A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

tango-moderno

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

Bajé del taxi en la calle Agüero, cerca del Abasto. Me habían informado que el hombre frecuentaba ese lugar, y a juzgar por los compases de La Cumparsita que llegaban desde el interior, mi fuente resultaba fidedigna. Subí por una escalera metálica ornamentada con
indolentes manchones de óxido. Llegué a un amplísimo salón. Todo a media luz. No el tango sino la iluminación del lugar. Varias mesas, sólo unas pocas ocupadas. La barra de un bar. Un mozo aburrido apoyaba la espalda sobre el mostrador, la bandeja que pendía de sus manos parecía servirle de gran taparrabos. Un pequeño escenario, vacío. Un bafle mediano que vibraba con las notas bajas. Y lo más importante, cinco parejas bailando, cada una con su peculiar nivel de destreza en esa danza que, como en el fútbol, sólo puede jugarse en equipo.
No tardé en reconocerlo. Su barba y melena eran blancas, espumosas, tal como lo había visto en todos sus retratos. Saco también blanco. Unos anteojos oscuros le colgaban de la nariz y parecían a punto de saltar por el aire con cada uno de los cortes y quebradas. Lo observé, conmovido. No bailaba mal para su edad. La hermosa joven de vestido rojo lo seguía sin vacilar en todos los pasos y cadencias. Los amagues y firuletes que enriquecen el ritual de la danza. En un momento, la joven siguió bailando sola, en dirección al baño. El hombre dio unos pasos sin seguir el ritmo y, levemente encorvado, más por la edad que por el cansancio, se sentó en una de las mesas y retomó un vaso de tintillo a medio tomar. Aproveché la oportunidad para acercarme.
“Perdón…”, dije. “¿El señor Marx? ¿Karl Marx? ¿El padre del socialismo?”.
Él sonrió con los ojos. Me invitó a sentarme con una seña que parecía de truco, dispuesto a mi reportaje. Le concedí un sorbo del tintillo antes de comenzar, y luego encendí mi pequeña grabadora.
PERIODISTA: Señor Marx. Ante todo quiero informarle, por una cuestión de honestidad ideológica, que yo no soy marxista.
MARX: Yo tampoco.
PERIODISTA: ¿Cómo que usted tampoco?
MARX: Yo nunca quise fundar un Partido ni nada por el estilo. Lo que yo quería era tomarme una cervecita y charlar de economía con gente que pensaba como yo, como Federico Engels y mi esposa, en ese orden.
PERIODISTA: Pero hubo muchos países que se hicieron socialistas en su nombre. ¿Qué me dice de los rusos, cuando eran soviéticos? Y los chinos, y los cubanos.
MARX: Por favor, estuve a punto de demandar a los soviéticos por uso indiscriminado de marca. Esos no eran socialistas. A lo sumo, eran burócratas elegantes. Recién ahora que se hicieron francamente capitalistas están un poquito más cerca del socialismo.
PERIODISTA: Chávez decía ser socialista. ¿Qué opina de él?
MARX: Chávez era como mi tía Ruth. Se la pasaba hablando bien de mí, pero nunca supe lo que pensaba. En cuanto a Maduro, si él es socialista yo soy Michael Jackson.
PERIODISTA: ¿Y los chinos?
MARX: Esos son los que van a dar el gran golpe al capitalismo.
PERIODISTA: ¿Exportando la revolución maoísta?
MARX: No, fabricando más computadoras, y más baratas.
PERIODISTA: Quedan los cubanos.
MARX: Muy ricos con dulce de leche.
PERIODISTA: Me refiero a los de Cuba, señor Marx.
MARX: Se lo diré sin tapujos. Para mí el verdadero socialismo promueve tanto el bienestar colectivo como la libertad individual, y esto implica la libre expresión de las ideas.
PERIODISTA: Fidel hablaba libremente, sin pelos en la lengua.
MARX: Lo cual es toda una proeza para los que usamos barba. Mire, críticas para hacer no me faltan, pero concuerdo en que los cubanos han obtenido enormes logros. Ahora veamos si Raulito puede mejorar las condiciones del pueblo, pero sin ser comido por el consorcio de al lado.
PERIODISTA: Y ya que menciona a los Estados Unidos. ¿Cómo ve al capitalismo de hoy?
MARX: Tal como lo predije, el capitalismo termina convirtiéndose en el poder de los monopolios, que se lleva a las patadas con el pensamiento liberal que dio origen al capitalismo. Es como volver al feudalismo pero sin el romanticismo del rey Arturo.
PERIODISTA: Desde ese punto de vista, teniendo en cuenta las contradicciones ideológicas en el seno de la sociedad norteamericana, sumada a los movimientos aislacionistas dentro de la comunidad europea, ¿dónde colocaría a Donald Trump?
MARX: En el manicomio. Pero no solo, hay muchos candidatos para acompañarlo.
PERIODISTA: En cierta oportunidad usted se ha declarado discípulo de Hegel. ¿Siente que en todos estos años ha variado el eje de su pensamiento?
MARX: No mucho, aunque en un principio no concordaba demasiado con él. Lo fui degustando de a poco, como este tintillo.
PERIODISTA: ¿Qué recuerda de sus lecturas de juventud?
MARX: Yo de joven me la pasaba leyendo, por supuesto, a Hegel, y también a Feuerbach, Demócrito, Epicuro, Spinoza, Adam Smith…
PERIODISTA: Y en la actualidad, ¿qué es lo que lee?
MARX: Playboy. Es una asignatura que me quedó pendiente. Por supuesto, lo compro por los artículos.
PERIODISTA: Hay una frase suya que es como su marca de fábrica, esa que dice “la religión es el opio de los pueblos”. ¿Sigue pensando así?
MARX: Ya no. Míreme. A esta edad y bailando tango con esa flor de mina. Es un milagro de Dios.
PERIODISTA: ¿Algún consejo para la Argentina, señor Marx?
MARX: Sí, apliquen la dialéctica.
PERIODISTA: ¿Perdón?
MARX: Acá nadie se pone de acuerdo porque cada uno se aferra a la primera parte de la dialéctica. Es decir, no resuelven las contradicciones. Por ejemplo, uno dice “el gobierno hace todo mal”, y el otro dice “el gobierno hace todo bien”. No hay una síntesis que resuelva esa contradicción (hasta que surja otra) diciendo “bueno, el gobierno ha hecho esto bien y esto mal”. No quiere decir que todos estén de acuerdo acerca de qué es lo que hizo bien o mal, pero al menos no van a estar aferrados a antinomias y peleando como perro y gato. ¿Me entiende?
PERIODISTA: Ese instrumento que usted llama materialismo dialéctico, ¿le sirve para entender la realidad argentina?
MARX: La realidad argentina no la entiende nadie. Yo sólo hago mi mejor esfuerzo.
PERIODISTA: Pero, ¿cómo aplica la dialéctica en un tema tan obvio como los cortes de calles o rutas?
MARX: ¿Qué tiene de obvio?
PERIODISTA: Bueno, está muy claro que es fruto de la prepotencia. Hoy día cualquiera quiere resolver los conflictos tomando a la gente como rehén.
MARX: ¿Ve? Usted ha expuesto una tesis. “Los que cortan las calles son prepotentes”. ¿Cuál sería la antítesis. “Los cortes de ruta surgieron por la desesperación de la gente ante la falta de trabajo, ante la sensación de impotencia por autoridades que no les daban ni la hora”. ¿Cuál es la verdad?
PERIODISTA: ¿Cuál?
MARX: Ambas. Porque lo que empieza como una lucha legítima, motivada por la desesperación, esto es, la convicción de que se toma esa medida injusta porque no queda otro camino, se transforma en prepotencia cuando se pierde la desesperación. ¿Entiende?
PERIODISTA: Ni ahí.
MARX: Los que cortan legítimamente lo hacen porque antes lo intentaron todo. Están desesperados, pero eso no les impide solidarizarse con el sufrimiento de otros. El día que un corte de ruta no permitió pasar a una ambulancia con alguien en grave estado, bueno, ese día nació la prepotencia.
PERIODISTA: Me acuerdo de unos piqueteros que golpeaban el coche de un hombre, y en su interior había un niño llorando.
MARX: La desesperación estaba en el niño, ya no en esos piqueteros.
PERIODISTA: De acuerdo, entiendo su punto. Pero entre esa tesis y antítesis, que es una gran problemática para nuestro país, ¿cuál sería la síntesis?
MARX: ¿No pretenderá que se la busque yo? Esa es tarea de todos los argentinos.
El reportaje fue interrumpido por una espectacular rubia que se nos acercó a los saltitos. Le dio un beso a Marx en la mejilla. El filósofo me guiñó un ojo.
“Charly”, dijo la rubia. “Están pasando Margot. Me lo prometiste. Este tango es mío”.
Marx se paró de un salto sorprendentemente ágil, para tomar la mano y la cintura de la rubia.
“Por supuesto que es tuyo”, le respondió. “El tango es de quien lo baila”.
“¡Ay, Charly! ¡Me matás con esas frases!”.
Y salieron danzando hacia el centro del salón. Me quedé sentado, observando a la extraña pareja. El creador del materialismo dialéctico parecía revitalizado porque no paró de dibujar figuras tangueras de todo tipo, seguido por la entusiasmada rubia que cada tanto levantaba su puño y exclamaba: “Viva la revolución, ¿viste?”. Apagué mi grabadora y, antes de levantarme, eché una mirada al vaso con el resto de tintillo. Me lo bebí de un trago. No pensé que eso molestase al señor Marx. Después de todo, él es socialista.

