A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Arañas y su exquisita presencia I parte

Coautora: Gabriela Guerra Rey

(Prodigios de la evolución)

No se trata de duendes o de fantasmas. Pero ahora mismo habitan alrededor suyo, en habitaciones, oficinas y gavetas, debajo de los rincones de dormir, detrás de nuestros libros, en los balcones. Y ocurre igual en Cuba que en Beijing, Londres, Bombay o Río de Janeiro. Están dondequiera y son prácticamente invisibles.

De portentos trata esta historia. Seres pequeños y hasta pequeñísimos, exquisitamente sensacionales, que pueblan la tierra desde hace alrededor de 360 millones de años, desde el Silúrico. Algunos se extinguieron ya, pero la fuerza de la estirpe y su capacidad evolutiva soltaron hacia el futuro un turbión de novedosas y sorprendentes especies.

Los primeros de estos seres salieron del agua e incursionaron tierra adentro, mientras su poder adaptativo les permitía cada vez  mayor desarrollo. Hablamos nada más y nada menos que de arácnidos y alguno de sus subgrupos específicos: casi todos pequeños y magníficos tejedores.

Las arañas se ubican como el grupo más evolucionado dentro de los arácnidos. Están formadas de cabeza, tórax, abdomen y patas. En sus extremidades traseras, poseen unos órganos especiales que las hacen incomparables al resto del mundo animal. A través de tales glándulas secretan la pegajosa seda de las telarañas, sustancia que al contacto con el aire se transforma en hilos muy finos y extremadamente resistentes.

Las telarañas o hilos tienen una variedad de uso increíble en  su apartado y variado mundo.  En primer lugar como hilo rastreador o de seguridad, pues gracias a él muchas arañas del suelo encuentran camino de regreso a sus refugios y en algunos casos los sexos de la misma especie se reconocen a través de este filamento deliciosamente impregnado de feromonas.

Las utilizan también como medio de flotación en el aire, como red para cazar o depositar esperma, como material, en el caso de las hembras, para hacer sus ovisacos u ootecas (capullos donde depositan los huevos). Además, para fabricar o tapizar refugios y envolver presas, casi siempre insectos, a los que inmovilizan con el hilo y después matan  con la letal mordedura de sus quelíceros.

Viven en diversas regiones y climas y la duración de la vida es variable según la especie, desde unos meses algunas, hasta unos 30 años otras. Han alcanzado el mayor nivel evolutivo entre los arácnidos, de manera que se encuentran distribuidas en todos los hábitats terrestres posibles. Incluso en altitudes  como el Monte Everest. Solo algunas especies, sin embargo, lograron adaptarse a la vida semiacuática y muy pocas viven permanentemente debajo del agua a pesar de su respiración aérea.

Las arañas constituyen el orden más importante y numeroso en especies dentro de la claseArácnida. Hay conocimiento actual de alrededor de 35 mil especies en el mundo pertenecientes a 3 000 géneros y más de 100 familias. Cifras estas muy por debajo de la realidad que revela la aparición constante de especies inéditas.

Los quelíceros son las estructuras a las cuales desembocan los conductos de glándulas tóxicas, presentes prácticamente en todas las arañas. El veneno en su mayoría es débil y solo utilizable para matar presas o defenderse de depredadores. No obstante, algunas especies virulentas inoculan toxinas dañinas e incluso fatales.

El cortejo prenupcial entre arañas, es un complicado proceso en el que intervienen vista,  tacto e incluso sensaciones vibrátiles y olfatorias. Se da el caso de que el macho encuentra una hembra aún no  madura sexualmente. Entonces construye un nido sobre la guarida de su amada y  espera pacientemente. El estado adulto lo alcanzará luego de unas ocho mudas. El macho generalmente madura antes, pero también fallece primero.

En el acoplamiento los pedipalpos del macho funcionan como órganos copuladores. El macho teje una pequeña red y deposita en ella una gota de esperma vivificadora y mete una y otra vez la punta de los pedipalpos hasta consumir la gota. Después de bien apertrechado, parte en busca del amor.

La aproximación será cuidadosa si no quiere ser devorado por una hembra irritada. Más bien deberá convencerla de sus buenas intenciones. Al final la fecunda introduciendo sus potentes pedipalpos (uno o varios) en la cobertura genital femenina.

Los huevos son depositados en el ovisaco, capullo de seda que la hembra construye laboriosamente. La cápsula posee diferentes formas y texturas, según las especies. Luego la futura madre lo sujeta a algún objeto, lo deposita en el refugio o carga con él en solemne protección por el mundo.

En muchos casos, después de depositar los huevos y ubicar el ovisaco, en plena demostración de maternidad, continúan sus  despreocupadas vidas y se olvidan de la cría. Otras, sin embargo, permanecen cerca del capullo, lo protegen de depredadores, lo calientan al sol y se deshacen en ternuras.

Son por excelencia carnívoras y solo se alimentan de presas vivas, infortunados insectos que colman sus despensas. Se cree que durante el Devónico de la era Paleozoica, 320 millones de años atrás, las arañas no tenían la facultad de secretar e hilar la seda. Pero de igual forma su alimento predilecto eran los insectos, que en esa época carecían de alas.

En el Carbonífero (hace 260 millones de años) aparecieron los primeros insectos alados, mermando eficacia a antiguos los mecanismos de las arañas.

El suceso hizo funcionar las leyes de selección natural y evolución. Algunas especies se extinguieron, pero otras sencillamente se adaptaron, favoreciéndose la elección de aquellas formas secretoras de líquido mediante la cuales construyeron redes que les permitían atrapar al vuelo, por así decirlo, a los flamantes insectos ahora más distantes.

Las arañas son otro eslabón imprescindible de la cadena alimenticia. Además de servir de alimento a algunos animales, controlan infinidades de poblaciones de insectos y una vez más regulan el equilibrio biológico.

Un elemento sustancial dentro del variado mundo animal es la vista. La mayoría de los arácnidos, sin embargo, reciben a través del tacto la información sobre las cosas que tienen significación para sus vidas. En suma, los arácnidos poseen ojos sencillos u ocelos cuya visión es deficiente y posiblemente lo único que logren percibir sean los cambios de intensidad de la luz.

Las arañas, dentro de los arácnidos, son un caso especial por el desarrollo de los ojos en muchas especies. En general su visión es superior a la del resto de ese orden de invertebrados con 8 patas, al punto que distinguen tanto formas como colores.

En su gran mayoría tienen 4 pares de ojos, distribuidos de muy diversas maneras. Otras redujeron su número a 3 pares, Y unas pocas, muy raras, lo han llevado a solo un par. Los ojos adquieren un mayor desarrollo a lo largo del proceso evolutivo. El aumento de tamaño es factor que permitió mejor visión, facilitando la cacería a la luz del día. Algunas incluso cambiaron sus hábitos nocturnos por  diurnos o a la inversa.

