A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

La tormenta

He esperado veintisiete años por este día. Desde el amanecer oscuro, como si estuviera atardeciendo; desde que el aire violento entró por la ventana y echó abajo las pocas flores del jardín artificial, supe que había llegado. No estoy triste…, algún día todos vamos a morir.

Llevo más de dos décadas pensando en esto y no veo alternativa. No soportaría que enterraran mi cuerpo bajo tierra, y que los gusanos me devoraran ni con la bendición de Dios. No creo en la vida más allá de la muerte, pero este cuerpo pálido, solitario y torpe, ha sido mi residencia por treintaicinco años. Me importa su destino tanto como el mío. Morirá conmigo, al viento. Nos perderemos por algún resquicio de la tormenta y haremos lo que juntos hemos deseado: abandonar este mundo como aves de paso.

Lo siento, huele a polvo. El instante crucial se aproxima. Tiembla la tierra y los animales huyen, saltan, corren, vuelan, gimen. He visto el sol intentar sacar un rayo de esperanza, pero las nubes tenaces se han interpuesto. En el cielo se han dibujado esos colores, el naranja que cae contra el gris profundo. A lo lejos una rapaz vuela, asustada, como una anticipación del fin.

En casa no hay nadie. Se han ido a vacacionar a las playas. A mí el agua de mar ya no me entusiasma. Me he quedado a trabajar en una nueva historia, que será la última. Si no muriera hoy habría, posiblemente, otras historia, pero ya yo no querría contarlas. No me sirve de nada andar contando cosas a gente que de todas formas no entiende.

Desde pequeña sabía que iba a morir en la tormenta. No se puede haber nacido en una región como esta y morir, por ejemplo, de enfisema pulmonar o diabetes. El día que llegué a la vida hubo uno de los peores vendavales del siglo. Nací en un sótano porque a mi madre se le presentaron los dolores cuando era imposible salir de casa o llamar a un médico. Era tan poderosa aquella tempestad, que dio a luz antes de que el castigo hubiera terminado.

Los nativos de este suelo creen que tenemos una maldición que viene de nuestros ancestros. Según cuentan, desafiaron a los dioses para vivir en una región baldía porque se hartaron de un peregrinaje de centurias, donde muchos quedaron al borde de un camino que no existía. Un día ya no pudieron caminar, y contra los designios divinos plantaron su pueblo en este piso yermo donde no crecía nada, y se pusieron a invocar deidades ajenas para que cayera agua del cielo. Tal fue la respuesta, que desde entonces no para de llover. La tierra impregnada hasta el tuétano es tan infértil como la desértica que encontraron. Pero ni la razón ni las fuerzas les alcanzaron para optar nuevamente por el andar.

La muerte por acá no es tan terrible como parece. No cuando sucede a una vida mordaz y gris como el cielo que observo. Cuando regresen, y los que ya se guardaron en los refugios salgan de sus madrigueras, yo ya no estaré; acaso mi historia, si no se vuela fortuitamente. No importa, escribo solo por esa necesidad soberbia de no quedar muda, de decir la última palabra, aunque no sea la última.

He hecho todo lo que he querido o lo que he podido. Jugué de pequeña con las niñas en el refugio. Viví bajo y sobre la tierra estéril. He cantado alguna vez, y mis historias han sido leídas por este pueblo olvidado. He alcanzado toda la fama que me estaba permitida. Vi nacer una flor en el patio de casa, milagro inconmensurable en piso que no da más que polvo y sangre. Reí cuando conocí el mar, y comprendí que era prisionera de mis predios vacíos. Fui testigo de más tormentas de las que ningún humano haya visto jamás. Casi tuve un hijo, que murió en mis entrañas antes de tener cerebro y corazón. No quiso mi naturaleza hostil que naciera. Bailé un son una noche, sin saber bailarlo, cuando alguien trajo por azar un equipo para reproducir música. He olido una y mil veces el aroma impetuoso de la lluvia donde he de perderme. Sus gotas han bañado mi cuerpo anémico de sol y mi rostro confundido con las lágrimas de mis antepasados peregrinos. He visto un ave volar, migrando a mejores paraísos, y atravesar el firmamento abarrotado de esos pequeños y brillante puntos de luz que llegan con la calma. El viento me ha arrastrado como una hoja de los árboles que nunca tuvimos, y ha jugado conmigo como un animal abandonado. He sido parte de esta naturaleza muerta, de este cuadro bello que quedará para la posteridad en la pared de algún coleccionista enamorado de parajes imposibles.

Termino mi café, mientras el torbellino en el que he de partir se acerca. Espero el instante crucial en que la tormenta rodee y pueda, dentro de su ojo, caminar plácidamente hasta sus ruinas. Mientras llega ese minuto perentorio, estaré frente al vidrio, dejando unas palabras de más o de menos en este papel donde ya las letras se van desdibujando. Cuando esté lista, caminaré hacia el gris en tonos revueltos del tornado, y me dejaré llevar, otra vez como hoja, como grano de polen, a vivir la vida que ya no existe. Si un águila cruza el atardecer en medio de las gotas pesadas, y es batuqueada por el viento, nadie crea que fue un pájaro de mal agüero; he sido yo que logré la libertad.

Me despido; dejo mis últimas cartas para que mi familia tenga su duelo. Me enrumbo a mi viaje, porque la calma, el centro de todo, el ojo del huracán, ha tocado a mi puerta.

Terremoto

Desde que llegué a este país supe que nos tocaría un gran terremoto. Vivía con el miedo invisible. Por eso me asustaba cada vez que temblaba lo más mínimo.

Pasaron cuarenta años de aquél sismo que se llevó la ciudad y dejó miles de muertos a la orilla, comprimidos por las piedras. Lo sé por las historias que recuerda la gente cada vez que se mueve la tierra.

El primer sismo que viví estaba en un cuarto de hotel con un amante. Ni notamos que el mundo se movía alrededor nuestro hasta que sonaron las alarmas. Para entonces ya había pasado y, por suerte, no hubo daños humanos.

Daños humanos es una frase aterradora. Significa muerte. Un día puedo ser la víctima de un daño humano. O, alguien a quien quiero.

