A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Sinfonía inconclusa

“Cuando nada pasa, hay un milagro
que no estamos viendo.”

João Guimarães Rosa

“Music is continuous; it only stops when we turn away and stop listening.”

John Cage

 

M. ha muerto y su partida nos obliga a revisitar los universos que creó por medio de su música. Nacido cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial, perteneció a una generación que se sentía parte de un mundo lleno de certezas pero también, paradójicamente, de invitaciones a explorar lo desconocido.

La música llegó a él cuando era apenas un niño. Muchos años después, recordaba cómo esperaba temeroso a que le pusieran la inyección de cierto compuesto vitamínico en el silencio de un dispensario frío. Extendió el brazo, vio cómo una enfermera lo sujetaba a la bracera que partía de un costado de la camilla, y volteó para otro lado. De inmediato sintió el pinchazo en la vena y las manos de su madre mientras lo acariciaban para tranquilizarlo. Después de unos segundos, cerró los ojos y luego sintió que su boca y olfato se llenaban de un miasma metálico. Dijo lo que sentía y quienes lo rodeaban le aseguraron que era normal. “Es la medicina que viaja por tu cuerpo y va llegando a cada rincón. Se te va a pasar pronto”. Fue entonces cuando le pareció escuchar el tránsito de la vitamina desde los anchos ríos de sus venas hasta las pequeñas corrientes circulatorias hasta alcanzar los más distantes vasos capilares. El sonido era líquido, escarlata y férreo al mismo tiempo, y seguía ciclos dominados por la sístole y diástole de su corazón, alojado en las profundidades de su cuerpo joven y endeble.

Poco después, en el jardín de sus abuelos –que después le recordaría el de los Finzi-Contini en la entonces incógnita Ferrara–, percibió el sonido producido por el viento que se colaba entre las frondas; el zumbido de las abejas que buscaban alguna filtración en el estanque; el sordo rumor de la maquinaria en la fábrica contigua. Ese jardín estaba limitado por una pared que con sus manchas insinuaba mundos innumerables, y también servía como caja de resonancia para los sonidos del prado, dándoles mayor volumen pero sobre todo otra dimensión.

Ya adolescente, alguien le hizo escuchar unas grabaciones del canto de las ballenas. Le fascinaron esos ecos llenos de reverberaciones bajo el agua, y le inquietó que parecieran gemidos y susurros amorosos.

Con el tiempo, decidió convertirse en músico y quiso reproducir los sonidos de la naturaleza con instrumentos que se habían fabricado para entretejer frases melódicas y armoniosas. Más tarde, con la ayuda de los avances tecnológicos de su época, creyó descubrir la música interna de las cosas. A partir de ese momento decidió dejar de trabajar con sonidos simulados y se planteó su tarea, no como la de un creador, sino como la de un escucha.

Una tarde vio Il Postino y lo asombró la escena en que el cartero recorre la isla con una vieja grabadora tratando de captar la poesía de las cosas. Intentó entonces, como Mario, grabar el rumor de las estrellas, pero se dio cuenta de que eso es imposible porque está fuera del alcance del corazón humano.

Al fin, con la ayuda de micro sensores, acelerómetros y micrófonos submarinos, consiguió embarcarse en la aventura de captar sonidos imperceptibles, pero llenos de evocaciones, y ponerlos al alcance de la gente. Sus primeras piezas buscan demostrar cómo las cosas murmuran sus ecos silenciosos al unísono con lo que los rodea.

Entre sus obras más celebradas están “El segundo 10-24 de una demolición por explosivos”, “El rodar de una gota por el cuerpo de Helena”, “Los cactus que se hinchan con la primera lluvia del desierto”, “Llegada de la leche a las ubres de una cabra”, “El murmullo de la rotación terrestre cuando arrastra mi casa”, “El zumbido de la nube de espermatozoides que sitia un óvulo”, “La nieve que se compacta en un campo de trigo”, “El crujir de su falda cuando María cruza las piernas”, y una pieza que le fue sugerida por el título de un libro: “El estruendo de las rosas”.

Como sucede con frecuencia, sus obras más populares fueron menospreciadas: los críticos las tacharon de “fáciles” e incluso “populistas”. Dos ejemplos que vienen a la mente son “El girar de los tallos en un campo de girasoles” y “Las mareas de la sangre amplificadas por los dobleces de la concha de un Nautilus”.

M. argumentaba con pasión que sus títulos no eran metafóricos, ni siquiera poéticos, sino –por el contrario– descripciones precisas de los sonidos grabados. No obstante, muchos apreciaban más el aliento lírico de esos títulos que sus despliegues sonoros, muchas veces difíciles de asimilar.

