A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Muelle solitario al atardecer

VIAJES

Tomado de A propósito de san Juan y otras miniaturas

El capitán dio la orden. Levaron anclas sin dejar de mirar las cadenas chorreantes; largos trozos de algas lagrimeaban enredados en los eslabones. La tripulación tenía prohibido despedirse. El Golondrina ondeó majestuoso sus velas y, contoneándose, zarpó cuando empezaba la lluvia.

El viejo capitán agitó su pañuelo empapado y luego se alejó tierra adentro, arrastrando los pies cansados en los sucios tablones del muelle.

Circe

Los efluvios de Circe

Recordaba haberla conocido como se descubre una obra maestra: un Botticelli de cabellera oscura, pavonado de conchas y colmado de persistencias marinas. Como suele sucederles a los hombres, se enamoró viéndola reaccionar ante las cosas que él le contaba. Cuando la besó por primera vez, sintió que se adentraba en una ciénaga radiante que lo había estado esperando desde el inicio del tiempo. A partir de ese momento, se embelesó con el país inagotable de su cuerpo, y la amó como solo puede amarse un panorama que sentimos nuestro, abierto a la exploración, pero también proclive al reposo. Viendo su rostro, fue testigo del modo en que el amor transforma nuestros ojos, revelando la vulnerabilidad más profunda. Así, se asomó a un abismo que lleva a algunos a la dominación y, a veces, incluso al desprecio.

Poco a poco, insidiosamente, la realidad vino a mezclarse en las charlas y caricias cotidianas. Descubrió sus miedos, sus insatisfacciones, los desórdenes congénitos que perturbaban sus entrañas y descoloraban su buena disposición. Se asomó a la falta de sueño que la invadía por las noches y a las pesadillas que le hacían extrañar el insomnio durante el día. No pudo evitar darse cuenta de que, aun en lo más profundo de esos pantanales, su amor permanecía fijo.

Al cabo de un tiempo, fue ella quien dejó de amarlo, pero no lo abandonó. Seguía abriendo las ventanas para dejar entrar el aire, colgando la ropa interior en el toallero del baño, poniendo a hervir el agua para el té vespertino. Por las tardes, se concentraba en los proyectos que su imaginación le imponía, y en el trabajo que ejecutaba con una pulcritud perfeccionada por el odio. Luego cerraba la puerta de su habitación para tratar de conciliar el sueño, mientras él se empeñaba en imaginarla del otro lado de la puerta. De vez en cuando, le daba el presente magnífico de quedarse dormida entre sus brazos, pues un cansancio misterioso solía invadirla cuando estaba con él.

Un día llegó y puso un pequeño frasco en la repisa junto a la cual se habían besado por primera vez. Volteó a verlo y sus ojos, que ya no mostraban ninguna vulnerabilidad, parecían querer transmitirle algo, pero él no entendió si era una advertencia o simplemente un mandato. Nada cambió, pero a partir de ese momento el frasco y su contenido llenaban la habitación con un palpitar recóndito.

Pronto, se encontró dando vueltas alrededor de la repisa. Tomaba el frasco entre sus manos y sopesaba el contenido, que parecía denso y aceitoso. Luego lo dejaba en su lugar, cuidando supersticiosamente que pareciera que nadie lo había tocado. Sobre los ruidos variopintos del acontecer cotidiano, el frasco se destacaba con un estrépito silencioso que desviaba su atención, normalmente enfocada en los despojos de un amor cuya esencia lo evadía cada vez más.

Ella, por su parte, se iba recogiendo en el interior de sí misma. La imaginaba transitando desnuda por los pasillos de aquello que algunos llamaban el ego, en un esfuerzo por simplificar lo inasible, lo irreparablemente complejo.

Una tarde, mientras ella descansaba del otro lado de la puerta, el gato del vecino se introdujo en la casa, subió a la repisa y estuvo a punto de hacer que el frasco cayera. Él alcanzó a impedirlo, cargó al felino, se quedó con el frasco entre los dedos y fue a sentarse al sillón. Mientras acariciaba la sedosa pelambre, el animal se quedó dormido entre sus brazos. Sintió su respiración acompasada y escuchó el áspero ronronear que sincopaba la herencia de toda una especie.