Desde que estoy aquí he vivido varios temblores. Los primeros pasaron tan rápido que no tuve tiempo de asustarme. Pero el de 7,3 grados me dejó paralizada sobre una pared de la oficina. ¡Fue eterno! Ahí empezó la taquicardia, que ahora siempre regresa. El corazón me late tan a prisa que se escucha en varias cuadras a la redonda. La gente se asusta, además de con el sismo, con mis patéticas pulsaciones.

Hace unos días, estaba en una conferencia en un edifico antiguo y magnífico, de esos que se hunden en la historia: altos pisos, columnas imponentes. Las alarmas sonaron segundos antes de que empezara a moverse todo. Estábamos en alto y nos recomendaron quedarnos. Nos atrincheramos bajo una vieja mesa de madera gruesa. Solo pensaba: que no se caiga, por Dios, que no se caiga. Se escuchaban silbatos afuera y el susurro de la urbe tiritando. Me recorría la angustia de saber que alguien va a morir, quizás yo.

Pasados segundos, minutos, llegó protección civil. Debíamos evacuar el edificio antes de las réplicas. Tuve que esforzarme en regresar los intestinos a su lugar. Descendimos las regias escaleras de mármol roto, desgajado y moribundo. Bajamos en silencio, solidarios, cediendo el paso como en una marcha fúnebre. Trataba de comunicarme con mi familia. Los dedos no se movían o las teclas no respondían a los dedos.

Al pasar por un boquete de mármol abierto, vigas afuera y pared a punto de desmembrarse, salió mi madre. No quería que se fuera de la línea. El abismo bajo mis pies, con medios trozos de escalones, mostraba la dimensión de la catástrofe. Pasaron segundos eternos hasta el final del laberinto de escombros.

—Mamá, ¿están bien?

—Sí hija ¿y tú?

Mi casa es tan vieja como aquella humanidad revuelta, supurante, que descendía a las calles con el terror en los ojos. Alguien anunciaba que varios edificios habían colapsado. “Me cago en Dios”, dije recordando a mi abuelo que lo maldecía cada vez que nos hacía una trastada. No sé cómo esa casa no se había venido abajo. Esa casa que nos ha acompañado en este peregrinaje, a veces horrendo, que es la vida, desde muy distantes generaciones. Ha cruzado el mar y el tiempo hasta nuestra infinitud.

— De tu hermano no sé nada. Estaba en la universidad. Dijo mi madre

Prometí averiguar y llegar cuanto antes. Intenté comunicarlo. El corazón me retumbaba. Debía alejarme antes de que la gente pensaran que iba a sucederme algo, o confundieran mis estremecimientos con réplicas del terremoto.

Mi hermano estudiaba en la Universidad Central, que se había postrado sobre sus cimientos. Me aterraba que mis padres lo supieran. Corrí varios kilómetros hasta la casa. No se había desprendido ni una pestaña de aquella construcción antiquísima. ¡Qué raro mundo!, pensé, y subí las escaleras a zancadas con el último aliento.

La angustia de no saber de mi hermano me atrincheró en una esquina del balcón, desde donde vigilaba las calles contiguas. Me pegué el teléfono a la oreja y marqué hasta el tedio, hasta el calambre, como un acto mecánico al que me iba acostumbrando. Fumaba un cigarro tras otro y la taquicardia no cedía. El suelo de losetas se sometía a mis ronquidos, y mis padres lo soportaban sin hablar.

Vi ruinas de viejas localidades circundantes y pensé en ayudar. Mas, la ausencia de mi hermano me había apuntalado en aquel balcón. Demasiados pensamientos huecos flotaban en el aire removidos por la fuerza de mis movimientos cardiacos.

El viejo cucu del abuelo dio las 12 de la noche. Y no llegó. Y las 12 de la noche siguiente. Y otra vez. Y otra más. Me sentía culpable por haberlo traído. En mi tierra no hay estos peligros. Hay huracanes y carencias, pero no matan. ¡Tan joven mi hermano, cómo pudo hacernos esto!, pensaba, y las lágrimas se me secaban al borde de los ojos, por la brisa nocturna, antes de que pudieran correr.

¿Por qué no fui a buscarlo? Me aterraba ese amasijo de piedras y brazos y cabezas y pies enterrados. No soy tan fuerte. Y luego está esta jodida taquicardia. Además, tenía la furtiva ilusión de verlo llegar.

Al amanecer del quinto día, volvió. Las pulsaciones se detuvieron. La angustia se transformó en odio. ¿Cómo no nos había avisado?  Estaba segura de que había muerto. ¿Cómo me hace sufrir cuando sabe que me siento responsable de sus vidas en este sitio que se mueve y mata?

Cerró la puerta detrás de sus pisadas y dijo:

— La universidad se cayó, no quedó un ladrillo en pie.

Me levanté de mi suplicio y fui hasta donde estaba, polvoriento y exhausto. Lo abracé intensamente. Luego de mirarlo unos segundos para comprobar que no le faltaba nada, lo abofeteé tan fuerte como pude y salí a la calle.

Después supe que él sí estaba en las labores de rescate. Habrá que mudarse, pensé mirando el sol por primera vez en tantos días. Las lágrimas, por fin, se escurrieron hasta la blusa de cuadros que traía desde hacía casi una semana.

 

 