M. murió el día en que quiso grabar el galope de los centípedos sobre la corteza de un árbol. Después de muchos esfuerzos, logró colgarse de un arnés en el dosel del bosque y pudo colocar sus delicadísimos aparatos en diferentes puntos de la enramada. Después de haber captado aquel sonido que, debidamente procesado en el acelerómetro, habría de reproducir la sensación magnífica de los cascos vegetales desbocados sobre la corteza crepitante, se deslizó una correa de su arnés, su cuello quedó atorado en una cuerda y murió ahorcado por su propia ambición. Así fue como su obra póstuma nos transmite el silbido de su último suspiro.

Es memorable el comentario de uno de sus críticos más agudos y difíciles de complacer, quien, fascinado ante esa obra accidental, describió su sonido como el de “las galaxias de arena que se comprimen al retirarse las aguas de una playa soleada a las cinco de la tarde”.

 

Muelle solitario al atardecer

VIAJES

Tomado de A propósito de san Juan y otras miniaturas

El capitán dio la orden. Levaron anclas sin dejar de mirar las cadenas chorreantes; largos trozos de algas lagrimeaban enredados en los eslabones. La tripulación tenía prohibido despedirse. El Golondrina ondeó majestuoso sus velas y, contoneándose, zarpó cuando empezaba la lluvia.

El viejo capitán agitó su pañuelo empapado y luego se alejó tierra adentro, arrastrando los pies cansados en los sucios tablones del muelle.

Laberinto medieval

EL MÁS GRANDE MATADOR DEL MUNDO

Tomado de A propósito de san Juan y otras miniaturas

Desde un principio tuvo la fama segura: toda vez que hollaba el redondel, y en especial cuando blandía el acero, emergían ante su vista alucinada los marmóreos muros del infausto laberinto.

Circe

Los efluvios de Circe

Recordaba haberla conocido como se descubre una obra maestra: un Botticelli de cabellera oscura, pavonado de conchas y colmado de persistencias marinas. Como suele sucederles a los hombres, se enamoró viéndola reaccionar ante las cosas que él le contaba. Cuando la besó por primera vez, sintió que se adentraba en una ciénaga radiante que lo había estado esperando desde el inicio del tiempo. A partir de ese momento, se embelesó con el país inagotable de su cuerpo, y la amó como solo puede amarse un panorama que sentimos nuestro, abierto a la exploración, pero también proclive al reposo. Viendo su rostro, fue testigo del modo en que el amor transforma nuestros ojos, revelando la vulnerabilidad más profunda. Así, se asomó a un abismo que lleva a algunos a la dominación y, a veces, incluso al desprecio.

Poco a poco, insidiosamente, la realidad vino a mezclarse en las charlas y caricias cotidianas. Descubrió sus miedos, sus insatisfacciones, los desórdenes congénitos que perturbaban sus entrañas y descoloraban su buena disposición. Se asomó a la falta de sueño que la invadía por las noches y a las pesadillas que le hacían extrañar el insomnio durante el día. No pudo evitar darse cuenta de que, aun en lo más profundo de esos pantanales, su amor permanecía fijo.

Al cabo de un tiempo, fue ella quien dejó de amarlo, pero no lo abandonó. Seguía abriendo las ventanas para dejar entrar el aire, colgando la ropa interior en el toallero del baño, poniendo a hervir el agua para el té vespertino. Por las tardes, se concentraba en los proyectos que su imaginación le imponía, y en el trabajo que ejecutaba con una pulcritud perfeccionada por el odio. Luego cerraba la puerta de su habitación para tratar de conciliar el sueño, mientras él se empeñaba en imaginarla del otro lado de la puerta. De vez en cuando, le daba el presente magnífico de quedarse dormida entre sus brazos, pues un cansancio misterioso solía invadirla cuando estaba con él.

Un día llegó y puso un pequeño frasco en la repisa junto a la cual se habían besado por primera vez. Volteó a verlo y sus ojos, que ya no mostraban ninguna vulnerabilidad, parecían querer transmitirle algo, pero él no entendió si era una advertencia o simplemente un mandato. Nada cambió, pero a partir de ese momento el frasco y su contenido llenaban la habitación con un palpitar recóndito.

Pronto, se encontró dando vueltas alrededor de la repisa. Tomaba el frasco entre sus manos y sopesaba el contenido, que parecía denso y aceitoso. Luego lo dejaba en su lugar, cuidando supersticiosamente que pareciera que nadie lo había tocado. Sobre los ruidos variopintos del acontecer cotidiano, el frasco se destacaba con un estrépito silencioso que desviaba su atención, normalmente enfocada en los despojos de un amor cuya esencia lo evadía cada vez más.

Ella, por su parte, se iba recogiendo en el interior de sí misma. La imaginaba transitando desnuda por los pasillos de aquello que algunos llamaban el ego, en un esfuerzo por simplificar lo inasible, lo irreparablemente complejo.

