A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Café de Buenos Aires

Vieja fotografía

Esta esquina es una entrañable conocida. Sencillos y sobrios los grandes ventanales dejan pasar la luz que da el sentido antiguo de las paredes del café, recubiertas de madera. La certeza viene con aire mediterráneo. El dios que profesa su melancolía es de un puerto del sur; adentro la sensación vital es la queja, la protesta; es espera, música que ya nadie entiende. Aroma la tarde a tabaco cuando entro y miro al hombre que espera sin saber quién soy. Es la tercera o cuarta vez que lo veo ahí; que, de alguna manera, intento el encuentro que, bien lo sé, no ocurrirá. Pero está ahí, supongo que mi rostro ya le será familiar por repetición, habitué del barrio salobre del silencio, es decir, de la ausencia.

Aunque hoy tampoco lo haré, es la tercera o cuarta vez que intento acercarme para decirle: disculpe señor, usted no me conoce, soy Jorge Morán, quisiera hablarle de los días y los años; de los amores  y la soledad que los marca. Sí, yo lo sé, usted no sabe quién soy y piensa que soy un intruso. No lo dude, lo soy. Solo que… para mi es usted una especie de mito, de cercanía en la nebulosa de lo que a veces no es. Cómo decirle: amo a su hija y, por añadidura, para mí usted es importante.

—Somos, a veces, inquilinos de la misma infamia; de la misma histórica rabia que se desboca apresurada al arribo de la noche. Somos una prolongación de la pérdida que por destino se prolonga. No señor, no por favor, no estoy loco. No se alarme, solo quiero compartir con usted esta sensación de frustración incesante.

Su mirada, se convierte, de pronto, en cobijo compasivo. Él sabía que yo necesitaba hablar con él. Y lo hice. La suavidad de su gesto me ofrece una dulce misericordia porque, en realidad, me considera uno de tantos delirantes.

Parece enterarse de lo que digo. Su rostro comienza a volverse un tigre solitario, melancólico, irritado. Los dedos de la mano, tensos, sostienen una fotografía de colores viejos, desgastada. La observa con ternura que limita casi en la lágrima. Por momentos sus ojos son los del tigre.

—Retírese, por favor, señor. —me dijo. Quiero estar solo. No sé de qué me habla y la verdad no tengo humor para sinsentidos. Con una mano acariciaba la foto boca abajo. Con la otra se apretaba la frente.

Mudo por la contundencia con que me largó, caminé entre las mesas del café. Aturdido. Ya en la calle debí tomar camino hacia otra parte, pero volví sobre mis pasos. Es decir, recorrí por fuera las ventanas del café. El hombre adusto extendía su mano frenéticamente, con el pedazo de papel pegado al vidrio, ese papel que antes acariciaba. Desde la fotografía una niña me miraba. Asustado, sin saber qué hacer caminé unos metros. No podía regresar, ni siquiera voltear. De pronto el sonido estruendoso de un cristal roto. Una parvada de gorriones cambió el rumbo cuando el cielo rompió en un sonido estrepitoso. Un tigre rugía anunciando la lluvia.

 

Carlos Rivero, ganador del concurso de cuento César Galeano, La Habana, Cuba

La Silicíada

Les comparto el cuento ganador del concurso César Galeano, organizado por el centro Onelio Jorge Cardoso en La Habana, Cuba. El certamen convoca a los estudiantes egresados del taller de técnicas narrativas del mismo nombre que el centro, y este año fue merecido por Carlos Rivero, joven escritor y filósofo recién graduado y profesor en el Instituto Superior de Arte de Cuba.

 

 

La Silicíada

Autor: Carlos Rivero

Premio César Galeano 2017, centro Onelio Jorge Cardoso, La Habana, Cuba

 

 

Como estaba resuelto a perderme las sirenas no cantaron para mí

 

I

Solo yo conozco el secreto que se esconde detrás del canto de las sirenas, pero no me es dado revelarlo. ¿Cuántos arcanos de la historia no se han ido para siempre a descansar a la tumba de una sola persona? La Historia más cruel es aquella que surge de las sumas de esos silencios. Nadie tiene derecho a marcharse con tanto, es cierto, pero no he sido yo quien lo ha dispuesto así. Si pudiera hablar, pediría que me recuerden, porque he de morir pronto y temo lo que cualquier persona teme antes de morir.  Quisiera que mi epitafio fuera: “Aquí yace Sandro Funes quien escuchó el canto de las sirenas y vivió para describirlo en lengua digna”. Pero no puedo escribir, no puedo hablar, no recuerdo cómo funcionan las palabras, pero sí puedo recordarlo todo con la certeza justa como para darme cuenta de que conozco una verdad inútil. Pero ya que se me ha prohibido dar testimonio cierto, puedo decir las maneras en las cuales nada de esto ocurrió:

Silicia no es la lámpara mágica de Aladino. No cumple deseos: los produce. Pero saber esto no fue suficiente para disuadirme de buscarla. Apareció por vez primera en un sueño lúcido en los que, llegado a un punto eres consciente de que quien te persigue no te alcanzará o que no morirás al culminar la caída libre o que no te avergonzarás por quedar desnudo frente a todos. Al cabo, maldices el momento en que te diste cuenta. Te aferras a esa gran metáfora que es el mundo onírico y dices: “¡qué importa que esto no sea real!”. En aquellas noches adquirí el don que me condujo a quedarme sordo y afásico. En las películas, la incapacidad del protagonista se le recompensa con un don, pero a mí me sucedió lo inverso: el don me atrajo una incapacidad.  Como sinestésico supe que el gusto salado era esdrújulo y agudo el dulce, que el susurro era violáceo, y que la puerta al cerrarse contra su marco amarillaba el cuarto como todos los ruidos de percusión, quizá un poco frío, casi un ocre. Percibir el sol era un martillazo ensordecedor que me aturdía de claridades hasta despertarme. Un gran don sin dudas.