Hay arañas que cazan por el día sin tener ojos  desarrollados, pues a pesar de la escasa visión son ojos convexos dispuestos en dos filas de 4 que les permiten distinguir los movimientos en todas direcciones.

Más que animales singulares, las arañas son magníficos seres cargados de vitalidad. Son, sin duda, un prodigio de la evolución. Millones de años y billones de arañas haciendo habitación dentro de las nuestras les confirieron una adaptabilidad categórica al mundo y los ecosistemas actuales.

Venados y el siglo XIX

Los cérvidos, ha mucho, se convirtieron en símbolos de renovación y crecimientos cíclicos. El milagro de sus cornamentas rebrotando cada primavera, con nuevos candiles de estilo arbóreo, los vincula al fecundo, perenne y simbólico Árbol de la Vida. Además, desde que el mundo es mundo, se les atribuyó la noble condición de mensajeros de los dioses.

En Cuba, a las alegorías, el poeta agregó otra: mi verso es un ciervo herido. El venado (si lleva el costado sangrante) dispersa en el aire un clamor de agonía sensible, que impide a la memoria y la conciencia de los hombres dormir en laureles o endurecerse en la felicidad.

Cuando se trata de un macho joven, la breve cornamenta aparece recubierta aún del llamado terciopelo o correal. El venado macho reemplaza anualmente su cornamenta. Pero el cambio de los 2 cuernos no se produce simultáneamente y por eso se ven venados con un solo cuerno. La cornamenta póstuma de un individuo, según la cantidad de candiles, revela la edad exacta a la que murió el animal.

La maternal venada atiende sin demora los reclamos del venadito recién nacido, una criatura frágil y hermosa, y los lengüetazos que le propina son sus más socorridos gestos de ternura. Apenas al año de edad, una venada es ya sexualmente adulta.

Al venado le placen las zonas de bosque ligero y bajo, con corrientes de agua cercanas. Este cérvido carece de enemigos, si se exceptúa al perro jíbaro. Y, por supuesto, al hombre que carga fusiles o escopetas.

ESPECIE INTRODUCIDA

A mediados del XIX, ocurrió que algunos personajes, de abundantes recursos y espíritu emprendedor, adquirieron en Estados Unidos, México o Centroamérica, un venado macho, semental, y algunas hembras adultas. Soltó luego la tropilla en sus posesiones de tierras. El objetivo por supuesto, era la caza azarosa y señorial. Colofón: el botín llegaba ese día a formar parte de una cena opulenta.

El venado, en vida silvestre y por su condición de herbívoro, en un país repleto de montes y lomeríos, sin competencias por el alimento, se reprodujo sin dificultades.

DIOS DEL BIEN

Los venados cubanos pertenecen al orden Artiodactyla, al suborden Rumiantia y a la familia Cervidae. La especie es: Odocoileus virginianus.

En otros países de América, al cérvido introducido aquí se le conoce como “Ciervo de Virginia o Ciervo de cola blanca”.

Por el contrario, en regiones de este mismo continente, se le da el nombre de venado a distintas especies de cérvidos. Por ejemplo, en México se llama venado tanto al Odocoileus virginianus como al Odocoileus hemionus. En Venezuela, ocurre así con el Odocoileus suacuapara, que habita además al norte de Brasil y en Guayanas.

En Chile y Argentina se le dice venadito al cérvido Pudu pudu. En Ecuador y Perú igualmente se conoce como venadito a la especie Pudella mephistophelis. En México, los indios yanquis realizan danzas en las que un bailarín se atavía con una cabeza de venado. Durante la representación litúrgica, dos bailarines enfundados en pieles de coyote y adornados con plumas de águila, atacan al venado (dios del bien).

VENADO EN DATOS

Es un rumiante capaz de tragar casi cualquier cosa vegetal. Su dieta incluye hojas, frutos, flores, brotes tiernos, pastos, semillas, legumbres, hortalizas. También plantas acuáticas y cualquier tipo de yerbas. La espina es lo único vegetal que no pasa por su garganta.

El macho alcanza un peso superior a la hembra. Entre los venaditos no hay diferencias, pero a partir del primer año de edad comienzan a manifestarse diferencias en peso y tamaño. En Cuba, el macho rebasa los 60 kilogramos de peso. El promedio de la hembra supera los 40. La otra gran diferencia entre sexos es la cornamenta de los machos.

En febrero, el macho pierde la antigua cornamenta. En marzo, recomienza el crecimiento de los cuernos, que aparecen con nuevas puntas y recubiertas de una especie de terciopelo (correal). Alrededor del mes de agosto, en la plenitud del crecimiento de la cornamenta, pierde el terciopelo (con ayuda del propio animal, que se restriega contra árboles y otras superficies duras del bosque).

En el primer parto, por lo general, paren un solo venadito. Luego lo normal es dos, aunque hay excepciones de hasta tres. Los partos se producen entre marzo y mayo y el período de gestación dura unos 190 o 200 días.

Algunos especialistas, como Rubén Chamizo, dicen que viven entre 14 y 15 años. Otros, como Luis S. Varona, afirman que “puede vivir de 15 a 20 años”. La edad senil comienza a partir de los 10.

Los términos del latín venabulu, venatione y venatus, tienen los siguientes respectivos significados: 1) dardo o lanza arrojadiza apropiada para cazar, 2) acción de cazar y 3) ciervo o res de caza mayor. Los vocablos españoles venablo, venación y venado quieren decir casi exactamente lo mismo. Sin otras investigaciones por el momento, podemos colegir dónde y cómo surge la palabra venado y a través de quiénes llega hasta nosotros.

¿Cuando Martí dice ciervo en su verso, piensa en el venado cubano? Este redactor no duda al respecto. Martí se refería al venado cuando dijo Mi verso es un ciervo herido /Que busca en el monte amparo. Anotó ciervo por la equivalencia entre ambos vocablos en esa época. Influye además la universalidad de sus conocimientos, ya que por extensión cualquier cérvido puede ser llamado ciervo. Fue decisivo el ritmo de la línea y del verso en su totalidad, pues no suena igual si se cambia ciervo por venado.

UTILIZAR MÉTODOS CIENTÍFICOS

Pueden citarse ejemplos muy negativos de introducciones incontroladas, por personas inescrupulosas o sin formación científica. En algunos países se introdujeron especies de cérvidos y, tras un lapso de tiempo, eso causó catástrofes ecológicas que pusieron a otros ungulados endémicos en grave peligro de extinción.

Cuando se ensaya, no obstante, la introducción de especies a través de métodos científicos, se descartan tales catástrofes y logran controlarse los posibles efectos negativos. Es necesario definir antes el objetivo y las perspectivas de la introducción.

En Cuba, la introducción del venado como especie exótica data del siglo XIX, pero las investigaciones actuales evidencian que los daños ocasionados a los ecosistemas cubanos son inferiores a los beneficios. Hoy, incluso, se considera al venado como reserva estratégica de carne, en caso de guerra o alguna muy grave catástrofe natural.