El taxista y el pajarito

Una mañana cualquiera en el DF.
El tráfico estaba hasta el borde: el borde del abismo, el borde de las circunstancias, el borde de los nervios. Yo tenía que llegar a ese evento en menos de una hora, y ya estaba abusando de la flexibilidad de ciertos horarios en esta ciudad.
– ¿Nos vamos por el camino tradicional, señorita?; me preguntó el taxista. – Pues sí, ni modo; respondí.
-Y es que en esta ciudad ya nunca se sabe con el tráfico, ya no hay días mejores ni horas pico ni quincenas, siempre está hasta la m…. Solo los viernes de quincena, puente, marchas, plantones y aguaceros son la excepción, porque esos días es sencillamente intransitable. -Si, ya ve usted, señorita…, y es que uno que trabaja en este negocio, para qué le cuento: ya no hay zonas malas y buenas. Ya donde quiera está así…
Por esa línea iba nuestra conversación al principio, casi la misma que sigues cuando te das cuenta de que vas a pasar la próxima hora de tu vida con ese taxista, no te trajiste un libro para leer y más te vale conversar para que no te robe. Porque la verdad ya tampoco importa si pediste el taxi al sitio, a la aplicación o lo tomaste en la calle. Todos cobran tarifa “preferencial” y en cualquiera te sientes un poco insegura.
Pero en los primeros quince minutos pasó algo inesperado. Estábamos en una avenida grande, con el embotellamiento hasta el cuello, cuando el taxista se bajó del carro para ver algo. Lo único que me falta es que se descomponga esto justo ahora y aquí, pensé. Pero el taxista regresó al auto con un pajarito en la mano, amarillo, menudo, frágil, y si no lastimado, evidentemente trastornado. Lo dejó sobre el asiento del copiloto, y para cuando me asomé a ver, ya no estaba. Anduvo unos minutos aleteando por debajo de los asientos hasta que logré atraparlo.
El pajarito fue nuestro siguiente tema de plática obligatoria. Le conté al taxista cuando era niña en la isla, y después de cada ciclón el viejo nos llevaba a mi hermano y a mí a recoger gorriones y nidos de gorriones caídos de los árboles. Los cuidábamos unos días en casa, y algunos se recuperaban y regresaban al vuelo, apresurados.
Yo me sentía un poco mejor, porque supuse que le estaba salvando la vida al animalito, y por otro lado había una especie de sensibilidad rara en mi taxista, que había rescatado al ave de una muerte segura por apachurramiento.
De ahí saltamos a los temas de rigor, esas preguntas que todos me quieren hacer, conocidos y desconocidos: – ¿Y de dónde eres? – ¿Y desde cuándo estás en México? -¿Te gusta? (La peor de todas, porque o das una respuesta muy sencilla, o te complicas la existencia tratando de explicar de qué manera te gusta esta locura de metrópolis). – ¿Y a qué te dedicas? – ¿Y…, seguro estás casada?, -¿Cómo soltera? -¿Y no te tiran los perros?… Ya para este punto de la conversación el pajarito había recostado pico y cabeza sobre mi dedo índice y se estaba quedando dormido, en una imagen de ternura que contrastaba con el ambiente, y que nos conmovió a ambos, o eso creo.
Aproveché el hecho para cambiar el curso de la plática. – Mira, se siente confortado y creo que se está durmiendo. El taxista sonrió. -Ya tienes algo de qué escribir hoy, me dijo; como si yo no tuviera nada que hacer en todo el maldito día…
Después aquel intercambio recorrió caminos escabrosos. Me contó de la vida en las colonias en las que había vivido, de todo eso que sabemos que convive en nuestra urbe con los pajaritos caídos de los árboles o escapados de las jaulas, y que perdonarán que no detalle en estas líneas, por cuestiones de seguridad. Dio tiempo para más de una anécdota y un espanto mío. En algún momento, desde el interrogatorio, aquel taxista me había causado temor. Y en mi cabeza pasaban mil ideas por segundo: que ya estaba tarde para la conferencia a la que debía asistir; que si algo pasaba con el taxista tendría que sacrificar la seguridad del pajarito entre mis manos por la mía; que iba a tener que cambiar mis métodos cordiales con algunas personas, porque exageraban la confianza; que no le había enviado no sé qué información al editor web; que ahora no podría hacerlo porque tenía las manos ocupadas, con el pajarito…
Así, cuando llegué a mi destino, veinte minutos tarde y una hora y media después de haberme dispuesto a salir de casa, ya estaba agotada, preocupada, un poco molesta. Pero el taxista me dijo que le había gustado mucho hablar conmigo, me cobró un dineral, y le pasé la custodia del pajarito que prometió cuidar hasta que pudiera volar, porque en una jaula no valía la pena… entonces me pasó por la cabeza que lo iba a encarcelar, pero igual le habíamos salvado la vida, pensé para consolarme y me fui tratando de imaginar al ave en la rama…

El conejo y el león, Augusto Monterroso

LLevo años tratando de escribir un cuento como aquel de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el donosaurio todavía estaba allí”. No lo he logrado, porque no cualquiera puede escribir cuentos como los de este escritor hondureño-guatemalteco. Hoy me llegó como recomendación de Ciudad Seva otro de sus cuentos, y me pareció genial para empezar un miércoles. Se los comparto, pues. 

El conejo y el León

Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no solo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

Ver original en:

http://ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/el_conejo_y_el_leon.htm

El joven soldado

Por ahí por donde ande, se lo dedico a ese hombre que conocí antes de que fuera hombre, que me besó de niña, y que se fue de nuestro pequeño mundo antes de que la vida le diera alguna oportunidad… A RCM, el joven soldado

 

“La guitarra del joven soldado, es recluta también. La guitarra del joven soldado revela secretos, se desata por una mirada, en arpegios de amor”.

                                      La guitarra del joven soldado, Silvio Rodríguez

 

Se amarró el cordón de la bota de cadete al gatillo de la escopeta, un AKM ruso muy utilizado por terroristas y guerrilleros. Se acomodó el pie a cierta distancia, y puso la boca del AK sobre la lengua. Haló del pie y se voló los sesos.

Tenía 17 años y estaba cumpliendo los primeros meses de dos años de servicio militar que el gobierno obligaba, para forjar a los jóvenes que construirían el futuro glorioso de la tierra.

Un mes antes, un coronel había ofendido su hombría, llamándolo maricón, y el impetuoso muchacho había desbaratado su mano contra la nariz del militar. El impulso le costó 30 días de calabozo. Llevaba tres fueras cuando haló del gatillo. Era su primera guardia; la primera vez que volvían a poner un arma de fuego en sus manos.

Un conocido pasó en la tarde, a la hora en que el polvo hierve, y así, como quien no quiere las cosas, dejó caer la notica: ¿sabes quién se mató? Los detalles vendrían después, tergiversados por el morbo pueblerino, sin la anuencia de una familia desintegrada, escasa de ánimos para andar recomponiendo rumores históricos.

La única funeraria se llenó de cadetes, militares y desconocidos que fueron tras la imagen de la cabeza reventada. El cuerpo no estaba a la vista. No obstante, En una sala gris, con olor a muerte, un militar de alto rango leyó una despedida de duelo ante la concurrencia, pronunciando palabras que solo había dicho en otras despedidas anteriores, resaltando méritos que el joven suicida nunca tuvo. Era el protocolo y debía volver rápido a las oficinas de la comandancia.