Entonces, tomó el frasco y de una vez por todas se dispuso a apurar su destino.

Hasta siempre

Poco a poco y despacito. El vidrio tiembla con rumores lejanos y ya ve usted.
Los ojos cansados y un poco tristes escudriñan esa asamblea de imágenes
que murmura del otro lado de la ventana, perturbada por los reflejos
de la habitación. Así son los fantasmas y los perros nocturnos, piensa.

Distracciones del mundo. Entonces, suavemente, unas manos se plantan
sobre sus ojos donde el brillo se empoza. ¿Eres tú?, balbuce.
¿Por qué tanta demora? Un suspiro involuntario le recuerda que detrás
de esos dedos está el único amante capaz de serle fiel a toda prueba.

La tormenta

He esperado veintisiete años por este día. Desde el amanecer oscuro, como si estuviera atardeciendo; desde que el aire violento entró por la ventana y echó abajo las pocas flores del jardín artificial, supe que había llegado. No estoy triste…, algún día todos vamos a morir.

Llevo más de dos décadas pensando en esto y no veo alternativa. No soportaría que enterraran mi cuerpo bajo tierra, y que los gusanos me devoraran ni con la bendición de Dios. No creo en la vida más allá de la muerte, pero este cuerpo pálido, solitario y torpe, ha sido mi residencia por treintaicinco años. Me importa su destino tanto como el mío. Morirá conmigo, al viento. Nos perderemos por algún resquicio de la tormenta y haremos lo que juntos hemos deseado: abandonar este mundo como aves de paso.

Lo siento, huele a polvo. El instante crucial se aproxima. Tiembla la tierra y los animales huyen, saltan, corren, vuelan, gimen. He visto el sol intentar sacar un rayo de esperanza, pero las nubes tenaces se han interpuesto. En el cielo se han dibujado esos colores, el naranja que cae contra el gris profundo. A lo lejos una rapaz vuela, asustada, como una anticipación del fin.

En casa no hay nadie. Se han ido a vacacionar a las playas. A mí el agua de mar ya no me entusiasma. Me he quedado a trabajar en una nueva historia, que será la última. Si no muriera hoy habría, posiblemente, otras historia, pero ya yo no querría contarlas. No me sirve de nada andar contando cosas a gente que de todas formas no entiende.

Desde pequeña sabía que iba a morir en la tormenta. No se puede haber nacido en una región como esta y morir, por ejemplo, de enfisema pulmonar o diabetes. El día que llegué a la vida hubo uno de los peores vendavales del siglo. Nací en un sótano porque a mi madre se le presentaron los dolores cuando era imposible salir de casa o llamar a un médico. Era tan poderosa aquella tempestad, que dio a luz antes de que el castigo hubiera terminado.

Los nativos de este suelo creen que tenemos una maldición que viene de nuestros ancestros. Según cuentan, desafiaron a los dioses para vivir en una región baldía porque se hartaron de un peregrinaje de centurias, donde muchos quedaron al borde de un camino que no existía. Un día ya no pudieron caminar, y contra los designios divinos plantaron su pueblo en este piso yermo donde no crecía nada, y se pusieron a invocar deidades ajenas para que cayera agua del cielo. Tal fue la respuesta, que desde entonces no para de llover. La tierra impregnada hasta el tuétano es tan infértil como la desértica que encontraron. Pero ni la razón ni las fuerzas les alcanzaron para optar nuevamente por el andar.

La muerte por acá no es tan terrible como parece. No cuando sucede a una vida mordaz y gris como el cielo que observo. Cuando regresen, y los que ya se guardaron en los refugios salgan de sus madrigueras, yo ya no estaré; acaso mi historia, si no se vuela fortuitamente. No importa, escribo solo por esa necesidad soberbia de no quedar muda, de decir la última palabra, aunque no sea la última.