Algunos territorios tienen capacidad suficiente para sostener poblaciones de ungulados herbívoros y sus exigencias nutricionales, sus hábitos alimentarios y la densidad poblacional. Esas poblaciones, por supuesto, deben permanecer siempre bajo control de especialistas. Se amplían así las perspectivas de la actividad cinegética, con un aprovechamiento más correcto de los recursos forestales.

Es racional la idea de que en sitios perfectamente controlables, donde condiciones de suelo, cobertura y alimentación lo permitan, se practique la introducción de especies de caza mayor, con el objetivo único de ampliar las perspectivas de la actividad cinegética, en áreas donde el manejo de especies domésticas (siempre priorizadas sobre cualquier imprevisible introducción de especie foránea, con resultados casi siempre graves) resulte imposible.

El objetivo no sería nunca diversificar de forma artificial la fauna silvestre. Se trata de incorporar especies con fines económicos, para manejarlas técnicamente, a través de la caza, aprovechando condiciones favorables de las áreas naturales.

Olimpo salvaje II

Escrutando este mundo que pervive, a pesar de los inmisericordes ataques climáticos y del propio hombre, el Amazonas se revela como algo de lo más fascinante de los ecosistemas globales de la Tierra.

Caso singular de estas locaciones son las pirañas. De las diversas que allí habitan, solo algunas hacen honor a su fama carnívora. Poseen mandíbulas potentes y dientes afilados. Operan en manadas de cientos de individuos y es la presencia y olor de la sangre lo que despierta su agresividad. En pocos minutos dejan limpio de carne el esqueleto del animal atacado.

Los mamíferos son de lo más original de estos paisajes de selva y colosales horizontes amazónicos. El manejo de estos requiere de una planificación inmediata, antes que ocurra un deterioro mayor. Los planes y acciones deben encaminarse hacia la preservación de las especies, gran parte de las cuales son exclusivas de la región y protagonizan un rol esencial en la estabilidad ecológica de los ecosistemas.

Entre los felinos tenemos al puma, la pantera negra, tanto la grande como la pequeña, el tigre mariposo, el jaguar, el ocelote. Piezas todas distintivas y emblemáticas de la gran fauna de América.

Entre los pequeños carnívoros están el zorro gauche, las comadrejas, el perro de monte o mudo (sobreviviente autóctono casi desconocido).

La nutria, por su parte, es víctima constante de los temibles cazadores furtivos, que hacen fortuna con sus pieles a través de Colombia. Esta delicada criatura ha sido incluida en la lista de mamíferos del Red Data Book como especie seriamente amenazada de extinción.

Entre los grandes mamíferos destaca el danta o tapir, el animal selvático más corpulento de la fauna autóctona: llega a pesar hasta más de 300 kilos y posee un olfato muy desarrollado, aunque su visión es deficiente.

Los reptiles continúan por la eternidad arrastrándose en la profundidad de la floresta: las corpulentas anacondas, que pueden medir cerca de 10 metros de longitud, las tortugas, iguanas y serpientes. Los caimanes, animales sorprendentes y siempre impresionantes, están siendo amenazados por la presencia humana. El gran caimán del Orinoco antes podía encontrarse en casi todo río y hoy solo quedan unos pocos ejemplares.

Es tan amplio el aporte en especies de peces, mamíferos, reptiles, insectos, aves, así como el joyero etnológico, cuantos mitos, fábulas y leyendas de animales prehistóricos o fantásticos, que enumerarlos sería como llegar al fondo de todos los confines. Es un compendio espeluznante o maravilloso de plumas, pelos y escamas que escapan a diario hacia una vida frívola de mercados, capitales, contrabandos.

¿Por cuánto tiempo? ¿Cuántas son ya las especies en peligro de extinción?

El comercio de animales silvestres es uno de los negocios más lucrativos del planeta, después de las armas y las drogas. Las criaturas de la jungla se venden como pan caliente en los mercados locales de América del Sur y también se comercializan internacionalmente. Hay evidencia de que las ventas netas ascienden a centenares de millones de dólares anuales.

Los indicadores más contundentes de la pérdida de la biodiversidad y del daño ecológico son la extinción de especies y el incremento en el número de las especies amenazadas. La disminución en la densidad de población de una especie reduce el encuentro entre machos y hembras y, en consecuencia, el éxito reproductivo se pone una vez más en peligro.

La extracción incontrolada de fauna silvestre de sus ambientes naturales, afecta inicialmente la cadena alimenticia y origina a plazo más o menos largo un desequilibrio ecológico que afectaría inexorablemente a la extirpe que se ubica en lo más alto de cualquier cadena alimentaria: el hombre.

Igual disminuyen los agentes dispersores de semillas, vitales en la reproducción de las plantas que conforman los bosques. Altera el ciclo de materia orgánica, fundamental para que existan los suelos ricos en nutrientes capaces de soportar la vegetación original. Altera la dinámica entre los depredadores y sus presas, acciones que garantizan el mantenimiento de las poblaciones animales en el tiempo.

En diciembre de 1988, el presidente del Sindicato de los Trabajadores Rurales de Xapurí, Francisco Mendes Filho, conocido como Chico Mendes, figura internacionalmente destacada por su lucha ecológica, visitó Río de Janeiro. En esa ocasión, 13 días antes de la emboscada que le quitó la vida, concedió una entrevista al diario Jornal do Brasil. Sobre su posible muerte y la destrucción de la selva amazónica dijo entonces:

“Si bajare un enviado de los cielos y me garantizara que mi muerte iría a fortalecer nuestra lucha, creo hasta que valdría la pena. Mas las experiencia nos enseñan lo contrario. Entonces yo quiero vivir. Acto público y entierro numeroso no salvarán la Amazonía. Quiero vivir”.

Hace casi 17 años de este acontecimiento tenebroso que conmovió al mundo. Todavía hoy, en páginas de una historia reciente, son asesinados quienes luchan por salvar la Amazonía. La injusticia no puede durar eternamente y no se admite perder las esperanzas de salvar del oprobio y la vergüenza el prodigioso universo ecuatorial que se levanta al sur de América, desde hace tanto tiempo, a favor de la humanidad.

Tráfico implacable de animales (el tercer negocio ilegal más lucrativo):  http://guerraa4manos.com/ecodilemas/2014/08/trafico-implacable-de-animales-i/

Tráfico implacable de animales (I)

Sobre innúmeras especies pesa el cada vez más célebre peligro de extinción. Muchas son las causas. Pero hay una, inescrupulosa, severa y escasamente sancionada, que mata hasta sin matar: se trata del tráfico de animales, el tercer negocio ilícito más lucrativo del planeta.

Tras el tráfico de armas y drogas, el comercio ilegal de animales ocupa un lugar atractivo y deviene rentable. Según Naciones Unidas, por este ejercicio se mueven entre 5 mil y 10 mil millones de dólares al año. Otras fuentes dan cifras más elevadas y escandalosas, rozando los 20 mil millones.