Pero una noche, de repente (porque como dice Chejov, en las historias siempre sale a relucir un “de repente”), soñé que era una chica de pelo corto y ojos felinos que se convertía en una estatua de silicio en frente de todos en una biblioteca. Sentí como mis huesos se quebraban y un sonido muy agudo quisiera ensancharse dentro de mis oídos hasta hacerlos estallar; pero nada de dolor. Grité. Entonces todos se voltearon hacia mí, pusieron su dedo índice sobre sus labios y emitieron un ¡shshsh! Un hombre calvo se quitó los audífonos y como pretexto para flirtear con la rubia de enfrente le dijo en voz baja:

-¿Y a ella que le pasa?

-Parece que se está convirtiendo en una piedra de silicio- respondió la rubia y dejó ver los aritos de ortodoncia mientras tomaba un sorbo de agua de una de esas botellas plásticas con absorbente.

Entonces el calvo se remangó la camisa como si fuera a cambiar los neumáticos de un auto. Tomó su laptop y se sentó en la mesa de la rubia que ensayó una sonrisa severa pero que alivió de inmediato en una expresión tibia y crujiente como un croissant.

-Un espectáculo maravilloso. ¡Qué lástima que haga tanto ruido! ¿Quieres pedir un deseo?

-Yo no creo en esas cosas. Sin embargo, sí me parece algo bello; vamos, que no soy de piedra-repuso ella y ambos rieron.

– Pues entonces te la voy a regalar.

Me tomó tiempo recuperar la calma. El silicio había cubierto mi cuerpo nuevo hasta la cabeza al punto de que a través de ella, la luz de la bombilla proyectaba en el suelo un arco irisado. Alguien que parecía conocerme me hizo una señal desde el pasillo que conformaban varias parejas de anaqueles. Era un joven contrahecho, de nariz abultada; llevaba un pullover negro con una pipa marrón y un gran letrero que decía: Ceci n’est pas un rêve. Se acercó y puso un volumen sobre la mesa, extrajo un sándwich de un envoltorio de aluminio y comenzó a comer como si no temiera ser amonestado. Yo, aunque inmóvil, pude ver de qué se trataba: era un índex de citas sobre lugares perdidos. El joven me observó hasta mientras terminaba de comer. Luego me dijo:

-Puedes hablar, no tienes que permanecer así petrificada todo el día. Estamos en un sueño si la información te sirve de algo. Seguro me querrás preguntar por qué he venido a buscarte y yo te responderé con gusto, pero por lo pronto no me gustaría hablar con una piedra.

Abrí la boca y lancé un gemido estéril, anémico, tan bajo que apenas hizo vibrar la masa de silicio.

-Intenta hablar más alto pero no te despiertes- me dijo el joven del pullover negro que amasaba el papel de aluminio en una pelota para lanzarla al cesto de basura de la esquina. Entonces volví a intentarlo con todas mis fuerzas y de inmediato se oscureció toda la biblioteca. Me desperté por un segundo gimiendo sobre la cama y un hilo largo de saliva se tendió entre mi boca y mi almohada, pero me tomó mucho esfuerzo desperezarme y el sueño volvió casi intacto.

– Ya me di cuenta que estaba soñando. Me siento raro en este cuerpo de chica pero tengo curiosidad por saber qué significa todo esto. Para empezar… ¿Cuál es su nombre?

-No tengo nombre, pero me puedes llamar como quieras, porque serás la única que lo haga. Así pues, selecciona un nombre que puedas recordar bien porque en los sueños es muy difícil recordar.

-¿René te gusta? Te llamaré René como el pintor de esa pipa que llevas en tu pullover.

-¿Y qué sabor tiene mi nombre?

-Ni idea. Parece que no soy Sandro Funes después de todo. Tengo sus recuerdos pero no sus habilidades. No sé si decir si me siento extraño o si me siento extraña.  ¿Nunca te has sentido como si hubieras sido creado hace algunos instantes con los recuerdos de hace decenas de años?

-No lo siento, tengo la certeza. Soy una criatura de los sueños, soy un silicio. Todos podemos ser otra persona alguna vez. Las metáforas existen porque manifiestan una verdad que no queremos creer. Una situación puede ser expresada en términos de otra situación porque pueden intercambiarse realmente-dijo el joven y abrió el libro en cuyo domo había dibujada una sirena. -Tu país es ahora este. Aquí es adonde realmente perteneces- repuso con voz solemne y guardó silencio por unos segundos- Se llama Silicia y no me preguntes por qué, pues yo no lo puedo saber todo.

-Pero eso no es real.

-Es tan real como todos tus deseos. Y los deseos son muy reales, al punto que gobiernan sobre la vida y sobre la muerte. Silicia no es exactamente un lugar, es más bien una conjunción de esos deseos. Allí es a donde se crean y se modifican, y allí  van a parar todos las fantasías frustradas de los hombres. La Atlántida, La isla de los bienaventurados, el Valhalla o el Edén son solo proyecciones literarias de este gran almacén. Silicia es tan real como yo, que también soy un silicio. Tú también eres un deseo, el de ser tú mismo, el de aferrarte a la vida y rechazar que en el fondo solo seas un personaje de algún sueño ajeno.

-Tú eres una imagen en un sueño extraño, nada más que eso. Yo no, acabo de despertarme y has desaparecido. Si quisiera, podría hacerte desaparecer de nuevo.

-Pero no quieres, porque yo soy uno de esos deseos también, acaso uno de los más vehementes pues me has dado carne y un magnifico pullover de René Magritte. He desaparecido para ti porque tú también lo has hecho para mí.  Pero aquí han transcurrido 3 días y ya es lunes, así que vayamos al grano antes que los demás nos descubran y sepan que solo son un relleno en el sueño de otro. Mira aquí: hay varias fuentes que hablan del país de los Silicios.