He hecho todo lo que he querido o lo que he podido. Jugué de pequeña con las niñas en el refugio. Viví bajo y sobre la tierra estéril. He cantado alguna vez, y mis historias han sido leídas por este pueblo olvidado. He alcanzado toda la fama que me estaba permitida. Vi nacer una flor en el patio de casa, milagro inconmensurable en piso que no da más que polvo y sangre. Reí cuando conocí el mar, y comprendí que era prisionera de mis predios vacíos. Fui testigo de más tormentas de las que ningún humano haya visto jamás. Casi tuve un hijo, que murió en mis entrañas antes de tener cerebro y corazón. No quiso mi naturaleza hostil que naciera. Bailé un son una noche, sin saber bailarlo, cuando alguien trajo por azar un equipo para reproducir música. He olido una y mil veces el aroma impetuoso de la lluvia donde he de perderme. Sus gotas han bañado mi cuerpo anémico de sol y mi rostro confundido con las lágrimas de mis antepasados peregrinos. He visto un ave volar, migrando a mejores paraísos, y atravesar el firmamento abarrotado de esos pequeños y brillante puntos de luz que llegan con la calma. El viento me ha arrastrado como una hoja de los árboles que nunca tuvimos, y ha jugado conmigo como un animal abandonado. He sido parte de esta naturaleza muerta, de este cuadro bello que quedará para la posteridad en la pared de algún coleccionista enamorado de parajes imposibles.

Termino mi café, mientras el torbellino en el que he de partir se acerca. Espero el instante crucial en que la tormenta rodee y pueda, dentro de su ojo, caminar plácidamente hasta sus ruinas. Mientras llega ese minuto perentorio, estaré frente al vidrio, dejando unas palabras de más o de menos en este papel donde ya las letras se van desdibujando. Cuando esté lista, caminaré hacia el gris en tonos revueltos del tornado, y me dejaré llevar, otra vez como hoja, como grano de polen, a vivir la vida que ya no existe. Si un águila cruza el atardecer en medio de las gotas pesadas, y es batuqueada por el viento, nadie crea que fue un pájaro de mal agüero; he sido yo que logré la libertad.

Me despido; dejo mis últimas cartas para que mi familia tenga su duelo. Me enrumbo a mi viaje, porque la calma, el centro de todo, el ojo del huracán, ha tocado a mi puerta.

Terremoto

Desde que llegué a este país supe que nos tocaría un gran terremoto. Vivía con el miedo invisible. Por eso me asustaba cada vez que temblaba lo más mínimo.

Pasaron cuarenta años de aquél sismo que se llevó la ciudad y dejó miles de muertos a la orilla, comprimidos por las piedras. Lo sé por las historias que recuerda la gente cada vez que se mueve la tierra.

El primer sismo que viví estaba en un cuarto de hotel con un amante. Ni notamos que el mundo se movía alrededor nuestro hasta que sonaron las alarmas. Para entonces ya había pasado y, por suerte, no hubo daños humanos.

Daños humanos es una frase aterradora. Significa muerte. Un día puedo ser la víctima de un daño humano. O, alguien a quien quiero.

Desde que estoy aquí he vivido varios temblores. Los primeros pasaron tan rápido que no tuve tiempo de asustarme. Pero el de 7,3 grados me dejó paralizada sobre una pared de la oficina. ¡Fue eterno! Ahí empezó la taquicardia, que ahora siempre regresa. El corazón me late tan a prisa que se escucha en varias cuadras a la redonda. La gente se asusta, además de con el sismo, con mis patéticas pulsaciones.

Hace unos días, estaba en una conferencia en un edifico antiguo y magnífico, de esos que se hunden en la historia: altos pisos, columnas imponentes. Las alarmas sonaron segundos antes de que empezara a moverse todo. Estábamos en alto y nos recomendaron quedarnos. Nos atrincheramos bajo una vieja mesa de madera gruesa. Solo pensaba: que no se caiga, por Dios, que no se caiga. Se escuchaban silbatos afuera y el susurro de la urbe tiritando. Me recorría la angustia de saber que alguien va a morir, quizás yo.

Pasados segundos, minutos, llegó protección civil. Debíamos evacuar el edificio antes de las réplicas. Tuve que esforzarme en regresar los intestinos a su lugar. Descendimos las regias escaleras de mármol roto, desgajado y moribundo. Bajamos en silencio, solidarios, cediendo el paso como en una marcha fúnebre. Trataba de comunicarme con mi familia. Los dedos no se movían o las teclas no respondían a los dedos.