Las únicas lágrimas auténticas salían de los ojos viejos de sus abuelos, que lo habían criado desde que su padre lo abandonó y la madre empezó sus ires y venires, sin volver a encontrarse a sí misma.

La gente pasaba por la calle con nombre de patriota y preguntaba ¿quién murió? Y siempre alguien estaba dispuesto a hacerle la historia del pi al pa, hasta conmover al curioso, que terminaba quedándose un rato. Entrada la noche, la gente llegaba a la funeraria porque no habían visto nunca una congregación tal. El negocio de Joaquín, en la acera de enfrente, al punto de la quiebra, se agilizó de pronto. Esa noche, además de los añejos panes con croquetas, ofrecieron panes con frita, tortillas, chicharrones y con guayaba. Esa noche, Joaquín, de tan contento, se llevó a Nubia, su esposa, al cuarto y la puso en cuatro patas frente al colchón viejo. En esa posición se la singaría como ella ya había perdido la memoria que pudiera hacerlo. Después le subió los blumers, le acomodó la saya, le dio un par de nalgadas y la mandó a hacer más tortillas. -¡Que esto va pa largo!, le dijo.

El difunto impulsaría el negocio de Joaquín durante la siguiente mitad del año, aunque la calidad iría decayendo, quizás hasta que otro muerto célebre volviera a inspirar la cama y la cocina de la señora Nubia.

Los sillones de tiras de suiza se repletaban de gente que iba a tomar café aguado a la casa de la muerte, y de paso un pancito de Joaquín. Los bancos se volvieron salones de reuniones, donde todas las viejas familias del pueblo se pusieron al corriente de los acontecimientos ocurridos desde el último fallecimiento que provocó cierto revuelo. Las señoras llegaban con sus vestidos negros, que no habían podido usar en años, y en los que casi no cabían. Los niños correteaban por la calle aglomerada, reencontrando antiguos amigos de escuelas anteriores.

A determinada altura de la noche, la gente estaba tan ocupada en sus intercambios sociales, que había olvidado al joven soldado asesinado por su propio pie. Nadie lamentaba ya las condiciones degradantes en que había perdido la vida, y los abuelos se habían quedado solos en una silla de hierro y madera astillada, al lado del ataúd. Se miraban con ojos vacíos, como a quien se le acabó la comprensión de lo insólito.

Llegaron coronas de flores y cajas con medallas, que irían a parar, unas horas más tarde, al hueco polvoriento del cementerio. Un poco después del amanecer, alguien avisó que ya venía el carro a buscar el cuerpo. La procesión era tan larga, que llegaba de la funeraria al cementerio, sin necesidad de movilizar a nadie. Como la circulación era imposible para el carro, alguien elevó el ataúd forrado de pana azul, y lo fueron pasando de mano en mano por las calles y el gentío, hasta la puerta del cementerio. Allí tuvieron que ponerlo un rato en el piso, porque el sol comenzaba a levantar, y nadie había llegado para decir en qué fosa sería sumergido.

Siempre hubo quien se aventuró a buscar al custodio de aquel pequeño paraíso, pero el hombre podía estar perdido en la multitud, sin que nadie pudiera distinguirlo. A esa hora de la mañana todos se veían exactamente iguales, como cadáveres vivientes, expectantes, aferrados al pavimento, porque el que se iba al infierno era otro.

Cuando por fin se supo qué puesto ocuparía el joven soldado en aquella planicie de tumbas, desmembradas de sus losas, sus bancos y ladrillos, la gente se había vuelto a olvidar de él. Sentados en el asfalto, con sus vestidos negros y sus guayaberas, mujeres y hombres se merendaban los últimos insumos de la cocina de doña Nubia.

Los abuelos del suicida siguieron lentamente al sepulturero hasta el espacio que les habían asignado. Derramaron las últimas lágrimas mientras bajaban la caja y echaban la tierra. No se escuchó una palabra siquiera.

 

 

 

 

 

 

Última visita al mar

Era un día soleado. Supongo que por eso decidimos ir al mar. El mar estaba atestado de gente, en el agua, en la arena, en las rocas más atrás, entre los arbustos, bajo las palmeras, atrincherados algunos por el sol y otros cocinándose bajo su manto luminoso. Vi su sonrisa frente al globo amarillo, recostada yo en la arena. Sus cabellos, volando con la brisa, se salían detrás de sus orejitas blancas donde intentaba agarrarlos para que no la molestaran. Era una niña hermosa; algunos de sus rasgos se parecían a mí, pero tenía esos ojos grises de la abuela paterna que contrastaban con su piel muy blanca. ¡cómo la amé en esa imagen, que sería la postrera!

Me recosté del todo y cerré los ojos debajo de la sombrilla. Sentía su risa graciosa y sus ojitos observándome; daba vueltas alrededor mío. Yo jugaba a que no escuchaba, a que no estaba, a que había desaparecido y eso siempre la hacía reír, sobre todo cuando yo regresaba de ese viaje inexistente. Con sus manitos solía cerrarme los ojos para que me fuera otra vez. Ella era libre entonces de saltar, correr, hacer todo lo que, creía, no estaba permitido. Ya había aprendido el permiso y el perdón, ¡tan pequeña! Lo último que recuerdo fue su manito húmeda halar de mis dedos de los pies, olía sus cabellos al viento y su risa inagotable.

Cuando desperté ya no estaban ni su piel blanca contra el mar intenso ni sus ojos grises que confundía colores con aquella tarde veraniega ni sus risos sueltos ni su ronroneo perfecto. Me levanté sobre la arena y miré alrededor con desconcierto, esperando verla tras algún tronco, a unos metros, escondiéndose para que yo pensara que ella había desaparecido también. Mi mirada recorrió los 360 grados sin ver nada, ni un atisbo de la niña. El pecho se me oprimió y comenzó una búsqueda angustiosa, desordenada, itinerante. Caminé como loca por todos lados llamándola por su nombre. Tenía la esperanza clavada de verla aparecer, donde fuera. La busqué, y la busqué en vano, desgarrándome a medida que le gritaba. La gente seguía su rutina de bañistas sin adivinar que el más terrible de todos los vacíos crecía en mis entrañas.