Durante varios minutos René estuvo mostrándome citas de diversos autores. Muchos la hacían coincidir con la Tierra de los bienaventurados o se referían a la capacidad de sus habitantes para escuchar libremente el canto de las sirenas gracias a su fe en la fuerza de la meditación y las abstenciones. Así continuó el libro durante varias páginas hasta que, en una de ellas, mi nombre apareció escrito con una referencia a un extenso poema en dáctilos llamado la Silicíada. Sin darme tiempo para sorpresas el joven del pullover negro me dijo:

-Esa es la razón por la que he venido a buscarte. Las sirenas, madres de los deseos y señoras de Silicia, te han escogido a ti, como la persona que cantará en lengua digna, la suerte de su raza. Pero no podrás contarle a nadie, aunque quieras; pues cuando atravieses el límite del país de las sirenas, habrás de olvidar tu lengua castellana. Desprovisto de lápiz o papel, la epopeya ha de ser escrita solo con tu memoria. Tienes un gran don, pero también un gran destino del que no puedes escapar. Nadie escoge ni cuestiona lo que desea, solo lo hace. Tú quieres escribir este poema épico y hacer algo memorable. Para cumplir tu destino debes venir conmigo a Silicia, pero al entrar aquí, abandónese toda esperanza.-

 

II

Cuando comencé a escribir la Silicíada las palabras chocaron entre ellas frente a mis ojos y arrojaron chispas metálicas, produjeron metáforas fosforescentes y artísticas conjunciones. Dispuestas todas sobre el cielo, yo las contaba. Cada una fue todas las palabras, y como las constelaciones, cada una era todas las figuras. Solo se debía observar con cuidado.

En las mañanas intentaba memorizar los versos que escribía por las noches en los sueños. Cuando uno pierde la memoria verbal va perdiendo de a poco la inteligencia y el orden de las ideas. Al menos eso era lo que pensaban todos los que advirtieron que ya no podía hablar ni escribir en castellano. Si mi historia debiera ser contada por quienes solo me veían en la vigilia, habrían cometido una injusticia al decir que padezco de afasia. Si fueran buenos describiendo, compararían mi afasia con la amnesia de los espejos, los cuales reflejan pero no pueden ver; o quizá con una gran caja donde están todas las palabras amontonadas unas sobre las otras, de donde yo las extraigo y las muestro al azar. Tampoco sospecho qué narrador escogerían. Quizás lo más apropiado sería un monólogo interior a lo Joyce o a lo Faulkner, pero desconocen lo que me sucede en realidad. Sin embargo, una tercera persona tampoco es apropiado porque se perdería todo el drama: este yace atrapado entre mi cerebro y mi lengua. Definitivamente una tercera persona no va, porque quedaría frívolo y distante, más o menos así:

Los hombres sinestésicos existen: En Dolores había uno que se llamaba Sandro Funes y que no cobraba las consultas. Nadie hubiera creído en alguien que pudiera ver los sonidos o escuchar los sabores, pero era del agrado de todos presenciar cómo Sandro podía dibujar el gusto de un mango o escuchar a qué sabía el nombre de cada cual. Roberto, el mensajero del periódico, supo que el suyo sabía a canela mojada. La vecina de al lado, cuyo nombre era Ana y a quien los dulces le quedaban muy dulces, Sandro Funes le dijo que aunque fuera corto, su nombre sabía a sudor y que prefería llamarla Betty o Yolanda. Un día, a alguien del barrio se le ocurrió tomarle el pelo: preparó un amasijo de distintos sabores en un jarro de aluminio al cual se le fotografió con una cámara de celular. Después, llevaron múltiples fotos de la mezcla a casa del viejo Sandro Funes y le preguntaron cuáles eran los ingredientes. Para sorpresa de todos, el sinestésico respondió con acierto y de manera prolija. No tardó en transformarse en el orgullo del barrio de Dolores, porque los barrios pequeños se enorgullecen de todo aquel que los ponga en el mapa. Todo iba bien con su don, hasta que una mañana comenzó a hablar en una jerigonza extraña y ya no pudo contar más de lo que sabía. Los médicos le diagnosticaron afasia como una consecuencia de demencia. Su hijo, advertido de lo que les sucede a los ancianos dementes, lo ató a un taburete frente al televisor de la sala para evitar que se marchara de casa. Como no quiso amordazarle la boca para evitar el ruido de los gritos, en su lugar, prefirió ponerse tapones en sus oídos. Amarrado a su taburete, Sandro Funes, pasó jornadas completas entre la repetición de palabras extrañas y letanías como esta:

De sábala, sarga, de sábala, capa, Silicia.

Cote áucea polenda caranda li bian carecín

¿lon tírone al fonque um suelven las mipas de Licia?

¿um suelven las mipas, sur andes brimande lusín?

On calas lauceria si cainte lon siemboke recia,

Ke recia lon siembo de tercha tempá palasín.

 

III

¿Eh, Nadith, tú crees que la música puede hacer que la gente cambie?-Dijo Constantino mientras regresaba de la cafetería con dos perros calientes.

¿Por qué preguntas eso? ¿Qué estabas escuchando?

Constantino extendió la mano con un audífono y lo colocó en el oído de su amiga.

-Es Schubert, la sonata No 27.

-Al menos hasta aquí me parece un poco caótica, pero sin dudas muy compleja, no crees? -murmuró Nadith.

-Aun no comprendo que tiene de interesante, pero me atrapa un poco. Creo que estoy sugestionado por la novela de Murakami que prestaste.

-¿Kafka en la orilla?

-Exacto. Allí la música es una protagonista silenciosa al punto que la señorita Saeki viajó hacia otra realidad para conseguir los dos acordes de la canción.

-Constantino, se te está derramando el cátchup-dijo ella y le quitó el bolso para buscar algún pasaje del libro.

-Lo dejé en mi casa porque ya lo terminé, aquí solo traje las cosas para el trabajo de curso.

-¿Y lo trajiste todo?