Al pasar por un boquete de mármol abierto, vigas afuera y pared a punto de desmembrarse, salió mi madre. No quería que se fuera de la línea. El abismo bajo mis pies, con medios trozos de escalones, mostraba la dimensión de la catástrofe. Pasaron segundos eternos hasta el final del laberinto de escombros.

—Mamá, ¿están bien?

—Sí hija ¿y tú?

Mi casa es tan vieja como aquella humanidad revuelta, supurante, que descendía a las calles con el terror en los ojos. Alguien anunciaba que varios edificios habían colapsado. “Me cago en Dios”, dije recordando a mi abuelo que lo maldecía cada vez que nos hacía una trastada. No sé cómo esa casa no se había venido abajo. Esa casa que nos ha acompañado en este peregrinaje, a veces horrendo, que es la vida, desde muy distantes generaciones. Ha cruzado el mar y el tiempo hasta nuestra infinitud.

— De tu hermano no sé nada. Estaba en la universidad. Dijo mi madre

Prometí averiguar y llegar cuanto antes. Intenté comunicarlo. El corazón me retumbaba. Debía alejarme antes de que la gente pensaran que iba a sucederme algo, o confundieran mis estremecimientos con réplicas del terremoto.

Mi hermano estudiaba en la Universidad Central, que se había postrado sobre sus cimientos. Me aterraba que mis padres lo supieran. Corrí varios kilómetros hasta la casa. No se había desprendido ni una pestaña de aquella construcción antiquísima. ¡Qué raro mundo!, pensé, y subí las escaleras a zancadas con el último aliento.

La angustia de no saber de mi hermano me atrincheró en una esquina del balcón, desde donde vigilaba las calles contiguas. Me pegué el teléfono a la oreja y marqué hasta el tedio, hasta el calambre, como un acto mecánico al que me iba acostumbrando. Fumaba un cigarro tras otro y la taquicardia no cedía. El suelo de losetas se sometía a mis ronquidos, y mis padres lo soportaban sin hablar.

Vi ruinas de viejas localidades circundantes y pensé en ayudar. Mas, la ausencia de mi hermano me había apuntalado en aquel balcón. Demasiados pensamientos huecos flotaban en el aire removidos por la fuerza de mis movimientos cardiacos.

El viejo cucu del abuelo dio las 12 de la noche. Y no llegó. Y las 12 de la noche siguiente. Y otra vez. Y otra más. Me sentía culpable por haberlo traído. En mi tierra no hay estos peligros. Hay huracanes y carencias, pero no matan. ¡Tan joven mi hermano, cómo pudo hacernos esto!, pensaba, y las lágrimas se me secaban al borde de los ojos, por la brisa nocturna, antes de que pudieran correr.

¿Por qué no fui a buscarlo? Me aterraba ese amasijo de piedras y brazos y cabezas y pies enterrados. No soy tan fuerte. Y luego está esta jodida taquicardia. Además, tenía la furtiva ilusión de verlo llegar.

Al amanecer del quinto día, volvió. Las pulsaciones se detuvieron. La angustia se transformó en odio. ¿Cómo no nos había avisado?  Estaba segura de que había muerto. ¿Cómo me hace sufrir cuando sabe que me siento responsable de sus vidas en este sitio que se mueve y mata?

Cerró la puerta detrás de sus pisadas y dijo:

— La universidad se cayó, no quedó un ladrillo en pie.

Me levanté de mi suplicio y fui hasta donde estaba, polvoriento y exhausto. Lo abracé intensamente. Luego de mirarlo unos segundos para comprobar que no le faltaba nada, lo abofeteé tan fuerte como pude y salí a la calle.

Después supe que él sí estaba en las labores de rescate. Habrá que mudarse, pensé mirando el sol por primera vez en tantos días. Las lágrimas, por fin, se escurrieron hasta la blusa de cuadros que traía desde hacía casi una semana.

