A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

ALGO DE HISTORIA NO VENDRÍA MAL… (Continuará)

DEL CAPÍTULO 14 DE PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

Observando los días remotos en que concibió sus primeros poemas, parejos a los actuales, sus ensayos, de similares plenitudes a los de hoy, así como sus novelas, elaboradas en dos tiempos semejantes, parece como si usted hubiese preconcebido en una hora su obra y a continuación sentado lentamente a escribirla.

Podría alegar, para no responder, el hecho de que las intimidades prenatales son pompas biológicas sin memoria. Nacer y renacer es una aventura doblemente complicada por la esoteria. Con precocidad amniótica yo supe que debía escribir y luego me asignaron con cierta oficialidad materna esa misión. Era código genético y luego familiar, hecho acaecido este último entre sillones y sofás y recalcado tiernamente durante los almuerzos. Así que la ventaja de salir con los disparos, me permitió adelantar en la carrera. Cuando razoné, a mucho menos de la mitad del siglo, que si eran m s de las 9 de la mañana en mi reloj, lo era en otro sinnúmero de relojes y con igual precisión de ese día en lo adelante, recorrí un trecho en la comprensión de los horarios. Algo de historia no vendría mal, pero no es la ocasión. Alguien recientemente, tratando de caracterizarme, dijo que yo, Lezama, vine con la poesía, vi con el ensayo y vencí con la novela. A grandes rasgos, un día me senté: dibujé con signos cirílicos una apretada síntesis de escaramuzas y calculé en base a un calendario multiplicado por clepsidras y cronómetros. También mandé a encolar los sillones y puse agua a hervir en la hornilla.

No aspiro a una conclusión de mi persona confeccionada a mano. Ya de por sí resultan impracticables e imposibles las conclusiones, porque la última palabra es siempre una deflagración carente de sinceridad futura. Admitamos el lugar preferente de las inconclusiones.

Para usted la poética es previa al poema. El sistema, la génesis de cualquier valor literario creado o increado. ¿Qué lo indujo a esa concepción de que conceptualizar es primordial y antecede a la pagina escrita?

Si usted fabrica marcos de madera, no debe preocuparse. Pero si resulta el afortunado pintor, mucho antes de buscar clavos y listonería de madera por el patio, debe detenerse a mirar la luz. Recuerde que la luz que usted ve no es luz porque usted la vea. Si está parado en ese punto cero luminoso, debe comenzar un conteo regresivo, recular por el muro y poner un agua de infusiones a la candela. Lo demás bulle como si se dijera: es coser y cantar. Aunque siempre más cantar que coser.

Usted posee no menos que la certidumbre de que su producción literaria está entre las más sugerentes y hondas de Cuba e Hispanoamérica, sin descartar al mundo. Pero permanece atado a esta salita pequeña y penumbrosa y a la humedad que transpira su hogar. ¿Por qué?

No descarte usted tampoco que el tiempo diga otra cosa. Pero siendo así como dice, esta sala y esta penumbra fueron las cobijas de mis páginas. ¿Tendrá algún valor museable desde ya esta casa de Trocadero 162? Si se cumple que lo sea, yo habré tenido el privilegio de escribir en mi propia casa y en el museo que me legarán la nación y los compatriotas. Es como vivir en una catedral del futuro y que de alguna manera se lo avisen a uno a través de la prensa.

Facilidad para conceptualizar, erudición, ingenio, frecuencia para producir imágenes y revelar resquicios del lenguaje, son atributos de su intelecto que usted aprecia y por los cuales da gracias. ¿Cierto?

Es el antiguo conflicto del ruiseñor: si vuela, se salva, si no logra volar, estalla.

De su persona emana una impresión continua de padre o abuelo liberal, democrático, abierto en la misma medida que lo pueda ser la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Fluye de usted una seguridad por sus convicciones y una inseguridad hasta por la primera letra de su nombre. ¿A esta altura de la vida necesita solo una oreja receptiva y sensible para sentirse al borde de la gloria? ¿No hay ninguna represión, sexual o de cualquier otra naturaleza? ¿Su estilo transparente es parte de un proyecto o una espontaneidad?

Como diría tío Andresito, no son tantas sus preguntas como lo seguido que las hace. Creo moverme en una espiral tensa: en el sentido de las manecillas del reloj y en el opuesto. Hoy amanecí sin pasado, como suele sucederme, y no calculé ese despertar. Cuando me levanté fui a afeitarme, con el agua corriendo por el fondo nácar del lavamanos. La radio anunció una cifra de víctimas por las inundaciones en la China. Aplaqué la navaja, la cerré. La noticia me indujo al epigrama de referencias asiáticas que le mostré hace unos minutos. La cantidad hechizada no es sino eso: azar de ojos oblicuos, aunque espontáneo. En mis proyectos de vida dejé en libertad la sencillez que reposa en un conocimiento de lo natural. No me las doy de bueno, porque soy ángel y diablo. Pero las víctimas y el filo de la navaja actuaron sobre mi sexo: un encogimiento espontáneo, un acto matinal de contrición y sinceridad. He ahí una muestra de que solo escondo lo que tengo que es esconder. Lo que esconde usted. Lo que escondían Rahotep o Cleopatra, ante el espectáculo desbordado de las arenas y los presentimientos milenarios.

Con respecto a las orejas, las prefiero si es posible al borde de mi gloria. Aclaro: cuando digo gloria, no hablo de la boba seductora de los supuestos elegidos, que entonces no resisten ni un vaso de agua sin que se les vaya a la cabeza. Hablo de la gloria respetable de este tabaco Habano, legítimo de La Habana. Y cierto, la J, que comparto con algunos admirables tocayos, me crea la inestable perplejidad, casi la duda, casi la convicción, de que la pusieron ahí para que un día me jodan de verdad, o sea, con un tajo ventral jamás reparable.

 

 

 

¿Le convence el mito del lobo?

DEL CAPÍTULO 13 DE PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO: “UNA VENTANA POR ABRIR” (3 parte)

Como animal, el lobo me resulta fascinante: por su estilo de correr con el ojo dilatado por el hilo de la noche. ¿No estaremos entrando al tema de los corderos por la puerta del fondo? Se dice que los lobos son símbolos del principio del mal y amparados en ese pretexto y desde hace siglos, asomamos ballestas y perdigones. ¿Criaturas endemoniadas vinculadas al aniquilamiento final? Posiblemente. Pero ¿aniquilamiento de quién? Por supuesto, sabemos lo que tragan los lobos y a quiénes pertenecen las pieles que se ofertan al contado o a plazos: los escaparates rebosan, en el valle las víctimas aúllan escandalizadas a la luna. El gran lobo caza con escopetas. El lobo mayor hace prevalecer su sueño y se enfunda en una piyama antes de ir a sus reposos. Apenas amanezca recargará cartuchos. ¿Cómo creer en la crueldad del lobo si lo vemos famélico languidecer en la cruz?  Entretanto, alguien desayuna y sale temprano a probar puntería. ¿Cómo creer en la crueldad del lobo si apenas quedan siluetas a contraluz intentando borrar la huella esparrancada y ocultarse en la nieve remota de los sueños?

 

DIÁLOGO

Símbolos

Ilustración Félix Guerra

DEL CAPÍTULO 13 DE PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO: “UNA VENTANA POR ABRIR” (2 parte)

¿Le tienen sin cuidado ciertos símbolos y estaría dispuesto a cancelar algunos?