Del ya remoto año 1973, data la Convención Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre. La historia le concedió en este período de tiempo muchos aplausos y la ratificación por parte de 123 países. De cualquier manera, las medidas aplicadas resultaron insuficientes y los castigos muy mesurados ante la degradante práctica.

Solo en Argentina el tráfico de fauna mueve al año unos 100 millones de dólares. Los principales destinos: Europa, Estados Unidos y Japón. Prefieren monos, víboras, tortugas, iguanas, yacarés y aves, fundamentalmente loros.

Los loros se venden vivos; suerte y privilegio que acarrean en el plumaje. A las iguanas, sin embargo, se les mata y extrae el cuero, codiciado por el ávido mercado internacional de zapatos y carteras.

Entre las muchas especies que padecen el acuciante peligro de la extinción se encuentran, básicamente, aves, primates y otros mamíferos. La caza, la captura y la introducción de especies no autóctonas son la fuente indiscutible de riesgo. El resultado final de las actividades es, por lo general, el tráfico ilegal.

Brasil es un ejemplo que arrancaría lágrimas a cualquiera. El número de víctimas del contrabando se estima en 12 millones de ejemplares, siendo el país más perjudicado, a la par que tiene la mayor diversidad de especies del planeta. Un 20 por ciento de los animales con los que se trafica, provienen de la región.

En territorio brasileño pesa el riesgo de desaparición sobre más de 200 especies. Mientras, se capturan al año más de 38 millones de ejemplares y un 90 por ciento muere en los procesos de caza y transportación.

El arare azul de lear, ave del mismo país, tan exótica como amenazada, llega a alcanzar un precio de hasta 60 mil dólares. Un tucán del brasil, por su parte, se cotiza en siete mil dólares en los Estados Unidos. Son las cifras que se pagan por algún ejemplar supuestamente extravagante, al tiempo que el hambre mata a millones de personas en el planeta.

Donde la zamba impera se extiende la magnífica selva amazónica, que dota a la región de perfección y diversidad sin par a nivel mundial. Allí mismo, se dictan legislaciones vulnerables y no aplicables. Si algún individuo es detenido por abuso o tráfico de alguna espectacular especie, paga una fianza de 100 dólares y queda en libertad.

El mercado internacional se estimula, en primer lugar, con sujetos que andan en la búsqueda de especies “raras”. Segundo, con el desarrollo de la industria farmacéutica, que consume gran variedad de especies venenosas como arañas y serpientes. Por solo unos centavos, la biopiratería consigue especies para alimentar el fructífero avance de la producción de medicamentos.

Los destinatarios internacionales son coleccionistas de animales exóticos, zoológicos que muestran la paradójica vida salvaje en cautiverio, y ambiciones de ricos y caprichosos maniáticos que añoran desde un abrigo de pieles en el escaparate hasta un colmillo de elefante adornando alguna habitación olvidada de sus aposentos.

Las empresas farmacéuticas, por unos pocos centavos, adquieren todo tipo de animales para investigar. Se olvidan que los animales no están irracionalmente a disposición del hombre. ¿Qué es el hombre, en definitiva, sino otra especie? El consumo debe ser razonado e impuesto por leyes nacionales e  internacionales.

En 1990, se prohibió la caza del elefante en todo el continente africano. Sin embargo, cada año se sacrifican 70 mil ejemplares para un comercio que ronda las mil toneladas de marfil. Lo mismo ocurre con los rinocerontes blanco y negro, cuyos cuernos se consideran afrodisíacos; con la desaparición del animal, se presume, se evaporará la ilusión de virilidad de muchos representantes masculinos del Viejo Mundo.

Todo vale en el gran antro del tráfico internacional de animales. Los traficantes lo mismo falsifican documentos oficiales, que sobornan, evaden impuestos o hacen declaraciones aduaneras fraudulentas. Es muestra clara del crimen organizado y permitido contra la naturaleza y la vida.

Como ocurre con cualquier fenómeno social, político o natural del sistema internacional de distribución y propiedad, los países exportadores son los del Tercer Mundo. Poseen una riqueza natural carente en el hemisferio norte, pero de igual manera, la venden o intercambian por un puñado de monedas.

América Latina y África son los continentes donantes por excelencia, los más devastados y agredidos. América del Norte, Europa y ciertas regiones asiáticas, compran a diestra y siniestra para alegrarse los hogares con colores, cantos y piruetas foráneas que no les pertenecen.

Por desgracia, el negocio ilegítimo requiere de silencio absoluto, incluso para los animales. Esa situación favorece el exterminio de muchos ejemplares que nunca llegarán con vida a las lejanas tierras a que se les transporta desafiando el criterio del hábitat natural.

Se estima que solo uno de cada diez animales con los que se comercia llega a su destino final a salvo, aunque no necesariamente sano. Las condiciones de carga son aterradoras, escondidos para no ser descubiertos, muchas veces no pueden ni respirar.

Una red de información y cooperación contra el comercio ilegal de animales y plantas está en construcción en América del Sur, donde la alta biodiversidad atrae a los traficantes de especies.

La estrategia espera frenar un negocio vinculado además al narcotráfico. Fue legalmente acordada en la primera Conferencia Sudamericana sobre el Comercio Legal de Fauna Silvestre, que reunió a defensores y autoridades en Brasilia.

El tráfico prospera ante tanta tolerancia social y sigue la lógica implacable de las ganancias. Las especies más escasas obtienen los mejores precios y son, por tanto, las más cazadas, acentuándose el riesgo de su extinción.

Para casi nadie adquirir hermosos plumíferos o primates u otros mamíferos salvajes, extraídos de su tradicional hábitat, es un verdadero delito. El contrabando goza en la actualidad de gran impunidad, la necesaria para seguir ramificando y desarrollando tan ventajoso mercado.

Copépodo

¡Bah!, Los copepodos

Cuando la ciencia emergía como alternativa de explicación del mundo y sus orígenes, los especialistas primigenios se negaban a prestar atención a diminutas alimañas a las que consideraban, ¡bah!, inferiores e indignas de atención.

Más satisfacción y gloria deparaba, por ejemplo, estudiar al brioso caballo, imprescindible para  trotes y  galopes. O al obstinado toro, símbolo de tantas virilidades lunares y solares.

¿Perder tiempo con arañas, ranas, insectos, murciélagos?

¿Malgastarlo con criaturas de los médanos o pantanos? ¿O con alimañas de las aguas interiores de las bahías, esos territorios abandonados al misterio del cabotaje?

El indignado Aristóteles fustigó tales predisposiciones con escaso éxito, porque en realidad parece tendencia de la vanidad y banalidad humanas.

Las investigaciones sobre mamíferos arrancaron así antes y con mucho entusiasmo. Los mamíferos de gran tamaño y cuatro patas, fueron el centro de atracción por siglos, dando lugar además a generosas porciones de mitología y heráldicas que ilustraron el primero y buena parte del segundo milenio.

Las criaturitas, sin desesperar, aguardaron inopinadamente más de lo que soportaría la simple paciencia humana, hasta que alguien advirtiera su presencia y les dedicara alguna experta y sincera admiración.

