta una invitación a fondo y no el simple saludo de acera a acera.  En mi sobrenaturaleza íntima y en las sobrenatu­ralezas creadas, imaginar agregando es la alternativa frente a la mansedumbre de una entrega apagada y liviana.  Prefiero la poes­ía, que es un hecho sin invalidez entre la imagen y la metáfora.  Prefiero la novela, que es la majestad danzando entre sombras chinescas, el sempiterno diálogo observado a pulso y a diario, de la cuna a la tumba, del tambor al trono, del cepillo dental al edredón.  Prefiero el ensayo, que es el bailarín en punta, una segunda remesa de poiesis, un sustratum incombustible.  ¿Qué prefiero cuándo: hoy o ayer?  Soy supersticioso, a veces.  Por tal vestigio y atavismo, no deseo ni pensar qué prefiero, para que ninguna sombra me devele alguna obtusa querencia.  Mi matri­monio es con el harem, soy amante de muchas caricias.  No hay la preferida: amo el coro cuando canta.

¿Cualquier libro, con ser libro, cualquier lectura, con ser lec­tura, ya es suficiente?

Ah, qué va.  No, amigo.  El yoga Yogananda previene contra el exceso infundado y los hábitos sin reflexión.  Resulta decisivo escoger: el tiempo es corto y no a cualquiera le toca.  La bre­vedad de la existencia, el vértigo de la mano inapelable que te toma alguna vez, en la cuna quizás, en el pañal quizás, y te deposita en cualquier médano, y te contemplas ya con los 60 enci­ma del hombro, la reducción de los pulmones a dos lamparitas casi sin llamas, obliga a la selección.  Lo bueno, si es posible o si es imposible.  Aunque, ¿cómo sabe quien escoge que escoge lo mejor?  Para eso se inventaron algunas asignaturas, como la His­toria de la Literatura, se inventó la crítica literaria, que no siempre acierta con sus gongs, y se inventó el amigo y la amis­tad, que recomiendan.  Resulta que necesitamos guías.  Por su­puesto, no hay infalibilidad en los consejos.  El mejor consejo tiene siempre una pata de palo.  Pero entre esas sobras y esos asideros, escoger lo mejor.  Escoger lo mejor, que no es ni lo más placentero ni lo más fácil ni el último hermoso tomo que te vendieron o compraste.  Escoger y escoger lo mejor: dos actos fecundantes, no iguales, acompañantes o no.  Y mientras puedo escoger, persiguiendo las luciérnagas más fascinantes, permanez­co con un pie aquí, con los libros y bibliotecas y la humanidad narrada, toda la humanidad narrada, delante de mis ojos todavía inmortales.

¿Puede ofrecerme una lista de títulos preferidos?

Podría quizás hacer una lista, pero le anotaría una docena de millares de títulos de una docena de centenares de autores.  Todo buen libro que leí, que son muchos, estarían en la lista, además de algunos que no leí, porque voy a leer mañana, además de otros que no se han escrito, pero que voy a leer algún día, además de otros que no se han escrito y no voy a leer nunca.  No soy de los que sueltan una frase, con pose en la nuca de estatua de parque.  ¿Por qué iba a decir grandilocuente y oportunistamen­te ahora: ésta es la lista?  En mi caso no hay listas, listas de nada.  No hay lista ni estoy listo para hacer la lista.

¿Alguna definición para biblioteca o libro?

En primer lugar, la biblioteca es un bosque: bosque asiático, teutón, eslavo, noruego o cubano y tropical.  Y tal como dijo el poeta, el libro es un árbol, o un sol, que viene auroreando uno por aquí y el otro en el espejo.  Porque el sol, a su distancia, envía luz, pero luz que quedaría trunca, trabada, disuelta, si no encuentra la hoja que la convierta en energía primigenia y en oxígeno.  Así que el árbol es como el representante de Dios, es decir, homólogo del hombre, si el hombre se decide a ser el representante del sol en la Tierra.  La hoja del árbol, si vamos a definirlo por lo hemostático, impide que la sangre escape, la humana, y vaya al río animal como turbión: si lo alimenta en directo o si lo alimenta en indirecto, a través de la bestia vegetariana, el hombre por fin se levanta de la eventual condi­ción de cuadrúpedo.  La hoja del libro homologa esa acción, pero ya en otra intersección secuencialmente posterior.  La casuali­dad no arma trampas de tan poco costo: es lo paralelo y lo tan­gencial haciendo coro en la causalidad.  La hoja verde es una biblioteca vegetal, la hoja industrial es la biblioteca razona­da.  La del árbol es razón primigenia, la del libro es otra arre­metida del sol.

¿Algún libro mayor?