Resultan frecuentes esos arranques en mí, aunque no los exteriorice a menudo ni los utilice como emblemas. Es un revolverse contra cosas demasiado establecidas. Ocurre que los sedimentos se trasmutan en cieno y el acervo en demacrada tradición. Soy poco fiel a credos cuando me enfrento sobre todo a encurtidos de la cultura. No hay golpe de hacha definitivo, sino un brillo ventral que decapita al ser de su sombrilla y a la sombrilla de la luz que soporta en el tejado.  Tomemos el ejemplo significativo de los corderos, ya que antes hablábamos del sabroso sabor de los corderos. ¿Simbolizan la pureza por su lana blanca o por la blancura de su lana?  Entre otras cosas, blanca es el arma de Bruto cuando clava estocadas al Imperio. Blanca es la madre de Alberto, vecinos nuestros, que le inculcó al hijo la violencia para sobrevivir: efectivamente, ella vive en la violencia de tenerlo lejos y él subsiste entre barrotes y casi tan pálido como la osamenta de la muerte. ¿El cordero simboliza la inocencia porque pasta de una yerba rústica y sobrante?  Quien discrimina la yerba ignora su condición de feroz almacén de energía arrebatada al sol. Hervíboro es el elefante y algunos dinosaurios y también usted, Homo sapiens, que traga lechugas y berros y tímidas acelgas, aunque de ninguna manera desprecia el sabor del cordero. De uva y caña se hace licor que torna aún más devorante y carnívoro el apetito de nosotros.

¿Cordero quien calla y transcurre con mansedumbre sobre la llama encendida de la vida? ¿Es bandera blanca o corbata de miel que devoran las hormigas? ¿Quien se hinca a implorar miel para la salud de su agrio señor? ¿Quien soporta carretas y carretones y luce un brillo especial en el cuello que atrae el fulgor de los metales?  Hay sogas que, por supuesto, reclaman su pescuezo y pescuezos que no viven sin su soga. Pero todo aguarda su redención: pescuezo y soga y soga y pescuezo.

Ah, pero de pronto, resulta que: Vocor Agnus sun Leo Fortis (Me llaman cordero, soy un león fuerte). El Agnus Dai lanzando la moneda al aire, que puede caer por su revés. El débil invierte sus ejércitos y hace correr a los elefantes. El cordero como cordero puro es la degradación vacua del mito. Las briznas del león fueron repartidas y el cordero estaba en el reparto. El más carnívoro lleva cordura y cordero dentro. La despensa de los mansos acumula colmillos de agudo filustre detrás de los cristales de la mansedumbre. Los símbolos simbolizan lo suyo y lo contrario. Como lo imposible es posible, otro ejemplo entra al baile: el león es cordero, el cordero es león. Y la expansión continúa afilándose entre dos tensas debilidades: el miedo a no ser fuerte y el temor a que tu fuerza redoble odio y número de tus enemigos.

 

ENTRE CIELO Y TIERRA

Hablar de catedrales

Ilustración Félix Guerra

DEL CAPÍTULO 13 DE PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO: “UNA VENTANA POR ABRIR” (1 parte)

Usted habló de catedrales en el futuro. ¿Puede ampliar el concepto?

¿Es más asombroso el titánico acoplamiento de los elefantes que el abrazo amoroso de las lagartijas?  Con igual tijera erótica fueron silueteados los coitos del jubo y la anaconda.  Los seres orgásmicos solo inauguran lo mismo: historia.  La historia eyaculada o escrita de nosotros se erigió con un pie encima, foráneo y férreo, y entre ajenos y alternados bisbiseos y estornudos. Otros comenzaron por nosotros en los lugares que iban a ser nuestros. Nosotros adoptábamos en nombre de lo que  íbamos siendo, tanto los vicios como las virtudes de los que no pudieron dejar de ser los aquellos. Similar a lo inaudito: que de la manga el mago se saque otra manga, o que la garra invada el pecho vecino para dejar a la fuerza el regalo de una gran calabaza. Arrasadores por ambición y excluyentes por vía de los escrúpulos, fueron reducidos por el tiempo a la condición de semilla espermática.  Lo que aquí constituía virtud allá  era vicio, el vicio de aquí alabada virtud allá. No hay simetrías perfectas ni entre los círculos ni en los gemifloros.  La ilusión de la perfección le viene pisando los talones a la utopía desde el comienzo bíblico de los mazapanes.

Los que arribaron a estas ínsulas, penínsulas y territorios continentales, de no haber llegado se hubieran quedado obrando en la propia santidad, sin el resolutivo poder de reimaginar, solo imaginando por otro tiempo el repetitivo líquido  feudal y el  fausto renacentista. El estallido de imágenes universalizadas fluctuó alrededor del choque, con las consecuentes ondas expansivas en distintas latitudes.  Pero en semejante colisión, ¿quiénes forzosamente aportaron el mayor caudal de sangre, más escapatorias, naufragios, nostalgias, quiénes el virgo para que los desvirgaran, quiénes la mano para que la cortaran? ¿Quién imaginó más imágenes entre las muchas imaginadas y dejó ahí resollando sus potencialidades cósmicas?  ¿Qué y cómo colocó cada cual en sus  altares?  Hablemos de dioses derruidos y suplantados, de ceniza fertilizada en el baile de las oraciones, de perniles de cultura cortados para zanjar el hambre de un solo almuerzo, del espejito repartido para que más tarde la víctima admirara sus propias cicatrices.  Me tapan la boca para que no se oiga el grito, pero el grito sigue adentro.  El conquistador actuaba en minoría, y eso era su gran desventaja para apreciar la curvatura de los espejos y el claroscuro móvil de las vitrinas, atesoraba mirando a su puerto de origen, y eso era un estorbo enorme para volar raudo sobre la orquesta y el festín de los instrumentos.  El conquistado resultaba una multitud inmolando la posibilidad inagotable de su propio polvo y por lo general una mayoría obligada a resistir con boca de rana y a temblar con pata de cocodrilo. Aquel metía monedas a su bolsa, el nosotros reptaba por los farallones. Y fuimos nosotros, los aquellos nosotros, los mutilados, los aglomerados en bulto bajo los aguaceros y donando enseguida todo ese sudor al cielo, quienes fulgíamos como las catedrales en el futuro del Viejo Mundo. Con los asaltos a mano armada en los callejones de América, se costeó una buena parte del postín europeo y su reiterado protagonismo.

Aspirar a nuestras catedrales en el futuro no es una renovación de escarnios ni una apetencia de trufar a la inversa. Tal afán solo lograría, si lograra algo, construir pírricas catedrales en el pasado. Eso, en caso de que el consenso de la flor aceptara retroceder a la yema venal. Algunas catedrales en el futuro las imagino como catedrales reales, elevando uno o dos campanarios. Otras como quitatapas sin contrafuertes ni etiquetas: una especie de barro de murano, alquimista y trasmutable, o una cortina tropical, abierta y solícita, o una yeguada en estampida por valles sembrados de polen puro. Otras son más difíciles de imaginar. Que el libro quizás pase de su sitio en la cabecera a ser la cabecera misma, interiorizando poliespumas y linotipos, sería un mérito catedrático de la nación. El auge del poeta y la poesía, entendidos como ser creador y summun creado, en medio de una escasez crónica de generales y acorazados, sería una catedral mayúscula a la que podrían aspirar todos los países y su concierto. Pero la gran catedral llegaría como una certidumbre: colofón de ritmo gótico, preciosas columnatas y rapsodias y comparsas de rutilar, muchedumbre que se juntaría a reconocer los padres fundadores, sin fanfarrias ni solemnidades y en el implícito concepto de que cualquier ser orgásmico es padre o madre fecundante. En esa fiesta, canto al individuo y la individualidad plenos, habría, por supuesto, más flores que artillería, más palomas que rencillas, e infinitamente más tolerancias que crucifijos o banderas. O no serían todavía esas las catedrales del futuro.