Hoy es perfectamente del dominio científico que ciertos minúsculos seres participaron desde el inicio y mucho antes de que apareciera cualquier coloso reptil, ave o mamífero. Esas criaturitas colocaron las primeras piedras y, por supuesto, de manera eficiente, constante, ininterrumpida y armónica en el proceso del llamado equilibrio ecológico, superando en tan vitales trances a mastodontes y  espectaculares dinosaurios.

A menudo leo (y escribo incluso) acerca de la inminente desaparición de gorilas, rinocerontes, elefantes, siempre a manos de la codicia, la ignorancia y una irreflexiva sed de aventuras. Nunca escuché sin embargo una línea que se conduela de los avatares, por ejemplo, de los copépodos. Los copépodos viven hacinados en la superficie de todos los océanos y mares, cada vez más fustigados por desechos industriales y agrícolas o cotidianos derrames de combustibles, para mencionar solo algunos capítulos del alucinante drama.

De gorilas, rinocerontes y elefantes, aunque sigan en trances de extinción, sabemos cada vez más. Y eso no resulta inútil ni injusto. Primero, porque su tragedia aumenta cada mañana y logra despertar cierto morboso interés. Y segundo, porque a las  zarpas, tarros y cuernos o poderosos brazos peludos, el comercio de imágenes le ha sacado provechos jugosos.

Hasta se conoce en detalles, vea usted, el número, cada vez más exiguo, de sus poblaciones. Es decir, del terrorífico conteo regresivo de un gran inventario vivo de la Naturaleza. Algunos lo disfrutan como una suerte de entretenimiento deportivo. A elefantes o gorilas, se dice, por ejemplo, le quedan tres afeitadas.

Pero los copépodos actúan y padecen en el anonimato y la ignorancia. Sufren sin ruido, padecen sin publicidad.

No obstante, permanecen ahí pacientemente desde hace millones de milenios. Se alimentan de fitoplancton, que a su vez engulle toneladas de energía solar. Los copépodos (miembros activos del zooplancton), para proclamarlo de una vez, resultan indispensables, porque son el dos en la cadena alimentaria y transforman insistentemente la energía del Sol en energía alimenticia.

Ellos, los copépodos, son el más seguro y opíparo bocado de los peces. Se incluye a los de gran valor comercial (ahora tal vez alguno de ellos suelta aroma en nuestra sartén) e incluso a las mamíferas e insaciables ballenas.

Sobreviven algunas interrogantes. ¿Qué sucede si desaparecen gorilas, rinocerontes, elefantes? ¿Y qué, si desaparecen los inexplorados copépodos?

Lo primero acarrearía una catástrofe de la razón, también de la         fantasía, porque se habrían arruinado especies espectacularmente fascinantes, muchas veces legendarias, míticas sin duda, sin las cuales es difícil imaginar el paisaje y la cultura futura de numerosos países y de la propia Tierra.

Habríamos enterrado montañas de sueños y kilómetros de aventuras. No veríamos nunca más ni en zoos, circos, ni en acuarios, ni en imágenes renovadas, esas magnas construcciones del tiempo, el azar y las evoluciones. Antes de concluir tales faenas de extinción, el ser humano se habría envilecido hasta el tuétano dentro de sus vacilantes osamentas.

El olvido sería quizás un cómodo limbo hacia donde marchar.  El remordimiento sería largo, no tendría fin. Las generaciones de mañana tal vez no hallarían consuelo: y percibirían, en lo adelante,  como brutal y homicida semejante corte con los orígenes.

No obstante, la vida así, colosalmente disminuida y maltrecha, tal vez podría continuar por algún tiempo más.

Si desaparecieran los copépodos (no son visibles al ojo, apenas pesan uno o dos miligramos), el impacto constituiría quizás el acto inicial de un vertiginoso desenlace final.

No se dispondría más de los océanos, que cubren el 70 por ciento de la superficie terráquea, como fuente de abasto, en momentos de crisis alimentaria, para una población en incesante crecimiento. Tal inmensidad líquida devendría desmesurado y fétido cementerio de millones de peces muertos y billones de copépodos definitivamente aniquilados.

Habría entonces que devorar con precipitación cualquier cosa, sin excluir gorilas, rinocerontes y elefantes que encontremos al paso, si quedara alguno para aliviar estragos y náuseas. Lo más práctico y casi la única salida digna, sin dudas, llegado ese instante, sería hacerse volar la tapa de los sesos, ¡bang!, y terminar con el horror.

Para reparar siquiera en un pelo y una afilada navaja la vieja y siempre renovada injusticia, solicito ahora 15 segundos de su atención. Lea a continuación:

INFORMACION MINIMA: Los copépodos son crustáceos con 5 pares de apéndices locomotores, casi siempre birrámeos. El macho posee órganos de presión para aferrar a la hembra durante sus innumerables coitos, que duran nonasegundos. Nacen en estado de nauplio, para recordarnos sus lazos fraternos con el mítico Nauplio,  hijo de Neptuno. Flotan desde siempre, convirtiéndolas en muy nutritivas, en las aguas azules y tórridas donde usted se sumerge en julio y agosto, si habita en el trópico, para dorar la piel  y disfrutar espléndidos veranos.

Para otras informaciones, acuda a textos de biología. Es necesario señalar, confesar, que ni la poesía ni la novela ni el ensayo ni ningún otro género literario o filosófico, clásico, moderno, posmoderno o posthumanista, prestaron tampoco atención hasta hoy día a las esforzadas y modestas muchedumbres de copépodos que silenciosamente repletan y mantienen activos y fecundos los mares y océanos de un planeta muy único.

Aves migratorias

¿Por qué emigran las aves?

Quien hace el vuelo vertical desde Alaska hasta la Patagonia, atraviesa una distancia similar a la que separa a Cuba de la India o el Caribe de cualquier punto geográfico de Mongolia. Tales periplos migratorios, de Norte a Sur y luego de Sur a Norte, los emprenden cada año más de la mitad de las aves que residen en el continente americano.

¿Por qué emigran las aves? Aunque el enigma permanece y deja espacios vacíos a la fantasía y conjeturas, la ciencia produjo ciertas teorías explicativas.

Algunos afirman que las aves americanas son nativas del Sur y se desplazaron al Norte al aumentar sus poblaciones y las competencias por hábitats y alimentos. El lado opuesto dice que la rama natal es el Norte, pero que las glaciaciones obligaron a bajar,  buscando climas más benignos y propicios a la reproducción.

Tal vez ambas teorías se complementan, sugieren otros. Y ello implicaría una doble trashumancia que redunda favorablemente en biodiversidad. Los inmemoriales y hereditarios patrones migratorios de las aves, no obstante, pueden ser  modificados por la intromisión humana: deforestación,  invasión de sus rutas migratorias, cambios climáticos abruptos, destrucción del paisaje.