Una tarde, mientras ella descansaba del otro lado de la puerta, el gato del vecino se introdujo en la casa, subió a la repisa y estuvo a punto de hacer que el frasco cayera. Él alcanzó a impedirlo, cargó al felino, se quedó con el frasco entre los dedos y fue a sentarse al sillón. Mientras acariciaba la sedosa pelambre, el animal se quedó dormido entre sus brazos. Sintió su respiración acompasada y escuchó el áspero ronronear que sincopaba la herencia de toda una especie.

Entonces, tomó el frasco y de una vez por todas se dispuso a apurar su destino.

Hasta siempre

Poco a poco y despacito. El vidrio tiembla con rumores lejanos y ya ve usted.
Los ojos cansados y un poco tristes escudriñan esa asamblea de imágenes
que murmura del otro lado de la ventana, perturbada por los reflejos
de la habitación. Así son los fantasmas y los perros nocturnos, piensa.

Distracciones del mundo. Entonces, suavemente, unas manos se plantan
sobre sus ojos donde el brillo se empoza. ¿Eres tú?, balbuce.
¿Por qué tanta demora? Un suspiro involuntario le recuerda que detrás
de esos dedos está el único amante capaz de serle fiel a toda prueba.

La tormenta

He esperado veintisiete años por este día. Desde el amanecer oscuro, como si estuviera atardeciendo; desde que el aire violento entró por la ventana y echó abajo las pocas flores del jardín artificial, supe que había llegado. No estoy triste…, algún día todos vamos a morir.

Llevo más de dos décadas pensando en esto y no veo alternativa. No soportaría que enterraran mi cuerpo bajo tierra, y que los gusanos me devoraran ni con la bendición de Dios. No creo en la vida más allá de la muerte, pero este cuerpo pálido, solitario y torpe, ha sido mi residencia por treintaicinco años. Me importa su destino tanto como el mío. Morirá conmigo, al viento. Nos perderemos por algún resquicio de la tormenta y haremos lo que juntos hemos deseado: abandonar este mundo como aves de paso.

Lo siento, huele a polvo. El instante crucial se aproxima. Tiembla la tierra y los animales huyen, saltan, corren, vuelan, gimen. He visto el sol intentar sacar un rayo de esperanza, pero las nubes tenaces se han interpuesto. En el cielo se han dibujado esos colores, el naranja que cae contra el gris profundo. A lo lejos una rapaz vuela, asustada, como una anticipación del fin.

En casa no hay nadie. Se han ido a vacacionar a las playas. A mí el agua de mar ya no me entusiasma. Me he quedado a trabajar en una nueva historia, que será la última. Si no muriera hoy habría, posiblemente, otras historia, pero ya yo no querría contarlas. No me sirve de nada andar contando cosas a gente que de todas formas no entiende.

Desde pequeña sabía que iba a morir en la tormenta. No se puede haber nacido en una región como esta y morir, por ejemplo, de enfisema pulmonar o diabetes. El día que llegué a la vida hubo uno de los peores vendavales del siglo. Nací en un sótano porque a mi madre se le presentaron los dolores cuando era imposible salir de casa o llamar a un médico. Era tan poderosa aquella tempestad, que dio a luz antes de que el castigo hubiera terminado.

Los nativos de este suelo creen que tenemos una maldición que viene de nuestros ancestros. Según cuentan, desafiaron a los dioses para vivir en una región baldía porque se hartaron de un peregrinaje de centurias, donde muchos quedaron al borde de un camino que no existía. Un día ya no pudieron caminar, y contra los designios divinos plantaron su pueblo en este piso yermo donde no crecía nada, y se pusieron a invocar deidades ajenas para que cayera agua del cielo. Tal fue la respuesta, que desde entonces no para de llover. La tierra impregnada hasta el tuétano es tan infértil como la desértica que encontraron. Pero ni la razón ni las fuerzas les alcanzaron para optar nuevamente por el andar.

La muerte por acá no es tan terrible como parece. No cuando sucede a una vida mordaz y gris como el cielo que observo. Cuando regresen, y los que ya se guardaron en los refugios salgan de sus madrigueras, yo ya no estaré; acaso mi historia, si no se vuela fortuitamente. No importa, escribo solo por esa necesidad soberbia de no quedar muda, de decir la última palabra, aunque no sea la última.