La culpa, la inexpugnable culpa se apoderaba de mí. ¿Cómo pude dejarla sola? ¿Cómo fue que me dormí, o la descuidé, o no la tuve agarrada todo el tiempo para que no pudiera escapar? ¿Cómo le diría a su padre, a sus abuelos, que había perdido a una niña, mi niña, en el mar? Pero más hondo que la culpa era el dolor de haber desperdiciado su sonrisa.

Fui por unos policías y les expliqué, entre aullidos y relinchos, lo ocurrido. Estuvimos toda la tarde escudriñando el mar, la arena, las piedras, los arbustos, lo que fuera que representara un obstáculo entre mis ojos y los de ella. Algunos visitantes se unieron a la causa, pero con el terror en la mirada. Y el terror de ellos me atormentaba más. Me miraban con pena y asco. ¡Qué madre descuida a su hijita de dos años en la playa! Los aborrecía, a los policías, al sol, a la gente, a los que se divertían, a los que sacaban a sus hijos del agua porque ya era hora de regresar; ellos, con sus presencias, hacían supurar mi dolor. Quería escapar, volverme al mar, evaporarme en sus algas y caer en el olvido; como si fuera yo la que nunca hubiera existido.

El sol cayó. Una brigada completa de policías proseguía la búsqueda sin novedades. Me tumbé sobre la orilla y miré el océano con un odio recóndito, mientras las lágrimas se confundían con su salitre y los últimos colores de la tarde adornaban el cielo. Un cielo hermoso y mordaz que me recordaba el paso del tiempo, el tiempo vacío de no verla, el tiempo de haberla extraviado. Los dioses me juzgaban, sola, frente al azul, implacables, y me condenaban al peor de los despojos: sentirme una madre desnaturalizada, sin hijita, sin futuro y con el vientre hueco.

Se desplomó el día y me hirió la noche, destructiva; yo seguía allí, esperando verla otra vez, con su traje naranja, con sus ojos grises, con sus risos cafés, con esa sonrisa inolvidable. Mis brazos sintieron la desolación de su ausencia y las lágrimas se me acabaron todas. El maldito mar se las llevó con mi pequeña.

 

……………………………

 

Mi esposo me pasó el brazo por los hombros, me besó la mejilla derecha reseca de tanto llanto.

̶ Lo volveremos a intentar, me dijo.

Estábamos en el funeral de nuestro tercer bebé que nacía muerto, que no lograba respirar nuestro oxígeno. La cajita minúscula descansaba sobre una mesa adornada de terciopelos azules, como el mar. La incertidumbre me devastaba. Traía un largo vestido negro, triste, sin adornos, sin lazos. Diluida en la profundidad del negro veía la sonrisa de la niña y su traje naranja y las olas reventando contra una orilla que jamás visitaríamos.

̶ Puedo escucharla, le repliqué a mi esposo que me observaba con lástima y cierta lejanía.

̶ Puedo ver sus ojos grises, olerla…

̶ Volveremos a terapia, amor, me respondió como si se tratara de consolar a un agonizante en su lecho mortal.

En el entierro, ya no escuchaba más que la sonrisa de mi hija. Iban bajando la caja a un hueco vasto, hondo, como si de ahí también se quisiera escapar. Su risa, atrapada bajo la tierra gris, marchita, se hacía más intensa. La monstruosa soledad de la muerte me subió por las piernas, las caderas, hasta mi vientre yermo. Salí caminando de ese sitio pavoroso, y estuve andando toda la noche y todo el día. Regresé a aquel mar que se había llevado mi mejor sonrisa. Me recosté entre las olas, vacía de todo, menos de amor. Abracé a mi niña y juntas decidimos no volver a nacer.

Puerto Nuevo, minutos antes del desastre

La mancha roja o el fin de los tiempos

En el 741 antes de Cristo, se tiene registrada la primera fecha del potencial fin del mundo. No tengo que explicarles que de entonces a la actualidad, pasando por el todavía reciente augurio del calendario maya (diciembre de 2012), o las erróneas interpretaciones de esta cultura, nada ha sucedido. El próximo día marcado con presagios no debe tener efecto hasta 2060, cuando Newton avizoró cierto confuso apocalipsis. Para esa fecha yo tendré 78 años. En el supuesto de que esté viva, me importará un comino que se acabe el dichoso mundo.

Pero cuando se tiene 32 años, se va a visitar un paraíso como Baja California, un amor la espera a una al otro lado del mar, y encima es 12 de julio del año 2014, puede ser preocupante el probable derrumbe de las ilusiones.

Aterricé en Tijuana, frente a esa inmensa barda doble que detiene el paso a quienes intentan llegar a la tierra prometida. Centelleante encontré la bahía de Ensenada; el sol; el cielo azul; en la noche, estrellado; la sierra; las uvas; el alma solitaria de aquellos parajes medio desérticos a orillas del Pacífico. Grandes barcos arrojaron a miles de turistas hacia las anchas avenidas, como hormigas que se dispersan por los viñedos y el mar, mientras gaviotas y pelícanos vuelan a ras de nuestras cabezas.

¡Si esto va a ser el fin del mundo, conviene que llegue a cada rato! Pero nadie se apuró con la noticia, que se trasmitía solo de boca en boca y de manera casual, como una buena broma para un día tan cálido. ¡Yo qué puedo andar creyendo en cuentos y profecías fatuas…! Para cuentos la vida, para realidad el olor de las olas y los vinos.

Así es que subí al taxi, con mi guía de estos días de descanso y lejanía, y me vine a Puerto Nuevo. Aquí, sentada en las orillas de una ciudad que me apasionó desde sus largas, peligrosas e intrincadas carreteras, en medio de las montañas, hasta sus platillos de tentadores mariscos, me temo que apenas me quede tiempo de terminar estas líneas, o quizás solo algunas locuciones más.

Desde al frío y hasta hace unos minutos apacible océano, una mancha roja, de patas y tenazas, escala las piedras grandes y sube por los troncos de las construcciones viejas de maderas corroídas; por las calles esponjadas, y se adentra en la avenida que lleva a Tijuana o a la Ensenada de mi amanecer. Las amarras de la orilla se van soltando, una a una, sin razón aparente. El Pacífico está lleno ya de botes, barcachas, cruceros, que van y vienen con una marejada incipiente, como animales del agua. Las langostas alcanzan los cerros, todo es rojo, naranja, marrón. Inexplicablemente, los hombres saltan al mar para alcanzar las embarcaciones, en una huida inconcebible, ¿hacia dónde? Yo no tengo a dónde huir, más que a esta libreta de notas y a la esperanza de que sea un mal sueño, una pesadilla más. Con el propósito de recordarlo mañana, escribo; es lo único que sé hacer en los instantes irrevocables.