 

 

El taxista y el pajarito

Una mañana cualquiera en el DF.
El tráfico estaba hasta el borde: el borde del abismo, el borde de las circunstancias, el borde de los nervios. Yo tenía que llegar a ese evento en menos de una hora, y ya estaba abusando de la flexibilidad de ciertos horarios en esta ciudad.
– ¿Nos vamos por el camino tradicional, señorita?; me preguntó el taxista. – Pues sí, ni modo; respondí.
-Y es que en esta ciudad ya nunca se sabe con el tráfico, ya no hay días mejores ni horas pico ni quincenas, siempre está hasta la m…. Solo los viernes de quincena, puente, marchas, plantones y aguaceros son la excepción, porque esos días es sencillamente intransitable. -Si, ya ve usted, señorita…, y es que uno que trabaja en este negocio, para qué le cuento: ya no hay zonas malas y buenas. Ya donde quiera está así…
Por esa línea iba nuestra conversación al principio, casi la misma que sigues cuando te das cuenta de que vas a pasar la próxima hora de tu vida con ese taxista, no te trajiste un libro para leer y más te vale conversar para que no te robe. Porque la verdad ya tampoco importa si pediste el taxi al sitio, a la aplicación o lo tomaste en la calle. Todos cobran tarifa “preferencial” y en cualquiera te sientes un poco insegura.
Pero en los primeros quince minutos pasó algo inesperado. Estábamos en una avenida grande, con el embotellamiento hasta el cuello, cuando el taxista se bajó del carro para ver algo. Lo único que me falta es que se descomponga esto justo ahora y aquí, pensé. Pero el taxista regresó al auto con un pajarito en la mano, amarillo, menudo, frágil, y si no lastimado, evidentemente trastornado. Lo dejó sobre el asiento del copiloto, y para cuando me asomé a ver, ya no estaba. Anduvo unos minutos aleteando por debajo de los asientos hasta que logré atraparlo.
El pajarito fue nuestro siguiente tema de plática obligatoria. Le conté al taxista cuando era niña en la isla, y después de cada ciclón el viejo nos llevaba a mi hermano y a mí a recoger gorriones y nidos de gorriones caídos de los árboles. Los cuidábamos unos días en casa, y algunos se recuperaban y regresaban al vuelo, apresurados.
Yo me sentía un poco mejor, porque supuse que le estaba salvando la vida al animalito, y por otro lado había una especie de sensibilidad rara en mi taxista, que había rescatado al ave de una muerte segura por apachurramiento.
De ahí saltamos a los temas de rigor, esas preguntas que todos me quieren hacer, conocidos y desconocidos: – ¿Y de dónde eres? – ¿Y desde cuándo estás en México? -¿Te gusta? (La peor de todas, porque o das una respuesta muy sencilla, o te complicas la existencia tratando de explicar de qué manera te gusta esta locura de metrópolis). – ¿Y a qué te dedicas? – ¿Y…, seguro estás casada?, -¿Cómo soltera? -¿Y no te tiran los perros?… Ya para este punto de la conversación el pajarito había recostado pico y cabeza sobre mi dedo índice y se estaba quedando dormido, en una imagen de ternura que contrastaba con el ambiente, y que nos conmovió a ambos, o eso creo.
Aproveché el hecho para cambiar el curso de la plática. – Mira, se siente confortado y creo que se está durmiendo. El taxista sonrió. -Ya tienes algo de qué escribir hoy, me dijo; como si yo no tuviera nada que hacer en todo el maldito día…
Después aquel intercambio recorrió caminos escabrosos. Me contó de la vida en las colonias en las que había vivido, de todo eso que sabemos que convive en nuestra urbe con los pajaritos caídos de los árboles o escapados de las jaulas, y que perdonarán que no detalle en estas líneas, por cuestiones de seguridad. Dio tiempo para más de una anécdota y un espanto mío. En algún momento, desde el interrogatorio, aquel taxista me había causado temor. Y en mi cabeza pasaban mil ideas por segundo: que ya estaba tarde para la conferencia a la que debía asistir; que si algo pasaba con el taxista tendría que sacrificar la seguridad del pajarito entre mis manos por la mía; que iba a tener que cambiar mis métodos cordiales con algunas personas, porque exageraban la confianza; que no le había enviado no sé qué información al editor web; que ahora no podría hacerlo porque tenía las manos ocupadas, con el pajarito…
Así, cuando llegué a mi destino, veinte minutos tarde y una hora y media después de haberme dispuesto a salir de casa, ya estaba agotada, preocupada, un poco molesta. Pero el taxista me dijo que le había gustado mucho hablar conmigo, me cobró un dineral, y le pasé la custodia del pajarito que prometió cuidar hasta que pudiera volar, porque en una jaula no valía la pena… entonces me pasó por la cabeza que lo iba a encarcelar, pero igual le habíamos salvado la vida, pensé para consolarme y me fui tratando de imaginar al ave en la rama…

El conejo y el león, Augusto Monterroso

LLevo años tratando de escribir un cuento como aquel de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el donosaurio todavía estaba allí”. No lo he logrado, porque no cualquiera puede escribir cuentos como los de este escritor hondureño-guatemalteco. Hoy me llegó como recomendación de Ciudad Seva otro de sus cuentos, y me pareció genial para empezar un miércoles. Se los comparto, pues. 