Una antigua doctrina árabe anuncia triunfante  que el universo es un enorme libro. Mas, atravesada de olivos, olvida decir que el libro, o todos los libros, es el universo decantado a la ignoran­cia  y a la sustancia inerte. Los chinos reconocen milenariamente al libro como símbolo de poder que mantiene a distancia aceptable la malignidad de los espíritus. La estructura del libro no es mensurable por fuera. Desde los libros de papiro y manuscritos al industrial libro de hoy, el ego y la persona humana resbalaron hacia muchos corrales y de todos lograron salir, cojos o bizcos, no importa, trucidados sus genitales o vomitando esperma, no importa. ¿Y salieron gracias a qué? A que alguien les tendía una furtiva página amiga. El libro ha sido, y es, conspirador, fugi­tivo, orador de barricada, cimarrón de la montaña, el quemado en la hoguera, el perseguido hasta el mosaico, la hoguera misma. Ser absoluto es también una manera de cenizar, pero dígame, ¿alguna guerra perdió? Según el  Mohyiddin ibn Arabi, las letras trascen­dentes trasegaban con el secreto de los secretos de todas las criaturas, quienes, a cincel y a fuerza de soplo divino, descen­dieron cuadrupeando al universo material y habitaron prados y cerros, adoptaron cencerros, se hundieron en las vías fluviales y bajaron a las costas y aguas pelágicas. Es un supón que no asom­bra, un mito hilvanado con sombrillas. Antes que la criatura humana redactara sus libros, quizás existía el libro mayor que lo contenía todo. Pero eso es conjetura, mitología seráfica, apo­logía mayor, y no se si el polvoriento libro de nuestros estantes merece que lo castiguemos con tales desmesuras. Cualquier buen libro leído es el libro mayor. O cualquier buen libro es el li­bro, porque mayor es un grado bélico que le sobra a la lectura.

¿Es realmente bueno leer libros?

A cada familia cubana hay un tío que le desmiente la necesidad de leer. ¿Cómo explicar su suerte siempre navegable? Semejante al pulpo de Opiano en las Halieutica, cabezón y lleno de tentáculos, es dueño de bar o de carnicería. Viste guayaberas de orlas, pasea con señoritas de miel y no le falta el fajo adinerado en el bol­sillo. Ese señor, para firmar, se descubre del jipijapa, pero apenas logra temblar cuando estampa la ininteligible y torpe letra. No me otorgaron el don del sermón ni el olor del sal­chichón. Cada chivo hace tambor con su pellejo.

Hasta los confines, el universo, es una enigmática cordillera y un ábaco misterioso y sin fin. La simple razón tríptica, de espacio-tiempo-tierra de nadie, bastaría para varias humanidades y eternidades. ¿Me imagina administrando el bar y hurtando mili­litros de aguardiente? ¿O cargando perniles al frío? ¿Se lee para luego fundar un emporio de highboles o roncolins o de palomillas o boliches? ¿Cómo después reptar hacia Proust o Víctor Hugo, Wihtman o Martí? ¿Cómo destapar la botella que contiene el genio de Dostoievsky o Pascal? Imposible conciliación de trastabilleos. ¿Por qué, en resumen, leo yo? Es una interrogante a la que no puedo dar cabal definición. Lo que leo nadie me lo aconsejó ni ordenó. Leí y leo para lograr el contacto, nigromantear en atmósferas y en la propia tierra firme. Poseo vías laberínticas de buen cotejo, ojos, nariz, boca, tacto, etcétera, que funcionan con aceptable fidelidad obesa. Pero yo, José, para asomar y mi­rar, asumo la longitud del libro como catalejo. Con ojos asomados a la ventana solo veo rendijas de mundo. Con el ubicuo paginado atisbo paisajes de la Polinesia y de Alejandría y de San Peters­burgo, de la Italia donde elogiar a la locura era una locura apenas permitida, presencio tropelías de 2 gigantones galos o de 2 figuritas que cabalgan entre ínsulas y molinos, o el polo que Ruesch coloca con sumisa gelidez en esta propia penumbrosa y acalorada sala. El libro se alarga y rastrea por los dos extre­mos, o por los tres, orígenes, misterios, anticipaciones. Es la tabla de navegar y acercar latitudes. Para vivir, leía, desde siempre, porque, claro, vivir es tan importante como leer. Más tarde se invirtieron los imanes. Leer fue anticipo, umbral. Ini­ciar el tránsito expectante hacia la posible página escrita. Para aquel estadio, colmo y orgasmo, disnea y frenesí, delirio y aba­rrotamiento, debo pasar y tocarle al vecino, para que open, abra el libro sus puertas y ventanas y permita deambular por entre las inestimables vísceras, donde espera el inmenso bazar de las aventuras, incluidos la palomilla y el boliche intelectual.

