A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

El joven soldado

Por ahí por donde ande, se lo dedico a ese hombre que conocí antes de que fuera hombre, que me besó de niña, y que se fue de nuestro pequeño mundo antes de que la vida le diera alguna oportunidad… A RCM, el joven soldado

 

“La guitarra del joven soldado, es recluta también. La guitarra del joven soldado revela secretos, se desata por una mirada, en arpegios de amor”.

                                      La guitarra del joven soldado, Silvio Rodríguez

 

Se amarró el cordón de la bota de cadete al gatillo de la escopeta, un AKM ruso muy utilizado por terroristas y guerrilleros. Se acomodó el pie a cierta distancia, y puso la boca del AK sobre la lengua. Haló del pie y se voló los sesos.

Tenía 17 años y estaba cumpliendo los primeros meses de dos años de servicio militar que el gobierno obligaba, para forjar a los jóvenes que construirían el futuro glorioso de la tierra.

Un mes antes, un coronel había ofendido su hombría, llamándolo maricón, y el impetuoso muchacho había desbaratado su mano contra la nariz del militar. El impulso le costó 30 días de calabozo. Llevaba tres fueras cuando haló del gatillo. Era su primera guardia; la primera vez que volvían a poner un arma de fuego en sus manos.

Un conocido pasó en la tarde, a la hora en que el polvo hierve, y así, como quien no quiere las cosas, dejó caer la notica: ¿sabes quién se mató? Los detalles vendrían después, tergiversados por el morbo pueblerino, sin la anuencia de una familia desintegrada, escasa de ánimos para andar recomponiendo rumores históricos.

La única funeraria se llenó de cadetes, militares y desconocidos que fueron tras la imagen de la cabeza reventada. El cuerpo no estaba a la vista. No obstante, En una sala gris, con olor a muerte, un militar de alto rango leyó una despedida de duelo ante la concurrencia, pronunciando palabras que solo había dicho en otras despedidas anteriores, resaltando méritos que el joven suicida nunca tuvo. Era el protocolo y debía volver rápido a las oficinas de la comandancia.

Las únicas lágrimas auténticas salían de los ojos viejos de sus abuelos, que lo habían criado desde que su padre lo abandonó y la madre empezó sus ires y venires, sin volver a encontrarse a sí misma.

La gente pasaba por la calle con nombre de patriota y preguntaba ¿quién murió? Y siempre alguien estaba dispuesto a hacerle la historia del pi al pa, hasta conmover al curioso, que terminaba quedándose un rato. Entrada la noche, la gente llegaba a la funeraria porque no habían visto nunca una congregación tal. El negocio de Joaquín, en la acera de enfrente, al punto de la quiebra, se agilizó de pronto. Esa noche, además de los añejos panes con croquetas, ofrecieron panes con frita, tortillas, chicharrones y con guayaba. Esa noche, Joaquín, de tan contento, se llevó a Nubia, su esposa, al cuarto y la puso en cuatro patas frente al colchón viejo. En esa posición se la singaría como ella ya había perdido la memoria que pudiera hacerlo. Después le subió los blumers, le acomodó la saya, le dio un par de nalgadas y la mandó a hacer más tortillas. -¡Que esto va pa largo!, le dijo.

El difunto impulsaría el negocio de Joaquín durante la siguiente mitad del año, aunque la calidad iría decayendo, quizás hasta que otro muerto célebre volviera a inspirar la cama y la cocina de la señora Nubia.

Los sillones de tiras de suiza se repletaban de gente que iba a tomar café aguado a la casa de la muerte, y de paso un pancito de Joaquín. Los bancos se volvieron salones de reuniones, donde todas las viejas familias del pueblo se pusieron al corriente de los acontecimientos ocurridos desde el último fallecimiento que provocó cierto revuelo. Las señoras llegaban con sus vestidos negros, que no habían podido usar en años, y en los que casi no cabían. Los niños correteaban por la calle aglomerada, reencontrando antiguos amigos de escuelas anteriores.

A determinada altura de la noche, la gente estaba tan ocupada en sus intercambios sociales, que había olvidado al joven soldado asesinado por su propio pie. Nadie lamentaba ya las condiciones degradantes en que había perdido la vida, y los abuelos se habían quedado solos en una silla de hierro y madera astillada, al lado del ataúd. Se miraban con ojos vacíos, como a quien se le acabó la comprensión de lo insólito.