LLEVAR LUZ EN EL ROSTRO

PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

Si le diera a escoger, ¿qué animal querría ser?

Sería el animal que soy. Es decir, hipopótamo por la vestidura, por el corpachón y la apariencia, con una pizca de león en las migas y algo de mariposa feroz para remontar las latitudes y escapar transformado a las alucinaciones. Ahora, si se trata de ser otro animal además del que soy, o sea, simultanear, posiblemente escogería entre gaviota y lechuza, pues no renuncio, en primera instancia, teniendo agua tan cerca, a esa vivencia sobre el mar, de aguardar en el puerto, estar allí para ver cómo llega el mundo, ni renuncio, en segunda, teniéndola tan cerca y estando yo inserto, a una visión aérea de mi propio zócalo urbano durante la madrugada, cuando el graznido agorero sobrevuela el sueño o la duermevela.

Las gaviotas, no obstante la suma escabrosa de la especie, se entretienen indefinidas en acumular nostalgias y en recibir pañuelos. La lechuza es un guardián polifémico y no hay nadie ni nadie, entre ratas y ratones, que guste de correrle debajo al vuelo cernido y al garfio pirata. Pero esas preferencias sería por una tarde, o por dos, cuando más, pues una altura prolongada terminaría en vértigo y melancolía por mi sillón. Además, puesto a escoger, así, con esa facilidad con que usted abre los reinos, querría probar suertes.

En mis planes estaría, por ejemplo, durante la siguiente noche, ser cocuyo, pues nunca comprendí, yo que intento comprender tantas cosas, ¿qué es eso de llevar luz en la frente? ¿Se trata de un simple invento de bicho o es la misma claridad esencial y laberíntica que conduce a ser poeta, profeta, redentor, líder, dios, guía? Tampoco vendría mal, ya que estamos en eso, darse una vuelta por la oscuridad con ojos y garras de pantera. Sería estupendo atisbar desde las penumbras y sembrar el pánico entre las pequeñas criaturas. Las panteras no rugen a la luna, pero yo, pantera snob, rugiría a la luna, haciendo uso de toda mi capacidad de aterrorizar, quizás solo para ahorrarme el trabajo de ser lobo también y así matar dos mamíferos de un tiro. Luego, cuando esperaran el zarpazo cruel, me retiraría amable y dócil y recitando aquello de tiene el leopardo un abrigo en su monte seco y pardo. Los miedos deben tener también sus sustos, para ir desprejuiciando a los temerosos espantados de cualquier terror.

Ayer pedí una breve antología de paisajes. ¿Podría obtenerla hoy?

En algún sitio de este texto debemos hacer constar que: 1) el trato consistía en que usted no se inhibiera de preguntar y que yo respondería (y respondí todo), 2) mis respuestas no tenían que ceñirse estrictas por los 4 costados, porque finalmente en un diálogo dilatado quedaría cubierto todo el territorio, excepto aquel resbaladizo que no quisiéramos por acuerdo pisar, 3) en algunos casos yo podría posponer (y pospuse) la respuesta para el momento adecuado porque aunque no sé si es más fácil improvisar preguntas que respuestas, no estoy obligado a morder de inmediato su carnada, 4)se repitieron a veces las mismas preguntas y no ofrecí nunca una respuesta igual, porque cualquier palmo de tierra es inagotable y conversar suaviza las asperezas, y 5) la única censura a los prolongados intercambios vendrá rodando desde lo que provisionalmente llamaremos su conciencia hasta el ámbito de esta salita o al implacable olvido que intercala el paso sin olfato de los años. Pasemos ahora a los paisajes.

PAISAJE A

Al colosal río apresurado y anónimo voy a llamarlo invisible, porque cuando miro no distingo su agua entre las aguas. Y cuando intento ponerle la oreja, descubro que es también inaudible. Siguiendo el curso supuestamente torrencial pero impalpable, columbro una glorieta de jardín y algunos de los pabellones del inmenso palacio. Sentado a la orilla del río, en la margen sur o quizás en la opuesta, Chuang-tse llena una página tras otra de sus comprensibles e incomprensibles jeroglíficos: es como si tomara dictado del aire o            del trinar afinado de las aves o del cielo silencioso que lo contempla y se deja contemplar. Chuang-tse queda apacible y fijo y escruta sus propias ideas y las que fueron inspiradas por el viento, los pájaros y el color azul. Las escruta, lento, con una fruición y placer de torrente que baja a la llanura, luego de ser derrotado por los siglos y de vencer al tiempo, y se arremolina justo frente a la piedra donde alguien escribe hasta llenar 7 abultados libros que irán con seguridad a desembocar a las muy sencillas y paradójicas palabras de la Verdad.

PAISAJE B

La mariposa revolotea sobre la humedad del charco y no encuentra manera de beber. El agua sufre la impotencia de carecer de cuenco. La mariposa se regodea en la agonía de contemplar el paso del espejo y no poder atraparlo ni con su sombra.

PAISAJE C

Este es un paisaje acentuadamente sonoro: el graznido de las gaviotas sobre el cardumen. La luz logra escamotear tanto el negro como el blanco de las alas en el aletear. La luz misma arrebata el candil de las transparencias y reflejos y te abandona como a una criatura ciega asomada a las aguas. Con ese anublado respirar no podrás distinguir entre el cielo y los arrecifes. No obstante, la nostalgia permanece: atando graznidos uno llega finalmente a recomponer el paisaje.

PAISAJE D

Una ceiba y detrás el sol. O quizás el sol reclinado en la lejanía y todo un ceibal en las inmediaciones. Por supuesto, me asaltan las dudas. Quizá s resulte más grato contemplar por separado: el sol allá, un paréntesis, y la ceiba acá. Sin duda, la duda es una calamidad. Recomencemos de nuevo: la ceiba circular y distante envía sus flechas incendiarias y el sol de extensión horizontal mueve ebrio y radiante el cósmico follaje.

¿Algo que agregar con respecto a su fobia a viajar?