¿Qué escogería entre un asado de cordero y un buen libro?

Son lecturas complementarias. Es como si usted diera a escoger entre levantarse por la mañana y acostarse por la noche. No se puede escoger: es inevitable levantarse y acostarse. No puede uno llenarse el estómago de palabras, por más que tenga la cabeza repleta de corderos. Cada cosa en su hora y para su función.

Digo, en alguna parte, que el libro nos convierte en golondrinas, que la casa de los libros, la biblioteca, es la morada del dragón, que la página escrita abre caminos entre el cielo y tie­rra. Digo aún mas: el libro, por ser la mano errante, la cabalgadura que lleva y trae y trasiega con las noticias más oficiosas y pródigas, el caballero que se mira en el espejo de las circunvalaciones deslumbrante, es el primer pan del hombre razonable. Después viene el cordero, pero después viene el cordero. Inevitablemente. Y la pregunta suya, claro, no hay que adivinarlo, procede, para mi suerte, de una fama  equinoccial que se derrama sobre mi persona. Soy, como se dice, cuarto bate en la lectura, y cuarto bate para los asuntos del sentarse a la mesa a deglutir con pasión, sobre todo si es cordero, sobre todo si es el sencillo mendrugo. Lujuria un día, sobriedad al siguiente. Y entre  lujuria y resignación, el manjar imprecindible del buen libro, porque para esa ingestión sí no acepto bagatelas. Ahora escoja usted: ¿levantarse o acostarse?.

¿Leer rápido o leer despacio?

Algunas cosas puedo leerlas relativamente rápido, sobre todo si es prensa diaria o semanal. Si relectura, quizás puedo ser rápi­do. Si contrito en el acto creativo, delante de la mesa repleta de libros despanzurrados y aún la página en blanco, logro mirar vertiginoso aquí y allá y a un tiempo escribir en mi cuartilla. Pero para otras lecturas, me muevo como el molusco que dije que soy. ¿Cómo leer veloz a Nietsche o Tolstoi, con la lectura que salta de un párrafo a otro, con mentalidad de atleta, para romper el récord? Para la buena literatura una lectura lo suficientemente pausada como para recoger y poner, porque el lector no solo percibe lo sugerido sino que además agrega durante una lectura creadora. En ocasiones es más importante lo que se adiciona en imágenes que lo que se levanta del tapiz iluminado de la lectura. Estoy únicamente apurado por todo lo que ignoro, así que déjenme leer y arroparme despacio, sin agravio, por supuesto, para esa lectura que no merece sino una envalentonada prisa.

¿Me habló de un proyecto de biblioteca habitable?

Usted saca afuera ahora ese gato desvelado. Es, digamos, un pro­yecto reiterado de la duermevela. Al enunciarlo, aparece como el influjo irremediable de Borges. Borges adoptó, ahijó, a las bi­bliotecas, sobre todo las desmesuradas y laberínticas. Si ahora concibo una confortable biblioteca-hogar, parece que no puedo prescindir ni de su tigre de palabras, apresado y escapando siempre. Mi biblioteca imaginada tendría  amplios salones ilumi­nados y un mínimo de paredes y muros: sería comunicable y comunicante, de puntal alto y techo de dos aguas. Y además, cómo no, con un número aceptable de ventanas y sillones, pues acostumbro, para dicha de la corpura y la suavidad de los glúteos, permanecer sólo donde hay a una ventana y un sillón, una para viajes cortos por la luz y el otro  para periplos de más largo alcance. La biblioteca tendría, claro, trozos de cielo -sería una especie de biblioteca a cielo abierto-, tendría, cla­ro, alguna espléndida luz de mediodía, árboles y pájaros respec­tivos, luna y puñados de soles tiritando en la oscuridad de un pedazo de noche. Habría olores trasegando, por supuesto: el noc­turno y furtivo del jazmín y el diurno de la calandria colgado de sus penachos rosados. Y perfumes bien condimentados: de frijoles negros, por ejemplo, de quimbombó, por ejemplo, de plátanos maduros fritos o verdes a puñetazos. Y algunas otras golosinas de carne. Y café en el ambiente. De ninguna manera faltaría un bañi­to íntimo, acogedor, con algunos buenos títulos en el estante, para refrescar las vehemencias que se sufren en el trance de aligerar. En fin, un paraíso o Paradiso calientito. Algo bien pensado, amigo, no tema, para quien subsiste con letras, engorda con lecturas, nutre con palabras el protoplasma, entra en solfa después de lecturear. Este proyecto de biblioteca, posible porque es imposible, es susceptible de cambios y sugerencias y permanece abierto de par en par. Se le puede agregar algo de cualquier imaginación o naturaleza. Un hidrante contra incendios. Un manantial a la entrada. Hamacas para siestas y algún paraguas para capear temporales. Y si lo desea, algo, una regadera o man­guera para mantener el jardincito, sí, porque ni los jazmines ni las calandrias viven de chuparse el codo. Ese es mi proyecto: una majadería, una quimera con alas de papel.