Llegaron coronas de flores y cajas con medallas, que irían a parar, unas horas más tarde, al hueco polvoriento del cementerio. Un poco después del amanecer, alguien avisó que ya venía el carro a buscar el cuerpo. La procesión era tan larga, que llegaba de la funeraria al cementerio, sin necesidad de movilizar a nadie. Como la circulación era imposible para el carro, alguien elevó el ataúd forrado de pana azul, y lo fueron pasando de mano en mano por las calles y el gentío, hasta la puerta del cementerio. Allí tuvieron que ponerlo un rato en el piso, porque el sol comenzaba a levantar, y nadie había llegado para decir en qué fosa sería sumergido.

Siempre hubo quien se aventuró a buscar al custodio de aquel pequeño paraíso, pero el hombre podía estar perdido en la multitud, sin que nadie pudiera distinguirlo. A esa hora de la mañana todos se veían exactamente iguales, como cadáveres vivientes, expectantes, aferrados al pavimento, porque el que se iba al infierno era otro.

Cuando por fin se supo qué puesto ocuparía el joven soldado en aquella planicie de tumbas, desmembradas de sus losas, sus bancos y ladrillos, la gente se había vuelto a olvidar de él. Sentados en el asfalto, con sus vestidos negros y sus guayaberas, mujeres y hombres se merendaban los últimos insumos de la cocina de doña Nubia.

Los abuelos del suicida siguieron lentamente al sepulturero hasta el espacio que les habían asignado. Derramaron las últimas lágrimas mientras bajaban la caja y echaban la tierra. No se escuchó una palabra siquiera.

 

 

 

 

 

 

Última visita al mar

Era un día soleado. Supongo que por eso decidimos ir al mar. El mar estaba atestado de gente, en el agua, en la arena, en las rocas más atrás, entre los arbustos, bajo las palmeras, atrincherados algunos por el sol y otros cocinándose bajo su manto luminoso. Vi su sonrisa frente al globo amarillo, recostada yo en la arena. Sus cabellos, volando con la brisa, se salían detrás de sus orejitas blancas donde intentaba agarrarlos para que no la molestaran. Era una niña hermosa; algunos de sus rasgos se parecían a mí, pero tenía esos ojos grises de la abuela paterna que contrastaban con su piel muy blanca. ¡cómo la amé en esa imagen, que sería la postrera!

Me recosté del todo y cerré los ojos debajo de la sombrilla. Sentía su risa graciosa y sus ojitos observándome; daba vueltas alrededor mío. Yo jugaba a que no escuchaba, a que no estaba, a que había desaparecido y eso siempre la hacía reír, sobre todo cuando yo regresaba de ese viaje inexistente. Con sus manitos solía cerrarme los ojos para que me fuera otra vez. Ella era libre entonces de saltar, correr, hacer todo lo que, creía, no estaba permitido. Ya había aprendido el permiso y el perdón, ¡tan pequeña! Lo último que recuerdo fue su manito húmeda halar de mis dedos de los pies, olía sus cabellos al viento y su risa inagotable.

Cuando desperté ya no estaban ni su piel blanca contra el mar intenso ni sus ojos grises que confundía colores con aquella tarde veraniega ni sus risos sueltos ni su ronroneo perfecto. Me levanté sobre la arena y miré alrededor con desconcierto, esperando verla tras algún tronco, a unos metros, escondiéndose para que yo pensara que ella había desaparecido también. Mi mirada recorrió los 360 grados sin ver nada, ni un atisbo de la niña. El pecho se me oprimió y comenzó una búsqueda angustiosa, desordenada, itinerante. Caminé como loca por todos lados llamándola por su nombre. Tenía la esperanza clavada de verla aparecer, donde fuera. La busqué, y la busqué en vano, desgarrándome a medida que le gritaba. La gente seguía su rutina de bañistas sin adivinar que el más terrible de todos los vacíos crecía en mis entrañas.