-Si. Al menos todo lo que me facilitó el hijo de Sandro Funes. El testimonio creo que está completo, pero las traducciones no. El resto no vale la pena, créeme, apenas se puede comprender una palabra. El médico diagnosticó afasia al viejo Funes: así que ya te puedes imaginar la jerigonza.

Nadith comprobó el contenido de la información que trajo su amigo. Pudo advertir que solo había un CD, que, con mucha suerte, podía tener información valiosa. Luego caminó unos metros por el parque hasta un asiento bajo la sombra de un framboyán y allí extrajo de su bolso de cuero un abanico y una laptop donde introdujo el CD. Examinó cuidadosamente su contenido mientras se abanicaba. Era una de esas tardes en las que, aunque el cielo se tornara plomizo y al occidente el sol pudiera asfixiarse entre las nubes y el horizonte, la inminencia de la lluvia multiplicaba el calor. El petricor, cada vez más próximo, anunciaba la caricia de la lluvia en el polvo visceral de la avenida que conduce a la biblioteca nacional. Constantino había olvidado su paraguas y hacía notar su impaciencia agitando su pie derecho y siendo tan lacónico como su amiga.

-¿Y por qué si ya lo tenemos todo, nos hemos encontrado aquí, frente a la biblioteca?

-Porque he tenido un sueño muy extraño donde aparecían algunas citas de un libro que quiero comprobar si está allí-dijo Nadita mientras se frotaba el lóbulo de la oreja y su boca se abría lentamente hasta dibujar un discreto óvalo horizontal, lo suficientemente cómodo como para concentrarse mejor- Quizá recuerde más de mi sueño si entramos, aquí afuera nos vamos a asfixiar del calor. Además creo que en la sala dos hay aire acondicionado.

Desde las roncas sístoles y diástoles de almendrones, hasta el efímero y reticente fragor de las ventanillas de los ómnibus, o el apenas perceptible, tántara tan tan tara ta tán de los pasos a destiempo de los transeúntes, hacían del paisaje sonoro de la avenida boyeros una sinfonía antischubertiana. El rumor de la calle exigía un lugar más tranquilo, pues poseía el ritmo de las olas y la persistencia de un remordimiento. Constantino y Nadith caminaron al ritmo de la ciudad hacia aquel gran templo del silencio

En los umbrales de la biblioteca, antes de llegar al guardabolsos Constantino se apresuró con el sándwich pero eso no fue suficiente para evitar ser amonestado por llevar gorra. Un tanto asustado (porque los empleados de las bibliotecas normalmente asustan), se despojó de su gorra y dejó ver su calvicie que simbólicamente adelantaba su calavera.

Justo como ella pensaba, enseguida supo hacia dónde debían dirigirse y para su mala fortuna, era en la sala uno y sin aire acondicionado. La sorpresa de Constantino aumentó más cuando percibió que ella recordaba el título y la ficha sin consultar el catálogo. Cuando la bibliotecaria lo puso en sus manos, marcharon hacia una mesa bajo la claridad natural y el fresco que entraba por una ventana.

¿Y qué más recuerdas del sueño? – dijo Constantino en espera de ser impresionado otra vez por lo que él pensaba que había sido una casualidad.

– Recuerdo que yo era Sandro Funes un sinestésico que debía traducir en poesía sensible, la epopeya de un gran pueblo: los silicios. Pero me fue vedado contar lo que allí pude ver so pena de convertirme en una gran piedra de silicio. Escribí todo lo que pude observar, me puse algo para taparme los oídos e intenté grabar a las sirenas mientras cantaban. Por supuesto que se dieron cuenta y, sin embargo, ese no fue exactamente el castigo que recibí, sino que cantaron tan alto que me aturdieron y quedé imposibilitado para expresarme y comencé a hablar con jitanjáforas.

Al escuchar eso, Constantino comenzó a reír y a recitar sarcásticamente algunos versos del poeta cubano Mariano Brull:

Filiflama alabe cundre ala olalúnea alífera. Al menos tienes que admitir-dijo mientras secaba con el exterior de su mano las gotas de sudor que perlaban su frente- que todo lo de los silicios es falso y que no existe una tierra llamada Silicia, ni hay pruebas de que Sandro Funes haya viajado alguna vez.

-¿Existe alguna prueba de que Dante haya viajado al Infierno? En el medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura-citó Nadith con aquel tono solemne que tanto molestaba a Constantino-No da ninguna pista del lugar, ni lo necesita tampoco, porque es una metáfora…solo deja entrever que, de repente (porque todas las historias tienen un “de repente”), incipit vitam novam (comienza una vida nueva): La historia que merece ser contada. Sin embargo aquel mundo no se limitó a las pruebas y a la verosimilitud. Si así hubiese sucedido no existieran en la literatura pasajes como el de Paolo y Francesca o el castigo de Ugolino. En efecto, el viaje de Dante fue un viaje espiritual, como el viaje de Sandro Funes. En sus memorias también desborda la poesía y es por eso que es un tema excelente para la investigación. Silicia no es exactamente un lugar, más bien es una situación o una conjunción de situaciones, o como dice el mismo Sandro Funes: una metáfora de los sentidos. ¿A quién le importa ahora la situación geográfica del Infierno que describió Dante? Agradecemos que exista y basta, lo que ha inspirado y lo que pudo transformar. Silicia tampoco yace en algún espacio, más bien es un viaje al interior.

-Como La matrix

-Como Kafka en la orilla-dijo Nadith que aún no había abierto el libro que había solicitado. El viaje de la señora Saeki es también un viaje interior, el cual es solo posible porque existe la metáfora. Ella es la prueba en el lenguaje de que en la realidad dos situaciones pueden ser intercambiadas. Para mí el protagonismo lo tiene la música, en tanto es la metáfora más efectiva para representar al deseo. ¿Conoces el pasaje de cómo Ulises se libró de las sirenas y logró continuar su travesía?