¿Ultimo libro que leyó?

Hoy en la mañana, casualmente, sobresalía un libro. Alguien lo sacó con el codo, al pasar. Del librero, digo. Sin mirar la carátula, lo abrí para una lectura de azar concurrente. Leí: Los ojos puros, la mirada inquieta,/ La mejilla caliente y encendida; Así la virgen esperó al poeta/ Con un sueño más largo que una vida. Quedé estremecido por esa voz del misterio mayor y precur­sor. Desde el otro lado de la mampara Martí susurraba su mensaje matinal, usando el ardid de insinuarse con el tomo rebosante de los Versos Varios. De nuevo, a manera de golosina intelectual, apuré esa lectura emancipada y pura, tremolante como la vela del velero.

 

BEBO PEQUEÑAS CANTIDADES DE RIO

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

¿Qué imagen le acude cuando piensa en el río?

Cuando pienso en los ríos o en un río, en esa gran tortuosa vena otilina, como hubiese dicho (César) Vallejo, siempre me acude la imagen de un mismo inexplorado placer: cómo me gustaría remangar el pantalón y cruzar a la otra orilla por un vado transparente, rumoroso y añil. Sería el acto ejemplar e idílico de la rurali­dad, además de una acción de criollísima prudencia y sensualidad. El agua que lame el tobillo es la mansedumbre magnificada, dada la horrorosa longitud del lamedor y sus  aletargadas poten­cias.  Uno logra, el hombre logra domesticar muchas alimañas, pequeñas o grandes, lineales o redondas, alejadas o próximas, pero que el perrito faldero y azul venga, agachado de ojo, suave­mente áspero de lengua, sin ofensas ni colmillos, a besar la piel de tus extremidades inferiores, es de una voluptuosidad demente.  Es como poner los fundamentos de la razón en función de los ve­llos de tus piernas que, mellizas o rollizas, iguales o ligera­mente asimétricas, son bien distintas y duplican la acción y el placer.

Al río de Heráclito el cambiante, los filósofos echaron mi­llones de metros cúbicos de razonamientos. Resulta que a ellos inicialmente les pareció estático, inmutable, quieto, como a ve­ces le parece al testigo conmigo. Pero el río inesperadamente insosegado siempre había sido insosegado, porque la ansiedad del agua no iba a aguardar por los descubridores.  Lo que siempre fue, un día sorprendió a la boca inexperta del filósofo.

Sabemos ya, de sobra, que el líquido viaja, aunque todo viaja, sin cesar, igual que el río, y viaja el escaparate y viaja la ventana seguida de los ventanales, viajan los adoquines de Trocadero por los meandros  del espacio,  viajan los feligre­ses dentro de sus catedrales y, por supuesto, viajan mi sillón y su pasajero, que apenas logran apearse en las estaciones.  He visto al puma beber en la ribera y luego levantar el ópalo de fuego de su mirar.  Vi a la garza detener la potencia trasnochada del ala, para apurar y beber de la corriente. Observé a la golon­drina cuando calmaba la sed, sin detener el incesante aleteo migratorio.  Me he soñado a mí mismo barritando al pie de una larga exaltación de agua, agua añil, otilina como nunca, que quería pimplar de mi carne y mi sangre en movimiento.  He pensado y pienso, siempre con algunas goticas de humedad perlándome el sudor, que el primero en avalanzarse será el que beba más, por­que ambos somos deriva, agua o sangre insosegada, sin quietud posible, sin paciencias en las posibles aunque siempre aplazadas estaciones.  Si me bebe, lo bebo.  Si me baña lo baño,  Si me lame, lo lamo.  Seríamos culpables mutuos de saciar la mutua contemplación sedente.

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ME DEFIENDO Y DIGO: SOY MOLUSCO

ME DEFIENDO Y DIGO: SOY MOLUSCO

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

Diga: ¿cómo ve el mar?

El planeta es el ojo.  El mar es la pupila con que el ojo mira al universo y a su ampulosa eternidad.  El agua es el líquido acuoso sentado sobre un cojinete de tejidos conjuntivos, al cual entra la luz haciendo piruetas invertidas.  Miramos con el agua, aguzo el agua y veo una eventual e inexplorada soledad que se aleja y “Alcanza -escribió Apollinaire- el récord del mundo en altura.”  Me inclino sobre mi balcón existencial, es decir, El Malecón, y ambos, él y yo, damos con nuestros pechos a esa inmensidad salada donde intuimos peces, tridentes, sargazos y náufragos de diversas estirpes, todos en el coro, con sus pulmones y carrillos infla­dos, porque cantan o La Bayamesa o La Marsellesa o cualquier inspirado himno del ahogado.