El que hunde el remo lleva implícito un destino. Pero los destinos estratégicos son organizados a mayor distancia. Todo es ilusión: navegar hacia otra locación es abandonar una suerte estanciada, desertar del azar cotidiano. Es como en el ajedrez el cambio impensado de un alfil por alfil, que los 2 circulan diagonales. Platicamos ya de mi calma móvil, de mi inmóvil trasiego, de mi ansiedad sedente: no me conformo fácilmente con una lejanía incierta, si en las inmediaciones arde un lujurioso fuego sin dudas entrañable y sin dudas pertrechado por un aluvión de imágenes que yo deseara desentrañar hasta la saciedad. De cualquier manera uno se mueve de un desplazamiento a otro, a diversas y simultáneas velocidades, y si algo me asombra a diario, ahora que ando por los 60, es la prisa de las alfombras y en particular la mía, que permaneciendo en su sitio con ligereza estable, no cesa de arrastrarme hacia los crepúsculos. He hablado de los aviones y sus pasajeros. No me agrada circular en latas de conserva, con un abismo técnico y real debajo de los pies. Alcanzar una altura de 5 mil metros atado al asiento, me hace sentir humillado por las aves. En el avión se logra apenas avanzar algunos pasos, si torpemente nos decidimos a caminar entre el asiento y la puerta del baño. De veras no le veo gracia a arriesgar imágenes y ensueños cercanos por una visión fulminante y dudosa de pájaro enlatado.

Cada vez que converso de viajes aplazados, experimento un inaudito sentimiento de resurrección. No resulta fácil regresar de ninguna parte. Oí hablar de una mariposa que cada año escapa a las nevadas del Canadá, atraviesa EE.UU. y capea el temporal en estribaciones de montañas mexicanas. Durante el peregrinaje al sur, la bandada supura gruesas gotas, mientras que el regreso es aun más agónico, porque la especie se deshace en un polvillo de oro y marca la ruta de su extinción. Las criaturas migratorias sufren una reiterada incapacidad anual para resistir: viajar de un verano a otro, implica desconocer la aventura de los inviernos. Prefiero la diversidad de las estaciones, de la misma manera que me rehuso a vivir entre 2 maletas: una que hago y otra que deshago.

¿No fue nunca a ninguna parte?

Creo que usted sabe que sí, así que tomo la pregunta como una provocación. Viajé a Jamaica y México, además de rechazar ofertas que me hubiesen conducido a Madrid, París, a Roma quizás. De mis viajes por el continente guardo algunas imágenes: una montaña envuelta en nubes, un cerro deshabitado, caballos abrevando en una laguna azul, el morado rígido de la oceanidad, una mujer arrastrando cerdos por el callejón, una ciudad inmensa girando como una ventisca de cúpulas y gárgolas. En un paraje de costa divisé un bote y a su tripulación enfrascados con una tormenta local. Esa imagen distante y extraviada del par de remos resistiendo el embate del agua y el viento, que seguro se repite desde la época de Noé y aún tendrá reposiciones, me dejó intuir que ningún drama carece de espectadores, así como que no hay espectador que no disponga de dramas a su antojo con solo parpadear o soñar de espaldas al Triángulo de las Bermudas. No me falta la vivencia de una aeromoza afable practicando el minué e insitiendo en varios amables idiomas que uno se beba el café plástico que sirven allá arriba. Si de volar se trata, he volado a diversas alturas, si de mirar nubes por la ventanilla se trata, acumulo toneladas de nubes. Si cree usted que eso me hace mÁs importante o popular, incluso podemos exagerar en secreto y anunciar que todas mis observaciones astronómicas las hice desde el aire o que conozco de bien cerca la intimidad de algunas estrellas.

¿Su asma qué es: verdugo o compañía?

El asma ha sido en fin una aventura general de mi persona y una particular de los pulmones, que no me hizo más débil ni vulnerable. En África se aprende a caminar enormes distancias con una gran carga de leña o agua en la cabeza y por eso precisamente se acostumbra a paladear agua silenciosamente cerca de las hogueras. El asma que no deja dormir conduce al libro: en los libros vive un caro que provoca asmas. Círculo cerrado: del asma al libro y del libro al asma, como del codo al caño y del caño al codo. Soy ese Lezama, porque de otra manera yo sería mi sucedáneo, con menos asmas quizás, pero tal vez con menos lecturas en los cimientos.

La musa de Proust era, como sabe, una asmática recalcitrante: y esa vigilia le permitió rastrear en el tiempo más que sus paseos aristocráticos por los salones. Si Proust, como se dice, no se identifica con los personajes que describe ni los sucesos que narra, es porque mira desde su botella de aire. Proust escogió vivir en los recintos del arte, porque los intemperismos resultaban incómodos. Los ciegos desarrollan optimismos táctiles, olfativos, auditivos, porque una invalidez normalmente debe agregar dimensiones. Yo no la sufro: me sumerjo en los placeres del asma y emerjo redivivo en la superficie de los astros.

 

 

 

LA MADUREZ DE SU CONCIENCIA VERTEBRAL

PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

Solicito hoy una antología de animales pensados y una posible aproximación ecológica a la criatura en cuestión cuando resulte congruente. ¿No es todavía hora de complacer?

 

Voy a ordenarle esa antología de animales como un pastel de guayaba con resonancias bióticas. No se preocupe. Los aplazamientos alcanzan al fin el borde de un confesionario. Le hemos dado ya lo menos una vuelta al sillón en 80 mundos. Pero ahora podemos invocar la multitud de 80 sillones, para circunvalar el mundo animal que tantas cosquillas le provoca. Más tarde usted se encarga de poner orden en el zoo, de hacer retroceder cada bestia a su salón, para evitar los pasos del lince recorriendo la sangre o que el grillo raspe de nuevo la armonía de los quelonios. ¿De acuerdo? Soy ya el perro conversador, mientras usted le revisa la boca a los caballos.

Vuelo del fulgor al tizne

Hablemos de una criatura frotada en lenguas infernales. De cierta mariposa preindustrial: albina, blancuzca. No se trata de la niña llena de tatuajes, no es materia de escándalos cuando vuela. Su morfo aflautado, dije, se protege con una insistente cobija depurada e intachable. Digamos que semejantes mariposas podían con su albricie engalanar el aire de las novias, libar virginales y asistir a las bodas ataviadas con una bufanda impoluta: hasta los novios impresionados aplazaban por otro segundo el casamiento. En marzo se mimetizaban con los postreros copos del invierno, en abril auguraban el inicio de las níveas cosechas de algodón. Y así transcurría el tiempo, entre costaneras y yesos y mayúsculas cursivas. Hasta que una tarde finisecular y durante una jornada abusiva de 12 horas, el tren esperado de la industria desplegó su avezada escalerilla. Bajaron orondos el humazo y el hollín, envueltos en una apretada atmósfera de aplausos. En las copas, los monos fruncieron su evolucionada frente. En el sillón, Darwin se desperezó, mitad hombre y mitad ángel. De forma concurrente, unos 30 mil osos se retiraron al fondo del bosque, a dialogar con las enronquecidas víboras. Unos cien ojos se hicieron río. El cardumen de los pelícanos levantó un ajedrezado vuelo de salmón y aletearon con la boca dura y fregada.