El conejo y el León

Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no solo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

Ver original en:

http://ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/el_conejo_y_el_leon.htm

El joven soldado

Por ahí por donde ande, se lo dedico a ese hombre que conocí antes de que fuera hombre, que me besó de niña, y que se fue de nuestro pequeño mundo antes de que la vida le diera alguna oportunidad… A RCM, el joven soldado

 

“La guitarra del joven soldado, es recluta también. La guitarra del joven soldado revela secretos, se desata por una mirada, en arpegios de amor”.

                                      La guitarra del joven soldado, Silvio Rodríguez

 

Se amarró el cordón de la bota de cadete al gatillo de la escopeta, un AKM ruso muy utilizado por terroristas y guerrilleros. Se acomodó el pie a cierta distancia, y puso la boca del AK sobre la lengua. Haló del pie y se voló los sesos.

Tenía 17 años y estaba cumpliendo los primeros meses de dos años de servicio militar que el gobierno obligaba, para forjar a los jóvenes que construirían el futuro glorioso de la tierra.

Un mes antes, un coronel había ofendido su hombría, llamándolo maricón, y el impetuoso muchacho había desbaratado su mano contra la nariz del militar. El impulso le costó 30 días de calabozo. Llevaba tres fueras cuando haló del gatillo. Era su primera guardia; la primera vez que volvían a poner un arma de fuego en sus manos.

Un conocido pasó en la tarde, a la hora en que el polvo hierve, y así, como quien no quiere las cosas, dejó caer la notica: ¿sabes quién se mató? Los detalles vendrían después, tergiversados por el morbo pueblerino, sin la anuencia de una familia desintegrada, escasa de ánimos para andar recomponiendo rumores históricos.

La única funeraria se llenó de cadetes, militares y desconocidos que fueron tras la imagen de la cabeza reventada. El cuerpo no estaba a la vista. No obstante, En una sala gris, con olor a muerte, un militar de alto rango leyó una despedida de duelo ante la concurrencia, pronunciando palabras que solo había dicho en otras despedidas anteriores, resaltando méritos que el joven suicida nunca tuvo. Era el protocolo y debía volver rápido a las oficinas de la comandancia.

Las únicas lágrimas auténticas salían de los ojos viejos de sus abuelos, que lo habían criado desde que su padre lo abandonó y la madre empezó sus ires y venires, sin volver a encontrarse a sí misma.

La gente pasaba por la calle con nombre de patriota y preguntaba ¿quién murió? Y siempre alguien estaba dispuesto a hacerle la historia del pi al pa, hasta conmover al curioso, que terminaba quedándose un rato. Entrada la noche, la gente llegaba a la funeraria porque no habían visto nunca una congregación tal. El negocio de Joaquín, en la acera de enfrente, al punto de la quiebra, se agilizó de pronto. Esa noche, además de los añejos panes con croquetas, ofrecieron panes con frita, tortillas, chicharrones y con guayaba. Esa noche, Joaquín, de tan contento, se llevó a Nubia, su esposa, al cuarto y la puso en cuatro patas frente al colchón viejo. En esa posición se la singaría como ella ya había perdido la memoria que pudiera hacerlo. Después le subió los blumers, le acomodó la saya, le dio un par de nalgadas y la mandó a hacer más tortillas. -¡Que esto va pa largo!, le dijo.

El difunto impulsaría el negocio de Joaquín durante la siguiente mitad del año, aunque la calidad iría decayendo, quizás hasta que otro muerto célebre volviera a inspirar la cama y la cocina de la señora Nubia.