La culpa, la inexpugnable culpa se apoderaba de mí. ¿Cómo pude dejarla sola? ¿Cómo fue que me dormí, o la descuidé, o no la tuve agarrada todo el tiempo para que no pudiera escapar? ¿Cómo le diría a su padre, a sus abuelos, que había perdido a una niña, mi niña, en el mar? Pero más hondo que la culpa era el dolor de haber desperdiciado su sonrisa.

Fui por unos policías y les expliqué, entre aullidos y relinchos, lo ocurrido. Estuvimos toda la tarde escudriñando el mar, la arena, las piedras, los arbustos, lo que fuera que representara un obstáculo entre mis ojos y los de ella. Algunos visitantes se unieron a la causa, pero con el terror en la mirada. Y el terror de ellos me atormentaba más. Me miraban con pena y asco. ¡Qué madre descuida a su hijita de dos años en la playa! Los aborrecía, a los policías, al sol, a la gente, a los que se divertían, a los que sacaban a sus hijos del agua porque ya era hora de regresar; ellos, con sus presencias, hacían supurar mi dolor. Quería escapar, volverme al mar, evaporarme en sus algas y caer en el olvido; como si fuera yo la que nunca hubiera existido.

El sol cayó. Una brigada completa de policías proseguía la búsqueda sin novedades. Me tumbé sobre la orilla y miré el océano con un odio recóndito, mientras las lágrimas se confundían con su salitre y los últimos colores de la tarde adornaban el cielo. Un cielo hermoso y mordaz que me recordaba el paso del tiempo, el tiempo vacío de no verla, el tiempo de haberla extraviado. Los dioses me juzgaban, sola, frente al azul, implacables, y me condenaban al peor de los despojos: sentirme una madre desnaturalizada, sin hijita, sin futuro y con el vientre hueco.

Se desplomó el día y me hirió la noche, destructiva; yo seguía allí, esperando verla otra vez, con su traje naranja, con sus ojos grises, con sus risos cafés, con esa sonrisa inolvidable. Mis brazos sintieron la desolación de su ausencia y las lágrimas se me acabaron todas. El maldito mar se las llevó con mi pequeña.

 

……………………………

 

Mi esposo me pasó el brazo por los hombros, me besó la mejilla derecha reseca de tanto llanto.

̶ Lo volveremos a intentar, me dijo.

Estábamos en el funeral de nuestro tercer bebé que nacía muerto, que no lograba respirar nuestro oxígeno. La cajita minúscula descansaba sobre una mesa adornada de terciopelos azules, como el mar. La incertidumbre me devastaba. Traía un largo vestido negro, triste, sin adornos, sin lazos. Diluida en la profundidad del negro veía la sonrisa de la niña y su traje naranja y las olas reventando contra una orilla que jamás visitaríamos.

̶ Puedo escucharla, le repliqué a mi esposo que me observaba con lástima y cierta lejanía.

̶ Puedo ver sus ojos grises, olerla…

̶ Volveremos a terapia, amor, me respondió como si se tratara de consolar a un agonizante en su lecho mortal.

En el entierro, ya no escuchaba más que la sonrisa de mi hija. Iban bajando la caja a un hueco vasto, hondo, como si de ahí también se quisiera escapar. Su risa, atrapada bajo la tierra gris, marchita, se hacía más intensa. La monstruosa soledad de la muerte me subió por las piernas, las caderas, hasta mi vientre yermo. Salí caminando de ese sitio pavoroso, y estuve andando toda la noche y todo el día. Regresé a aquel mar que se había llevado mi mejor sonrisa. Me recosté entre las olas, vacía de todo, menos de amor. Abracé a mi niña y juntas decidimos no volver a nacer.

Puerto Nuevo, minutos antes del desastre

La mancha roja o el fin de los tiempos

En el 741 antes de Cristo, se tiene registrada la primera fecha del potencial fin del mundo. No tengo que explicarles que de entonces a la actualidad, pasando por el todavía reciente augurio del calendario maya (diciembre de 2012), o las erróneas interpretaciones de esta cultura, nada ha sucedido. El próximo día marcado con presagios no debe tener efecto hasta 2060, cuando Newton avizoró cierto confuso apocalipsis. Para esa fecha yo tendré 78 años. En el supuesto de que esté viva, me importará un comino que se acabe el dichoso mundo.