Más reciente es la teoría que sostiene que la migración tiene un origen propio para cada especie. Entre los factores desencadenantes se incluyen además el fotoperíodo o período luminoso diario para cada estación del año. En otoño, la reducción del día, según hipótesis, produce cambios hormonales que ponen en movimiento a algunas aves. El llamado a criar en otras tierras, por distantes que sean, resulta al parecer irresistible.

Con la presencia de esa teoría, escasez de alimentos y cambios climáticos, parecen entonces con mayor vigencia para razonar por qué cientos o cientos de miles de aves se encaminan cada año por rutas aéreas hacia una latitud que dista 500, mil ó hasta 100 mil kilómetros, en el otro extremo del planeta y el continente.

Aunque las golondrinas son el símbolo supremo de la migración, una buena parte de las aves, entre las casi nueve mil  descritas a nivel mundial, cruzan repetidamente sobre nuestras cabezas, de ida y vuelta, siguiendo instintos remotos y todavía no del todo esclarecidos por la ciencia.

¿Por qué emigran las aves? La simple fascinación de viajar y ver mundos desde las alturas, pudiera ser una primera y poética respuesta. Aunque es posible que el impulso obedezca a muy específicos afanes de supervivencia. Marchar hacia el verano es esquivar los rigores del invierno. La permuta de territorios, abre puertas a hábitats nuevos, mayores posibilidades de fabricar nidos, hallar el alimento y renovar a tiempo el paisaje para la aventura del amor. También el recién nacido entrevé más opciones de llenar el buche y ser defendido con éxito de sus enemigos.

El ave vuela y vuela siempre. Lo más lógico parecería ser que emigre, y eso esclarecería quizás la dispersión y cantidad de especies aladas, la mayor entre los vertebrados, con excepción de los peces. Una nación común invisible, con una abigarrada parentela infinita. La gran patria del ave está en el aire, pero allí se debe sostener a pura ala y al precio de numerosas paciencias y grandes inversiones de energía.

Garza Real

Plumas en el sombrero

Un garza real vi en mi vida. Y no creo que se repita el episodio. Recorría la cayería al norte de Cuba: los Jardines del Rey. La pequeña lancha, con su tripulación, avanzaba sinuosa y lenta. Bordeaba la orilla, en tanto ponía proa hacia cayos remotos habitados por una muy variada fauna.

Volando rasante avistamos bandadas de corúas, que buscaban desayunos sobre las aguas.  A lo lejos, aquí y allá, pequeños grupos de flamencos, nunca más de seis o siete, al parecer en sus comederos o ejer­ciendo algo de su autonomía y libertad individual lejos de la colonia.

Pegados al mangle, garcilotes gris azulados, que los binoculares ponían ilusoriamente al alcance de las manos. Paseaban el agua en sus zancos, siempre atentos, en busca de algún suculento bocadillo.

Entonces, ante el estupor general, del verde intenso de la vegetación emergió un ave impoluta, blanca como cal o  nube de verano, con un vuelo a la vez etéreo y majestuoso, que aleteó con el pecho vuelto hacia el barco, giró al norte y se perdió  de vista.

La seguí hasta el horizonte. Conservo en la memoria la secuencia del vuelo, desde la irrupción imprevista hasta que fue una mancha blanca esfumándose en la claridad del cielo. Cada tramo de su aletear, maravilla de la aeronáutica originaria,  es un recuerdo precioso.

Todo el  grupo a bordo se relamió con la idea de obser­var y fotografiar a una colonia de Egretta thula, la zancuda más hermosa  de la familia Ardeidae, que en el archipiélago cubano también está representada por otras vistosas especies, hasta 12 de ellas, como el bello garzón blanco, el guanabá real y la garza de vientre blanco.

La mañana transcurrió sin que pudiésemos entrever nada semejante a aquel sueño colectivo.  Al mediodía ya no quedaron esperanzas. El motor de la lancha roncó fuerte y nos alejamos en dirección noroeste.

EN LOS PANTANOS

La Egretta thula es oriunda de Norte y Centroamérica. Gracias a su cosmopolitismo visita las Antillas Mayores y en menor grado, las pequeñas islas, donde abun­dan lagunas y pantanos que constituyen sus hábitats predi­lectos.  Su costumbre es vadear las márgenes, con el agua a mitad de sus largas patas: entonces  ensarta a casi cualquier cosa viva que se mueva en las cercanías.

La dieta del ave es muy amplia: incluye anfibios, crustáceos, reptiles, arácnidos e insectos. La blancura y aparente fragilidad del ave no se resiente, por cierto, con la tosquedad de sus alimentos. Culebra o rana son platillos deliciosos que le blanquean el ala y le adelgazan las patas.

En primavera, luego del apareamiento, la garza real construye nido, preferentemente sobre el mangle, donde encuentra lo imprescin­dible para la supervivencia: alimento, sombra,  seguridad, intimidad y com­pañía de congéneres.

Ovoposita entre dos y tres huevos azul-verdosos. Luego del alumbramiento, el pichón recibe atención y alimentos en la propia puerta del nido. Los sentimientos maternales de la garza blanca se comparan al de otras aves verdaderamente cuidadosas de su prole.

Las especies de la familia Ardeidae presentan escaso dimor­fismo sexual, que es el caso de la Egretta thula. Significa que macho y hembra son muy similares en peso, tamaño y aspecto. Lo que también quiere decir que ambos se alternan en el cuidado de huevos y pichones.

La garza real se  conoce también como garza de rizos y garza blanca. En edad adulta llega a medir hasta 70 centímetros de longitud.

Además del blanco plumaje, el pico es negro y amarillo en la base y las patas negruzcas con los dedos amarillos brillantes.

La Egretta tiene peines en las uñas, a semejanza de lechuzas y quere­quetés. Le sirven para ordenar el plumaje, lim­piarlo y remover parásitos que encuentran ha­bitación en su cuerpo. De ahí su talante, siempre limpia, siempre blanca y perfumada, siempre con una estilizada y grácil apariencia y vuelo.

HISTORIA DEL SOMBRERO

Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, una moda de sombreros,  colmo de la elegancia, colocó a la garza real al borde de la extinción.

En el apogeo de esa vanidad, que consistía en llevar plu­mas recurvas de garza en el sombrero, la onza de pluma Egretta  llegó a costar hasta 32 dólares, precio superior entonces al del oro. La vanidad y la especulación impulsaron esos precios en el mercado de la suntuosidad y la moda.

Tales plumas eran parte del vestuario de cortejo y anidamiento del ave, por lo cual debía ser cazada viva cuando empollaba huevos y a su manera soñaba con una pequeña camada de sucesores.

El escenario de esas cacerías fueron pantanos y lagunas de la Florida, donde millares de garzas entre­garon vidas al placer de señoras y señoritas de la época, que creían aumentar irresistiblemente sus encantos con un par de plumas llegadas del pantano.