He hecho todo lo que he querido o lo que he podido. Jugué de pequeña con las niñas en el refugio. Viví bajo y sobre la tierra estéril. He cantado alguna vez, y mis historias han sido leídas por este pueblo olvidado. He alcanzado toda la fama que me estaba permitida. Vi nacer una flor en el patio de casa, milagro inconmensurable en piso que no da más que polvo y sangre. Reí cuando conocí el mar, y comprendí que era prisionera de mis predios vacíos. Fui testigo de más tormentas de las que ningún humano haya visto jamás. Casi tuve un hijo, que murió en mis entrañas antes de tener cerebro y corazón. No quiso mi naturaleza hostil que naciera. Bailé un son una noche, sin saber bailarlo, cuando alguien trajo por azar un equipo para reproducir música. He olido una y mil veces el aroma impetuoso de la lluvia donde he de perderme. Sus gotas han bañado mi cuerpo anémico de sol y mi rostro confundido con las lágrimas de mis antepasados peregrinos. He visto un ave volar, migrando a mejores paraísos, y atravesar el firmamento abarrotado de esos pequeños y brillante puntos de luz que llegan con la calma. El viento me ha arrastrado como una hoja de los árboles que nunca tuvimos, y ha jugado conmigo como un animal abandonado. He sido parte de esta naturaleza muerta, de este cuadro bello que quedará para la posteridad en la pared de algún coleccionista enamorado de parajes imposibles.

Termino mi café, mientras el torbellino en el que he de partir se acerca. Espero el instante crucial en que la tormenta rodee y pueda, dentro de su ojo, caminar plácidamente hasta sus ruinas. Mientras llega ese minuto perentorio, estaré frente al vidrio, dejando unas palabras de más o de menos en este papel donde ya las letras se van desdibujando. Cuando esté lista, caminaré hacia el gris en tonos revueltos del tornado, y me dejaré llevar, otra vez como hoja, como grano de polen, a vivir la vida que ya no existe. Si un águila cruza el atardecer en medio de las gotas pesadas, y es batuqueada por el viento, nadie crea que fue un pájaro de mal agüero; he sido yo que logré la libertad.

Me despido; dejo mis últimas cartas para que mi familia tenga su duelo. Me enrumbo a mi viaje, porque la calma, el centro de todo, el ojo del huracán, ha tocado a mi puerta.

Terremoto

Desde que llegué a este país supe que nos tocaría un gran terremoto. Vivía con el miedo invisible. Por eso me asustaba cada vez que temblaba lo más mínimo.

Pasaron cuarenta años de aquél sismo que se llevó la ciudad y dejó miles de muertos a la orilla, comprimidos por las piedras. Lo sé por las historias que recuerda la gente cada vez que se mueve la tierra.

El primer sismo que viví estaba en un cuarto de hotel con un amante. Ni notamos que el mundo se movía alrededor nuestro hasta que sonaron las alarmas. Para entonces ya había pasado y, por suerte, no hubo daños humanos.

Daños humanos es una frase aterradora. Significa muerte. Un día puedo ser la víctima de un daño humano. O, alguien a quien quiero.

Desde que estoy aquí he vivido varios temblores. Los primeros pasaron tan rápido que no tuve tiempo de asustarme. Pero el de 7,3 grados me dejó paralizada sobre una pared de la oficina. ¡Fue eterno! Ahí empezó la taquicardia, que ahora siempre regresa. El corazón me late tan a prisa que se escucha en varias cuadras a la redonda. La gente se asusta, además de con el sismo, con mis patéticas pulsaciones.

Hace unos días, estaba en una conferencia en un edifico antiguo y magnífico, de esos que se hunden en la historia: altos pisos, columnas imponentes. Las alarmas sonaron segundos antes de que empezara a moverse todo. Estábamos en alto y nos recomendaron quedarnos. Nos atrincheramos bajo una vieja mesa de madera gruesa. Solo pensaba: que no se caiga, por Dios, que no se caiga. Se escuchaban silbatos afuera y el susurro de la urbe tiritando. Me recorría la angustia de saber que alguien va a morir, quizás yo.

Pasados segundos, minutos, llegó protección civil. Debíamos evacuar el edificio antes de las réplicas. Tuve que esforzarme en regresar los intestinos a su lugar. Descendimos las regias escaleras de mármol roto, desgajado y moribundo. Bajamos en silencio, solidarios, cediendo el paso como en una marcha fúnebre. Trataba de comunicarme con mi familia. Los dedos no se movían o las teclas no respondían a los dedos.

Al pasar por un boquete de mármol abierto, vigas afuera y pared a punto de desmembrarse, salió mi madre. No quería que se fuera de la línea. El abismo bajo mis pies, con medios trozos de escalones, mostraba la dimensión de la catástrofe. Pasaron segundos eternos hasta el final del laberinto de escombros.

—Mamá, ¿están bien?

—Sí hija ¿y tú?