Pero cuando se tiene 32 años, se va a visitar un paraíso como Baja California, un amor la espera a una al otro lado del mar, y encima es 12 de julio del año 2014, puede ser preocupante el probable derrumbe de las ilusiones.

Aterricé en Tijuana, frente a esa inmensa barda doble que detiene el paso a quienes intentan llegar a la tierra prometida. Centelleante encontré la bahía de Ensenada; el sol; el cielo azul; en la noche, estrellado; la sierra; las uvas; el alma solitaria de aquellos parajes medio desérticos a orillas del Pacífico. Grandes barcos arrojaron a miles de turistas hacia las anchas avenidas, como hormigas que se dispersan por los viñedos y el mar, mientras gaviotas y pelícanos vuelan a ras de nuestras cabezas.

¡Si esto va a ser el fin del mundo, conviene que llegue a cada rato! Pero nadie se apuró con la noticia, que se trasmitía solo de boca en boca y de manera casual, como una buena broma para un día tan cálido. ¡Yo qué puedo andar creyendo en cuentos y profecías fatuas…! Para cuentos la vida, para realidad el olor de las olas y los vinos.

Así es que subí al taxi, con mi guía de estos días de descanso y lejanía, y me vine a Puerto Nuevo. Aquí, sentada en las orillas de una ciudad que me apasionó desde sus largas, peligrosas e intrincadas carreteras, en medio de las montañas, hasta sus platillos de tentadores mariscos, me temo que apenas me quede tiempo de terminar estas líneas, o quizás solo algunas locuciones más.

Desde al frío y hasta hace unos minutos apacible océano, una mancha roja, de patas y tenazas, escala las piedras grandes y sube por los troncos de las construcciones viejas de maderas corroídas; por las calles esponjadas, y se adentra en la avenida que lleva a Tijuana o a la Ensenada de mi amanecer. Las amarras de la orilla se van soltando, una a una, sin razón aparente. El Pacífico está lleno ya de botes, barcachas, cruceros, que van y vienen con una marejada incipiente, como animales del agua. Las langostas alcanzan los cerros, todo es rojo, naranja, marrón. Inexplicablemente, los hombres saltan al mar para alcanzar las embarcaciones, en una huida inconcebible, ¿hacia dónde? Yo no tengo a dónde huir, más que a esta libreta de notas y a la esperanza de que sea un mal sueño, una pesadilla más. Con el propósito de recordarlo mañana, escribo; es lo único que sé hacer en los instantes irrevocables.

Llegan los hombres que vienen de la sierra, de los sembradíos: “Las uvas, los olivos y las pitayas se consumieron en segundos, como una película en cámara acelerada”. Es todo lo que traen por noticia. Los propietarios restauranteros atrapan langostas y moluscos para sus despensas y neveras. Es la única esperanza de que nada va a ocurrir. Mañana habrá manjares en todos los restaurantes del Pacífico, y costarán la mitad de precio por exceso de oferta. La crisis ecológica será más fácil de enfrentar que el fin de una Era, y los periodistas que asistimos “la catástrofe” venderemos buenas crónicas a los medios que se olvidaron de anunciar esta calamidad.

Nunca comí pescados más frescos… Mientras la salsa de albahaca gotea de mis labios al papel, trato de entender qué mierda está pasando. “Los lugares donde habitamos son impermeables al asombro”, dice mi libro de viaje. Y heme aquí, tan cerca de la espuma, tan lejos de mis espíritus, atónita hasta lo indecible.

Lo que en este momento ocurre, es lo último. Puede que no haya más. Una ola se levanta a muchos metros sobre el mar, no sé cuántos. Mis conocimientos de oceanografía son mínimos. Los surfistas están paralizados, ninguno pone la tabla en posición de arranque. El asombro es hoy, entre todos los sentimientos, el más agujereado.

Jamás imaginé que pondría la última palabra tan lejos de casa. La mancha roja sube por mi cuerpo, por mis brazos. Trato de espantarla como si de moscas pegajosas se tratara, pero las primeras gotas llueven desde la gran ola que se aproxima, alta, inmensa, apabullante, insólita. Lo peor es que el gato en casa morirá de hambre y el hombre, para quien escribo estas líneas, aún me espera en La Habana.