Retornar al mar, como lo hacen los náufragos, es la manera única de no quedar huérfanos.  Las algas levantan la plenitud de sus brazos y recogen al hijo pródigo.  El coral es un seno, aun­que pétreo, que se acomoda al labio del primogénito.  El mar acuna.  El légamo entona canciones de cuna.  El mar nos pare y no agota su maternidad.  Al encaminarnos al litoral, recuperamos la patria con un movimiento del pie.  Valery, extraviado, afirmó que “Felices son los muertos en la tierra que los entibia y seca de misterios.”  No estoy del todo con el francés.  Más bien pien­so que felices los muertos en el agua, porque no hay tibieza ni resguardo como el del útero materno. Casals imploraba, cierta­mente desconcertado y ciertamente abatido: “Oh, ninfas de la mar, no hagáis que acate de Zeus el cobarde poderío.”  Y rogaba, saco mi cuenta, porque esas múltiples criaturas son algo más que alta­res: son todas las madres tiernas y salobres dispuestas siempre a parirnos nuevamente.

Lezama: ¿le gusta el océano para bañarse?

Soy piel, también soy piel.  ¿A quién no le gusta que le acari­cien los tobillos?  Por el agua del mar, ¿no? anda Moby Dick, la ballena pálida y picapleitos, mi parigual, dándose frescazos, dándose bañuras literarias.  ¿No puedo aspirar a esas golosinas?  En cuanto a golosinas soy un picaflor, siempre que no me obliguen al delantal y los carbones. Lo difícil sería saber si al mar, tan refinado, le gusto yo, que soy pez sin cola y apenas coordino con mis instintos natatorios. Nado peor. Soy un asco de criatura pelágica, alguien sin siquiera escamas anteriores o interiores. Qué ajeno permanezco a una aleta dorsal o anal.  Hundirme y tragar agua no es mi destino en brazos de la madre. Gustarme, me gusta. Gustarme, me encanta. Y de alguna manera esas aguas son mías, como yo soy de ellas. Pero el hombre no debe someterse manso a las leyes ordinarias, sobre todo cuando la razón o la sinrazón lo acompañaña. Amigo, ¿qué haría yo en short o trusa, llevándole 150 kilos de carne al océano?

Tampoco lo imagino, Lezama, en la proa de una nave cruzando ma­res.  ¿Es que no reúne usted requisitos de navegante, son prejui­cios míos, o que lo diviso siempre a bordo de ese sillón tranqui­lo, sin derivas ni apenas balanceos?

No crea.  Como todo muchacho, como todo adolescente, como todo hombre soñador, he soñado.  Por ejemplo, ser vikingo con el hacha al hombro oteando horizontes azules.  Me hubiese gustado carenar en el navío de los hermanos Pinzón, porque lo nuevo o la novedad me arrastra como una marejada.  Carezco de pulmones de navegante, pero cómo me saca afuera el lobo cualquier brisita marinera.  Es cierto, sí, carezco también de biotipo para el remo.  Pero mi sillón del sosiego es además mi sillón del desasosiego. ¿Cree que la velocidad del sillón es de 4 milímetros por siglo?  Pues no: es un sillón persa, primo hermano de las vertiginosas alfom­bras persas.  Hace hasta 11 mil kilómetros por hora, suficiente para vencer la gravedad del letargo.

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ÁRBOL INCORREGIBLEMENTE REPLETO DE DESCUBRIMIENTOS

ÁRBOL INCORREGIBLEMENTE REPLETO DE DESCUBRIMIENTOS

diálogo casi interminable con José Lezama Lima

Lezama, ¿ha pensado en el árbol?  ¿Qué opinión le merece?

Cada árbol es una catedral de hojas y cada hoja una catedral de estancias.  Un animal tiene 4 patas porque no puede tener 2, porque es un mamífero todavía de poca alcurnia.  El hombre tiene 2, porque otras 2 ya logró convertirlas en manos.  El árbol, sin embargo, amigo, se sostiene cómodamente sobre una sola extremi­dad y así de paso no se deja arrastrar por exabruptos y otras velocidades.

El árbol, como yo, como usted ahora, es un viajero inmóvil, alguien que tiene prisa por estarse quieto, por serenarse bajo un cielo en movimiento,.   El árbol se traslada con expansión y es fiel a su paisaje.  Es el único sujeto leal al horizonte: no juega con él, no intenta acercarlo ni alejarlo.