¿Qué hora era? Con pico levirrostro, brillaban las leontinas en la superficie puntual del arbolito y el vino se servía con cola de gato y reminiscencias de pelo de ardilla. El hollín perseguía una a una sus presas, a 19 castigos por hectárea. De un lado la brocha gorda del humo y por otro las fachadas flechadas por el hechizo de un nuevo amor. Y ¿qué ha sucedido con la amiga alba, a quien abandonamos en una rama de abeto casi a finales del XIX? El ojo de Darwin la circunvala, la persigue hasta Escocia y Noruega. Bajo la suma de las experiencias, la heterócera blanquísima se debate en un agonismo y otros apresurados corrimientos al negro. Su progresión frisa el sahumerio de las ciudades, que ya ambicionan en Inglaterra sus incomparables penumbras. ¿Qué hace la alba, qué trama a pesar del débil intelecto y su intrínseco desconocimiento de Shakespeare? Dispone de solo 2 minutos: el lapso entre un nuevo y otro más reciente emporio. ¿Cuánto placer y horror provocaría en el ligustre comprobar cómo más chimeneas saltaban a la pradera con sus chispas de ojo de pantera (con perdón de las panteras)? La Biston betularia pasa a la historia como una mariposa sin opciones: evolucionar del alba a la fumosidad, del fulgor al tizne. De esa misma manera, perviven algunos en la memoria: es decir, fuliginosos y frugales en prósperos bosques de ceniza.

Araña de las 4 estaciones      

Siguiendo el curso de los ríos y el manual básico de Haeckel, afirmo lo que afirmé antes: el ámbito de la araña es más profundo que el del hombre. Está en la página 140 del Dador impreso por UCAR en 1960. Regresemos al texto reciente y antiguo. Una araña distraída no distingue sexo ni edad ni nada referente a etnias, se acerca sola e intrépida por el hilo de su plomada a sufrir la embriaguez de beber a Vivaldi en las cercanías de la criatura humana: la melodía le provoca 8 temblores y una especie de cefalea de verano que curará con la hoja de la salvia. Mientras escucha, la laboriosa teje al compás de Las 4 estaciones con estambre de sus entrañas. Su seda es un primor de influencias bemoladas que desgrana flores y lluvias desde el inicio de la primavera hasta el último cuarto de hora del invierno. El segundo movimiento arrecia molto andante con ayuda de un violín cuatrimotor que se detiene eventual delante de las palanganas que recogen las goteras tardías del verano. A esa hora coincide una mosquita parturienta y entra por un hueco de la cortina y advierte la aorta disponible del hombre o mujer embelesado de oídos. Se dispone a beber ciega, rapaz. Es el preludio de una intromisión en cabellos ajenos. Sin embargo, la trampa que funciona es la argucia de la araña, que así devora (mientras escucha) un insecto tierno de fácil deglución. Ocurre como al final de las operetas: Vivaldi ignora el drama y mueve la batuta, el embelesado o la embelesada ignoran el drama, la mosquita no cuenta porque salió de la historia por una puerta lateral y para la araña, en fin, no hay drama sino un festín bien combinado de música y carne de primera.

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José Lezama Lima en su casa

UNA SALITA DE IMÁGENES CONTIGUA

PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

¿Podría solicitar que escoja en su memoria algunos personajes sobre los cuales desearía ser interrogado o a los cuales evoca a menudo sin que medien preguntas?

La evocación es un ave sin límites y sin escapatorias.  La evocación crece durante la noche engendrando seres, para terminar como una flor de doble campana que rinde sus pistilos. Mi memoria repta y se sonambuliza sobre el cordel humeante del mosquitero. Cuando me alejo, dejo baladas marcando el camino, dejo gazapos agazapados en el matorral.  Como hasta ahora escribí lo que escribí, a pesar de su diversidad indiscutible, he ido como cualquier pájaro de monte a posarme en ciertos encasillamientos de críticos y fisgones. Me han augurado o me han crucificado con una admonición: usted será  escritor de solo dos novelas, como Rulfo.  Sin embargo, lo cierto es que siempre deambulo imaginando nuevos textos. Y para esos textos y sin fatigas, prefiguro personajes que incluiría de cualquier manera en cualquier nuevo proyecto, por lo que intuyo que algo, si no mucho, dejaré en el tintero de espermas: un regimiento de criaturas que resisten y resistirán el no nacer. Desearía ante la vela que se consume, aspirar a un libro más, dilatado, distinto, disidente de mi obra anterior. Quiero decir, algo diferente, quizás parecido a unas memorias donde incluiría gente entrañable, lo imposible engendrando lo posible, número de teléfono y dirección exacta del minotauro, la recalcitrante luminosidad de la sombra, inminentes y próximas eras imaginarias, rizos de la tortuga meridional y algunos advenimientos no superados antes ni después. En esa narración estaría sin falta Juan Ramón Jiménez, silente y sentado, meditando paisajes del trópico, como un arabesco emblemático del aire. Aunque a veces calculo que la inefable sombra inicial y la dantesca de las postrimerías, siempre refiriéndome a Juan Ramón, contrapunteadas con el momento mítico en que ofrece y me otorga su amistad de transparencias y sonajeros, podría ser el sustratum de toda la historia contada. Su presencia no siempre audible pero sí siempre imprescindible en cualquier versión, gravita sobre mí y gravitará hasta la eternidad.

De habernos atenido a un orden, lo justo hubiese sido comenzar por el misterio inicial. Mensuro y deshilacho el asunto, lo sopeso y aquilato liviandades, porque detesto la estrechez y el regionalismo cómodo.  Pero no logro hasta hoy encontrar en América y en los 5 siglos anteriores, un personaje más simultáneamente descollante que Martí.  No es una montaña, es varias.  Y la distancia lo dimensiona desde cualquier ángulo: yo desearía lo menos escribir un largo ensayo donde ensayaría trazar la curva ascendente de ese astro de iluminaciones. El Martí de los Diarios, de los Versos Sencillos, de La Edad de Oro, de los Versos Libres, de sus voluptuosos discursos, el conspirador aunando voluntades, el jinete cabalgando en las proximidades de Dos Ríos, es un ser múltiple, inatrapable, una suerte de repetido pez saltando en todos los estanques. Martí es un reto que desearía afrontar. La mano y los recursos linfáticos que circulan en espiral por la mano, lo registran como otro percance inaplazable.

Un personaje sobre el que no volví lo suficiente, es el indio chorotega que en la eternidad crece con intermitencias y bisbisea al universo constelado.  Aunque Rubén Darío fue muy repudiado por algunos allegados míos en su momento, y después, es otro gigante que cabalgará , un atezado mancebo que saca de su hondura y que con el corpachón agreste va rompiendo manecillas y leontinas y otras  floridas volutas y linajes. Deseo repetir lo que dije, porque no siempre  se tiene de pie en la historia a un hombre cuya ascendente bondad lo convierte en un dios de maíz.  En mi parapeto lo concibo como un galán rústico y noble, que contempla ensimismados cisnes navegando en sus estanques.

Hay un personaje que daría para más de una lágrima y media decena de novelas. Tengo la visión del poeta atado, caminando intocado entre anónimos guardias civiles que pasan a la Historia luciendo aberrantes excrecencias del vestir.  El poeta se sabe un blanco vulnerable, un tejido demasiado animal como para que no lo perforen las violencias. Avanza no obstante con paso lánguido pero resuelto hacia su muro. Ni blasfemias ni dentelladas en la partida, sino un mirar íntimo al follaje y un oído conectado a los suburbios que luego le van a impedir escuchar los gorjeos del pájaro.  Así Lorca es ajusticiado por sus virtudes, cuando la gloria de la poesía se le rendía en plenitud. Muere afortunado y muere afrontando con los dientes, él que más bien se iba en suspiros y pétalos. Su defunción infausta, todavía hoy y rebasadas aquellas pestilencias, huele a naranja, a gitano legítimo, a verdes ramas, aunque perdura también el olor a fuego apagado en la noche por el  ángel de las Tinieblas.