Mi casa es tan vieja como aquella humanidad revuelta, supurante, que descendía a las calles con el terror en los ojos. Alguien anunciaba que varios edificios habían colapsado. “Me cago en Dios”, dije recordando a mi abuelo que lo maldecía cada vez que nos hacía una trastada. No sé cómo esa casa no se había venido abajo. Esa casa que nos ha acompañado en este peregrinaje, a veces horrendo, que es la vida, desde muy distantes generaciones. Ha cruzado el mar y el tiempo hasta nuestra infinitud.

— De tu hermano no sé nada. Estaba en la universidad. Dijo mi madre

Prometí averiguar y llegar cuanto antes. Intenté comunicarlo. El corazón me retumbaba. Debía alejarme antes de que la gente pensaran que iba a sucederme algo, o confundieran mis estremecimientos con réplicas del terremoto.

Mi hermano estudiaba en la Universidad Central, que se había postrado sobre sus cimientos. Me aterraba que mis padres lo supieran. Corrí varios kilómetros hasta la casa. No se había desprendido ni una pestaña de aquella construcción antiquísima. ¡Qué raro mundo!, pensé, y subí las escaleras a zancadas con el último aliento.

La angustia de no saber de mi hermano me atrincheró en una esquina del balcón, desde donde vigilaba las calles contiguas. Me pegué el teléfono a la oreja y marqué hasta el tedio, hasta el calambre, como un acto mecánico al que me iba acostumbrando. Fumaba un cigarro tras otro y la taquicardia no cedía. El suelo de losetas se sometía a mis ronquidos, y mis padres lo soportaban sin hablar.

Vi ruinas de viejas localidades circundantes y pensé en ayudar. Mas, la ausencia de mi hermano me había apuntalado en aquel balcón. Demasiados pensamientos huecos flotaban en el aire removidos por la fuerza de mis movimientos cardiacos.

El viejo cucu del abuelo dio las 12 de la noche. Y no llegó. Y las 12 de la noche siguiente. Y otra vez. Y otra más. Me sentía culpable por haberlo traído. En mi tierra no hay estos peligros. Hay huracanes y carencias, pero no matan. ¡Tan joven mi hermano, cómo pudo hacernos esto!, pensaba, y las lágrimas se me secaban al borde de los ojos, por la brisa nocturna, antes de que pudieran correr.

¿Por qué no fui a buscarlo? Me aterraba ese amasijo de piedras y brazos y cabezas y pies enterrados. No soy tan fuerte. Y luego está esta jodida taquicardia. Además, tenía la furtiva ilusión de verlo llegar.

Al amanecer del quinto día, volvió. Las pulsaciones se detuvieron. La angustia se transformó en odio. ¿Cómo no nos había avisado?  Estaba segura de que había muerto. ¿Cómo me hace sufrir cuando sabe que me siento responsable de sus vidas en este sitio que se mueve y mata?

Cerró la puerta detrás de sus pisadas y dijo:

— La universidad se cayó, no quedó un ladrillo en pie.

Me levanté de mi suplicio y fui hasta donde estaba, polvoriento y exhausto. Lo abracé intensamente. Luego de mirarlo unos segundos para comprobar que no le faltaba nada, lo abofeteé tan fuerte como pude y salí a la calle.

Después supe que él sí estaba en las labores de rescate. Habrá que mudarse, pensé mirando el sol por primera vez en tantos días. Las lágrimas, por fin, se escurrieron hasta la blusa de cuadros que traía desde hacía casi una semana.

 

 

La biblioteca de Babel

Inmortal hasta la inmortalidad

 

Tenía todos sus libros, que había acumulado con paciencia inconmovible hasta la inmortalidad… la de los libros y la propia. Una biblioteca, solo comparable a escasas e internacionales bibliotecas declaradas patrimonios culturales, hecha por ella, donde fue cerrando cada huequito, que al principio eran inmensos abismos, con conocimiento humano suficiente para varias posteridades. Una biblioteca ordenada y catalogada alfabéticamente por títulos, subtítulos, fechas, días, horas, autores, edades de estos últimos, géneros, subgéneros y subsubgéneros, países, ciudades, capitales, pueblitos, rincones, instantes, etcétera. Un libro podía responder a la siguiente reseña: Con los ojos abiertos, Juan Lucio De Oranda (a los 27 años), hijo de Francis Lucio y Antonia De Oranda, América del Sur, Estado Plurinacional de Bolivia, Sucre, Santa Cruz de la Sierra, orillas del Piraí. Comprado en República Oriental del Uruguay, Punta del Este, Río de la Plata, Cono Sur de América, encuentro con amigos, 1967. Género novela, ficción dramática, familiar, lucha de castas; modernismo. Estaba en la tercera fila de exhibición de la vidriera de una ya extinta librería (Leer en el río de la Plata) cuando lo divisé por vez primera.