Travis Loui- Miss Mery Olmstead

La llave

T. Arzate

Tomó la llave como siempre. El mismo lugar, vigas viejas rechinantes, humedad salina que pintaba los labios. Abrió la puerta y el olor a viejo le causó cierta melancolía.

No había luz. Los sonidos de la madera y el chillar de la silla que jaló hasta la ventana cortó de tajo la oscuridad; sus ojos punzantes percibían intensos colores verdosos, la vista se acostumbraba a la negrura humeante del cuarto.

Tiró su cuerpo en el asiento mirando por la ventana en forma impasible.

Ella no había llegado.

—¡Descanse, caballero! —dijo una extraña voz con tono de sombra.

—¿Quién anda ahí? —preguntó el joven, asustado.

—Oh, tonto, soy tu compañero de cuarto. Nadie más pudiera ser que tu compañero.

—Disculpe, señor, pero… mi habitación no la comparto, de haber sabido que usted estaba aquí no hubiera entrado.

—No pierdas tiempo. Tal vez se fue mientras discutías y no la volviste a ver.

Se levantó de un salto y le dijo:

—Maldito, cobarde. Aléjese de ella, usted jamás podrá separarnos. Era mía antes de que fuera de usted. Dejémonos de tonterías y peleemos, lo espero afuera. Un desgraciado como usted no es digno de llevar una de mis balas en su cuerpo, pero no puedo permitir que esto siga así.

—Tranquilo… No soy quien tú piensas. Soy lo que tú quieras ser. Demonio cual espectro vaga por la tierra como triste condenado debido a tu causa.

—Exijo que muestre la cara. Cobarde es quien se escuda en las tinieblas.

—Todo a su tiempo, hombre iracundo. Piensas en ella todas las noches. La buscas entre las sábanas y en la cama no encuentras consuelo más que soñándola. Tu error fue haber pensado que ella era diferente; te carcome el corazón y ahora, seco, ya no puedes hacer nada. Cada vez que piensas haberla visto todo se desmorona como un pan duro.

—Si la conoce… ¡Le suplico que me diga dónde está!

—Está en ti.

—Señor, ¡se lo ruego!, dígame y seré capaz de arrastrarme cual perro.

—Pobre muchacho. Tu error fue grande. Ella está casada, tiene hijos y, aunque su esposo sea un imbécil, le pertenece. Te fijaste en la mujer ajena. Mientras piensas en sus caricias, ella está desnudándose frente a él. Mientras la sueñas, ella está pariendo. Mientras la besas en el recuerdo de su imagen, ella piensa en su mascota, que por azares del destino, lleva tu nombre tal vez como recuerdo, como una forma de no olvidarte o por simple burla.

—¿Por qué me habla así? —contestó melancólico—. Muéstrese, ¡lo exijo!

—Me siento tan mal como tú. La única diferencia entre nosotros es que yo no puedo llorar más.

—Déjeme… la extraño tanto.

—¿Todavía no sabes quién soy?

—No.

—¿Qué día es?

—El día de ella.

—¿Quién viene todos los años a esperarla en esta habitación, a la misma hora y el mismo día en que consumaron su amor? ¿Quién creyó en la promesa de que asesinaría a su marido y regresaría un año después a buscarte para ser felices?, ¿Quién más podría ser que la única persona que estaría aquí? ¿Y… todavía no sabes? Sé que eres joven pero no estúpido.

—Eres… ¿yo?

El anciano mostró su cabeza sin pelo, los ojos inundados por una masa blanca mientras sonreía con su boca casi sin dientes.

—Hemos muerto hoy —dijo el anciano con el rostro afligido.

Se tocaron la cara, uno para verlo con el tacto, el otro para imaginarse cómo sería en unos años.

—Antes de morir, pedí saber en qué había fallado y la respuesta está aquí. En esta habitación. En esta fecha. En este lugar. En esta maldita llave. Todos los años me pasaba sufriendo cuando la recordaba. En este día. En este minuto… Ella jamás fue nuestra. Cuando nos enterraron teníamos en la mano, apretando con una fuerza tan endemoniada, esta maldita llave. Pensábamos que algún día ella regresaría. Llegamos a creer que estaba muerta, pero cuando nos enteramos de que estaba por tener su cuarto hijo supimos que era feliz. Se piensa que al haber una tragedia romántica un pedazo de alma del amante se desprende y se queda en ese lugar. Eso nos pasó. ¿Cómo llegar al cielo si no tenemos alma? Ella terminó con nosotros. Con todos nosotros. Ahora solo nos queda consolarnos mutuamente.

Los demás hombres salieron de la oscuridad. Se descifraba por la vestimenta, el cabello y sobre todo la piel, el año del que provenían. Todos gemían con lágrimas en la cara intentando dar consuelo al más cercano. La habitación era un cuarto atemporal lleno de él, del que fue y del que sería. En ese momento alguien, tal vez ella, cerró la puerta con una llave tan pesada como una lápida.

Sombras

En medio de ninguna parte

No puedo extraviarme sin camino…

Repito estas palabras que me tranquilizan mientras la penumbra se come los edificios, las calles, las mismas luces de los autos que parecen rendirse ante un peso invisible, a una bifurcación del viento que lo aniquila todo, a un capricho de dios enojado y perdido, como un gran ojo negro que nos observa mientras nos cubre. ¿Nos cubre? ¿Por qué incluyo a los otros? Los incluyo porque en realidad los otros no son nadie y no quiero sentirme solo. No hay nombres que me pertenezcan, nadie a quien pueda convocar porque de todos modos sería inútil (mi propia garganta parece apagarse en este juego de sombras), ni un solo rostro porque ahora no son más que siluetas recortadas contra el vacío. ¿Seré yo también una silueta para ellos? No hay más que un  murmullo, un rumor invisible de gente caminando a mi lado. Pero en realidad no caminan a mi lado, no junto a mí, no hacia mí, no para mí. Un rumor que se confunde con algo que llega desde los años perdidos de esta oscuridad, como si hubiera estado siempre ahí, aguardando a que esta ceguera compartida me obligara a extender los brazos, agitar las manos nerviosamente como si dibujara un pequeño arco en el viento, esperando ese instinto primario y olvidado de asir las cosas al primer contacto… Lo escucho en las cavidades antiguas de mi oído: el sordo chasquido de mil bombillos quemándose al mismo tiempo, como un solitario y último latido; la campanilla ahogada de una máquina sumadora; una computadora que se apaga de pronto, dejando solamente un punto brillante y moribundo en el centro de la pantalla; una tarea inconclusa de oficinista confinado a un edificio muerto; la alfombra de un vendedor ambulante que recoge sus cosas porque ya nadie puede verlas en esta  extinción masiva de la luz.