Me dejé caer

Foto: Vanessa Patiño

JORGE MONJARÁS SE LANZÓ DE UN PARACAIDAS Y “SOBREVIVIÓ”. AQUÍ VA SU HISTORIA

“¡¡¿Vienes rezando?!!”, me dice el Conde. Se ve más sonriente y confiado que yo, sin duda. Está sentado junto a la puerta de la avioneta, que asciende poco a poco por encima de Tequesquitengo. Venimos sentados en el suelo de esta cosa sin asientos, en formación de cebollitas, para caber los ochos pasajeros, cuatro con mochilas llenas a la espalda, cuatro con 10 toneladas de nervios de primerizo. Marthita viene junto al piloto, hecha bolita, trajo a su hijo rockero pero, respetuosa de los lugares, no trató de subirse en la misma tanda que él. Viene en el primer vuelo, con el esposo de Mireille, el Conde y yo. Si ha de tronar, que truene, pensé cuando saqué el número ocho del sorteo pero alguien me lo cambió por el dos, a la mexicana.

“Nomás me falta el rosario”, le contesto, un poco asombrado de poder sonreír. No vengo orando, pero si meditando. Como todos, apenas creo haber llegado hasta aquí, atrás del asiento del piloto de una avioneta azul propulsada a turbina, sabiendo que no voy a bajar dentro de ningún aparato.

No son nervios nada más, hay mucho de culpa envuelta en remordimiento, más preocupación en una mezcladora, shaken not stirred. Rebota en mi mente todo aquello de emprender una locura: cuánta gente depende de mí, la ausencia de un seguro que cubra paracaidismo, las niñas, etc.  Es un hecho que cuando deje de tener dependientes a lo mejor ya ni me lo permiten, pero este razonamiento impecable no queda tan claro a partir del momento que el avión acelera para ascender por los cielos.

“Mta… encima de alto vamos hechos la m…”

Estoy tratando de buscar mi centro otra vez, esa persona que dijo que sí, que decidió que ahora o nunca y guardó la calma los días que siguieron. Nunca soñé cosas, ni padecí desvelos por esto, ni siquiera la noche anterior. Claro, no es lo mismo imaginarlo que estarlo viviendo. Ese golpe era el que estaba tratando de procesar, con el instructor delante de mí, un hombrón rechoncho y pelo cortísimo entrecano que habló de pasar ya de los 12,300 saltos. El consuelo: no pudo haber fallado ninguno, qué no.

Supongo que asignan al instructor de acuerdo a la complexión del aspirante. No puedo evitar notar que soy el más pesado de los 27 de este grupo, con mis 84 kilitos (menos dos de ropa, me consuelo). La bendita juventud que me rodea anda por ahí, ligerita y llena de vida. Algunos todavía con esa convicción de que van a vivir para siempre. Me gusta este grupo, organizado con rigor científico por Mini, la imprescindible, la incansable, en este esfuerzo por transformarnos de godínez a extremos, de extremos a personas, de personas a amigos. Algún lacito invisible quedará entre los que salimos del trajín diario de esta empresa adolorida; un optimismo que necesitamos.

La avioneta sigue ascendiendo, sin turbulencias ni nubarrones. Es un día soleado y muy caluroso allá abajo, en el lago, en las casas, las albercas, los hotelitos pequeños y carísimos. Más allá se extiende el café regado de verde, el campo guerrerense. Todo se vuelve azul en la lejanía del horizonte. El tiempo de reflexión termina cuando nos dan la señal de proceder como nos explicaron apresuradamente en tierra. Fueron cinco minutos de explicación, cuando mucho, luego de llegar, como suizos, a las 9:30 de la mañana, en punto, firmar una cartita en donde por supuesto asumimos toda la responsabilidad, sortearnos el orden y la grabación de un solo salto (muero por ver a Nano en el mero momento).

Te ponen un arnés que asegura tus piernas y pecho, bien apretadito, ajustadito; de este va a quedar colgando tu vida, así que no protestas por tener que caminar como astronauta (o como Pinocho sin hilos), bien derechito. Tu instructor asignado te describe dos cosas: las posiciones que debes asumir en caída libre (básicamente agarrado del arnés o con las manos extendidas, las piernas siempre dobladas en ángulo recto), así como la forma de amarrarte a él y saltar del avión.