-Sí, claro. Es un episodio muy famoso. Le pide a su amigo Euríloco que lo ate al mástil y ordena que toda la tripulación se tape los oídos.

-Justo. Sin embargo Odiseo oye las voces de las sirenas que lo convidan a aproximarse a disfrutar el canto, pero jamás logra estar lo suficientemente cerca gracias a sus amigos. El canto de las sirenas fue interpretado por los helenistas como una alegoría de la tentación que nos hace perder el rumbo. La música persuade sin argumentos, es por eso que ella es la mejor metáfora del deseo, porque este tampoco obedece razones.

– Ya sé lo que me quieres decir-dijo Constantino que parecía haber atraído la lluvia con su alumbramiento-. Estás intentando hacerme creer que la supuesta metamorfosis de Sandro Funes no es más que una metáfora del mito de Ulises atado al mástil. La verdad es que me parece un poco caricaturesco que Sandro Funes termine atado a su taburete. Y que a su hijo no le había sucedido nada porque se había tapado los tímpanos para no escuchar los gritos de su padre enloquecido- Entonces llovió más fuerte.

-Exacto. Por eso quiero que transcribas las jitanjáforas de Sandro Funes que está grabado en ese CD.

Constantino se mudó hacia una mesa que tuviera cerca un tomacorriente para conectar la laptop. Mientras escuchaba el audio, Nadith encontró los pasajes que había soñado, el escudo de las sirenas y un poema épico escrito en dáctilos que comenzaba así: De sábala, sarga, de sábala, capa, Silicia

Constantino divisó una rubia con aritos de ortodoncia frente a su mesa. Nadith no tardó en darse cuenta que en breve se convertiría en una enorme mole de silicio.

 

 

Sinfonía inconclusa

“Cuando nada pasa, hay un milagro
que no estamos viendo.”

João Guimarães Rosa

“Music is continuous; it only stops when we turn away and stop listening.”

John Cage

 

M. ha muerto y su partida nos obliga a revisitar los universos que creó por medio de su música. Nacido cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial, perteneció a una generación que se sentía parte de un mundo lleno de certezas pero también, paradójicamente, de invitaciones a explorar lo desconocido.

La música llegó a él cuando era apenas un niño. Muchos años después, recordaba cómo esperaba temeroso a que le pusieran la inyección de cierto compuesto vitamínico en el silencio de un dispensario frío. Extendió el brazo, vio cómo una enfermera lo sujetaba a la bracera que partía de un costado de la camilla, y volteó para otro lado. De inmediato sintió el pinchazo en la vena y las manos de su madre mientras lo acariciaban para tranquilizarlo. Después de unos segundos, cerró los ojos y luego sintió que su boca y olfato se llenaban de un miasma metálico. Dijo lo que sentía y quienes lo rodeaban le aseguraron que era normal. “Es la medicina que viaja por tu cuerpo y va llegando a cada rincón. Se te va a pasar pronto”. Fue entonces cuando le pareció escuchar el tránsito de la vitamina desde los anchos ríos de sus venas hasta las pequeñas corrientes circulatorias hasta alcanzar los más distantes vasos capilares. El sonido era líquido, escarlata y férreo al mismo tiempo, y seguía ciclos dominados por la sístole y diástole de su corazón, alojado en las profundidades de su cuerpo joven y endeble.

Poco después, en el jardín de sus abuelos –que después le recordaría el de los Finzi-Contini en la entonces incógnita Ferrara–, percibió el sonido producido por el viento que se colaba entre las frondas; el zumbido de las abejas que buscaban alguna filtración en el estanque; el sordo rumor de la maquinaria en la fábrica contigua. Ese jardín estaba limitado por una pared que con sus manchas insinuaba mundos innumerables, y también servía como caja de resonancia para los sonidos del prado, dándoles mayor volumen pero sobre todo otra dimensión.

Ya adolescente, alguien le hizo escuchar unas grabaciones del canto de las ballenas. Le fascinaron esos ecos llenos de reverberaciones bajo el agua, y le inquietó que parecieran gemidos y susurros amorosos.

Con el tiempo, decidió convertirse en músico y quiso reproducir los sonidos de la naturaleza con instrumentos que se habían fabricado para entretejer frases melódicas y armoniosas. Más tarde, con la ayuda de los avances tecnológicos de su época, creyó descubrir la música interna de las cosas. A partir de ese momento decidió dejar de trabajar con sonidos simulados y se planteó su tarea, no como la de un creador, sino como la de un escucha.

Una tarde vio Il Postino y lo asombró la escena en que el cartero recorre la isla con una vieja grabadora tratando de captar la poesía de las cosas. Intentó entonces, como Mario, grabar el rumor de las estrellas, pero se dio cuenta de que eso es imposible porque está fuera del alcance del corazón humano.

Al fin, con la ayuda de micro sensores, acelerómetros y micrófonos submarinos, consiguió embarcarse en la aventura de captar sonidos imperceptibles, pero llenos de evocaciones, y ponerlos al alcance de la gente. Sus primeras piezas buscan demostrar cómo las cosas murmuran sus ecos silenciosos al unísono con lo que los rodea.

Entre sus obras más celebradas están “El segundo 10-24 de una demolición por explosivos”, “El rodar de una gota por el cuerpo de Helena”, “Los cactus que se hinchan con la primera lluvia del desierto”, “Llegada de la leche a las ubres de una cabra”, “El murmullo de la rotación terrestre cuando arrastra mi casa”, “El zumbido de la nube de espermatozoides que sitia un óvulo”, “La nieve que se compacta en un campo de trigo”, “El crujir de su falda cuando María cruza las piernas”, y una pieza que le fue sugerida por el título de un libro: “El estruendo de las rosas”.