Palpo, sigo palpando con mi mano temblorosa que se extiende necia entre el frío. Sigo escuchando el murmullo. Pero se ha transformado en  un nombre, uno que no puedo soportar porque este sí me pertenece aunque ahora sea el de una ciudad invisible, una ciudad perdida y devorada por una mancha oscura y líquida que se retuerce en las alcantarillas, en las vitrinas opacas, en los contornos ahora desaparecidos de bulevares exhaustos. Me retumba  en la cabeza con sabor a ocre…

San José

puedo escuchar mientras tropiezo con alguien, con algunos. ¿Será el mismo con el que tropiezo todo el tiempo, el que no puedo ver, el que antes era muchos y diferentes pero que ahora se ha convertido en uno solo por arte de este abismal prodigio en el que nos hemos quedado sin visión, sin esta retina luminosa que antes se llenaba con adoquines, librerías, restaurantes, zapaterías, puteros, policías, bancos, cafeterías, teatros, bares? Y ya que no puedo establecer diferencias con quienes tropiezo, opto por convertirlos en la misma persona, una y otra vez hasta que me convenzo de que no voy hacia ninguna parte. Nunca entendí los puntos cardinales, entonces me guiaba por los edificios y su forma de  cortar la distancia a los cuatro costados de la ciudad. Por eso nunca me sentí perdido aquí, pero afuera era distinto. Fuera de la ciudad, digo, donde no hay líneas rectas ni orillas con paredes a las cuales sujetarse. El campo siempre fue para mí un enigma de contornos difusos y extraños, un espacio de extensión abrumadora donde nunca supe si el camino tenía la milenaria y simple función de llevarte hacia un destino, o, más bien, era el infinito punto medio de ninguna parte. Afuera me sentía inútil, anodino, temeroso, invadido por un terror oceánico que me paralizaba. Y se me hacía tan difícil salir a respirar el aire nuevo entre los árboles, sentir con mi pie desnudo la irregular superficie de la tierra.

Por eso escapé, me escabullí entre el bosque y llegué aquí, hambriento y desarrapado, con la tristeza aún fresca en la frente.

Pero aquí, aun ahora que este apagón abisal parece habérselo comido todo, no me siento perdido, ya lo he dicho. Y no me preocupo porque sé que algún día terminará. La luz siempre vuelve, como todas las cosas, como los autos y las casas y los cuchillos y los semáforos y las calles. Aquí todo vuelve pero no se transforma, tan solo adquiere un tono levemente distinto, como estas gotas de llovizna que ahora rompen la monotonía de esta negritud y transportan el frío como cápsulas endemoniadas. Llegan desde todos los puntos y van hacia todas las direcciones. Chocan en mi rostro como diminutos puñales y empapan mi ropa poco a poco hasta hacerla más pesada. Pienso que esto no es normal. No es normal que  la lluvia salga de todas partes, no solo del cielo, sino de las ventanas, de las calles, de las aceras. Si esta fuera una noche con luz, con la fuerza eléctrica que parece movernos a todos y no solo a las máquinas, podría ver las gotas, identificarlas, medir el destello que reflejan al emprender su viaje desde lo alto hasta morir en los empapados adoquines.

Entonces me inunda este terror olvidado de la niñez, este vértigo que creí haber dejado atrás. Porque siento que la llovizna no es de aquí, es ajena a mi ciudad; vino de otro lado, de allá, de afuera. Apunto con el índice invisible, ese dedo mío que ahora no puedo ver. Apunto hacia algo que no existe, o que quizás se oculta entre la sombra, o quizás, aun peor, sea el culpable de ella. Y en cuanto más crece la crispación temerosa en mi cabeza aterida, más me atacan estas gotas heladas que parecen surgir de todas partes. Siento una gran máscara de agua en mi rostro que quiere ahogarme. Se introduce por mis fosas nasales. Intento no respirar pero es inútil, la llovizna parece tener vida propia. Ahora se mete por mis oídos y estoy demasiado débil para tapármelos. Viene de afuera, ¡lo sé!, viene con el lejano aleteo de la libélula, con el roce del viento en la hojarasca, con la inútil letanía de la abuela, con este insoportable ruido de mar, de orilla infinita, de arena pálida, de una piel morena que gime primeriza cuando estoy entre sus piernas.

No veo nada de esto, pero lo escucho, lo huelo, lo siento en los huesos que ahora se vuelven escarcha. Pero sobre todo escucho la débil voz de la abuela, de mujer con delantal, de matrona, de santos ocultos tras la puerta. La  siento en medio de ataúdes, llamándome, levantando la cabeza y abriendo los ojos mientras me oculto en las piernas de los adultos. Pero me sacudo y pienso que nada de esto puede ser. Es demasiado ridículo, demasiado literario. Debe ser a causa de mis sentidos atrofiados por el apagón, de esta oscuridad que ya ha durado… no sé, horas, minutos. Ya no siento el ataque de la llovizna. Me vuelvo a secar todo por dentro hasta volver a ser parte de un gigantesco cuerpo de gente que no veo pero que sigue ahí, esperando a que todo termine. O, mejor dicho, que empiece de nuevo la luz y su ritual de movimiento perpetuo.

Ahora me siento leve, y una pequeña claridad me ciega. Ha llegado la luz pero no la visión. ¿Será esto posible? ¿Será que ahora me sumerjo en un sueño? ¿Será que todo hasta aquí había sido imaginado? Pienso todo esto mientras la abuela sigue rezando en medio de ninguna parte…

 

 

 

 

 

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

Caminaba con martillo en mano por el patio de mi casa. Llegué hasta el rincón donde descansaba mi perro (un bóxer llamado Hamlet), me agaché para acariciarle el lomo. Fue entonces que descubrí el cadáver, el cuerpo inmóvil de una pulga colgada de un pelo en la oreja del animal. La tomé entre mis dedos y me puse a examinarla. Estaba seca, como si le hubieran chupado la sangre o lo que fuese que tuvieran dentro esos bichos. Por un momento pensé que se trataría de un fenómeno biológicamente normal, que las pulgas se secaban cuando dormían la siesta. Para salir de dudas, le apreté suavemente la cabecita con una paja de escoba; no vi que se moviera. Le busqué el pulso pero no se lo encontré por ningún lado.

Ya había decidido realizar un solemne y rápido funeral tirándola al inodoro, cuando descubrí otro cuerpo a la altura de los cachetes del perro. Eso fue suficiente para alarmarme. Dos muertes en un mismo día, eso descartaba la posibilidad de accidente o suicidio. Empecé a investigar, removiendo cuidadosamente el corto pelo del bóxer. Con lágrimas en los ojos fui encontrando dos, cinco, nueve cadáveres. A cada pasaje de mi dedo descubría más cuerpecitos colgados. Una verdadera catástrofe. Inexplicable. Sin causa aparente. ¿Intoxicación por sangre en mal estado? ¿Rascada feroz por parte de mi perro? ¿Crímenes seriales desatados por una pulga loca?

Por fin, con inocultable alegría, divisé una pulga que caminaba por entre la espesura capilar. La agarré. Se movió sobre mis dedos tambaleando, como borracha, sin poder dar un salto, hasta que tropezó precipitándose al vacío sin decir ni ay. Vi en el espejo de la pared mi propia cara tornarse sombría. Epidemia. La peste negra pulguera. Urgente llevé a Hamlet al veterinario; el tipo lo subió a una camilla, lo revisó, le palpó la panza, le puso un termómetro en la cola (normal, murmuró acariciándose la pera), me interrogó sobre si se rascaba mucho, si vomitaba, si hacía caca blanda, etc., etc., etc. Yo a todo dije que no. Por último, me preguntó qué era entonces lo que le pasaba al perro.

-Al perro nada –contesté-. A las pulgas. ¡Se me mueren, sálvelas doctor!