El árbol es un misterio inicial y el misterio en franca re­ducción.  El árbol es el esbozo invertido de una campana sin so­nidos, es el pasado de la cruz.  Y cualquier árbol es el árbol de la vida, el traficante en oxígenos.  Cualquier árbol da pan y da manzanas, cualquiera descorcha vinos y pare azahares.  Un solo pájaro llegando a la hoja anfitriona, a la amplia rama hotelera, fue suficiente razón para que Dios emprendiera el proyecto del árbol.  A ese mismo proyecto multiplicado por el infinito, lo llamó, excitado, divertido, con el nombre altisonante de bosque.

El  bosque es, pues, la altisonancia, el abolengo vegetal, el delirio de la creación, el frenesí de jugar con un dedo creativo e instantáneo.  Dios puso el dedo, su dedo de Dios, y lo iluminó a usted y me puso luz a mí y lanzó la iniciativa de los bosques, de donde debíamos tomar la fruta y la sombra y la flecha y la silla y la mesa y la cama, para hacer un tránsito relativamente seguro  y confortable.

Dígame algo verde de los árboles

¿Verde sin que yo sea un viejo verde?  Pues le informaré que de niño yo orinaba detrás de un árbol verde.  Y que si de mayor no lo hago, es porque carezco de árbol íntimo, al fondo del patio, donde desahogar mi humedad.  Bueno, ¿y qué hay de verde en esa confesión?  ¿Orinar es una acción verde por el simple hecho de que orinamos con el mismo órgano de fornicar?  Y, bueno, ¿forni­car es una acometida verde, porque el color del diablo es de un verde azufre y corrompido?  No.  Nada es verde en ese sentido satánico, ni el propio Satán, que me han dicho se tiñe el cabe­llo.

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PAN DIAMANTINO PARA MUCHOS OTROS AMANECERES

200px-Debajodeunsicomoro(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

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Su retrato de Martí

Martí es un vecino arropado de los senderos, un solitario que mira de frente y se abanica con palmas. una levita olorosa  a camino, a monte, a ciervo que busca amparo, a banderón de la entrada.  Su mentón huidizo carece de importancia, porque vive bajo un follaje bigotudo.  Es una persona intensa, olvidada de los espejos.  Crece duplicándose desde la barbilla a la frente, donde redoblan faldas y palmares.  El mar es un apócope de su persona y él es un aféresis bien pensado del mártir.  La suma amplitud de su patriotismo se ensancha con la magnitud del hueso frontal y algunas occipitaciones de fondo.  Ojo de mirar profun­do, aunque no oscuro, penetrante, aunque sin filo, perfila una sinuosa búsqueda sin sombrero sobre la tierra.  Se entrega, con cariño manifiesto, manosea, acaricia de cerca, exhibe dedos irre­fragables, se acoda, escucha, percibe, riposta.  Y entre ambos, platicador y platicado, abulta una enredadera de tilos y cundia­mores, saúcos y buganvilias, hasta que amanece y las crepitacio­nes se rinden incondicionales al verbo.  ¡Qué mansa inmensidad, qué furiosa dulzura!  Adereza palabras inefables para alabar virtudes y anatemas espantosos para azotar pecados.  Aunque nunca se detuvo en ninguna mejilla con el látigo en la mano.  La sátira o la ironía, raramente mordaz, se tendían como puente imperceptible o como rosa de enero.  En el rostro le jugaba una sonrisa, leve, no de alegría ni por chistes o bromas (aunque sí parece que se podía constatar su eventual sentido del humor), sino por una dulcedumbre tristeza de amor que se alelaba en el aire, entraba a los pulmones, planeaba como hoja de otoño, se dejaba atrapar, silbaba otro poco y luego iba a buscar nido al anochecer.  Nunca nadie fue igual, tanto en días de vendimia como de vivaqueo.  Fue un peregrino en movimiento, abandonado a ratos y a ratos oculto de su propio parapeto  cervical.  Su ternura se alimentaba de un encantado manto freático, en territorios ubica­dos al sur y al norte.  Al viajar, alternando miradas de águila y de paloma, le crecieron nuevas ramas y raíces, como al ser desti­nado por los aleros para meditar en las más agudas y suaves aris­tas materiales.  Era un coloso colosal.  Aunque al estilo griego, no por la estatura sino por la figura.  Su esqueleto fibroso dimensionaba dentro del traje y desbordaba la elocuencia de las diversas locaciones.  Rimaba estrella con locura, mientras ad­vertía el remanso de las expansiones y la demencia de las lejan­ías.  No fue ciertamente hombre para vivir atribulándose hasta los 70, ni para fallecer durmiendo en un catre o hamaca, sino, paradójicamente, para atacar con un arma que no dispara y cabal­gar hacia un enemigo que ama más que aborrece, que desea más redimir que derribar.