Llegan los hombres que vienen de la sierra, de los sembradíos: “Las uvas, los olivos y las pitayas se consumieron en segundos, como una película en cámara acelerada”. Es todo lo que traen por noticia. Los propietarios restauranteros atrapan langostas y moluscos para sus despensas y neveras. Es la única esperanza de que nada va a ocurrir. Mañana habrá manjares en todos los restaurantes del Pacífico, y costarán la mitad de precio por exceso de oferta. La crisis ecológica será más fácil de enfrentar que el fin de una Era, y los periodistas que asistimos “la catástrofe” venderemos buenas crónicas a los medios que se olvidaron de anunciar esta calamidad.

Nunca comí pescados más frescos… Mientras la salsa de albahaca gotea de mis labios al papel, trato de entender qué mierda está pasando. “Los lugares donde habitamos son impermeables al asombro”, dice mi libro de viaje. Y heme aquí, tan cerca de la espuma, tan lejos de mis espíritus, atónita hasta lo indecible.

Lo que en este momento ocurre, es lo último. Puede que no haya más. Una ola se levanta a muchos metros sobre el mar, no sé cuántos. Mis conocimientos de oceanografía son mínimos. Los surfistas están paralizados, ninguno pone la tabla en posición de arranque. El asombro es hoy, entre todos los sentimientos, el más agujereado.

Jamás imaginé que pondría la última palabra tan lejos de casa. La mancha roja sube por mi cuerpo, por mis brazos. Trato de espantarla como si de moscas pegajosas se tratara, pero las primeras gotas llueven desde la gran ola que se aproxima, alta, inmensa, apabullante, insólita. Lo peor es que el gato en casa morirá de hambre y el hombre, para quien escribo estas líneas, aún me espera en La Habana.

Me dejé caer

Foto: Vanessa Patiño

JORGE MONJARÁS SE LANZÓ DE UN PARACAIDAS Y “SOBREVIVIÓ”. AQUÍ VA SU HISTORIA

“¡¡¿Vienes rezando?!!”, me dice el Conde. Se ve más sonriente y confiado que yo, sin duda. Está sentado junto a la puerta de la avioneta, que asciende poco a poco por encima de Tequesquitengo. Venimos sentados en el suelo de esta cosa sin asientos, en formación de cebollitas, para caber los ochos pasajeros, cuatro con mochilas llenas a la espalda, cuatro con 10 toneladas de nervios de primerizo. Marthita viene junto al piloto, hecha bolita, trajo a su hijo rockero pero, respetuosa de los lugares, no trató de subirse en la misma tanda que él. Viene en el primer vuelo, con el esposo de Mireille, el Conde y yo. Si ha de tronar, que truene, pensé cuando saqué el número ocho del sorteo pero alguien me lo cambió por el dos, a la mexicana.

“Nomás me falta el rosario”, le contesto, un poco asombrado de poder sonreír. No vengo orando, pero si meditando. Como todos, apenas creo haber llegado hasta aquí, atrás del asiento del piloto de una avioneta azul propulsada a turbina, sabiendo que no voy a bajar dentro de ningún aparato.

No son nervios nada más, hay mucho de culpa envuelta en remordimiento, más preocupación en una mezcladora, shaken not stirred. Rebota en mi mente todo aquello de emprender una locura: cuánta gente depende de mí, la ausencia de un seguro que cubra paracaidismo, las niñas, etc.  Es un hecho que cuando deje de tener dependientes a lo mejor ya ni me lo permiten, pero este razonamiento impecable no queda tan claro a partir del momento que el avión acelera para ascender por los cielos.

“Mta… encima de alto vamos hechos la m…”

Estoy tratando de buscar mi centro otra vez, esa persona que dijo que sí, que decidió que ahora o nunca y guardó la calma los días que siguieron. Nunca soñé cosas, ni padecí desvelos por esto, ni siquiera la noche anterior. Claro, no es lo mismo imaginarlo que estarlo viviendo. Ese golpe era el que estaba tratando de procesar, con el instructor delante de mí, un hombrón rechoncho y pelo cortísimo entrecano que habló de pasar ya de los 12,300 saltos. El consuelo: no pudo haber fallado ninguno, qué no.

Supongo que asignan al instructor de acuerdo a la complexión del aspirante. No puedo evitar notar que soy el más pesado de los 27 de este grupo, con mis 84 kilitos (menos dos de ropa, me consuelo). La bendita juventud que me rodea anda por ahí, ligerita y llena de vida. Algunos todavía con esa convicción de que van a vivir para siempre. Me gusta este grupo, organizado con rigor científico por Mini, la imprescindible, la incansable, en este esfuerzo por transformarnos de godínez a extremos, de extremos a personas, de personas a amigos. Algún lacito invisible quedará entre los que salimos del trajín diario de esta empresa adolorida; un optimismo que necesitamos.

La avioneta sigue ascendiendo, sin turbulencias ni nubarrones. Es un día soleado y muy caluroso allá abajo, en el lago, en las casas, las albercas, los hotelitos pequeños y carísimos. Más allá se extiende el café regado de verde, el campo guerrerense. Todo se vuelve azul en la lejanía del horizonte. El tiempo de reflexión termina cuando nos dan la señal de proceder como nos explicaron apresuradamente en tierra. Fueron cinco minutos de explicación, cuando mucho, luego de llegar, como suizos, a las 9:30 de la mañana, en punto, firmar una cartita en donde por supuesto asumimos toda la responsabilidad, sortearnos el orden y la grabación de un solo salto (muero por ver a Nano en el mero momento).

Te ponen un arnés que asegura tus piernas y pecho, bien apretadito, ajustadito; de este va a quedar colgando tu vida, así que no protestas por tener que caminar como astronauta (o como Pinocho sin hilos), bien derechito. Tu instructor asignado te describe dos cosas: las posiciones que debes asumir en caída libre (básicamente agarrado del arnés o con las manos extendidas, las piernas siempre dobladas en ángulo recto), así como la forma de amarrarte a él y saltar del avión.