El veterinario me miró como si yo fuese un canguro rabioso. Se le puso la cara roja y empezó a gritar que si yo no tenía otra cosa que hacer que andar jodiendo a la gente y que mejor me fuera o iba a sacarme a patadas. Ahí pasé a explicarle, sin perder la calma, lo importante que para mí era pulga sana en perro sano y “que no tiene por qué faltarme el respeto porque yo vengo por su consejo profesional y usted tiene la obligación de escucharme porque soy miembro de esta comunidad y…”. De pronto, el veterinario dijo que todo estaba bien, que atendería el caso. Sin duda impresionado por mis ardorosos y justos argumentos había cambiado su actitud negativa. Después de todo, era realmente un caballero. Entonces lo solté del cuello y empezó a examinar el pelaje del animal.

Pasado un rato dijo que posiblemente las pulgas murieron anémicas y me preguntó cada cuánto bañaba al perro. Yo le dije: una vez al año con Sarnol. Movió la cabeza negativamente y recomendó que probase con Baby Johnson y también que masajeara el lomo del perro para mejorar la circulación sanguínea, eso facilitaría la alimentación de las pulgas.

-Vuelva en tres años para ver cómo siguen –dijo despidiéndome desde la puerta.

Fueron meses de sacrificio, levantándome a las cuatro de la mañana para agarrar a Hamlet dormido y meterlo en una palangana con Baby Johnson, masajeándolo hasta despellejarme los dedos, dándole a cada rato vitaminas para la sangre, tejiéndole un sweater para que las pulgas no pasaran frío en invierno. Pero el esfuerzo no fue en vano. Por fin llegó la primavera. Las pulgas desbordaban salud. Fuertes, ágiles, saltarinas. Yo estaba excitado. Fui con Hamlet al patio, -échese- ordené, y él obedeció. El corazón palpitándome con fuerza. Me senté en el piso. Removí el pelo hasta encontrar una pulga. Fue difícil, ya dije que andaban muy ágiles, pero al final la pude cazar. Sentí que me moría de placer. La coloqué cuidadosamente sobre una baldosa, y la reventé de un martillazo. Empecé a buscar una nueva presa, silbando alegremente. Todo volvía a la normalidad.

La guerra

Días de guerra

De libro, A propósito de San Juan y otras miniaturas

 

A diario la podíamos ver llorando en la Sala de Emergencias del Hospital, siempre reconfortando a los heridos. No le daba asco ni temor ver los cuerpos sangrantes que entraban uno tras otro. Siempre procuraba estar ahí para un abrazo, para angustiarse y apretar manos convulsas. Los médicos nos hacíamos de la vista gorda porque no estorbaba con su cuerpo esmirriado.

No sabíamos quién era, nadie le habló nunca: estábamos tan ocupados intentando salvar vidas que, cuando le tocó a ella, pocos reconocimos el rostro enjuto, su cuerpo maltrecho por el bombardeo. Me acerqué y le di la mano, ya no había nada que hacer. —Yo me quedo con ella —me dijo una mujer muy parecida a la moribunda—. Usted vaya a salvar a alguien.

—¿La conoce? —pregunté.

—Sí —dijo con tristeza—. Es mi hermana, pero está loca.

Días después acabó la guerra.

Historia de tres

El breve círculo de tres largas historias

Dos hombres asediaban a una misma mujer. Desde que eran niños. Desde que Juan se detuvo una vez para mirarla a los ojos y Pedro descubrió sus pies desnudos. Ella caminaba por el patio de su casa. Los dos estuvieron pendientes de sus atributos hasta que, siguiendo los pensares y los azares, en esos alargamientos con que el tiempo dobla por las esquinas, produjo un tal vez que dio vueltas y revueltas inclinando la balanza hacia uno y luego hacia el otro. Juan siguió creyendo en la mirada de sus ojos; Pedro aprovechó el caminar de sus pies desnudos por el patio para dejarle caer un papelito en el que, torpemente, con falta de ortografía, la llamaba Mi nobia. El tal vez de la historia tomó entonces un solo camino y después de muchas vueltas y revueltas, Pedro y ella se casaron y tuvieron cuatro hijos. El tiempo pareció bifurcarse: Juan, desde la distancia, continuó amándola; Pedro, desde la cercanía, dejó de amarla. Pero el tal vez producido se alejó por distintos rumbos, se estiró tanto que hasta hizo que se desdoblara la vida con todos sus despuesitos y despueses. Pero, en ese ínterin, por tanto estirarse, llegó a un punto en que, con un trechonazo brusco, se contrajo, se encogió: volvió a atrás, al momento en que ella miró a Juan con la mirada de sus ojos pero fue a acercarse a Pedro con sus pies desnudos. El quizás tuvo otro entonces: Juan fue a buscarla y le habló de su amor por ella poniéndole en el pelo algunas de las flores que caían de la mata de mamey que dividía el patio; Pedro hizo cuanto pudo, hasta tiró una alfombra de palabras para que pasaran sus pies desnudos y, así, en  las muchas vueltas y revueltas del tal vez, se enredó en la mata de mamey, y ella, ahí, se juntó con Juan. Pedro caminó largo su camino sin poder olvidarla. Vivió sus crucialidades hasta ya bien entrada la vejez en que, producto de un tropezón, estuvo a punto de caer yéndose en múltiples pasos para atrás. Fue tanto en retroceso, que fue a dar de bruces al patio por donde caminaba ella con sus pies desnudos. Se levantó de un tirón y, sin fijarse en las magulladuras de la caída, le declaró su amor sin papelito. Volvió a crecer el cielo sobre sus cabezas como la hierba sobre los potreros. Entonces, producto del tal vez, volvieron a cambiar las cosas, y ella y Pedro vivieron el mismo casarse, hicieron el sexo con apuro y tuvieron nuevamente los mismos muchos hijos. Pero duró poco aquel tan largo amor. Pedro tuvo, para mantener aquella prole de bocas, que irse a trabajar lejos. Muy lejos. A otra provincia en los orientes del país. Ella lo esperó con el papelito en la mano y los hijos agarrados del vestido. Ahí el tal vez volvió a dar otro giro brusco y a ella la empezó a merodear un hombre. No se parecía ni a Pedro ni a Juan. No miró sus ojos ni sus pies descalzos. No tuvo que hacerlo. Ella se puso desnuda para que la viera. Para que la viviera. Para que la tuviera. Y cuando el tal vez trajo nuevamente a Juan y a Pedro, ya ella no estaba en el tiempo donde la dejaron. Ya no estaban tampoco el patio ni la mata de mamey, ni el cielo aquel donde el azul crecía como la hierba en los potreros. El tal vez que los reunió con sus vueltas y revueltas se había ido. Y ellos, Pedro y Juan, a pesar de que nada pudo borrarles la mirada de sus ojos ni la blancura de sus pies desnudos, no lograron nunca más que el tal vez los llevara a ella. Ah, a ella, la vida le dio un largo giro sin ningún amor y, al final, en un acto desesperado, no le quedó otra salida que, en un salto de sus pies desnudos y del mirar grande de sus ojos, lanzarse en el hondo abismo de un espejo para, con este acto desesperado, ir a buscarlos, allá donde aún podían verse, borrosos, el patio y la mata de mamey, que agitaba enloquecidamente sus ramas hacia el suelo como si también buscara alcanzar sus raíces.

 

Brigitte Bardot

BRIGITTE

Del libro Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio). Ediciones de La Flor.