¿Cómo pudo Martí caer sobre las palabras sin despertarles sussombras?

Imagine, estimado, por esa imagen, qué sigilosa urdimbre de per­sona.  Procedía de su noble aturdimiento para cabalgar en sordina sobre el lenguaje, como quien intercede por el viento sin necesidad de percibir lamentos.  La hojarasca no crepitaba bajo su apasionado pie.  Acercarse como una sombra a otra sombra, es de utilidad sustantiva y sustancial al poeta.

Quien maltrata el verbo y arrastra el adjetivo a su lugar de oración, es un ente ríspido y volátil o un simple chapucero de callejón.  Rózame sin rozarme, saluda sin guiñar un ojo.

Ni afasias ni afonías: un callado estruendo.  Retumbaba en el ínterin, pero las diademas de sus brillos le llegaban secretamente y sin chistar.  No se atragantaba con palabras verticales, antes las hacía bracear por los molinos y desechaba solo las inoportunas y atroces.  Mano de maestro es eso precisa­mente, un ala inaudible, porque además de su magisterio cubano, el lenguaje le debe una cátedra y una multitud de misterios.  Con palabras amodorradas y profundas, Martí articuló un idioma reno­vado que nos va perteneciendo en sus transformaciones.  Ejércitos de palabras adiestró con este, su oculto método, no con la inten­ción lívida de crear umbráculos: su propósito confeso y cotidiano fue la claridad y vivir y morir de cara al sol.

¿Alguna influencia martiana en su poética, Lezama?

Cuando el Maestro anuncia la lluvia de la noche, el baño en el Contramaestre, la caricia del agua que corre, la seda del agua, y redacta ansioso durante el crepúsculo estrellado del 15, mayo en el almanaque, a 4 jornadas del 19, está anticipando varios deve­nires.  Es el azar precursor que concurre.  El poeta aprieta la noche a  la humedad que circunvala, inunda el agua con una suerte de seda de manantiales y cariños.  Y luego, como ignorando que acaba de tocar cielo y tierra con la punta del arpa, agrega: “… para la mujer de Rosalío, cebollas y ajos, y papas y aceitunas para Valentín”, intuyendo y convencido que entre ambos mundos de cubanía universal no se oponía ningún castillo medieval, de cristal o naipes.  Ve en la gran vitrina azogada cómo del pote de la harina se elevan arco iris previos al aguacero y cómo el rocío yaciente se anticipa a las emanaciones del potaje de garban­zos.  En el espejo se mira el espejo, que contiene una multitud de espejos reflejantes.  Yo, por supuesto, y mi asma, mis inspi­raciones atribuladas, los flujos y reflujos de tú y yo, así como los partes meteorológicos y los regresos del totí al Prado, esta­ban contenidos en los hilos balanceados de esos suspensos.  No porque se calce una naturaleza preconcebida o retrospectiva, sino porque el tiempo va abriendo páginas concurrentes, sino porque esas hojas y todo el árbol de los Diarios, son iluminaciones y potencias del misterio.  Y toda luz, más tarde o temprano, se dirige a sus destinos.  Yo bebí y bebo de aquellas lluvias, bajo idénticas noches.  Y tal sigiloso azar  constituye uno de los placeres de existir.  ¿Por quién me dejo acariciar si no me dejo acariciar por mis aguas que corren?

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UNA CADENA DE VICTORIAS

UNA CADENA DE VICTORIAS

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

(Introducción Última Parte)

Las entrevistas que siguen, son el resumen en fin de un trabajo comenzado a mediados de los 60, recomenzado en 1970 y abruptamen­te cortado en la primera mitad de 1976.  La marea del reconoci­miento a su obra crece fuera y dentro. Su ascenso recuerda una epopeya del béisbol: cuando un equipo sotanero y ajeno al público eslabona sensacionalmente una cadena de victorias que lo condu­cen a la cumbre del triunfo y la popularidad.

En 1986 retorno a un órgano de prensa. Reviso las viejas agendas y papeles. Saco todo a la luz del día. Rememoro, re­construyo, transcribo, adivino brillos en mis propios garabatos. En 1993 publico, al fin, en la revista Bohemia y en La Gaceta de Cuba (literaria), un grupo de aquellas entrevistas. A menudo viene a la memoria una frase de Lezama, lector recurrente de Proust y criatura tan ansiosa por los avisos que le llegaban de todas partes para que se apurara, como por los tiempos perdidos y quizás de alguna manera recuperados.