Como sucede con frecuencia, sus obras más populares fueron menospreciadas: los críticos las tacharon de “fáciles” e incluso “populistas”. Dos ejemplos que vienen a la mente son “El girar de los tallos en un campo de girasoles” y “Las mareas de la sangre amplificadas por los dobleces de la concha de un Nautilus”.

M. argumentaba con pasión que sus títulos no eran metafóricos, ni siquiera poéticos, sino –por el contrario– descripciones precisas de los sonidos grabados. No obstante, muchos apreciaban más el aliento lírico de esos títulos que sus despliegues sonoros, muchas veces difíciles de asimilar.

M. murió el día en que quiso grabar el galope de los centípedos sobre la corteza de un árbol. Después de muchos esfuerzos, logró colgarse de un arnés en el dosel del bosque y pudo colocar sus delicadísimos aparatos en diferentes puntos de la enramada. Después de haber captado aquel sonido que, debidamente procesado en el acelerómetro, habría de reproducir la sensación magnífica de los cascos vegetales desbocados sobre la corteza crepitante, se deslizó una correa de su arnés, su cuello quedó atorado en una cuerda y murió ahorcado por su propia ambición. Así fue como su obra póstuma nos transmite el silbido de su último suspiro.

Es memorable el comentario de uno de sus críticos más agudos y difíciles de complacer, quien, fascinado ante esa obra accidental, describió su sonido como el de “las galaxias de arena que se comprimen al retirarse las aguas de una playa soleada a las cinco de la tarde”.

 

Muelle solitario al atardecer

VIAJES

Tomado de A propósito de san Juan y otras miniaturas

El capitán dio la orden. Levaron anclas sin dejar de mirar las cadenas chorreantes; largos trozos de algas lagrimeaban enredados en los eslabones. La tripulación tenía prohibido despedirse. El Golondrina ondeó majestuoso sus velas y, contoneándose, zarpó cuando empezaba la lluvia.

El viejo capitán agitó su pañuelo empapado y luego se alejó tierra adentro, arrastrando los pies cansados en los sucios tablones del muelle.

Circe

Los efluvios de Circe

Recordaba haberla conocido como se descubre una obra maestra: un Botticelli de cabellera oscura, pavonado de conchas y colmado de persistencias marinas. Como suele sucederles a los hombres, se enamoró viéndola reaccionar ante las cosas que él le contaba. Cuando la besó por primera vez, sintió que se adentraba en una ciénaga radiante que lo había estado esperando desde el inicio del tiempo. A partir de ese momento, se embelesó con el país inagotable de su cuerpo, y la amó como solo puede amarse un panorama que sentimos nuestro, abierto a la exploración, pero también proclive al reposo. Viendo su rostro, fue testigo del modo en que el amor transforma nuestros ojos, revelando la vulnerabilidad más profunda. Así, se asomó a un abismo que lleva a algunos a la dominación y, a veces, incluso al desprecio.

Poco a poco, insidiosamente, la realidad vino a mezclarse en las charlas y caricias cotidianas. Descubrió sus miedos, sus insatisfacciones, los desórdenes congénitos que perturbaban sus entrañas y descoloraban su buena disposición. Se asomó a la falta de sueño que la invadía por las noches y a las pesadillas que le hacían extrañar el insomnio durante el día. No pudo evitar darse cuenta de que, aun en lo más profundo de esos pantanales, su amor permanecía fijo.

Al cabo de un tiempo, fue ella quien dejó de amarlo, pero no lo abandonó. Seguía abriendo las ventanas para dejar entrar el aire, colgando la ropa interior en el toallero del baño, poniendo a hervir el agua para el té vespertino. Por las tardes, se concentraba en los proyectos que su imaginación le imponía, y en el trabajo que ejecutaba con una pulcritud perfeccionada por el odio. Luego cerraba la puerta de su habitación para tratar de conciliar el sueño, mientras él se empeñaba en imaginarla del otro lado de la puerta. De vez en cuando, le daba el presente magnífico de quedarse dormida entre sus brazos, pues un cansancio misterioso solía invadirla cuando estaba con él.

Un día llegó y puso un pequeño frasco en la repisa junto a la cual se habían besado por primera vez. Volteó a verlo y sus ojos, que ya no mostraban ninguna vulnerabilidad, parecían querer transmitirle algo, pero él no entendió si era una advertencia o simplemente un mandato. Nada cambió, pero a partir de ese momento el frasco y su contenido llenaban la habitación con un palpitar recóndito.

Pronto, se encontró dando vueltas alrededor de la repisa. Tomaba el frasco entre sus manos y sopesaba el contenido, que parecía denso y aceitoso. Luego lo dejaba en su lugar, cuidando supersticiosamente que pareciera que nadie lo había tocado. Sobre los ruidos variopintos del acontecer cotidiano, el frasco se destacaba con un estrépito silencioso que desviaba su atención, normalmente enfocada en los despojos de un amor cuya esencia lo evadía cada vez más.

Ella, por su parte, se iba recogiendo en el interior de sí misma. La imaginaba transitando desnuda por los pasillos de aquello que algunos llamaban el ego, en un esfuerzo por simplificar lo inasible, lo irreparablemente complejo.

Una tarde, mientras ella descansaba del otro lado de la puerta, el gato del vecino se introdujo en la casa, subió a la repisa y estuvo a punto de hacer que el frasco cayera. Él alcanzó a impedirlo, cargó al felino, se quedó con el frasco entre los dedos y fue a sentarse al sillón. Mientras acariciaba la sedosa pelambre, el animal se quedó dormido entre sus brazos. Sintió su respiración acompasada y escuchó el áspero ronronear que sincopaba la herencia de toda una especie.

Entonces, tomó el frasco y de una vez por todas se dispuso a apurar su destino.

Hasta siempre

Poco a poco y despacito. El vidrio tiembla con rumores lejanos y ya ve usted.
Los ojos cansados y un poco tristes escudriñan esa asamblea de imágenes
que murmura del otro lado de la ventana, perturbada por los reflejos
de la habitación. Así son los fantasmas y los perros nocturnos, piensa.