 

Recuerdo que al salir del colegio corría hasta mi casa y aprovechando que los viejos casi nunca estaban me tendía sobre la alfombra del living para dar rienda suelta a mi desbocada, afiebrada imaginación. Lo curioso, lo tierno y curioso, es que no me daba por fantasear orgías ni adulterios ni violaciones. No. Lo mío era una historia de amor, una historia donde la protagonista era nada menos que Brigitte Bardot, la gran diosa del cine francés.
La trama se repetía como estampada en celuloide: yo era un joven turista argentino que recorría París; caminaba por la veredita que bordea la orilla derecha del Sena, y al llegar a la altura del Pont des invalides (había aprovechado las clases de Geografía para dotar a mi historia de un máximo de realismo), digo que a la altura de ese conocido puente se detenía junto a mí un imponente Cadillac negro. Yo lo miraba fingiendo sorpresa, simulando curiosidad por saber quién viajaba en su interior. Hasta que el vidrio polarizado de la ventanilla trasera empezaba a bajar con misteriosa lentitud, y poco a poco se descubría el rostro de ella. Hermosa. Tan deslumbrante como en sus películas. Con sus ojazos color Francia.
-¿Qué haces aquí, tan solo, jovencito? –me preguntaba B.B.
-Esperándote –era mi invariable respuesta, que había aprendido de una vieja telenovela.
-¿Quieres subir, moncheri?
Ella abría la puerta. Yo entraba para acomodarme en el mullido asiento, muy cerca de sus mullidos pechos. Brigitte accionaba una botonera sobre su puerta y un vidrio opaco emergía del respaldo delantero aislándonos del chofer.
-Ahora estamos solos –decía ella, sacando de no sé dónde dos copas heladas que desbordaban champagne.
Después de beber, ella me besaba los labios, hurgándome la comisura con su lengua; luego se bajaba un bretel del vestido negro con una sonrisa felina, para enseguida improvisar un lujurioso streap-tease dedicado a mí. Entonces la temperatura subía, parecíamos arder, nos tocábamos, nos sentíamos, y por fin, hacíamos el amor mientras el Cadillac atravesaba a todo orgasmo la arquitectura gloriosa del Arco del Triunfo.
Al paso de los años fui abandonando esa fantasía, como quien empieza a olvidar a su primera novia. Conocí chicas, me enamoré y terminé casándome para formar una familia. De Brigitte no me quedaba ni el recuerdo. Era lógico, cuando uno se sume en el loquero del trabajo y las horas extras para pagar el plasma, el equipo de música, la computadora, el aire acondicionado, las cuotas del coche, etc. etc. etc., bueno, cuando uno entra en la rueda de lo que todos suponen es vivir, ya no queda tiempo para los recuerdos. Ni siquiera para Brigitte.
Sin embargo, algo sucedió hace tres o cuatro noches. Mi esposa y mis hijos salieron rumbo a una celebración familiar a la que me excusé de ir, y quedé en casa, solo. Solo, como cuando era jovencito y volvía corriendo del colegio, solo, la casa desierta y la más sexi de mis fantasías. Y sin siquiera proponérmelo, con los nervios de quien va a reencontrarse con su primer amor, me tendí sobre la alfombra y cerré los ojos, respiré agitadamente y… otra vez caminaba por la orilla del Sena. Otra vez alcanzaba el viejo Pont des Invalides, mi olvidado puente. Busqué ansioso en la calle. Ahí estaba, como después de una larga espera: el Cadillac negro. El vidrio de la ventanilla bajando poco a poco. El rostro de ella, quizás no tan joven como antes, pero eternamente hermoso. Con esos ojazos llenos de ciudad luz.
-Veo que has crecido, moncheri –fue lo primero que dijo Brigitte.
-Ahora soy un hombre –respondí haciéndome el recio.
-Ha pasado mucho tiempo –suspiró ella.
-Es cierto. ¿Me dejás entrar?
-No.
La miré sin entender.
-¿Cómo que no? Se supone que yo ahora entro, tomamos champagne y hacemos el amor.
-No puedo, moncheri. Estoy con el período.
-¿Qué período? Los sueños no tienen período.
-Pero yo no soy un sueño, sino una mujer con la que sueñas.
Fue entonces que perdí la paciencia.
-¡No me vengas con eso! ¡Aquí se hace lo que yo quiero! ¡Esta es mi fantasía!
-Te equivocas. Es nuestra fantasía.
-¿Cómo que nuestra?
Brigitte se pasó una mano por el cabello, delicada, tímidamente sensual, deslizando una onda rubia que había empezado a inquietarle la frente. Luego me miró, como quien se mira en un espejo.
-Hace mucho tiempo –pareció evocar-, cuando tú me soñabas a mí, yo te soñaba a ti. –Su mirada se fue deslizando hacia el río-. En ese entonces mi trabajo de actriz, o peor aún, de estrella, era tan agobiante que no podía o no quería soportarlo. Necesitaba un escape, una fantasía. Y en esa fantasía siempre hacía el amor con un jovencito extranjero –de nuevo sus ojos, ahora cálidos-. Ese jovencito eras tú.
Yo casi no podía creerlo. ¿Brigitte Bardot? ¿La gran B.B. soñando conmigo?
-Pero… entonces –titubeé-. Eso quiere decir que… ¿vos también?
-Yo también.
-¿Me soñaste?
-Y fue hermoso.
-¡Es fantástico! ¡No puedo creerlo! ¡Entonces no es pura paja! ¡Realmente tenemos un romance!
Ella se puso seria.
-Tuvimos –buscó aclarar-. Hace tiempo que lo nuestro ha terminado.
Pero las pérdidas nunca habían sido mi fuerte.
-¿Cómo que terminado? –protesté-. ¡Yo no quiero que se termine! ¿Por qué tiene que terminar?
-Porque ya no estoy para estos trotes, moncheri. Hacer el amor en un coche me hace doler la cintura. Ya no somos jóvenes.
-¡Pero seguís siendo la mujer más hermosa del mundo! Vamos… –insistí, o supliqué-. ¡Una vez más! ¡Aunque sea por última vez!
Hizo un gesto de impaciencia que terminó en un mohín tierno; en seguida uno de sus finos dedos vino a apoyarse sobre mis labios, como pidiéndome cordura.
-Ya no me necesitas –susurró.
-¡Sí que te necesito! ¡Te necesito! ¡Me diste los momentos más ardientes de mi vida! Yo con vos… sentí lo que nunca voy a sentir con ninguna otra mujer.
-Te equivocas otra vez –dijo, usando un tono muy suave, casi maternal-. Lo que sentiste por mí no es más que tu propio deseo.
-¿De qué hablás?
-Es tu sentimiento, y lo puedes sentir otra vez, en cualquier instante, con quien lo desees –hizo un gesto entre pícaro y dulzón-. Aún con tu esposa -añadió.
-No exageres.
-Es la verdad. Si tan sólo te lo permitieras.
Presentí algo de cierto en todo aquello. Pero una parte de mí aún se sentía herida, rechazada.
-Y si no querés hacer el amor conmigo… –dije, resentido-. Entonces… ¿a qué viniste?
Brigitte me buscó los ojos y sonrió con tristeza.
-A saludar a un viejo amigo, moncheri –extendió la mano hasta mi cara y, atrayéndola, me besó en los labios a manera de adiós-. Realmente… veo que has crecido –suspiró, dejando que la ventanilla subiese hasta reflejar mi propia desolada imagen. Luego el Cadillac inició su marcha para perderse lentamente en la bruma parisina.
Imaginé a Brigitte una vez más, recostada en el mullido y solitario asiento del coche, con una copa de champagne a medio tomar, su mirada melancólica sobre las calles de París. “Veo que has crecido”, me había dicho. Y supe que ya nunca la volvería a ver.

Buena suerte

Después de verse envuelto en cientos de naufragios donde salvó la vida milagrosamente: Jesús, el Salvavidas, se ahogó en un vaso de agua.

Café de Buenos Aires

Vieja fotografía

Esta esquina es una entrañable conocida. Sencillos y sobrios los grandes ventanales dejan pasar la luz que da el sentido antiguo de las paredes del café, recubiertas de madera. La certeza viene con aire mediterráneo. El dios que profesa su melancolía es de un puerto del sur; adentro la sensación vital es la queja, la protesta; es espera, música que ya nadie entiende. Aroma la tarde a tabaco cuando entro y miro al hombre que espera sin saber quién soy. Es la tercera o cuarta vez que lo veo ahí; que, de alguna manera, intento el encuentro que, bien lo sé, no ocurrirá. Pero está ahí, supongo que mi rostro ya le será familiar por repetición, habitué del barrio salobre del silencio, es decir, de la ausencia.