¿Conserva energías aún para dialogar sobre otros personajes más contemporáneos y allegados?

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Van Gogh

REITERACIONES Y REMINISCENCIAS

PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

Encuentro en sus textos y conversaciones un violín y un tío reminiscentes.

Sacadas a orearse, algunas intrascendencias se tornan trascendentes y algunas trascendencias resultan vagas intrascendencias. Recuerdo aquel violín que declinó el rumbo y resbaló al olvido, como cae el pez sin uso a la profundidad abisal. ¿Puede tal violín atávico, descamisado y sin madera, recuperar la tarde y ser el objeto orfebrerado y fabulosamente vidriado de sudor? Resurge porque tuvo cuerdas y atendí sus conciertos domésticos y sus vibraciones de portal. Tío se lo encajaba torácico y como una abultada daga, para alcanzar el fino quejido musical y vivir de evanescencias en cualquier noche otoñal. El violín a ratos recuperado, libre del encierro de la doble llave del escaparate y el tiempo, interceptando luces y despidiendo cencerros, es el despliegue de la alfombra enrrollada de la niñez.  ¿Quién afirmó, caramba, que el sinsonte regresa culposo al nido infantil? Bueno, de violines y sinsontes se opinan cosas muy semejantes.

El violín represado se torna mágico en las recuperaciones y suelta una música incitante e imposible, porque hasta recuerdo a los pájaros bailando en las azoteas. Tío Andresito exhibió sus maneras de soplar el café sin soltar el arco, mezclando con mano maestra aromas y armonías. Andresito, eso lo vi también, calibraba la hembra atractiva siguiendo el hilo de las cuerdas. Las miraba con fulgor tal, que la música sonaba deshonesta y lasciva y acechaba la oreja femenina por todo el salón. Vivió a gusto algunas de tales persecuciones y sin embargo, había un instante en que aflojaba el cuello lánguido de flamenco y se aletargaba en el éxtasis, dominado más por la locura de afinar y deleitar. Lo recuerdo como macho apasionado, pavo tenaz, desgarbado y donjuanesco, aunque algunas noches lo soñé mofletudo e hinchado de carrillos en un embrollo en que confundí cierto instrumento de viento con una nalga fondilluda y otros de percusión con una inverosímil recua de chivas yorubás. En definitiva, predomina el retrato de una criatura atravesada de diabéticos temblores y nostalgias, de carreritas furtivas, pero siempre a la vera de su violín.  Llegó la era de guardar el instrumento y otras en que el tío partió y el óvalo de madera permaneció bajo llave, aguardando nuevos menesteres. Para mí apenas si hay más que aquel violín, que trasciende su rincón y llega a instalarse recurrentemente en algunos de mis atardeceres.

En alguna página usted revela que los seguidores de Pitágoras “le situaron un alma a las estrellas”. Ayer asoció a Pitágoras con la suma constante o inconstante de las almas.  ¿Duda de esa alma?  ¿Ni un alma en las estrellas?

¿A qué criatura seguidora de trasquilados filósofos se le denuncia por trasegar con almas?  Los filósofos ganan celebridad por sus afirmaciones menos comprobables. Una estrella como alma es algo bien distinto a un alma en las estrellas, aunque este último rútilo se hizo pirotecnia con Giordano Bruno, que en fin de cuentas fue un alma comprobada del tercer brillo del sistema solar. Tengo mis dogmas, todos los aconsejables, porque algunas cuestiones mejor no discutirlas ni con uno mismo. Sin embargo, resulto ser aristotélico de 5 a 7 y ya no serlo a las 8, porque a esa hora sirven la cena y es conveniente distanciar el abdomen. No es denuncia, amigo: la poesía no resiste denuncias, delaciones ni espionajes, por líricos que sean. Por otro lado, hoy ya ni la filosofía trata de imitar a la realidad, tan desconocida como la irrealidad, mientras que el arte se aleja rápido de esos prolegómenos. Me atrevo a afirmar exaltado que cada pulgada tiene su alma, incluso el ente más  lejano, por lo relativo del concepto lejanía y porque sabemos que perdura una sustancia llena de vacíos y de sí misma.

Por supuesto, los pitagóricos creyeron lo que les vino en ganas.  Yo, por tanto, incluso, no le encuentro rendijas ni ventanas al asunto de creer o no creer en los pitagóricos. Más fascinante que creer o no creer, es crear. Y si uno desea crear, coloca almas donde se le antoja, en la cantidad suficiente o deseada, y deja esas dudas a la inmensa legión de los espectadores. Los pitagóricos disfrutaron su esplendor y a estas alturas ellos mismos son almas y típicas lejanías titilantes.

Hay una reiteración del amarillo y de Van Gogh en sus ensayos. ¿Son viejas lecturas y sustancias que continúan en órbita?

De Van Gogh interesa su manera raigal de captar esencias y ser legítimo. Y cierto, pintores y colores saltan como liebres en las inmediaciones de mi sillón.  Siempre laboro en nuevas respuestas disponibles: no es suficiente lo que se haya dicho, porque nos llegará  la hora de guardar silencios.  Amarilla es la yema eventual, que engendra y alimenta.  Amarillo es el genoma que coloca al canario en sus mutaciones, por debajo de un sol prolongado y robustamente amarillo. Inobjetable es que la luz al menos aquí alumbra amarilla y que cualquier cuerpo que se aclara y mueve o encandila y aturde, lo hace sumergido hasta el cuello en esa crispadura.  Las imágenes entran lentas y vacuas al agua del revelado y emergen con protuberancias amarillas. Recuerdo una lagartija que cuando divisaba a la mosca rastrillaba de inmediato su pañuelito amarillo. Y en mi memoria predomina un patio que retorna amarillo de la noche.

Las horas absortas de la adolescencia fueron apuntalando una vibrante percepción, hasta el día en que me arrodillé al pie de una oreja sangrante. Entendí que se trataba de una oreja apenada por la cabeza ausente.  El golpe de la oreja decapitada fue como una manopla. ¿Quién se deshace de una oreja con el ánimo de no perdurar mutilado de otras señales?  Estupor inaugural. Y comienza mi amor por los locos, contaminado de una extraña añoranza por el amarillo oleaginoso. Experimento un cambio de ropajes y una mudanza de cambios. La oreja me visita hasta en el retrete, exigiendo siempre algunas confidencias. Hago el intento de vivir con 3 orejas y a poco siento que sobran las dos mías.  Alcanzo, por añadidura, ciertos presupuestos. El Van Gogh sin la oreja es el Van Gogh cierto.  El anterior es un proyecto ambicioso, un esbozo sensible que camina hacia la espléndida navaja.  El gran minusválido, amputado de su ínfima sordera, lanza amarillo con su paleta contra el rostro del mundo y expone su otra oreja mortal.

En las charlas de estos días ha vuelto usted repetidamente sobre el tema del cubismo.