Distracciones del mundo. Entonces, suavemente, unas manos se plantan
sobre sus ojos donde el brillo se empoza. ¿Eres tú?, balbuce.
¿Por qué tanta demora? Un suspiro involuntario le recuerda que detrás
de esos dedos está el único amante capaz de serle fiel a toda prueba.

La tormenta

He esperado veintisiete años por este día. Desde el amanecer oscuro, como si estuviera atardeciendo; desde que el aire violento entró por la ventana y echó abajo las pocas flores del jardín artificial, supe que había llegado. No estoy triste…, algún día todos vamos a morir.

Llevo más de dos décadas pensando en esto y no veo alternativa. No soportaría que enterraran mi cuerpo bajo tierra, y que los gusanos me devoraran ni con la bendición de Dios. No creo en la vida más allá de la muerte, pero este cuerpo pálido, solitario y torpe, ha sido mi residencia por treintaicinco años. Me importa su destino tanto como el mío. Morirá conmigo, al viento. Nos perderemos por algún resquicio de la tormenta y haremos lo que juntos hemos deseado: abandonar este mundo como aves de paso.

Lo siento, huele a polvo. El instante crucial se aproxima. Tiembla la tierra y los animales huyen, saltan, corren, vuelan, gimen. He visto el sol intentar sacar un rayo de esperanza, pero las nubes tenaces se han interpuesto. En el cielo se han dibujado esos colores, el naranja que cae contra el gris profundo. A lo lejos una rapaz vuela, asustada, como una anticipación del fin.

En casa no hay nadie. Se han ido a vacacionar a las playas. A mí el agua de mar ya no me entusiasma. Me he quedado a trabajar en una nueva historia, que será la última. Si no muriera hoy habría, posiblemente, otras historia, pero ya yo no querría contarlas. No me sirve de nada andar contando cosas a gente que de todas formas no entiende.

Desde pequeña sabía que iba a morir en la tormenta. No se puede haber nacido en una región como esta y morir, por ejemplo, de enfisema pulmonar o diabetes. El día que llegué a la vida hubo uno de los peores vendavales del siglo. Nací en un sótano porque a mi madre se le presentaron los dolores cuando era imposible salir de casa o llamar a un médico. Era tan poderosa aquella tempestad, que dio a luz antes de que el castigo hubiera terminado.

Los nativos de este suelo creen que tenemos una maldición que viene de nuestros ancestros. Según cuentan, desafiaron a los dioses para vivir en una región baldía porque se hartaron de un peregrinaje de centurias, donde muchos quedaron al borde de un camino que no existía. Un día ya no pudieron caminar, y contra los designios divinos plantaron su pueblo en este piso yermo donde no crecía nada, y se pusieron a invocar deidades ajenas para que cayera agua del cielo. Tal fue la respuesta, que desde entonces no para de llover. La tierra impregnada hasta el tuétano es tan infértil como la desértica que encontraron. Pero ni la razón ni las fuerzas les alcanzaron para optar nuevamente por el andar.

La muerte por acá no es tan terrible como parece. No cuando sucede a una vida mordaz y gris como el cielo que observo. Cuando regresen, y los que ya se guardaron en los refugios salgan de sus madrigueras, yo ya no estaré; acaso mi historia, si no se vuela fortuitamente. No importa, escribo solo por esa necesidad soberbia de no quedar muda, de decir la última palabra, aunque no sea la última.

He hecho todo lo que he querido o lo que he podido. Jugué de pequeña con las niñas en el refugio. Viví bajo y sobre la tierra estéril. He cantado alguna vez, y mis historias han sido leídas por este pueblo olvidado. He alcanzado toda la fama que me estaba permitida. Vi nacer una flor en el patio de casa, milagro inconmensurable en piso que no da más que polvo y sangre. Reí cuando conocí el mar, y comprendí que era prisionera de mis predios vacíos. Fui testigo de más tormentas de las que ningún humano haya visto jamás. Casi tuve un hijo, que murió en mis entrañas antes de tener cerebro y corazón. No quiso mi naturaleza hostil que naciera. Bailé un son una noche, sin saber bailarlo, cuando alguien trajo por azar un equipo para reproducir música. He olido una y mil veces el aroma impetuoso de la lluvia donde he de perderme. Sus gotas han bañado mi cuerpo anémico de sol y mi rostro confundido con las lágrimas de mis antepasados peregrinos. He visto un ave volar, migrando a mejores paraísos, y atravesar el firmamento abarrotado de esos pequeños y brillante puntos de luz que llegan con la calma. El viento me ha arrastrado como una hoja de los árboles que nunca tuvimos, y ha jugado conmigo como un animal abandonado. He sido parte de esta naturaleza muerta, de este cuadro bello que quedará para la posteridad en la pared de algún coleccionista enamorado de parajes imposibles.

Termino mi café, mientras el torbellino en el que he de partir se acerca. Espero el instante crucial en que la tormenta rodee y pueda, dentro de su ojo, caminar plácidamente hasta sus ruinas. Mientras llega ese minuto perentorio, estaré frente al vidrio, dejando unas palabras de más o de menos en este papel donde ya las letras se van desdibujando. Cuando esté lista, caminaré hacia el gris en tonos revueltos del tornado, y me dejaré llevar, otra vez como hoja, como grano de polen, a vivir la vida que ya no existe. Si un águila cruza el atardecer en medio de las gotas pesadas, y es batuqueada por el viento, nadie crea que fue un pájaro de mal agüero; he sido yo que logré la libertad.

Me despido; dejo mis últimas cartas para que mi familia tenga su duelo. Me enrumbo a mi viaje, porque la calma, el centro de todo, el ojo del huracán, ha tocado a mi puerta.

Terremoto

Desde que llegué a este país supe que nos tocaría un gran terremoto. Vivía con el miedo invisible. Por eso me asustaba cada vez que temblaba lo más mínimo.