Los sillones de tiras de suiza se repletaban de gente que iba a tomar café aguado a la casa de la muerte, y de paso un pancito de Joaquín. Los bancos se volvieron salones de reuniones, donde todas las viejas familias del pueblo se pusieron al corriente de los acontecimientos ocurridos desde el último fallecimiento que provocó cierto revuelo. Las señoras llegaban con sus vestidos negros, que no habían podido usar en años, y en los que casi no cabían. Los niños correteaban por la calle aglomerada, reencontrando antiguos amigos de escuelas anteriores.

A determinada altura de la noche, la gente estaba tan ocupada en sus intercambios sociales, que había olvidado al joven soldado asesinado por su propio pie. Nadie lamentaba ya las condiciones degradantes en que había perdido la vida, y los abuelos se habían quedado solos en una silla de hierro y madera astillada, al lado del ataúd. Se miraban con ojos vacíos, como a quien se le acabó la comprensión de lo insólito.

Llegaron coronas de flores y cajas con medallas, que irían a parar, unas horas más tarde, al hueco polvoriento del cementerio. Un poco después del amanecer, alguien avisó que ya venía el carro a buscar el cuerpo. La procesión era tan larga, que llegaba de la funeraria al cementerio, sin necesidad de movilizar a nadie. Como la circulación era imposible para el carro, alguien elevó el ataúd forrado de pana azul, y lo fueron pasando de mano en mano por las calles y el gentío, hasta la puerta del cementerio. Allí tuvieron que ponerlo un rato en el piso, porque el sol comenzaba a levantar, y nadie había llegado para decir en qué fosa sería sumergido.

Siempre hubo quien se aventuró a buscar al custodio de aquel pequeño paraíso, pero el hombre podía estar perdido en la multitud, sin que nadie pudiera distinguirlo. A esa hora de la mañana todos se veían exactamente iguales, como cadáveres vivientes, expectantes, aferrados al pavimento, porque el que se iba al infierno era otro.

Cuando por fin se supo qué puesto ocuparía el joven soldado en aquella planicie de tumbas, desmembradas de sus losas, sus bancos y ladrillos, la gente se había vuelto a olvidar de él. Sentados en el asfalto, con sus vestidos negros y sus guayaberas, mujeres y hombres se merendaban los últimos insumos de la cocina de doña Nubia.

Los abuelos del suicida siguieron lentamente al sepulturero hasta el espacio que les habían asignado. Derramaron las últimas lágrimas mientras bajaban la caja y echaban la tierra. No se escuchó una palabra siquiera.

 

 

 

 

 

 

Última visita al mar

Era un día soleado. Supongo que por eso decidimos ir al mar. El mar estaba atestado de gente, en el agua, en la arena, en las rocas más atrás, entre los arbustos, bajo las palmeras, atrincherados algunos por el sol y otros cocinándose bajo su manto luminoso. Vi su sonrisa frente al globo amarillo, recostada yo en la arena. Sus cabellos, volando con la brisa, se salían detrás de sus orejitas blancas donde intentaba agarrarlos para que no la molestaran. Era una niña hermosa; algunos de sus rasgos se parecían a mí, pero tenía esos ojos grises de la abuela paterna que contrastaban con su piel muy blanca. ¡cómo la amé en esa imagen, que sería la postrera!

Me recosté del todo y cerré los ojos debajo de la sombrilla. Sentía su risa graciosa y sus ojitos observándome; daba vueltas alrededor mío. Yo jugaba a que no escuchaba, a que no estaba, a que había desaparecido y eso siempre la hacía reír, sobre todo cuando yo regresaba de ese viaje inexistente. Con sus manitos solía cerrarme los ojos para que me fuera otra vez. Ella era libre entonces de saltar, correr, hacer todo lo que, creía, no estaba permitido. Ya había aprendido el permiso y el perdón, ¡tan pequeña! Lo último que recuerdo fue su manito húmeda halar de mis dedos de los pies, olía sus cabellos al viento y su risa inagotable.