Las reiteraciones y las reminiscencias son otras de mis sobrenaturalezas y estados larvarios. Del cubismo aprendemos que el objeto existe varias veces, que es él y su múltiple diversidad. Una cebolla es el inobjetable total de la muchedumbre de cebollas que lleva dentro. Una piña rebanada es el tránsito vertiginoso de la luz, salvando una distancia estelar hasta el plato. El plátano crece y madura por faces y se traga debidamente facetado, antes de que aprenda el ritual monstruoso y surreal de los albañales. La suma de lo que miramos se somete o debe someter a esta vuelta de tuerca visual y nuevo entresuelo de la percepción. Mientras no se llega a la semilla el fruto es comestible por sus 7 puntos cardinales. La semilla adicionalmente y por constancia es la respuesta para los futuros apetitos. La suerte nos depara una cara del dado, pero el dado en realidad es una abundancia de azares. Las miradas cubistas nos arrojan un saldo de ombligos y ojos simultáneos. Debajo del bigote que se afeita, aguardan impacientes bigotes. Si usted se zafa una máscara, las cicatrices le tejen la siguiente. A causa de defectos propios, aunque incide la rigidez rectilínea de la luz, el ojo apenas alcanza a vislumbrar el fuego de la naranja por la latitud este o sur. Si fuéramos los felices propietarios de una pupila ubicua y circular, con desplazamientos geométricos, y la luz se proyectara a un tiempo ordenada y caótica pero envolvente, quizás entreviéramos la integralidad o un segmento mayor de la naranja. Pese a su factor eventualmente desintegrador y facetado, el cubismo es tal vez la visión de Dios recuperada por los órganos de todas formas imperfectas del hombre. También quizás una visión insistente y emotiva, totalizadora e intraespecífica del arte, camino por donde el hombre se hace Dios y recupera a sí mismo.

La mariposa vuela irradiando y se le localiza desde innumerables puestos de observación. La mano cubre los itinerarios del sueño al sueño, ajena a sus propias posibilidades y maravillas. De cualquier forma, si escrutamos el envés nos perdemos el revés. El propio ojo no se ve a sí mismo ni al contiguo, porque las diversas dimensiones de lo que rodea giran simultáneas. El cubismo descubre que lo admirado es la sustancia disminuida de lo admirable. Los vuelos impalpables y el futuro de la larva que se agita en la linfa, permanecieron demasiados soles a la sombra. Debemos aprender a mirar, porque resulta evidente que nos asomamos con intolerancias y        una sola mejilla. El cubismo es una conquista que nos conquistó y un descubrimiento con el que lograríamos incesantemente descubrirnos.

¿Entiende el cubismo a través de un filtro latitudinal, con menos cubos, vasos y botellas y más frutas y bigotes?

El café que soplo pasa inevitable por mi colador. Me atribuyo desde siempre la facultad de reducir la colada a cubos o a buchitos, según apetezca esa mañana el paladar. Mi pasta no da para reacciones tardías o nacionales, cuando no cumplo todavía ni con deberes contemporáneos y universales. No me adhiero, sobre todo en el plano de las emociones, a ningún intento de reprocesar o tropicalizar, como tampoco me atrae enjuiciar retrospectivamente. Menos, cuando se trata de una gran corriente o escuela de renovación. Más bien es un síntoma o reacción lógica de interpretación (que reflota mientras conversamos), cubista en esencia y que no ambiciona agregar aunque tampoco que le resten. Los estrechamientos no los resiste el cuello ni la propia botella.

Estimo que la piña, con sus formas cónicas y su naturaleza bromeliácea, padece de una espontánea inclinación por el cubismo, dado ese crecer angulado y la propensión a la ensalada, aunque con ello no agota su decursar de masa lujuriosa y ácida. ¿Alguien postuló que el cubismo no debía rozar por principio el renovado crecimiento de los bigotes?  El jugo de melocotón me encanta, pero solo logro beberlo mediante la gestualidad aprendida con el líquido de la piña. ¿Quién podría pretender descomponer y recomponer manzanas y ensartarlas al eje inclinado, en tanto al plátano se le reduce al destino mínimo de rubro exportable? Imagino una piña en trociscos bajando por el esófago de un antillano bigotudo y no concibo nada más cubista y nada menos disidente del apetito mundial.

¿Si Braque o Picasso no pintaron mariposas, alguien sobreentiende que el cubismo excluye a los lepidópteros? Los cubistas solían dibujar más de un ojo por el mismo lado de la cara: ¿pretender que lo hacían por el torvo placer de lanzar a continuación una ojeada restrictiva y opaca?

Prefiero atenerme a los hechos y aplaudir las aperturas y las ensaladas de frutas. Y permanecer atento a los esquemas y definiciones, que todos bailan sobre pisos de cenizas y acompañados de un cuchillo que al menor descuido salta y se clava en la garganta.

 

 

Diálogo

EL PERFUME ANTICIPADO DE LA ETERNIDAD

Ilustración: Félix Guerra, “Diálogo”

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

¿Puede hablarme de su percepción de la raíz?

Calzamos una principal que viene desde la radícula y nos sujeta con un alma a la tierra, en espera de la lluvia. La raíz, como se sabe, es generosamente subterránea, aunque imposible de calcular cuánto para cada quién.  Crecemos sobre una raíz precursora y secular. Su importancia consiste en que si bien a menudo se nos poda la fronda, ella elude mejor los cortes y avanza en sentido inverso al filo de los metales.  En los orígenes ciertos matarifes odiaban a las raíces y cantaban ensalmos al follaje, sin notar contubernios y transferencias porque alguien debía inaugurar el estilo burdo de no distinguir entre causa y efectos y pasar por alto nexos entre invisibilidad y visibilidad. Por eso algunos muy fácil odian a rajatabla a quienes alimentan a sus tijeras y se desbaratan en lisonjas en presencia de quienes destrozan sus filos.

La raíz, como dice la botánica, nos ancla en los parámetros de un vasto territorio, donde aprendemos a beber el agua y la sal. Desde hace quinquenios estimo a mi raíz pivotante y comprendo que le debo casi todo el barroco de las columnas, el eclecticismo de las meditaciones, la humedad de los tránsitos, el balanceo espiritual cerca de las imágenes así como las oblicuas derivaciones de mis ventanales.

Hablando de botánica, ¿experimentó alguna vez aproximaciones intelectuales o sentimentales a la hoja?

Juro que desconozco lo que es la sed de venganza y que no probé el agua que la excita.  Soy criatura de otras orillas menos sombrías.  Pero, ah, ¿qué sucedería si repito palabras acerca del meristemo apical, la hoja circinada y las yemas axilares?  ¿Reagruparíase el coro para cantar la antigua canción del hermetismo, juntaríanse los metacarpos para apuntalar la benigna leyenda trasnochada?  Resulta  que visto por encima o leyendo aquí o allá, comparando el lanceolado con el festonado o las sesiles con las peltadas, o la raquis imparipinnada con la raquis de dos foliolos, la botánica es puro hermetismo y una complicada hermenéutica vegetal. La ciencia es roca para el profano y cualquiera que ignore, incluyéndome, estaría tentado de arrojar al fuego por incomprensible el texto de Roig y Mesa que afirma que la Roystonea regia tiene el peciolo largo y envainador, espádice en la base del cilindro formado por las vainas, sin sospechar que charla de la hoja numerosa de la palma real.

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OFICIALMENTE LA FANTASÍA

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

Las mil y una noches: ¿literatura para niños?