-Yo veré esas entrevistas publicadas. Depende de cuánta velocidad se imprima usted mismo. Pero si no las veo, conozco sobre qué disertan y cómo se iluminan, y esa novedad me acerca un airoso viento de júbilo. Para merecer algunas vigencias veni­deras, hay también que saber ser dignamente el pasado.felix_guerra_1a

 

Félix Guerra

diciembre/93

¿QUÉ TAL DE RESONANCIAS?

¿QUÉ TAL DE RESONANCIAS?

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

(Introducción V Parte)

La labor de tomar notas continúa bajo la aparente indiferencia de Lezama.  Un día hasta grabamos dos cintas con una grabadora que me presta por una semana el poeta Wichy Nogueras, conocido tam­bién con el alias de Cabeza de Zanahoria (dado el rojo pajizo de su cabello y el título de su poemario inicial). En 1970 ocurren 2 sucesos que solo debieron ser para bien.  Uno, la publicación de la Valoración Múltiple (sobre Lezama) que publica Casa de las Américas: se trata de un reconocimiento en grande de la labor como ensayista, novelista y poeta del amigo gordo, cuyo repentino encumbramiento no varió un ápice su hospitalidad y candor.  Dos, tras la publicación de Che Sierra adentro, conseguida en prolon­gadas caminatas por la Sierra y más de un centenar de entrevistas con campesinos y combatientes localizados casi siempre en el es­cenario de los hechos, la incomprensión acumula alrededor nuestro oscuras y cargadas fermentaciones: era la uña afilada de cierta bárbara burocracia de turno (que luego el viento y el tiempo se llevaron).  Froilán y yo no pudimos recoger lauros del trabajo y emprendimos una retirada que nos excluía por tiempo indefinido de los medios periodísticos y parcialmente de los literarios.

Debo explicar de qué manera además la Valoración Múltiple sobre Lezama me golpeaba a mí en pleno mentón.  Allí venía con­densado y listo para consumir mucho más del 70 por ciento de lo que acumulaban mis lentas agendas.  La excelente Valoración de Pedro Simón trillaba un camino que yo creía intocado.  Mi carga quedaba irremediablemente sin valor.

Visito a Lezama. Lo felicito. Pero sin poder esconder del todo mis aflicciones.  Pregunta.  Explico la doble angustia. Se produce una pausa, un palpable silencio, quizás el primero durante las muchas horas-plática acumuladas. “¿Y usted qué va a hacer ahora? ¿Se quedó además sin proyecto?” -pregunta Lezama. Opino que con respecto a nuestra larga entrevista al menos algún remedio se podía intentar, pero que él debía meditar si gastaba más tiempo con un desempleado que ahora de momento no sabía dónde podría publicar sus cosas. “¿En qué consistiría tal remedio?”  Bien, digo, en recomenzar de cero. Salir de los caminos conoci­dos e improvisar un juego con otras coordenadas.  Le convido a un carnaval aparte.  Salimos de sus inmensos terrenos e invadimos territorios más allá de las fronteras.  Yo preguntaría de todo, de cualquier cosa. Usted respondería lo que le viniera en ganas. Usted tendría la opción de rechazar y yo de insistir. Nos iría­mos a temas quizás menos cultos en el sentido cultural pero igualmente con su cultura. Sacaríamos a flote un Lezama descono­cido, impensado. Deambularíamos por callejas que develen, iluminen, revelen, aclaren, completen. Por desfiladeros que nos obliguen a remover sesos y neuronas. ¿Demasiado ambicioso o demasiado molesto para usted? ¿Sueño de una noche de verano?

Lezama chupa largo del tabaco que hoy mismo, anuncia, le ha regalado Reynaldo González. La disnea esa tarde no le perturba la sonrisa.  Lanza una parrafada dialogal.  No entiendo.  Otra vaharada suya pasa rozando, pero mi ansiedad y expectación me impiden descifrar. Una impresión sí va tomando cuerpo en el aire, hasta que al fin Lezama le pone barro comprensible en los pies y en la cabeza.  Hoy él, José Feliz, desea ser solidario con el Infeliz Félix.  ¿De cero dice? Acepta. Trato hecho. Reco­mencemos.  “A ver: saque usted agenda de su repertorio. Oh, ¿qué seríamos sin las agendas?” Aclaro, atrapado entre las sorpresas, que ese día no traigo agendas. Mañana, lo juraba, traería una docena de ellas. Distensión. El buen humor y el optimismo reco­bran despacio sus territorios. Lezama solicita: “María Luisa, por favor. ¿Quieres traernos dos copitas chicas del vino tinto que decapitamos ayer (un regalo -dijo- de Manuel Moreno Fragi­nals)? Queremos ahora celebrar algunas victorias y algunas afor­tunadas desgracias.” Vino (de algún viñedo español situado en la distancia). Y de nuevo a la labor. “¿Qué tal ahora de reso­nancias, joven?