Y ya.

Deben existir miles de preguntas adicionales; nadie, ni los más nerviosos, las hacen. En este grupo, al parecer, no hay obsesionados con el detalle, nadie ventila su angustia jorobando a los instructores. Nadie quiere ser un pain in the ass; la cosa es tirarse de una vez.

– ¿Bueno?

– Qué onda, oye estoy en Tequesquitengo, me voy a aventar en paracaídas, ahí nomás para que sepas.

Si todo sale bien te hablo al rato.

– (somnoliento) Ok.

Las neuronas de mi hermano comienzan a hacer sinapsis cuando cuelgo. Me habla cinco minutos después, antes de dejar el celular en tierra y meterme a la avioneta.

– ¡De pelos! ¡Ahí me cuentas!

– Ok.

Escogí no decirle a nadie. Especialmente no a mis hijas, no a Karla. Ahora creo que gran parte del motivo es la culpa que emana de mi mismo. No quise involucrarlas, que imaginasen escenas terribles, quitarles un minuto de sueño. Creo que al final, el que se estaba reprochando todo esto era yo mismo, y con eso era suficiente.

Abren la puerta del avión.

Aire a toda velocidad se cuela en la cabina, nos ensordece. Por primera vez, estás a cientos de metros por encima del mundo que caminas, sin nada que se interponga entre tu cuerpo y la Tierra que te llama, un tanto molesta y apresurada. Qué haces allá arriba, te pregunta, como una madre atribulada: te regresas, pero ya.

Ya casi. Estás hincado viendo hacia la puerta, hacia el cielo y el horizonte. Terminas de amarrarte al instructor, detrás de ti. Jalas las cintas con todas tus fuerzas; te vuelves a construir un cordón umbilical que te mantendrá vivo y dependiente de otro por los próximos minutos. El instructor dice que estás listo: confías ciegamente porque no hay tiempo para nada.

El bueno del Conde sale de repente por la puerta, con su instructor. Toma una velocidad difícil de explicar, lejos y hacia atrás del avión, como en película, pero más irreal porque es real. Se hace pequeñito en segundos. Sigo yo.

Me acerco a esa boca abierta, todavía agarrado del avión. Ayuda no creer lo que está pasando, es demasiado irreal. Sigo una instrucción muy sencilla: me suelto y me sujeto de mi propio arnés. Elijo ver hacia el horizonte y seguir la vieja canción: dejarme caer. No pensé en mi madre, no pensé en nada; sólo observo al cielo, al avión, a mí mismo.

Resulta impensadamente placentero, es un deleite. El hombre de los 12,000 saltos se tira conmigo en la panza, damos una vuelta en el aire, quizá dos. Veo la avioneta desde fuera alejarse mientras miro hacia el cielo. Luego nos estabilizamos boca abajo. El viento se agolpa en la cara, te rodea, te grita, se mete en tu nariz. Estoy seguro que no mantuve la posición con la cabeza hacia atrás. Volteo a un lado, al otro, arriba, abajo. Veo el horizonte, la tierra, estoy completamente tranquilo, estoy admirando, estoy en plena contemplación.

Estoy centrado totalmente, consciente desde lo más profundo, pruebo respirar en este ambiente que parece impedirlo. No es así, lo consigo con cierta facilidad. No lo sabré a ciencia cierta, pero podría asegurar que mi corazón late tranquilo, estoy relajado, tanto que no me cuesta soltar el arnés y extender los brazos. Caigo, lo sé, a toda velocidad, pero no hay alarmas prendidas en mi cuerpo. No sé si la adrenalina hace esto, no la advierto. Quizá está, escondida, actuando, pero no la siento. No hay aquí la furia de una batalla, ni la tensión de un momento difícil. Eso es: no hay tensión. Si me preguntaran, más que adrenalina, me siento atascado de dopamina.

Transcurren esos segundos inolvidables. Se abre el paracaídas. El tirón tampoco es desagradable. Estamos ahora en posición vertical, con un ala sobre nuestras cabezas. El aire se ha detenido, el ruido termina, descendemos lentamente. Se puede conversar como en un cafecito; o mejor, no hay ruido.

– ¿Cómo vas?

– ¡Poca madre!  -Respondo eufórico, sincero, satisfecho.

– ¿Quieres dar vueltas?

– ¡Venga!

Estoy pensando que esta cosa ya abrió, ya la voy librando, ya pueden pasar menos cosas. Finalmente es una satisfacción vivir para contarla.

Contemplo las casas, las albercas, una buena cantidad llenas con agua verde del lago, supongo, no se ven muy bien. Me señala un círculo que aún se ve pequeño.

– Ahí tenemos que caer.

– Ok (se ve lejos)

– Toma los controles

Son las cuerdas que dirigen al paracaídas. Con ellas das vueltas hacia un lado u otro. Inclinas mucho el ala y recuperas velocidad, el viento vuelve, giras a buena velocidad.

– ¿No estás mareado?

– No, dale.

Quieres verlo todo, pasear con tu ala de dragón por el cielo azul de Tequesquitengo, bajo un sol que aún no se siente como allá abajo, duro, quemador. Estás flotando y puedes ver finalmente a otros: por ahí debe ir el resto de la tripulación. Todo bien.

Te vuelves consciente de que no estás flotando cuando te acercas al círculo, que ahora es grande. Tienes una buena velocidad horizontal, más que vertical. Das vueltas a su alrededor, como un zopilote guerrerense. Este compadre sabe lo que hace: llegas al lugar preciso donde unas tiras de plástico evitan que te manches el trasero.

Me pide alzar los pies y caer sentado. Confío. Aterrizamos como plumas, ni una resbaladilla es tan tranquila. Me alegrará más haber levantado las piernas al ver a otros, a lo largo del día, tratar de correr, sólo para tropezarse y caer de forma no muy agraciada.

El paracaídas está en el suelo y tú increíblemente quieto, apenas puedes creer que tu cuerpo pueda estar tan quieto, después de la forma en que se movió en el espacio. El instructor se desata con facilidad, y comienza a doblar su ala. Le das la mano, te tomas una foto, le agradeces infinitamente.

Caminas hacia el resto del grupo. Te llueven preguntas. Mini y Vane toman fotos. Todos quieren saber si la experiencia es desagradable. Les respondes que no, que para nada. Ahora sé que esta puede no ser una ocasión única en mi vida. Lo puedo volver a hacer y quiero. Quién sabe, ya la vida dirá.