Cuando desperté ya no estaban ni su piel blanca contra el mar intenso ni sus ojos grises que confundía colores con aquella tarde veraniega ni sus risos sueltos ni su ronroneo perfecto. Me levanté sobre la arena y miré alrededor con desconcierto, esperando verla tras algún tronco, a unos metros, escondiéndose para que yo pensara que ella había desaparecido también. Mi mirada recorrió los 360 grados sin ver nada, ni un atisbo de la niña. El pecho se me oprimió y comenzó una búsqueda angustiosa, desordenada, itinerante. Caminé como loca por todos lados llamándola por su nombre. Tenía la esperanza clavada de verla aparecer, donde fuera. La busqué, y la busqué en vano, desgarrándome a medida que le gritaba. La gente seguía su rutina de bañistas sin adivinar que el más terrible de todos los vacíos crecía en mis entrañas.

La culpa, la inexpugnable culpa se apoderaba de mí. ¿Cómo pude dejarla sola? ¿Cómo fue que me dormí, o la descuidé, o no la tuve agarrada todo el tiempo para que no pudiera escapar? ¿Cómo le diría a su padre, a sus abuelos, que había perdido a una niña, mi niña, en el mar? Pero más hondo que la culpa era el dolor de haber desperdiciado su sonrisa.

Fui por unos policías y les expliqué, entre aullidos y relinchos, lo ocurrido. Estuvimos toda la tarde escudriñando el mar, la arena, las piedras, los arbustos, lo que fuera que representara un obstáculo entre mis ojos y los de ella. Algunos visitantes se unieron a la causa, pero con el terror en la mirada. Y el terror de ellos me atormentaba más. Me miraban con pena y asco. ¡Qué madre descuida a su hijita de dos años en la playa! Los aborrecía, a los policías, al sol, a la gente, a los que se divertían, a los que sacaban a sus hijos del agua porque ya era hora de regresar; ellos, con sus presencias, hacían supurar mi dolor. Quería escapar, volverme al mar, evaporarme en sus algas y caer en el olvido; como si fuera yo la que nunca hubiera existido.

El sol cayó. Una brigada completa de policías proseguía la búsqueda sin novedades. Me tumbé sobre la orilla y miré el océano con un odio recóndito, mientras las lágrimas se confundían con su salitre y los últimos colores de la tarde adornaban el cielo. Un cielo hermoso y mordaz que me recordaba el paso del tiempo, el tiempo vacío de no verla, el tiempo de haberla extraviado. Los dioses me juzgaban, sola, frente al azul, implacables, y me condenaban al peor de los despojos: sentirme una madre desnaturalizada, sin hijita, sin futuro y con el vientre hueco.

Se desplomó el día y me hirió la noche, destructiva; yo seguía allí, esperando verla otra vez, con su traje naranja, con sus ojos grises, con sus risos cafés, con esa sonrisa inolvidable. Mis brazos sintieron la desolación de su ausencia y las lágrimas se me acabaron todas. El maldito mar se las llevó con mi pequeña.

 

……………………………

 

Mi esposo me pasó el brazo por los hombros, me besó la mejilla derecha reseca de tanto llanto.

̶ Lo volveremos a intentar, me dijo.

Estábamos en el funeral de nuestro tercer bebé que nacía muerto, que no lograba respirar nuestro oxígeno. La cajita minúscula descansaba sobre una mesa adornada de terciopelos azules, como el mar. La incertidumbre me devastaba. Traía un largo vestido negro, triste, sin adornos, sin lazos. Diluida en la profundidad del negro veía la sonrisa de la niña y su traje naranja y las olas reventando contra una orilla que jamás visitaríamos.

̶ Puedo escucharla, le repliqué a mi esposo que me observaba con lástima y cierta lejanía.

̶ Puedo ver sus ojos grises, olerla…

̶ Volveremos a terapia, amor, me respondió como si se tratara de consolar a un agonizante en su lecho mortal.

En el entierro, ya no escuchaba más que la sonrisa de mi hija. Iban bajando la caja a un hueco vasto, hondo, como si de ahí también se quisiera escapar. Su risa, atrapada bajo la tierra gris, marchita, se hacía más intensa. La monstruosa soledad de la muerte me subió por las piernas, las caderas, hasta mi vientre yermo. Salí caminando de ese sitio pavoroso, y estuve andando toda la noche y todo el día. Regresé a aquel mar que se había llevado mi mejor sonrisa. Me recosté entre las olas, vacía de todo, menos de amor. Abracé a mi niña y juntas decidimos no volver a nacer.