Los más amenazados

La caza ilícita y el comercio ilegal de animales, así como los incendios intencionales, son un peligro mayor que otros. Otros que son también mortales: la deforestación mundial, la contaminación de aire, agua y suelos, la introducción de especies exóticas, que ocurre a menudo en cualquier latitud, son daños que causa el hombre, atropellando lo original del paisaje, lo vivo, lo que debiera, por naturaleza, ser perecedero.

No solo se pierden las especies, sino la variabilidad y la biodiversidad. Los estimados afirman que como promedio diario desaparecen unas cien especies de seres vivos, donde se cuentan también las vegetales. Esto sucede sobre todo entre criaturas diminutas e invertebrados.

El hombre persigue y mata a millones de animales anualmente, por razones económicas y comerciales: valor de pieles, colmillos, huesos, carnes, o cualquier otra parte del animal que casualmente va muy bien con decoraciones u otros artículos de lujo u ornamentación.

En nombre de la ciencia y con regularidad, un grupo de especialistas, guiándose por rigurosos reportes mundiales, confecciona la tristemente  sensacional lista de las  diez especies más amenazadas de extinción. Los diez ya vienen a ser 20, 30 y más que se suman cada año para formar una interminable lista de calamidades.

Inventariados ya, están el gorila de montaña,  especie casi mítica que subsiste en apartados rincones del continente africano, adonde llega ahora el hombre blanco en busca de preciados minerales, en particular el colcán. La eliminación de esta especie parece la barrera crítica cuya ruptura equivaldría a cortar los últimos lazos con la ética de la preservación de las criaturas vivas, que acompañan al ser humano en la misión y el privilegio de existir.

Solo unos 600 de estos grandes antropoides, aseguran los cálculos más optimistas, perviven en el sur de África.

Del tigre de Siberia se dice que apenas unos 200 ejemplares, tal vez muchos menos, afirman otros,  merodean en estepas y tundras. Los grandes felinos sucumben casi sin tregua ante las balas furtivas. Aunque su uso comercial está prohibido hace años, el valor de la piel del tigre se encuentra por encima de la ley.

La nutria gigante del sur continente americano, también muere a causa de su piel. La peletería mundial se enriquece cada año a su costa. Los últimos ejemplares se han reportado en Argentina y en Uruguay, es oficial ya su desaparición definitiva.

Otro que al parecer tiene sus minutos bien contados es el cocodrilo del Nilo. Otra vez aquí el omnipresente pecado de una piel hermosa, que luce bien tanto en el cinturón, el portafolios o en un par de zapatos. Luego de 250 millones de años de existencia, usted podrá asistir seguramente a su defunción, aunque sin sepelios ni flores mortuorias.

Del águila imperial ibérica podemos adelantar lo siguiente: un centenar y medio de parejas en libertad resisten en sus refugios, además de las que subsisten en el cautiverio de los zoológicos.  Es un ave de difícil reproducción por un lado, y por otro,  necesita mucho bosque para alimentarse a sí misma y a la prole.

El rinoceronte negro africano padece también. Se afirma que todavía unos 2 mil conservan la vida. Treinta años atrás, su población rozaba los 70 mil ejemplares.

Lo mismo ocurre con la tortuga marina, manjar de lujo y trofeo preciado de coleccionistas.

El guacamayo escarlata es mascota para adolescentes y joya de los aficionados a la recolección, en particular en  Estados Unidos.

El panda gigante es buscado por la piel y atracción de algunos zoológicos, al punto que se considera que los individuos vivos de la especie no alcanzan actualmente el millar.

El lobo marsupial, cuyo último ejemplar fue reportado por los años ochenta, hace más de 20 años nadie lo ve, pero algunos todavía sueñan  con encontrarlo detrás de cualquier remoto matorral o devolverle la vida, ojalá: eso sería justicia mediante métodos de clonación genética.

A ojo de águila

Símbolo de majestad y victoria, el águila, la mayor de las aves depredadoras, posee un ojo fuera de los códigos de Dios.

Según la ciencia, la nitidez de su mirada alcanza los 500 metros, puede multiplicar el tamaño de sus víctimas y tiene dos puntos focales, por lo que la presa que cae en la mira del águila difícilmente se salve de las leyes de la naturaleza.

Adicionalmente, poseen grandes patas y garras y un pico agudo y poderoso, lo que las convierte en seres mágicos de los aires, de ahí que su imagen ha sido  símbolo nacional e imperial en diversas culturas y épocas.

El animal suele representar los conceptos de belleza, fuerza y prestigio. Los romanos lo utilizaban como emblema para sus ejércitos. El águila aparece frecuentemente en las artes plásticas. En el arte grecorromano, es uno de los atributos de Júpiter, que tomó su forma para traer Ganímedes al Olimpo. También se le puede ver en la representación del castigo a  Prometeo por parte de Zeus. En la iconografía cristiana, es el símbolo o el atributo de San Juan el evangelista.

En el lenguaje hieroglífico designaba las ciudades de Heliópolis, Emeso, Antioquía y Tiro. Los persas y los epirenses la tomaron  por insignia militar y posteriormente fue el emblema de la república romana y de los emperadores de Oriente y de Occidente.

La etimología del término águila es incierta. Se dice que deriva del antiguo provenzal “aigla”, en tanto otros alegan que provienen del latín popular “aquila”, que es por otra parte el nombre de un género de águilas compuesto por las águilas verdaderas.

Las diversas especies y subespecies de estas aves pueden encontrarse en casi cualquier paraje de nuestro planeta, excepto en la Antártida.

Son miembros de las aves de presa, del orden de Falconiformes, Accipitriformes acorde a una clasificación alternativa, familia Accipitridae, subfamilia Buteoninae. Pertenecen a varios géneros, los cuales están sujetos a una reclasificación más adecuada puesto que los expertos no llegan a una opinión consensuada.

La fuerza puede llegar a ser inmensa. El águila coronada de África, por ejemplo, es capaz de matar y de levantar del suelo a un animal de 40 kg, varias veces su tamaño y peso. Gracias a su pico filtrante, además, es el único pájaro capaz de alimentarse en las aguas envenenadas por las sales de origen volcánico.

Mucho de maravilloso puede decirse de esta rapaz, sin embargo, su historia también cobra calamidad con el paso del tiempo. El águila imperial ibérica (que solo habita la península ibérica), por citar  una,  se ha convertido en la rapaz más amenazada del continente europeo.

Pese a que el más reciente censo (2008) demostró que su población se ha multiplicado por seis en los últimos 36 años, con 253 parejas, sigue siendo una especie en peligro crítico de extinción.

La población tiene su hábitat en el cuadrante suroccidental de la península ibérica. Cuatro parejas en Portugal, y las demás en España. Estudiosos han investigado las causas de la mortalidad de esta, una de las siete aves de presa más amenazadas del planeta. Nuevamente, aparece la despiadada obra humana.

Entre ellas se cuentan, el uso de cebos envenenados, disparos, electrocución de las líneas de alta tensión, alteración de su hábitat y reducción de su principal fuente de alimentos, los conejos.