Otros llevaban reseñas de varias páginas, en dependencia de la historia de la obra, su autor y la que ella misma hubiera vivido antes de conseguir el libro en cuestión y llevarlo a su rincón designado. Así era de impecable, desde que en 1936, a los 12 años, decidiera que su obra para el porvenir sería una biblioteca como ojos humanos nunca hubieran visto.

Anaqueles y anaqueles se levantaban desde el suelo hasta siete pisos de altura, de unos cuatro metros cada uno, en un espacio de 300 metros cuadrados. Cuando en el albor de la adolescencia sus padres murieron en un accidente de tráfico, dejándola sola en sitio distante de casa, y con un una pequeña fortuna que solo podría gastar en aquel pueblo entre montañas, Elisabeth supo que allí echaría raíces y que su legado sería el altar de millones de libros que ahora admiraba, triste, desde una tumbona en medio del recinto de la planta baja.

Los pisos los había ido construyendo con el paso de los años. La ayudaba un arquitecto que, alguna vez, cuando era joven, fue su amante, y que ya estaba a punto de morir. La última vez que la visitó, Elisabeth analizó con él la posibilidad de levantar otro piso, porque el futuro se acercaba tremebundo, pero su amigo la desanimó, explicándole que la estructura base ya no aguantaría un ladrillo más. La fuerza de toneladas de libros podría resquebrajar las paredes de piedra y concreto, y rasgarlas como pedazos de papel. Analogía que a ella le pareció oportuna, y que la dejó ensimismada por varios días. ¿Qué haría cuando se le acabaran los espacios? Por fortuna cada vez traía menos libros; sus fuerzas ya no le daban para andar trotando el mundo en busca de especies publicadas y en peligro de extinción, como fuera antaño y durante su verdor y madurez.

La construcción fue hecha de manera que desde el primer piso uno pudiera mirar hacia arriba y ver las paredes forradas de libros, como plaga adherida a la piedra carcomida. Los de más arriba, vistos de la base, eran como hormigas, como se ve la gente cuando miras desde el cielo. Allí tirada, Elisabeth observaba con la boca abierta, cuando sonó la soberana puerta de caoba que daba entrada al recinto de la sensatez.

Se levantó con la dificultad de sus 90 años, y abrió la portezuela pequeña, forjada en madera también, dentro de la entrada mayor. Era Albacio, el cartero. Traía siete ejemplares nuevos que ella había encargado y que ya tenía catalogados para ubicar, uno en cada piso. Pensaba que así se demoraría más en ocupar los lugares que aún quedaban vacíos. No explico cuáles eran los libros, puesto que no acabaríamos nunca y a esta altura, ya resulta intrascendente. Albacio traía también una bolsa llena de cartas que recibía cada mes, provenientes de apartadas esquinas del planeta, desde que su biblioteca había salido en periódicos y sitios digitales de los más importantes medios, que pretendían homenajear la ilustración, desde sus exangües trincheras, sin que prácticamente nadie accediera a ella. Cincuenta y seis cartas, contó Elisabeth ante la desesperación de Albacio, que tenía otros muchos encargos aquella mañana y moría de ganas de correr de aquel templo extraviado.

En los últimos años, la única compañía que tenía era la breve presencia del cartero una mañana de cada principio de mes, y la demoraba todo lo posible, pese a la evidencia de que a Albacio, Elisabeth y sus libros le provocaban cierto terror.

Cuando eran mozos los dos, Albacio solía entrar un rato y terminaban haciendo el amor contra algún rincón de libros pendientes de catalogar. Pero Elisabeth ya no era una mujer deseable, a excepción de su enciclopedismo, que abrumaba al más católico. Sin embargo, su voracidad por la carne humana no había mermado más que por la austeridad de sus años. Para sus antiguos amantes, Elisabeth era una vieja enajenada con la inmortalidad. Pensaba que la trascendencia de las obras que había logrado amontonar la hacían imperecedera a ella. La muerte de sus padres, de su única familia, a los 12 años, la arrojó a una búsqueda desaforada de la perdurabilidad, que creía encontrada junto a los interminables batallones de obras. Pero una vida de trascendencia conlleva una existencia de soledad.

Entre 7 millones 987 mil 435 libros, más los siete que llegarían esa mañana, Elisabeth se sentía tan sola como cuando vinieron a avisarle, varias décadas atrás, que había quedado huérfana. Ya no tenía ánimos para las traducciones y ediciones con las que se ganó la vida y armó la gran biblioteca. Ahora se gastaba lo poco que quedaba de la fortuna dejada por sus progenitores, a la espera de que llegara un hombre rico, que admirara la obra coleccionada y la exánime belleza de una hija legítima de las tierras del Caribe, extraviada entre las montañas europeas por demasiados lustros. Pero su deslumbramiento por ese destino quimérico era simple desvarío, del tiempo y la soledad, porque en toda su vida, nunca un hombre así tocó a la puerta. Mas como Elisabeth aguardaba la eternidad, este era solamente un período de la infinita vida, y se sentó a esperarla con la misma paciencia con que logró armar el templo a lo largo de ochenta años.