Y ya.

Deben existir miles de preguntas adicionales; nadie, ni los más nerviosos, las hacen. En este grupo, al parecer, no hay obsesionados con el detalle, nadie ventila su angustia jorobando a los instructores. Nadie quiere ser un pain in the ass; la cosa es tirarse de una vez.

– ¿Bueno?

– Qué onda, oye estoy en Tequesquitengo, me voy a aventar en paracaídas, ahí nomás para que sepas.

Si todo sale bien te hablo al rato.

– (somnoliento) Ok.

Las neuronas de mi hermano comienzan a hacer sinapsis cuando cuelgo. Me habla cinco minutos después, antes de dejar el celular en tierra y meterme a la avioneta.

– ¡De pelos! ¡Ahí me cuentas!

– Ok.

Escogí no decirle a nadie. Especialmente no a mis hijas, no a Karla. Ahora creo que gran parte del motivo es la culpa que emana de mi mismo. No quise involucrarlas, que imaginasen escenas terribles, quitarles un minuto de sueño. Creo que al final, el que se estaba reprochando todo esto era yo mismo, y con eso era suficiente.

Abren la puerta del avión.

Aire a toda velocidad se cuela en la cabina, nos ensordece. Por primera vez, estás a cientos de metros por encima del mundo que caminas, sin nada que se interponga entre tu cuerpo y la Tierra que te llama, un tanto molesta y apresurada. Qué haces allá arriba, te pregunta, como una madre atribulada: te regresas, pero ya.

Ya casi. Estás hincado viendo hacia la puerta, hacia el cielo y el horizonte. Terminas de amarrarte al instructor, detrás de ti. Jalas las cintas con todas tus fuerzas; te vuelves a construir un cordón umbilical que te mantendrá vivo y dependiente de otro por los próximos minutos. El instructor dice que estás listo: confías ciegamente porque no hay tiempo para nada.

El bueno del Conde sale de repente por la puerta, con su instructor. Toma una velocidad difícil de explicar, lejos y hacia atrás del avión, como en película, pero más irreal porque es real. Se hace pequeñito en segundos. Sigo yo.

Me acerco a esa boca abierta, todavía agarrado del avión. Ayuda no creer lo que está pasando, es demasiado irreal. Sigo una instrucción muy sencilla: me suelto y me sujeto de mi propio arnés. Elijo ver hacia el horizonte y seguir la vieja canción: dejarme caer. No pensé en mi madre, no pensé en nada; sólo observo al cielo, al avión, a mí mismo.

Resulta impensadamente placentero, es un deleite. El hombre de los 12,000 saltos se tira conmigo en la panza, damos una vuelta en el aire, quizá dos. Veo la avioneta desde fuera alejarse mientras miro hacia el cielo. Luego nos estabilizamos boca abajo. El viento se agolpa en la cara, te rodea, te grita, se mete en tu nariz. Estoy seguro que no mantuve la posición con la cabeza hacia atrás. Volteo a un lado, al otro, arriba, abajo. Veo el horizonte, la tierra, estoy completamente tranquilo, estoy admirando, estoy en plena contemplación.

Estoy centrado totalmente, consciente desde lo más profundo, pruebo respirar en este ambiente que parece impedirlo. No es así, lo consigo con cierta facilidad. No lo sabré a ciencia cierta, pero podría asegurar que mi corazón late tranquilo, estoy relajado, tanto que no me cuesta soltar el arnés y extender los brazos. Caigo, lo sé, a toda velocidad, pero no hay alarmas prendidas en mi cuerpo. No sé si la adrenalina hace esto, no la advierto. Quizá está, escondida, actuando, pero no la siento. No hay aquí la furia de una batalla, ni la tensión de un momento difícil. Eso es: no hay tensión. Si me preguntaran, más que adrenalina, me siento atascado de dopamina.

Transcurren esos segundos inolvidables. Se abre el paracaídas. El tirón tampoco es desagradable. Estamos ahora en posición vertical, con un ala sobre nuestras cabezas. El aire se ha detenido, el ruido termina, descendemos lentamente. Se puede conversar como en un cafecito; o mejor, no hay ruido.

– ¿Cómo vas?

– ¡Poca madre!  -Respondo eufórico, sincero, satisfecho.