Aunque hoy tampoco lo haré, es la tercera o cuarta vez que intento acercarme para decirle: disculpe señor, usted no me conoce, soy Jorge Morán, quisiera hablarle de los días y los años; de los amores  y la soledad que los marca. Sí, yo lo sé, usted no sabe quién soy y piensa que soy un intruso. No lo dude, lo soy. Solo que… para mi es usted una especie de mito, de cercanía en la nebulosa de lo que a veces no es. Cómo decirle: amo a su hija y, por añadidura, para mí usted es importante.

—Somos, a veces, inquilinos de la misma infamia; de la misma histórica rabia que se desboca apresurada al arribo de la noche. Somos una prolongación de la pérdida que por destino se prolonga. No señor, no por favor, no estoy loco. No se alarme, solo quiero compartir con usted esta sensación de frustración incesante.

Su mirada, se convierte, de pronto, en cobijo compasivo. Él sabía que yo necesitaba hablar con él. Y lo hice. La suavidad de su gesto me ofrece una dulce misericordia porque, en realidad, me considera uno de tantos delirantes.

Parece enterarse de lo que digo. Su rostro comienza a volverse un tigre solitario, melancólico, irritado. Los dedos de la mano, tensos, sostienen una fotografía de colores viejos, desgastada. La observa con ternura que limita casi en la lágrima. Por momentos sus ojos son los del tigre.

—Retírese, por favor, señor. —me dijo. Quiero estar solo. No sé de qué me habla y la verdad no tengo humor para sinsentidos. Con una mano acariciaba la foto boca abajo. Con la otra se apretaba la frente.

Mudo por la contundencia con que me largó, caminé entre las mesas del café. Aturdido. Ya en la calle debí tomar camino hacia otra parte, pero volví sobre mis pasos. Es decir, recorrí por fuera las ventanas del café. El hombre adusto extendía su mano frenéticamente, con el pedazo de papel pegado al vidrio, ese papel que antes acariciaba. Desde la fotografía una niña me miraba. Asustado, sin saber qué hacer caminé unos metros. No podía regresar, ni siquiera voltear. De pronto el sonido estruendoso de un cristal roto. Una parvada de gorriones cambió el rumbo cuando el cielo rompió en un sonido estrepitoso. Un tigre rugía anunciando la lluvia.

 

Carlos Rivero, ganador del concurso de cuento César Galeano, La Habana, Cuba

La Silicíada

Les comparto el cuento ganador del concurso César Galeano, organizado por el centro Onelio Jorge Cardoso en La Habana, Cuba. El certamen convoca a los estudiantes egresados del taller de técnicas narrativas del mismo nombre que el centro, y este año fue merecido por Carlos Rivero, joven escritor y filósofo recién graduado y profesor en el Instituto Superior de Arte de Cuba.

 

 

La Silicíada

Autor: Carlos Rivero

Premio César Galeano 2017, centro Onelio Jorge Cardoso, La Habana, Cuba

 

 

Como estaba resuelto a perderme las sirenas no cantaron para mí

 

I

Solo yo conozco el secreto que se esconde detrás del canto de las sirenas, pero no me es dado revelarlo. ¿Cuántos arcanos de la historia no se han ido para siempre a descansar a la tumba de una sola persona? La Historia más cruel es aquella que surge de las sumas de esos silencios. Nadie tiene derecho a marcharse con tanto, es cierto, pero no he sido yo quien lo ha dispuesto así. Si pudiera hablar, pediría que me recuerden, porque he de morir pronto y temo lo que cualquier persona teme antes de morir.  Quisiera que mi epitafio fuera: “Aquí yace Sandro Funes quien escuchó el canto de las sirenas y vivió para describirlo en lengua digna”. Pero no puedo escribir, no puedo hablar, no recuerdo cómo funcionan las palabras, pero sí puedo recordarlo todo con la certeza justa como para darme cuenta de que conozco una verdad inútil. Pero ya que se me ha prohibido dar testimonio cierto, puedo decir las maneras en las cuales nada de esto ocurrió:

Silicia no es la lámpara mágica de Aladino. No cumple deseos: los produce. Pero saber esto no fue suficiente para disuadirme de buscarla. Apareció por vez primera en un sueño lúcido en los que, llegado a un punto eres consciente de que quien te persigue no te alcanzará o que no morirás al culminar la caída libre o que no te avergonzarás por quedar desnudo frente a todos. Al cabo, maldices el momento en que te diste cuenta. Te aferras a esa gran metáfora que es el mundo onírico y dices: “¡qué importa que esto no sea real!”. En aquellas noches adquirí el don que me condujo a quedarme sordo y afásico. En las películas, la incapacidad del protagonista se le recompensa con un don, pero a mí me sucedió lo inverso: el don me atrajo una incapacidad.  Como sinestésico supe que el gusto salado era esdrújulo y agudo el dulce, que el susurro era violáceo, y que la puerta al cerrarse contra su marco amarillaba el cuarto como todos los ruidos de percusión, quizá un poco frío, casi un ocre. Percibir el sol era un martillazo ensordecedor que me aturdía de claridades hasta despertarme. Un gran don sin dudas.

Pero una noche, de repente (porque como dice Chejov, en las historias siempre sale a relucir un “de repente”), soñé que era una chica de pelo corto y ojos felinos que se convertía en una estatua de silicio en frente de todos en una biblioteca. Sentí como mis huesos se quebraban y un sonido muy agudo quisiera ensancharse dentro de mis oídos hasta hacerlos estallar; pero nada de dolor. Grité. Entonces todos se voltearon hacia mí, pusieron su dedo índice sobre sus labios y emitieron un ¡shshsh! Un hombre calvo se quitó los audífonos y como pretexto para flirtear con la rubia de enfrente le dijo en voz baja:

-¿Y a ella que le pasa?

-Parece que se está convirtiendo en una piedra de silicio- respondió la rubia y dejó ver los aritos de ortodoncia mientras tomaba un sorbo de agua de una de esas botellas plásticas con absorbente.

Entonces el calvo se remangó la camisa como si fuera a cambiar los neumáticos de un auto. Tomó su laptop y se sentó en la mesa de la rubia que ensayó una sonrisa severa pero que alivió de inmediato en una expresión tibia y crujiente como un croissant.

-Un espectáculo maravilloso. ¡Qué lástima que haga tanto ruido! ¿Quieres pedir un deseo?

-Yo no creo en esas cosas. Sin embargo, sí me parece algo bello; vamos, que no soy de piedra-repuso ella y ambos rieron.

– Pues entonces te la voy a regalar.

Me tomó tiempo recuperar la calma. El silicio había cubierto mi cuerpo nuevo hasta la cabeza al punto de que a través de ella, la luz de la bombilla proyectaba en el suelo un arco irisado. Alguien que parecía conocerme me hizo una señal desde el pasillo que conformaban varias parejas de anaqueles. Era un joven contrahecho, de nariz abultada; llevaba un pullover negro con una pipa marrón y un gran letrero que decía: Ceci n’est pas un rêve. Se acercó y puso un volumen sobre la mesa, extrajo un sándwich de un envoltorio de aluminio y comenzó a comer como si no temiera ser amonestado. Yo, aunque inmóvil, pude ver de qué se trataba: era un índex de citas sobre lugares perdidos. El joven me observó hasta mientras terminaba de comer. Luego me dijo:

-Puedes hablar, no tienes que permanecer así petrificada todo el día. Estamos en un sueño si la información te sirve de algo. Seguro me querrás preguntar por qué he venido a buscarte y yo te responderé con gusto, pero por lo pronto no me gustaría hablar con una piedra.

Abrí la boca y lancé un gemido estéril, anémico, tan bajo que apenas hizo vibrar la masa de silicio.

-Intenta hablar más alto pero no te despiertes- me dijo el joven del pullover negro que amasaba el papel de aluminio en una pelota para lanzarla al cesto de basura de la esquina. Entonces volví a intentarlo con todas mis fuerzas y de inmediato se oscureció toda la biblioteca. Me desperté por un segundo gimiendo sobre la cama y un hilo largo de saliva se tendió entre mi boca y mi almohada, pero me tomó mucho esfuerzo desperezarme y el sueño volvió casi intacto.