Mientras, cada mañana se tumbaba a ver el paraíso vasto de los libros, y con ojos vacíos, su pensamiento se largaba a las manos de algún amante pasado.

Los libros la acompañaban, sí, la llenaban de sabiduría ajena, de poesía, de romance, de historias de amor y de guerra, de llantos, de emociones que no eran, en ningún caso, sus emociones. Las cuencas de sus ojos se quedaban entonces huecas. En la piel sentía el roce de unas manos de hombre, que le bajaban por la espalda y se metían en su culo arrugado, y se removían dentro de ella hasta hacer retumbar los anaqueles de puro grito y placer. La boca soñada mordía sus pezones, hambrienta, y el falo se clavaba entre sus piernas envejecidas, que ella apretaba para que no pudiera huir de ahí ni después de los orgasmos. Las manos fuertes la volvían un ovillo de huesos y pellejo, y era penetrada en posición fetal, cuando sus efluvios de toda la vida se escapaban de sus orificios hasta la lona de la tumbona, y encharcaban el laminado del piso debajo de ella. Las mordidas iban recorriendo en círculos su cuerpo, desde su columna vertebral hasta sus nalgas descarnadas; luego subían por las ingles, el sexo inodoro ya, donde se detenían largo rato en busca de nuevas elucubraciones; para subir después por el ombligo, el abdomen demolido por los años, los senos como frutos podridos, las clavículas ahuecadas y sudorosas, el cuello desvencijado, y otra vez la columna que soportaba aquella humanidad de 1, 65 de estatura, que ahora apenas se erguía por encima del 1,30.

En esas estaba Elisabeth cuando el cartero había tocado a la puerta. En sus ojos, Albacio vio la caída de las ilusiones, pero no dijo nada. Solo quería escapar lo más rápido posible. Nadie quería ser testigo final de una vida que se creía condenada al tiempo del Universo. Cuando ella cerró la puerta y arengó hacia adentro con los siete tomos y la bolsa de 56 cartas, se sentía sin fuerzas ya. Se tiró nuevamente en su tumbona humedecida por el delirio, pensando descansar un rato, antes de comenzar a ubicar los libros. Lo único que no pasó por su cabeza, al cerrar los ojos, es que se iba a morir.

Una semana después, los vecinos, preocupados por no haber escuchado las escaleras rodantes contra los anaqueles en mucho tiempo -estruendo que despertaba al pueblo en las mañanas, antes de las campanadas de la iglesia, y que habían asimilado como parte del folclor de aquella isleña sin suerte-, llamaron al alguacil. Necesitaron un escuadrón de la policía local para abrir los pórticos de la enorme biblioteca, que no habían sido separados en años. Los libros y las cartas seguían en el suelo, y los despojos de Elisabeth se habían consumido de tal forma en la butaca, que podían llevarse entre los brazos, como un niño recién nacido. No había nota de despedida, ni olor a lágrimas entre las cobijas, ni testamento, ni nada que no fueran los 7 millones 987 mil 435 libros, la tumbona, los huesos rotos de Elisabeth y cierto olor de las sustancias usadas para conservar en buen estado la biblioteca.

Los principales diarios del orbe rondaron los aposentos abiertos al público durante unos días, por orden del gobierno municipal, a la espera de decidir qué se haría con aquel museo inconmensurable. En todos los titulares fue publicada la misma frase: Último adiós a una mujer inmortal. Con el tiempo los libros fueron archivados en bibliotecas de cada país, ciudad, aldea o caserío de donde habían provenido. Así fue como pasó a la historia el nombre de Elisabeth con el patronímico de “Una mujer inmortal”. El fin esencial de su existencia había sido respetado. Sus cenizas permanecieron en aquella cordillera, en aquel pueblito de los Montes de Toledo o de los Alpes Albaneses; ya nadie se acuerda bien dónde.