Pasaron cuarenta años de aquél sismo que se llevó la ciudad y dejó miles de muertos a la orilla, comprimidos por las piedras. Lo sé por las historias que recuerda la gente cada vez que se mueve la tierra.

El primer sismo que viví estaba en un cuarto de hotel con un amante. Ni notamos que el mundo se movía alrededor nuestro hasta que sonaron las alarmas. Para entonces ya había pasado y, por suerte, no hubo daños humanos.

Daños humanos es una frase aterradora. Significa muerte. Un día puedo ser la víctima de un daño humano. O, alguien a quien quiero.

Desde que estoy aquí he vivido varios temblores. Los primeros pasaron tan rápido que no tuve tiempo de asustarme. Pero el de 7,3 grados me dejó paralizada sobre una pared de la oficina. ¡Fue eterno! Ahí empezó la taquicardia, que ahora siempre regresa. El corazón me late tan a prisa que se escucha en varias cuadras a la redonda. La gente se asusta, además de con el sismo, con mis patéticas pulsaciones.

Hace unos días, estaba en una conferencia en un edifico antiguo y magnífico, de esos que se hunden en la historia: altos pisos, columnas imponentes. Las alarmas sonaron segundos antes de que empezara a moverse todo. Estábamos en alto y nos recomendaron quedarnos. Nos atrincheramos bajo una vieja mesa de madera gruesa. Solo pensaba: que no se caiga, por Dios, que no se caiga. Se escuchaban silbatos afuera y el susurro de la urbe tiritando. Me recorría la angustia de saber que alguien va a morir, quizás yo.

Pasados segundos, minutos, llegó protección civil. Debíamos evacuar el edificio antes de las réplicas. Tuve que esforzarme en regresar los intestinos a su lugar. Descendimos las regias escaleras de mármol roto, desgajado y moribundo. Bajamos en silencio, solidarios, cediendo el paso como en una marcha fúnebre. Trataba de comunicarme con mi familia. Los dedos no se movían o las teclas no respondían a los dedos.

Al pasar por un boquete de mármol abierto, vigas afuera y pared a punto de desmembrarse, salió mi madre. No quería que se fuera de la línea. El abismo bajo mis pies, con medios trozos de escalones, mostraba la dimensión de la catástrofe. Pasaron segundos eternos hasta el final del laberinto de escombros.

—Mamá, ¿están bien?

—Sí hija ¿y tú?

Mi casa es tan vieja como aquella humanidad revuelta, supurante, que descendía a las calles con el terror en los ojos. Alguien anunciaba que varios edificios habían colapsado. “Me cago en Dios”, dije recordando a mi abuelo que lo maldecía cada vez que nos hacía una trastada. No sé cómo esa casa no se había venido abajo. Esa casa que nos ha acompañado en este peregrinaje, a veces horrendo, que es la vida, desde muy distantes generaciones. Ha cruzado el mar y el tiempo hasta nuestra infinitud.

— De tu hermano no sé nada. Estaba en la universidad. Dijo mi madre

Prometí averiguar y llegar cuanto antes. Intenté comunicarlo. El corazón me retumbaba. Debía alejarme antes de que la gente pensaran que iba a sucederme algo, o confundieran mis estremecimientos con réplicas del terremoto.

Mi hermano estudiaba en la Universidad Central, que se había postrado sobre sus cimientos. Me aterraba que mis padres lo supieran. Corrí varios kilómetros hasta la casa. No se había desprendido ni una pestaña de aquella construcción antiquísima. ¡Qué raro mundo!, pensé, y subí las escaleras a zancadas con el último aliento.

La angustia de no saber de mi hermano me atrincheró en una esquina del balcón, desde donde vigilaba las calles contiguas. Me pegué el teléfono a la oreja y marqué hasta el tedio, hasta el calambre, como un acto mecánico al que me iba acostumbrando. Fumaba un cigarro tras otro y la taquicardia no cedía. El suelo de losetas se sometía a mis ronquidos, y mis padres lo soportaban sin hablar.

Vi ruinas de viejas localidades circundantes y pensé en ayudar. Mas, la ausencia de mi hermano me había apuntalado en aquel balcón. Demasiados pensamientos huecos flotaban en el aire removidos por la fuerza de mis movimientos cardiacos.

El viejo cucu del abuelo dio las 12 de la noche. Y no llegó. Y las 12 de la noche siguiente. Y otra vez. Y otra más. Me sentía culpable por haberlo traído. En mi tierra no hay estos peligros. Hay huracanes y carencias, pero no matan. ¡Tan joven mi hermano, cómo pudo hacernos esto!, pensaba, y las lágrimas se me secaban al borde de los ojos, por la brisa nocturna, antes de que pudieran correr.

¿Por qué no fui a buscarlo? Me aterraba ese amasijo de piedras y brazos y cabezas y pies enterrados. No soy tan fuerte. Y luego está esta jodida taquicardia. Además, tenía la furtiva ilusión de verlo llegar.

Al amanecer del quinto día, volvió. Las pulsaciones se detuvieron. La angustia se transformó en odio. ¿Cómo no nos había avisado?  Estaba segura de que había muerto. ¿Cómo me hace sufrir cuando sabe que me siento responsable de sus vidas en este sitio que se mueve y mata?

Cerró la puerta detrás de sus pisadas y dijo:

— La universidad se cayó, no quedó un ladrillo en pie.

Me levanté de mi suplicio y fui hasta donde estaba, polvoriento y exhausto. Lo abracé intensamente. Luego de mirarlo unos segundos para comprobar que no le faltaba nada, lo abofeteé tan fuerte como pude y salí a la calle.

Después supe que él sí estaba en las labores de rescate. Habrá que mudarse, pensé mirando el sol por primera vez en tantos días. Las lágrimas, por fin, se escurrieron hasta la blusa de cuadros que traía desde hacía casi una semana.