– Ya me di cuenta que estaba soñando. Me siento raro en este cuerpo de chica pero tengo curiosidad por saber qué significa todo esto. Para empezar… ¿Cuál es su nombre?

-No tengo nombre, pero me puedes llamar como quieras, porque serás la única que lo haga. Así pues, selecciona un nombre que puedas recordar bien porque en los sueños es muy difícil recordar.

-¿René te gusta? Te llamaré René como el pintor de esa pipa que llevas en tu pullover.

-¿Y qué sabor tiene mi nombre?

-Ni idea. Parece que no soy Sandro Funes después de todo. Tengo sus recuerdos pero no sus habilidades. No sé si decir si me siento extraño o si me siento extraña.  ¿Nunca te has sentido como si hubieras sido creado hace algunos instantes con los recuerdos de hace decenas de años?

-No lo siento, tengo la certeza. Soy una criatura de los sueños, soy un silicio. Todos podemos ser otra persona alguna vez. Las metáforas existen porque manifiestan una verdad que no queremos creer. Una situación puede ser expresada en términos de otra situación porque pueden intercambiarse realmente-dijo el joven y abrió el libro en cuyo domo había dibujada una sirena. -Tu país es ahora este. Aquí es adonde realmente perteneces- repuso con voz solemne y guardó silencio por unos segundos- Se llama Silicia y no me preguntes por qué, pues yo no lo puedo saber todo.

-Pero eso no es real.

-Es tan real como todos tus deseos. Y los deseos son muy reales, al punto que gobiernan sobre la vida y sobre la muerte. Silicia no es exactamente un lugar, es más bien una conjunción de esos deseos. Allí es a donde se crean y se modifican, y allí  van a parar todos las fantasías frustradas de los hombres. La Atlántida, La isla de los bienaventurados, el Valhalla o el Edén son solo proyecciones literarias de este gran almacén. Silicia es tan real como yo, que también soy un silicio. Tú también eres un deseo, el de ser tú mismo, el de aferrarte a la vida y rechazar que en el fondo solo seas un personaje de algún sueño ajeno.

-Tú eres una imagen en un sueño extraño, nada más que eso. Yo no, acabo de despertarme y has desaparecido. Si quisiera, podría hacerte desaparecer de nuevo.

-Pero no quieres, porque yo soy uno de esos deseos también, acaso uno de los más vehementes pues me has dado carne y un magnifico pullover de René Magritte. He desaparecido para ti porque tú también lo has hecho para mí.  Pero aquí han transcurrido 3 días y ya es lunes, así que vayamos al grano antes que los demás nos descubran y sepan que solo son un relleno en el sueño de otro. Mira aquí: hay varias fuentes que hablan del país de los Silicios.

Durante varios minutos René estuvo mostrándome citas de diversos autores. Muchos la hacían coincidir con la Tierra de los bienaventurados o se referían a la capacidad de sus habitantes para escuchar libremente el canto de las sirenas gracias a su fe en la fuerza de la meditación y las abstenciones. Así continuó el libro durante varias páginas hasta que, en una de ellas, mi nombre apareció escrito con una referencia a un extenso poema en dáctilos llamado la Silicíada. Sin darme tiempo para sorpresas el joven del pullover negro me dijo:

-Esa es la razón por la que he venido a buscarte. Las sirenas, madres de los deseos y señoras de Silicia, te han escogido a ti, como la persona que cantará en lengua digna, la suerte de su raza. Pero no podrás contarle a nadie, aunque quieras; pues cuando atravieses el límite del país de las sirenas, habrás de olvidar tu lengua castellana. Desprovisto de lápiz o papel, la epopeya ha de ser escrita solo con tu memoria. Tienes un gran don, pero también un gran destino del que no puedes escapar. Nadie escoge ni cuestiona lo que desea, solo lo hace. Tú quieres escribir este poema épico y hacer algo memorable. Para cumplir tu destino debes venir conmigo a Silicia, pero al entrar aquí, abandónese toda esperanza.-

 

II

Cuando comencé a escribir la Silicíada las palabras chocaron entre ellas frente a mis ojos y arrojaron chispas metálicas, produjeron metáforas fosforescentes y artísticas conjunciones. Dispuestas todas sobre el cielo, yo las contaba. Cada una fue todas las palabras, y como las constelaciones, cada una era todas las figuras. Solo se debía observar con cuidado.

En las mañanas intentaba memorizar los versos que escribía por las noches en los sueños. Cuando uno pierde la memoria verbal va perdiendo de a poco la inteligencia y el orden de las ideas. Al menos eso era lo que pensaban todos los que advirtieron que ya no podía hablar ni escribir en castellano. Si mi historia debiera ser contada por quienes solo me veían en la vigilia, habrían cometido una injusticia al decir que padezco de afasia. Si fueran buenos describiendo, compararían mi afasia con la amnesia de los espejos, los cuales reflejan pero no pueden ver; o quizá con una gran caja donde están todas las palabras amontonadas unas sobre las otras, de donde yo las extraigo y las muestro al azar. Tampoco sospecho qué narrador escogerían. Quizás lo más apropiado sería un monólogo interior a lo Joyce o a lo Faulkner, pero desconocen lo que me sucede en realidad. Sin embargo, una tercera persona tampoco es apropiado porque se perdería todo el drama: este yace atrapado entre mi cerebro y mi lengua. Definitivamente una tercera persona no va, porque quedaría frívolo y distante, más o menos así:

Los hombres sinestésicos existen: En Dolores había uno que se llamaba Sandro Funes y que no cobraba las consultas. Nadie hubiera creído en alguien que pudiera ver los sonidos o escuchar los sabores, pero era del agrado de todos presenciar cómo Sandro podía dibujar el gusto de un mango o escuchar a qué sabía el nombre de cada cual. Roberto, el mensajero del periódico, supo que el suyo sabía a canela mojada. La vecina de al lado, cuyo nombre era Ana y a quien los dulces le quedaban muy dulces, Sandro Funes le dijo que aunque fuera corto, su nombre sabía a sudor y que prefería llamarla Betty o Yolanda. Un día, a alguien del barrio se le ocurrió tomarle el pelo: preparó un amasijo de distintos sabores en un jarro de aluminio al cual se le fotografió con una cámara de celular. Después, llevaron múltiples fotos de la mezcla a casa del viejo Sandro Funes y le preguntaron cuáles eran los ingredientes. Para sorpresa de todos, el sinestésico respondió con acierto y de manera prolija. No tardó en transformarse en el orgullo del barrio de Dolores, porque los barrios pequeños se enorgullecen de todo aquel que los ponga en el mapa. Todo iba bien con su don, hasta que una mañana comenzó a hablar en una jerigonza extraña y ya no pudo contar más de lo que sabía. Los médicos le diagnosticaron afasia como una consecuencia de demencia. Su hijo, advertido de lo que les sucede a los ancianos dementes, lo ató a un taburete frente al televisor de la sala para evitar que se marchara de casa. Como no quiso amordazarle la boca para evitar el ruido de los gritos, en su lugar, prefirió ponerse tapones en sus oídos. Amarrado a su taburete, Sandro Funes, pasó jornadas completas entre la repetición de palabras extrañas y letanías como esta:

De sábala, sarga, de sábala, capa, Silicia.

Cote áucea polenda caranda li bian carecín

¿lon tírone al fonque um suelven las mipas de Licia?

¿um suelven las mipas, sur andes brimande lusín?

On calas lauceria si cainte lon siemboke recia,

Ke recia lon siembo de tercha tempá palasín.

 

III

¿Eh, Nadith, tú crees que la música puede hacer que la gente cambie?-Dijo Constantino mientras regresaba de la cafetería con dos perros calientes.

¿Por qué preguntas eso? ¿Qué estabas escuchando?

Constantino extendió la mano con un audífono y lo colocó en el oído de su amiga.

-Es Schubert, la sonata No 27.

-Al menos hasta aquí me parece un poco caótica, pero sin dudas muy compleja, no crees? -murmuró Nadith.