Griselda, de online, me pregunta algo que quizá le viene de muy dentro: ¿Tienes ganas de llorar? Interesante pregunta: no, en realidad, me estoy riendo a carcajadas. La risa siempre me ha sido fácil y llega, como de costumbre, a terminar de dibujar mi estado actual y permanente. Quiero que mi risa tome al viento y lo cabalgue para viajar muy lejos.

Es una carcajada de satisfacción, descubrimiento y avance. Estoy completamente en paz.

 

La Azotea o Cuento de terror para adultos

Tomado de su blog personal:

http://expresocortado.blogspot.mx/

 

“Si supieras lo que yo sé, no podrías dormir nunca”, me espetó Domingo antes de hacer una pausa dramática, dándole unas chupadas a su pipa y dejando ir su voluminoso cuerpo sobre un indefenso sillón alto.

La chimenea encendida completaba el cuadro. El hombre era un fanático de los muebles barrocos y Luis X; los dos estilos juntos, sin pudor, que abarrotaban una de sus salas –porque tenía varias-; entre un sin fin de “antigüedades”, de esas que uno se pregunta quién sería capaz de comprar. Su casa entera es una buena explicación de a dónde van a parar todas las figuritas de porcelana que se han fabricado.

Como yo estaba a punto de caer fulminado por el sueño tras dos horas de interminable plática unilateral, le respondí un tanto esperanzado: “Cuéntame, pues, a ver…”

Nada le gusta más a Domingo Gutiérrez, militante de izquierda, zapatista de corazón convertido por la vida en próspero asesor en relaciones gubernamentales para una de las firmas de Relaciones Públicas más importantes de la ciudad, que ser el centro de la atención.

–  “No podría decirte todo, ya sabes, el secreto profesional.”

–  “Claro, ya sé.”

–  “Sería off the record, of course.”

–  “Ps, ¿dónde viste la grabadora? Estamos chupando tranquilos… por cierto, me voy a servir más de ese güisquito.”

Aproveché para alejar mi asiento, curiosamente más bajito que el sillón de Domingo, del fuego. Era una noche francamente calurosa, pero las llamas eran parte del escenario preferido de mi dilecto excolega, quien se había declarado tan decepcionado del periodismo que se mudó tranquilamente al dark side: el mundillo de los asesores de políticos… no al mundillo de los políticos, sino al de sus asesores, que es cosa diferente. No al lugar donde se toman las decisiones, sino al de los que pintan todos los escenarios posibles, en bonitas carpetas y presentaciones de power point; de cualquier situación, de cualquier cosa.

–  ¿Por dónde quieres que empiece?

– No sé, la explosión en ese edificio público que dices que no fue accidente.

– ¡Ja, ja, ja! ¿Tú todavía piensas que lo fue? ¿Qué de verdad no tienes fuentes ahí?

– ¿Dónde, en la paraestatal, en la Cruz Roja, entre los veladores del edificio, con los archivistas, los investigadores o la gente que iba pasando?

–  No sabes lo que guardaban ahí.

–  Como no fuera una reserva secreta de petróleo en botellas de Coca Cola, nop.

– Archivos, compañero, papeles que ahora están sepultados bajo los escombros o volando por nuestros cielos anaranjados de contaminación.

– Esa ya es vieja, Domingo. Dime qué papeles ameritan que revientes una bomba a las cuatro de la tarde por dios, cuando ya todo se hace electrónicamente. Y si eres dueño del edificio ¿qué no es más fácil robarse los documentos una noche y listo?

–  La idea es dar una razón de que ya no existan.

–  Era archivo muerto Domingo, nadie los iba a auditar nunca más.

–  ¿Ves cómo no sabes? Ay, mano.

–  Va, va, entonces quién fue, cuéntame. ¿Los azules para esconderse del partidote o al revés? Porque ya me descartaste a terceros, por lo que veo.

–  Mta, todavía crees que esos no trabajan juntos.

–  Son como uno mismo, me imagino. ¿Lo hicieron juntos? Uno mató a la vaca y el otro le detuvo la pata.

–   Ellos tienen que seguir órdenes, como todos.

La conversación ya había logrado despertarme. Por lo menos cuando Domingo se ponía conspirativo el esgrima se hacía más divertido. Aun así volví a recargar mi vaso de Chivas 18.

–   Ok, les ordena quién, los gringos, los narcos, la iglesia, la internacional socialista, la ultraderecha, la conspiración judeo-capitalista, la musulmano-petrolera, la nazi-fascista, la groucho-marxista…

–   Yo no dije que ellos soltaran una bomba.

–   De hecho no has dicho nada. O fueron los zetas, pues.

–   ¿Y la explosión sin llamas?

–   Dale, entonces cuéntame si has visto explotar a C4, metano o zutano.

–   ¿Yo? ¿Pues que crees que ando haciendo? Yo nada más recojo información de los que saben.

–   Que supongo no son los peritos de la defensa, o los gringos, o los de la UNAM que vimos todos.

–   Claro que no, a los buenos ni los ves.

–   Ok, ¿son los mismos del helicopterazo y los del avionazo, o los van cambiando?

–   No sé, a ellos los ven mis contactos.

–   Ah vaya, o sea que tu versión no es de primera mano.

–   ¡Claro que lo es, de primerísima!

–   Pero no de los que estuvieron ahí escarbando.

–   Esos nada más le tapan el ojo al macho, si las razones ya la conocen.

–   ¿Antes de investigar?

–   Pues, claro.

–   Se te está apagando la pipa.

(más…)

LA FORMA DE LA ESPADA

HABIENDO ADMIRADO A ESTE ESCRITOR ARGENTINO DESDE MUY PEQUEÑA Y APROVECHANDO HOY ESTE ESPACIO QUE ES “CUENTOS DEL CONDE” DESDE “GUERRA A 4 MANOS”, QUIERO COMPARTIR, PARA EMPEZAR, UNO DE LOS RELATOS MÁS GENIALES DE ESTE POETA-ESCRITOR, “LA FORMA DE LA ESPADA”.

Jorge Luis Borges

(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)

         Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.
La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.
Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.
No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:
—Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.
Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:
“Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas… En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.

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