El taxista y el pajarito

Una mañana cualquiera en el DF.
El tráfico estaba hasta el borde: el borde del abismo, el borde de las circunstancias, el borde de los nervios. Yo tenía que llegar a ese evento en menos de una hora, y ya estaba abusando de la flexibilidad de ciertos horarios en esta ciudad.
– ¿Nos vamos por el camino tradicional, señorita?; me preguntó el taxista. – Pues sí, ni modo; respondí.
-Y es que en esta ciudad ya nunca se sabe con el tráfico, ya no hay días mejores ni horas pico ni quincenas, siempre está hasta la m…. Solo los viernes de quincena, puente, marchas, plantones y aguaceros son la excepción, porque esos días es sencillamente intransitable. -Si, ya ve usted, señorita…, y es que uno que trabaja en este negocio, para qué le cuento: ya no hay zonas malas y buenas. Ya donde quiera está así…
Por esa línea iba nuestra conversación al principio, casi la misma que sigues cuando te das cuenta de que vas a pasar la próxima hora de tu vida con ese taxista, no te trajiste un libro para leer y más te vale conversar para que no te robe. Porque la verdad ya tampoco importa si pediste el taxi al sitio, a la aplicación o lo tomaste en la calle. Todos cobran tarifa “preferencial” y en cualquiera te sientes un poco insegura.
Pero en los primeros quince minutos pasó algo inesperado. Estábamos en una avenida grande, con el embotellamiento hasta el cuello, cuando el taxista se bajó del carro para ver algo. Lo único que me falta es que se descomponga esto justo ahora y aquí, pensé. Pero el taxista regresó al auto con un pajarito en la mano, amarillo, menudo, frágil, y si no lastimado, evidentemente trastornado. Lo dejó sobre el asiento del copiloto, y para cuando me asomé a ver, ya no estaba. Anduvo unos minutos aleteando por debajo de los asientos hasta que logré atraparlo.
El pajarito fue nuestro siguiente tema de plática obligatoria. Le conté al taxista cuando era niña en la isla, y después de cada ciclón el viejo nos llevaba a mi hermano y a mí a recoger gorriones y nidos de gorriones caídos de los árboles. Los cuidábamos unos días en casa, y algunos se recuperaban y regresaban al vuelo, apresurados.
Yo me sentía un poco mejor, porque supuse que le estaba salvando la vida al animalito, y por otro lado había una especie de sensibilidad rara en mi taxista, que había rescatado al ave de una muerte segura por apachurramiento.
De ahí saltamos a los temas de rigor, esas preguntas que todos me quieren hacer, conocidos y desconocidos: – ¿Y de dónde eres? – ¿Y desde cuándo estás en México? -¿Te gusta? (La peor de todas, porque o das una respuesta muy sencilla, o te complicas la existencia tratando de explicar de qué manera te gusta esta locura de metrópolis). – ¿Y a qué te dedicas? – ¿Y…, seguro estás casada?, -¿Cómo soltera? -¿Y no te tiran los perros?… Ya para este punto de la conversación el pajarito había recostado pico y cabeza sobre mi dedo índice y se estaba quedando dormido, en una imagen de ternura que contrastaba con el ambiente, y que nos conmovió a ambos, o eso creo.
Aproveché el hecho para cambiar el curso de la plática. – Mira, se siente confortado y creo que se está durmiendo. El taxista sonrió. -Ya tienes algo de qué escribir hoy, me dijo; como si yo no tuviera nada que hacer en todo el maldito día…
Después aquel intercambio recorrió caminos escabrosos. Me contó de la vida en las colonias en las que había vivido, de todo eso que sabemos que convive en nuestra urbe con los pajaritos caídos de los árboles o escapados de las jaulas, y que perdonarán que no detalle en estas líneas, por cuestiones de seguridad. Dio tiempo para más de una anécdota y un espanto mío. En algún momento, desde el interrogatorio, aquel taxista me había causado temor. Y en mi cabeza pasaban mil ideas por segundo: que ya estaba tarde para la conferencia a la que debía asistir; que si algo pasaba con el taxista tendría que sacrificar la seguridad del pajarito entre mis manos por la mía; que iba a tener que cambiar mis métodos cordiales con algunas personas, porque exageraban la confianza; que no le había enviado no sé qué información al editor web; que ahora no podría hacerlo porque tenía las manos ocupadas, con el pajarito…
Así, cuando llegué a mi destino, veinte minutos tarde y una hora y media después de haberme dispuesto a salir de casa, ya estaba agotada, preocupada, un poco molesta. Pero el taxista me dijo que le había gustado mucho hablar conmigo, me cobró un dineral, y le pasé la custodia del pajarito que prometió cuidar hasta que pudiera volar, porque en una jaula no valía la pena… entonces me pasó por la cabeza que lo iba a encarcelar, pero igual le habíamos salvado la vida, pensé para consolarme y me fui tratando de imaginar al ave en la rama…

El conejo y el león, Augusto Monterroso

LLevo años tratando de escribir un cuento como aquel de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el donosaurio todavía estaba allí”. No lo he logrado, porque no cualquiera puede escribir cuentos como los de este escritor hondureño-guatemalteco. Hoy me llegó como recomendación de Ciudad Seva otro de sus cuentos, y me pareció genial para empezar un miércoles. Se los comparto, pues. 

El conejo y el León

Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no solo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

Ver original en:

http://ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/el_conejo_y_el_leon.htm