Saint-Exupéry, fisgoneando, profetizó fácilmente el futuro: más tarde o más temprano el niño terminar por leerlo todo. Las mil y una noches logra retener en la niñez a octogenarios e incluso a vejestorios de un siglo, si se cumple la única imprescindible condición de que no traspapelen sus espejuelos. Todas aquellas historias terribles, encadenadas con nocturnidad, sobre adulterios, decapitaciones y una concubina narrando desesperada para aplazar el golpe de hacha o cimitarra, es ahora un caldo tibio que se sirve en el desayuno. En la noche 168 Scherezada dice: “Todo lo escrito debe ocurrir, y los destinos, bajo cualquier cielo, han de cumplirse.” La tradición oral arrastró esa profecía desde el principio de los tiempos, si es que hay principio y si en realidad hay tiempo. Ahora debemos ponerle una oreja contemporánea. Mi percepción, en la transparente y veraniega tarde de hoy, es que cualquier escritura luminosa y batida con esos golpes deslumbrantes de magia, está efectivamente destinada a suceder y a suceder siempre que se repita el acto insosegado de las lecturas. Los nuevos lectores nos vienen pisando el calcañal y son más voraces que nunca. No importa que el cesto de las decapitaciones se replete de cabezas desgreñadas de adulteras.

Los niños tiran fuerte del mantel por el otro lado de la mesa.  El niño no anda con rodeos: solo escoge clásicos.  O convierte en clásicos lo que escoge.  Si no ¿quién iba a justipreciar sin

astucias relamidas el encanto metafórico o expeditivo de un palacio navegando con todo y su cimiento por las encrespaduras del aire?  El  vuelo rasante del asombro exige la recién cabeza y algún dedo sabio trasteando en la nariz.

Alguien dijo que el error imperdonable de Balzac o Dostoievsky fue no escribir de forma que los niños pudieran leerlos.

No hay error imperdonable ni perdones erráticos.  Errar y perdonar son piezas mayores de la dialéctica de alto voltaje que amparó la conversión del protozoo en las bestias trepidantes o melancólicas de la actualidad. Cometemos todos los errores de gula vinculados a las sardinas enlatadas en aceite, porque conocemos los perdones anticipados del pez devónico.  Cada cual escribe en la agonía de su propia tinta y partiéndose el brazo con alimañas ilusionadas o reales y, si puede, entrega cierta claridad de sus tinieblas personales. ¿Cuánto gozo daría a Balzac ver su Comédie Humaine vendiéndose al por mayor junto al quiosco de los helados y compartiendo la lengua golosa de la grey infantil?  ¿Qué no pagaría Dostoievsky en moneda dura y contante, para que los niños lo llevaran al parque y deletrearan el texto de Crimen y Castigo bajo el framboyán azul o la mirada caudalosa y pedagógica del aya?

¿Cree o no en una literatura para niños?

Yo  me sumo a las creencias y a los escepticismos, porque no me agrada despreciar.  ¿Qué sucedió o sucede aproximadamente?  Los escritores han estado alimentando siempre la boca de fuego de la imaginación y legaron la colosal pira de sus páginas escritas.  Mientras el niño careció de voz y voto, el paisaje permaneció incólume y sin huellas de caramelos.  A partir sobre todo de una  despabilada promoción del siglo XX, se presentó el gran aventurero del caballito de palo.  Ese señor comenzó a toquetear, con gran desvergüenza, y de la mina a cielo abierto del ilusionismo y los duendes fueron salvando este y aquel tomo, este antes prohibido y aquel antes de que lo prohibieran.  Los que rozaban con sus alas de saltimbanqui se trasmutaban en clásicos irremediables.  Convirtieron  las mil y una noches en mansa alameda.  El millón de Polo y sus exóticos y peligrosos itinerarios los he visto destripados e incómodos en la maleta escolar de algún desaliñado.  Verne ni se diga: su imponente Nautilius duerme debajo de las camas, cerca de los orinales.  Swift y Gulliver, que aspiraban a denostar a la criatura humana y poner a descubierto su prolongada y fija maldad,  vinieron a carenar a los arrecifes infantiles, donde predomina un ecuador florecido y una costra de pupilas fascinadas.

Más que la historia de los escritores que escribieron para niños, advierto la epopeya en que los niños escogieron entre muchos fuegos y decidieron en cuáles incendios querían arder. Ese ciclo no se cierra, porque los incendios procrean incendios. Y si algún caballo de palo es reducido a cenizas, al rato yo me invento a martillazos otro caballito de palo.

¿Nuevos asaltos?

Intento decir que nadie negaría con fundamento la eventualidad de que dentro de un siglo o cinco, Dostoievsky o Proust se conviertan en lectura para angelotes. ¿Imagina al infante de aquí a un milenio?  ¿Qué vendrá a secretearnos luego de volar aplicadamente por el cosmos y visitar a Dios en sus propios aposentos? ¿Todavía podrá  Verne o el perro Pluto entretenerlo toda una tarde, cuando antes dialogó con un cánido astrónomo del planeta X y decidió viajar al centro de la galaxia durante el próximo invierno? Apuesto a que no siempre los padres le negaran permiso al niño cuando reclame ir a tomar helados cibernéticos o chupar caramelos de neutrones a algún asteroide recién estrenado. Ellos calzan botas de 7 mil leguas y serán los invitados de todas las pantallas.

No sé a dónde van las piedras rodando. Imagino que las piedras rodar n mientras haya piedras y por dónde rodar.  En el listado de los escritores que no erraron ni nadie va a perdonar, podríamos incluir a cualquiera: a Shakespeare, Cervantes… Aunque pensándolo con justicia, creo que Quijote y Sancho y Romeo y Julieta comienzan  cambiar el bando. El pequeño recoge todos los pergaminos útiles y algunos adultos no atinan más que a abandonar candelabros. Ulises y Helena también suben al podio y opacan la popularidad de estadistas, políticos, generales, gobernantes y otros personajes de uña, carne y hueso. El Homero incierto y ciego de una era imaginaria, escribía  también para los niños.

¿Es cierto?  Sí, es cierto. Entonces, ¿porqué yo, aun cuando ahora mis novelas son consideradas cameras y mis ensayos y poemas de doble fondo y con cabinas herméticas, no podría aspirar también? Tal vez dentro de un milenio o dos, las criaturitas acudan a mascar rositas de maíz sobre mis disminuidas y muy amarillas páginas, que para la fecha seguro pecarán de ingenuas y levantar n un tufillo a poeta trasnochado y nicotínico.

¿Y de Martí y de su Edad de Oro?

Martí siempre sobrecoge con sus intempestivas credulidades.  ¿Imagina ese último quinto de siglo?  Todavía en el aire el olor de la llaga esclavista y el indio con la cicatriz sin lavar, la metrópoli queriendo sujetar una montaña de cajas de zapatos vacías y las as bayonetas rodeando el monte de yagrumas.  Caudillismos, divisiones, el fantasma de las botas. Se alista una rebelión, que debe alentar como chispa cavernaria. Los pómulos del hombre y lo curvo de la rapiña. En verdad, terrible. Martí no se desentiende ni distrae. Al contrario. Se apresta como apóstol y lanza discursos de maestro.  Y por encima de tales copetudos conflictos, sale al portal con ese fuego inaudito.  El vislumbraba renacimientos, nuevas edades de oro y el reencuentro con los paraísos. Si no, ¿como sacar más humo del fondo de la tozudez y la ternura?
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