-Aun no comprendo que tiene de interesante, pero me atrapa un poco. Creo que estoy sugestionado por la novela de Murakami que prestaste.

-¿Kafka en la orilla?

-Exacto. Allí la música es una protagonista silenciosa al punto que la señorita Saeki viajó hacia otra realidad para conseguir los dos acordes de la canción.

-Constantino, se te está derramando el cátchup-dijo ella y le quitó el bolso para buscar algún pasaje del libro.

-Lo dejé en mi casa porque ya lo terminé, aquí solo traje las cosas para el trabajo de curso.

-¿Y lo trajiste todo?

-Si. Al menos todo lo que me facilitó el hijo de Sandro Funes. El testimonio creo que está completo, pero las traducciones no. El resto no vale la pena, créeme, apenas se puede comprender una palabra. El médico diagnosticó afasia al viejo Funes: así que ya te puedes imaginar la jerigonza.

Nadith comprobó el contenido de la información que trajo su amigo. Pudo advertir que solo había un CD, que, con mucha suerte, podía tener información valiosa. Luego caminó unos metros por el parque hasta un asiento bajo la sombra de un framboyán y allí extrajo de su bolso de cuero un abanico y una laptop donde introdujo el CD. Examinó cuidadosamente su contenido mientras se abanicaba. Era una de esas tardes en las que, aunque el cielo se tornara plomizo y al occidente el sol pudiera asfixiarse entre las nubes y el horizonte, la inminencia de la lluvia multiplicaba el calor. El petricor, cada vez más próximo, anunciaba la caricia de la lluvia en el polvo visceral de la avenida que conduce a la biblioteca nacional. Constantino había olvidado su paraguas y hacía notar su impaciencia agitando su pie derecho y siendo tan lacónico como su amiga.

-¿Y por qué si ya lo tenemos todo, nos hemos encontrado aquí, frente a la biblioteca?

-Porque he tenido un sueño muy extraño donde aparecían algunas citas de un libro que quiero comprobar si está allí-dijo Nadita mientras se frotaba el lóbulo de la oreja y su boca se abría lentamente hasta dibujar un discreto óvalo horizontal, lo suficientemente cómodo como para concentrarse mejor- Quizá recuerde más de mi sueño si entramos, aquí afuera nos vamos a asfixiar del calor. Además creo que en la sala dos hay aire acondicionado.

Desde las roncas sístoles y diástoles de almendrones, hasta el efímero y reticente fragor de las ventanillas de los ómnibus, o el apenas perceptible, tántara tan tan tara ta tán de los pasos a destiempo de los transeúntes, hacían del paisaje sonoro de la avenida boyeros una sinfonía antischubertiana. El rumor de la calle exigía un lugar más tranquilo, pues poseía el ritmo de las olas y la persistencia de un remordimiento. Constantino y Nadith caminaron al ritmo de la ciudad hacia aquel gran templo del silencio

En los umbrales de la biblioteca, antes de llegar al guardabolsos Constantino se apresuró con el sándwich pero eso no fue suficiente para evitar ser amonestado por llevar gorra. Un tanto asustado (porque los empleados de las bibliotecas normalmente asustan), se despojó de su gorra y dejó ver su calvicie que simbólicamente adelantaba su calavera.

Justo como ella pensaba, enseguida supo hacia dónde debían dirigirse y para su mala fortuna, era en la sala uno y sin aire acondicionado. La sorpresa de Constantino aumentó más cuando percibió que ella recordaba el título y la ficha sin consultar el catálogo. Cuando la bibliotecaria lo puso en sus manos, marcharon hacia una mesa bajo la claridad natural y el fresco que entraba por una ventana.

¿Y qué más recuerdas del sueño? – dijo Constantino en espera de ser impresionado otra vez por lo que él pensaba que había sido una casualidad.

– Recuerdo que yo era Sandro Funes un sinestésico que debía traducir en poesía sensible, la epopeya de un gran pueblo: los silicios. Pero me fue vedado contar lo que allí pude ver so pena de convertirme en una gran piedra de silicio. Escribí todo lo que pude observar, me puse algo para taparme los oídos e intenté grabar a las sirenas mientras cantaban. Por supuesto que se dieron cuenta y, sin embargo, ese no fue exactamente el castigo que recibí, sino que cantaron tan alto que me aturdieron y quedé imposibilitado para expresarme y comencé a hablar con jitanjáforas.

Al escuchar eso, Constantino comenzó a reír y a recitar sarcásticamente algunos versos del poeta cubano Mariano Brull:

Filiflama alabe cundre ala olalúnea alífera. Al menos tienes que admitir-dijo mientras secaba con el exterior de su mano las gotas de sudor que perlaban su frente- que todo lo de los silicios es falso y que no existe una tierra llamada Silicia, ni hay pruebas de que Sandro Funes haya viajado alguna vez.

-¿Existe alguna prueba de que Dante haya viajado al Infierno? En el medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura-citó Nadith con aquel tono solemne que tanto molestaba a Constantino-No da ninguna pista del lugar, ni lo necesita tampoco, porque es una metáfora…solo deja entrever que, de repente (porque todas las historias tienen un “de repente”), incipit vitam novam (comienza una vida nueva): La historia que merece ser contada. Sin embargo aquel mundo no se limitó a las pruebas y a la verosimilitud. Si así hubiese sucedido no existieran en la literatura pasajes como el de Paolo y Francesca o el castigo de Ugolino. En efecto, el viaje de Dante fue un viaje espiritual, como el viaje de Sandro Funes. En sus memorias también desborda la poesía y es por eso que es un tema excelente para la investigación. Silicia no es exactamente un lugar, más bien es una situación o una conjunción de situaciones, o como dice el mismo Sandro Funes: una metáfora de los sentidos. ¿A quién le importa ahora la situación geográfica del Infierno que describió Dante? Agradecemos que exista y basta, lo que ha inspirado y lo que pudo transformar. Silicia tampoco yace en algún espacio, más bien es un viaje al interior.

-Como La matrix

-Como Kafka en la orilla-dijo Nadith que aún no había abierto el libro que había solicitado. El viaje de la señora Saeki es también un viaje interior, el cual es solo posible porque existe la metáfora. Ella es la prueba en el lenguaje de que en la realidad dos situaciones pueden ser intercambiadas. Para mí el protagonismo lo tiene la música, en tanto es la metáfora más efectiva para representar al deseo. ¿Conoces el pasaje de cómo Ulises se libró de las sirenas y logró continuar su travesía?

-Sí, claro. Es un episodio muy famoso. Le pide a su amigo Euríloco que lo ate al mástil y ordena que toda la tripulación se tape los oídos.

-Justo. Sin embargo Odiseo oye las voces de las sirenas que lo convidan a aproximarse a disfrutar el canto, pero jamás logra estar lo suficientemente cerca gracias a sus amigos. El canto de las sirenas fue interpretado por los helenistas como una alegoría de la tentación que nos hace perder el rumbo. La música persuade sin argumentos, es por eso que ella es la mejor metáfora del deseo, porque este tampoco obedece razones.

– Ya sé lo que me quieres decir-dijo Constantino que parecía haber atraído la lluvia con su alumbramiento-. Estás intentando hacerme creer que la supuesta metamorfosis de Sandro Funes no es más que una metáfora del mito de Ulises atado al mástil. La verdad es que me parece un poco caricaturesco que Sandro Funes termine atado a su taburete. Y que a su hijo no le había sucedido nada porque se había tapado los tímpanos para no escuchar los gritos de su padre enloquecido- Entonces llovió más fuerte.

-Exacto. Por eso quiero que transcribas las jitanjáforas de Sandro Funes que está grabado en ese CD.

Constantino se mudó hacia una mesa que tuviera cerca un tomacorriente para conectar la laptop. Mientras escuchaba el audio, Nadith encontró los pasajes que había soñado, el escudo de las sirenas y un poema épico escrito en dáctilos que comenzaba así: De sábala, sarga, de sábala, capa, Silicia

Constantino divisó una rubia con aritos de ortodoncia frente a su mesa. Nadith no tardó en darse cuenta que en breve se convertiría en una enorme mole de silicio.