A causa de los peligros a que se ve expuesta esta impresionante figura, desde 2006 SEO/Birdlife desarrolla el programa “Alzando el vuelo”, dedicado a su conservación.

También para la protección del águila imperial ibérica, desde 2010 se creó el centro “El corazón del águila”, por la Fundación Aquila-ECA.

Hace casi una década, esta fundación, dedicada a la investigación y formación para la conservación de las águilas en peligro, decidió emprender el sueño de crear un lugar donde todo interesado pudiera conocer a profundidad el mundo de las águilas, cómo son en realidad, cómo viven y por qué nos producen admiración.

Se trata de un centro único, dedicado en exclusiva a la educación, formación e investigación para la conservación de las águilas en todo el orbe, en especial las especies europeas, como el águila imperial o el águila perdicera. Es además el único espacio que reconoce la ancestral unión entre estas aves y los humanos, argumentando que, el camino del hombre y el águila fueron diseñados paralelos para poder ayudarse en su evolución. “El corazón del águila” es pues,  un ejemplo de que esa convivencia es posible.

Tocororo en su antigua rama

Ilustración: Amilkar Feria

Ciertas aves, privadas de algún armonioso y afinado instrumento musical, visten, a cambio, como elegantísimos príncipes o glamorosas reinas de belleza. Su vestuario adorna las frondas con tales iridiscencias que es entonces el juglar o el poeta humanos quienes, conmovidos, com¬ponen odas y loas para lanzar al viento.
Unos pájaros fueron privilegiados en sus gargantas, tales como el ruiseñor, la ferminia o el sinsonte. Otros en el plumaje, tales como el tocororo. En tanto, todos, en su infinita variedad, do¬tan al universo de una gama diversa que siempre podría atraer curiosidad, interés, atención o estudio.
Si alguien levanta jaulas o cañones o pretende inmovilizar esa alígera e inquieta hermosura con rús¬ticas técnicas masivas de taxidermia, es porque los hombres en casi todo podemos rozar los extremos e ir fácilmente de lo sublime a la barbarie.
En meses pasados, reptando cuesta arriba por empinadas lomas de una cordillera oriental, algunos del grupo de exploradores de avanzada recibimos el influjo benéfico de esos dos géneros de aves.
Si en un instante determinado, que recordaré siempre, pude sobreponerme al cansancio y la sed, fue en gran medida porque casi al borde de la fatiga percibí el canto ubicuo, recóndito y nítido de un ruiseñor, como un himno verdiazul.
Me detuve embelesado. Pero al canto le faltaba una imagen corporal de igual dimen¬sión o brillo. Entonces, en una combinación urdida por el azar y la imaginación, alcancé a entrever en una alta rama la figura coloreada de un tocororo, que seguro disfrutaba del viento, la deliciosa sombra y la ancha y agreste soledad.
Quien vivió experiencias semejantes no precisa de otros alegatos para comprender. Quien, por una razón u otra, carece de esas vivencias, vive amputado en su mundo de mobiliarios, crista¬lerías y lavamanos, calles asfaltadas y semáforos.
Las fabrica¬das bellezas que rodean a ciertas criaturas, las separan de otras realidades que aún existen y que tal vez nunca perezcan, pues mientras aquellos concilian sueños de ciudad, otros seres se desve¬lan y sueñan también con preservar íntegros y naturales algunos trozos del planeta, es decir, de la antigua y fulgurante casa ancestral del hombre.
UN PRINCIPE EN EL FOLLAJE
El tocororo (Priotelus temnurus) es ave endémica del país y per¬tenece a la misma familia del quetzal: la Trogonidae. Los aborígenes que poblaron el archipiélago en época precolombina le llamaron guatini. Esta ave de quien hablamos, tocororo o tocoloro, habita los bosques cubanos desde hace milenios o miles de milenios.
La belleza del pájaro ha sido superada aquí sólo por los ya extintos guacamayo y pájaro carpintero real. El primero comenzó a desaparecer cuando el colo¬nizador europeo los cazó en cantidades prodigiosas para saciar la cu-riosidad y el hambre. El otro ya a finales del pasado siglo XX , como parte de un relampagueante proceso de extinción que abarcó a los especimenes de Norteamérica y México.
A pesar de que el tocororo ha sido perseguido por gente ig¬norante, con el fin de enjaularlo o a causa del deslumbrante plumaje, hoy es posible presenciarlo con cierta facilidad en distintos parajes del país.
Las montañas orientales deben al¬bergar millares de tocororos. En la Ciénaga de Zapata y en las cordilleras de Pinar del Río, en el centro y el occidente del país, respectivamente, también puede escuchársele por cientos, lanzando al éter su monótono “to-co-ro-ro, to-co-ro-ro” o trasla¬dando en el vuelo la policromía natural de su ropaje.
Longitudes, nidos e ignorancias
El tocororo macho mide unos 28 cm de longitud, mientras que su compañera lo aventaja en medio centímetro. También la cola y la envergadura de las hembras son mayores en algunos milímetros. Fuera de estas mínimas diferencias, la pareja no presenta dimor¬fismo sexual. Se alternan además en las tareas de incubar los huevos y alimentar luego a los recién nacidos.
Según afirma Juan Gundlach, en la época de reproducción el tocororo expele un penetrante olor a almizcle. Esta emanación glandular, característica también de otros muchos animales, debe servirle, además, para el reconocimiento individual, el marcaje de territorios, etcétera. Esta peculiaridad, como otras muchas, aún aguarda por un mayor estudio.
En general, el reino de las especies animales reclama la preocupación más cercana de un congénere, el hombre, quien deberá hacer más inversiones de tiempo y otros recursos para ir despejando la enorme ignorancia que nos separa de nuestros más o menos cercanos parientes.
Los colores y el tiempo
Los colores del tocororo: azul, verde, blanco, bermellón, gris, rojo, negro y sus tornasoles, lo convierten en un represen¬tante majestuoso del vestuario. Pero esta no es su única ni más importante singularidad.
Su deslumbrante presencia y permanen¬cia en el bosque, luego de tanto tiempo (los últimos descubri¬mientos dicen que el Protoavis existió hace ya unos 225 millo¬nes de años y el Archaeopteryx desde unos 150 millones), defendi¬do sólo por sus propias pocas armas y la voluntad de algunos hombres que le dedican parte de sus energías físicas e intelec¬tuales, es algo pasmoso, asombroso.
¿Cómo tanto color, gracia y mansedumbre sobrevivieron a la avaricia, la falta de escrúpulos, la ignorancia y la curiosidad malsana?
No obstante, el ave está ahí, anunciando dócil y pa¬radójicamente al Homo sapiens que la naturaleza soportó muchos golpes suyos. Incluidos determinados puntapiés muy ciegos y violentos, pero que todavía hay espacio y tiempo, siempre que no descarguemos algunos definitivos para todos y reorientemos las fuerzas de hoy y de mañana en una dirección crucial: proteger y conservar importantes trozos de la ancestral, fulgurante y tam¬bién domicilio común de las criaturas vivas.