– ¿Quieres dar vueltas?

– ¡Venga!

Estoy pensando que esta cosa ya abrió, ya la voy librando, ya pueden pasar menos cosas. Finalmente es una satisfacción vivir para contarla.

Contemplo las casas, las albercas, una buena cantidad llenas con agua verde del lago, supongo, no se ven muy bien. Me señala un círculo que aún se ve pequeño.

– Ahí tenemos que caer.

– Ok (se ve lejos)

– Toma los controles

Son las cuerdas que dirigen al paracaídas. Con ellas das vueltas hacia un lado u otro. Inclinas mucho el ala y recuperas velocidad, el viento vuelve, giras a buena velocidad.

– ¿No estás mareado?

– No, dale.

Quieres verlo todo, pasear con tu ala de dragón por el cielo azul de Tequesquitengo, bajo un sol que aún no se siente como allá abajo, duro, quemador. Estás flotando y puedes ver finalmente a otros: por ahí debe ir el resto de la tripulación. Todo bien.

Te vuelves consciente de que no estás flotando cuando te acercas al círculo, que ahora es grande. Tienes una buena velocidad horizontal, más que vertical. Das vueltas a su alrededor, como un zopilote guerrerense. Este compadre sabe lo que hace: llegas al lugar preciso donde unas tiras de plástico evitan que te manches el trasero.

Me pide alzar los pies y caer sentado. Confío. Aterrizamos como plumas, ni una resbaladilla es tan tranquila. Me alegrará más haber levantado las piernas al ver a otros, a lo largo del día, tratar de correr, sólo para tropezarse y caer de forma no muy agraciada.

El paracaídas está en el suelo y tú increíblemente quieto, apenas puedes creer que tu cuerpo pueda estar tan quieto, después de la forma en que se movió en el espacio. El instructor se desata con facilidad, y comienza a doblar su ala. Le das la mano, te tomas una foto, le agradeces infinitamente.

Caminas hacia el resto del grupo. Te llueven preguntas. Mini y Vane toman fotos. Todos quieren saber si la experiencia es desagradable. Les respondes que no, que para nada. Ahora sé que esta puede no ser una ocasión única en mi vida. Lo puedo volver a hacer y quiero. Quién sabe, ya la vida dirá.

Griselda, de online, me pregunta algo que quizá le viene de muy dentro: ¿Tienes ganas de llorar? Interesante pregunta: no, en realidad, me estoy riendo a carcajadas. La risa siempre me ha sido fácil y llega, como de costumbre, a terminar de dibujar mi estado actual y permanente. Quiero que mi risa tome al viento y lo cabalgue para viajar muy lejos.

Es una carcajada de satisfacción, descubrimiento y avance. Estoy completamente en paz.

 

La Azotea o Cuento de terror para adultos

Tomado de su blog personal:

http://expresocortado.blogspot.mx/

 

“Si supieras lo que yo sé, no podrías dormir nunca”, me espetó Domingo antes de hacer una pausa dramática, dándole unas chupadas a su pipa y dejando ir su voluminoso cuerpo sobre un indefenso sillón alto.

La chimenea encendida completaba el cuadro. El hombre era un fanático de los muebles barrocos y Luis X; los dos estilos juntos, sin pudor, que abarrotaban una de sus salas –porque tenía varias-; entre un sin fin de “antigüedades”, de esas que uno se pregunta quién sería capaz de comprar. Su casa entera es una buena explicación de a dónde van a parar todas las figuritas de porcelana que se han fabricado.

Como yo estaba a punto de caer fulminado por el sueño tras dos horas de interminable plática unilateral, le respondí un tanto esperanzado: “Cuéntame, pues, a ver…”

Nada le gusta más a Domingo Gutiérrez, militante de izquierda, zapatista de corazón convertido por la vida en próspero asesor en relaciones gubernamentales para una de las firmas de Relaciones Públicas más importantes de la ciudad, que ser el centro de la atención.

–  “No podría decirte todo, ya sabes, el secreto profesional.”

–  “Claro, ya sé.”

–  “Sería off the record, of course.”

–  “Ps, ¿dónde viste la grabadora? Estamos chupando tranquilos… por cierto, me voy a servir más de ese güisquito.”

Aproveché para alejar mi asiento, curiosamente más bajito que el sillón de Domingo, del fuego. Era una noche francamente calurosa, pero las llamas eran parte del escenario preferido de mi dilecto excolega, quien se había declarado tan decepcionado del periodismo que se mudó tranquilamente al dark side: el mundillo de los asesores de políticos… no al mundillo de los políticos, sino al de sus asesores, que es cosa diferente. No al lugar donde se toman las decisiones, sino al de los que pintan todos los escenarios posibles, en bonitas carpetas y presentaciones de power point; de cualquier situación, de cualquier cosa.

–  ¿Por dónde quieres que empiece?

– No sé, la explosión en ese edificio público que dices que no fue accidente.

– ¡Ja, ja, ja! ¿Tú todavía piensas que lo fue? ¿Qué de verdad no tienes fuentes ahí?

– ¿Dónde, en la paraestatal, en la Cruz Roja, entre los veladores del edificio, con los archivistas, los investigadores o la gente que iba pasando?

–  No sabes lo que guardaban ahí.

–  Como no fuera una reserva secreta de petróleo en botellas de Coca Cola, nop.

– Archivos, compañero, papeles que ahora están sepultados bajo los escombros o volando por nuestros cielos anaranjados de contaminación.

– Esa ya es vieja, Domingo. Dime qué papeles ameritan que revientes una bomba a las cuatro de la tarde por dios, cuando ya todo se hace electrónicamente. Y si eres dueño del edificio ¿qué no es más fácil robarse los documentos una noche y listo?

–  La idea es dar una razón de que ya no existan.

–  Era archivo muerto Domingo, nadie los iba a auditar nunca más.

–  ¿Ves cómo no sabes? Ay, mano.

–  Va, va, entonces quién fue, cuéntame. ¿Los azules para esconderse del partidote o al revés? Porque ya me descartaste a terceros, por lo que veo.

–  Mta, todavía crees que esos no trabajan juntos.

–  Son como uno mismo, me imagino. ¿Lo hicieron juntos? Uno mató a la vaca y el otro le detuvo la pata.

–   Ellos tienen que seguir órdenes, como todos.

La conversación ya había logrado despertarme. Por lo menos cuando Domingo se ponía conspirativo el esgrima se hacía más divertido. Aun así volví a recargar mi vaso de Chivas 18.

–   Ok, les ordena quién, los gringos, los narcos, la iglesia, la internacional socialista, la ultraderecha, la conspiración judeo-capitalista, la musulmano-petrolera, la nazi-fascista, la groucho-marxista…

–   Yo no dije que ellos soltaran una bomba.

–   De hecho no has dicho nada. O fueron los zetas, pues.

–   ¿Y la explosión sin llamas?

–   Dale, entonces cuéntame si has visto explotar a C4, metano o zutano.

–   ¿Yo? ¿Pues que crees que ando haciendo? Yo nada más recojo información de los que saben.

–   Que supongo no son los peritos de la defensa, o los gringos, o los de la UNAM que vimos todos.

–   Claro que no, a los buenos ni los ves.

–   Ok, ¿son los mismos del helicopterazo y los del avionazo, o los van cambiando?

–   No sé, a ellos los ven mis contactos.

–   Ah vaya, o sea que tu versión no es de primera mano.

–   ¡Claro que lo es, de primerísima!

–   Pero no de los que estuvieron ahí escarbando.

–   Esos nada más le tapan el ojo al macho, si las razones ya la conocen.

–   ¿Antes de investigar?

–   Pues, claro.

–   Se te está apagando la pipa.

(más…)

LA FORMA DE LA ESPADA

HABIENDO ADMIRADO A ESTE ESCRITOR ARGENTINO DESDE MUY PEQUEÑA Y APROVECHANDO HOY ESTE ESPACIO QUE ES “CUENTOS DEL CONDE” DESDE “GUERRA A 4 MANOS”, QUIERO COMPARTIR, PARA EMPEZAR, UNO DE LOS RELATOS MÁS GENIALES DE ESTE POETA-ESCRITOR, “LA FORMA DE LA ESPADA”.

Jorge Luis Borges

(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)

         Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.
La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.
Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.
No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:
—Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.
Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:
“Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas… En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.

(más…)