A 4 manos

Canticle of Saint Eulalia oil on canvas, 20 x 16 in, 2014

T i h t c h e v

Recibió el segundo bolígrafo a vuelta de correos. Había ordenado solo uno. Su primer pensamiento fue devolverlo, pero recordó un par de ocasiones anteriores cuando, frustrado ante una situación similar con la mercancía recibida, intentó devolverla. Deliberadamente extrajo el bolígrafo y escondió el envoltorio entre los restos de comida y envases de cartón estrujados en la basura: le avergonzaba que su esposa supiese que había robado.

Colocó el objeto junto al otro y prosiguió con su día. En la noche creyó ver a los pies de su cama una figura tensa y encorvada que se inclinaba para mirarlo. Se incorporó de súbito. Allí no había nadie. Lo único tangible era la queda respiración de su esposa. Volvió a acostarse y, con la intranquilidad que sigue a las pesadillas, se durmió.

Al día siguiente le era imposible concentrarse en lo que hacía; caminaba de aquí para allá, farfullando en voz baja, convenciéndose de la realidad de aquella visita. Creía conocer el rostro azafrán que lo había estado espiando en la penumbra y que huyó cuando él se incorporó asustado.

A los sobresaltos de su trabajo —era columnista en el periódico de su ciudad— se sumaba este último. Durante la cena apenas habló, ofuscado en recordar el origen del rostro. Tenía la seguridad de haber visto esa faz no una, sino varias veces. Por algún motivo la asociaba con las matemáticas o al menos con el mundo de las cuentas: había en su rostro una cifra, aun cuando no podía aseverar si tatuada o tan solo un número destacado, tal vez en un gorro; estaba seguro de esto, o pensaba que lo estaba, o le tranquilizaba pretenderlo.

La esposa recogió los platos y echó los restos de comida en la basura. Mirándola, le cruzó una idea absurda. Esperó a que ella saliera a fumar y entonces hurgó en el cesto de los desperdicios. Involuntariamente pensó en las heces de su perro cada mañana, cuando lo sacaba a caminar, y se dio cuenta de que le era más fácil registrar entre los despojos si se miraba a sí mismo desde fuera, intentando no reparar en su situación.

Le acometió un revolverse de tripas cuando el otro, con objetiva frialdad, hundió los dedos en la podredumbre. Adivinó un hueso de pollo intacto ahogado en un nudo de fideos; cáscaras de naranja a medio fermentar; raspas de huevos rellenas de un fango de borras de café, frijoles, arroz y pellejos de tomates pisoteados bajo el peso acumulado en el diario desahogar de los platos; servilletas aún enteras que obstaculizaban el paso de los dedos en la informe topografía contenida en el cesto plástico. No acababa de dar con el sobre, cuando creyó palpar algo. Contuvo la respiración, como si temiera deshacerlo a un mínimo movimiento de los dedos, y lo extrajo con recelo quirúrgico: tan solo un trozo de papel amarillo con su nombre y las primeras dos palabras de la dirección postal. Buscó con ansiedad y sacó un pedazo más pequeño que se deshizo en el acto. Desenterró la mano.

El envoltorio había dejado de ser. A lo mejor nunca había sido, pretendió con fingida resolución frente al espejo, mientras se lavaba las manos, intentando no pensar en el segundo bolígrafo. La sola visualización del objeto le negaba la consoladora mentira. Era solo un bolígrafo, ¿a qué, pues, tanta intranquilidad? De repente recordó que el rostro tenía barba; lo recordó, sí, aunque fuera solo el mentón poblado por una barba corta y cerrada que ascendía hasta las patillas. Una barba oscura, no amarilla. Aunque le parecía amarilla. Se secó las manos y pasó el resto de la noche perseguido por el nuevo atisbo. Solo logró dormir luego de darse cuenta de que involuntariamente esperaba volver a verlo.

Lo vio en el patio, a la mañana siguiente, mientras cortaba tomates, y fue una visión tan fugaz como la que le había precedido treinta y tres horas antes, aunque esta vez le bastó para corroborar el color de la barba —¿por qué le seguía pareciendo amarilla?— y unos ojos —¿amarillos?— que lo miraban con severidad.

Tuvo la impresión de que el hombre iba a pegarle: tenía algo en las manos y lo abalanzaba —o parecía hacerlo— hacia él. Los tomates cayeron al suelo. El no hizo por recogerlos. Continuaba mirando el vacío donde había creído verlo, moviendo los labios como si dialogara consigo mismo. Involuntariamente tanteó el bolígrafo en su bolsillo junto a la libreta de notas; fue consciente de que debía terminar un artículo para la semana entrante, pero desde hacía dos días no le era posible escribir una palabra.

Entró a la casa y fue directo al cuarto. Sacó el bolígrafo de la gaveta, lo destrozó y lo tiró al cesto de papeles como quien arroja lejos una maldición. Su mujer lo llamaba desde la entrada de la casa; tenía en sus manos un sobre de correos y se disculpaba por haberlo abierto, puesto que era una carta dirigida a él donde se excusaban por el envío de un producto y solicitaban su devolución. La mujer le extendió el sobre. Él no la escuchaba. Miraba el rectángulo amarillo que ella le ofrecía. La estampilla azafrán apenas se destacaba sobre el papel, rematada por un cuño. Sus ojos la enfocaban, agrandándola; el sobre se ensanchaba en la medida que sus cuatro lados crecían.

La estampilla alcanzó el tamaño de una persona parada frente a él. El grabado representaba un hombre sentado, de mirada severa y barba corta y tupida; sostenía un violoncello entre sus piernas; no tocaba: lo miraba desde el papel. Enmarcadas en el grabado aparecían estas palabras:

In Memoriam Biser Tihtchev, (1938-2001) cellist,75 ¢, Bulgaria.

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Leonardo Cuervo-pintor

Leonardo Cuervo es un pintor de realismo fantástico interesado en explorar la figura humana y sacar a relucir su lado inquietante. Su trabajo está impregnado de todo lo fantástico y esotérico, haciéndonos alejarnos de la realidad de la sociedad para explorar el mundo irreal en nuestra imaginación y luego, sutilmente, traernos de regreso. En palabras de Artillery Magazine, “inusual y provocativo en estilo, la habilidad técnica de Cuervo en el realismo también es exquisita”.

Para conocer su obra visita:

https://www.leonardocuervo.com/

Eliseo Alberto Diego -Lichi-

EL HOMBRE QUE LLORABA

Lloraba y lloraba, toda la tristeza del mundo se acumuló en sus ojos. Murió antes de haber muerto. De pena.

Comenzó a chocar con las paredes y con las hojas de papel en las que aún intentaba escribir la historia que lo llevaría a la posteridad. Ansiaba la vida después de la muerte, aunque él no estuviera.

Tropezaba las palabras, descomponía los sintagmas y estaba desgastado por el vicio de la nostalgia.

Lloraba sin quererlo, y sin quererlo expresaba la hondura de una soledad que solo fue superada por la soledad del poeta, su padre. Tenía el don, pero le faltaría tiempo.

Cocinaba para que lo quisieran, pero escribía para quererse él. Fabulaba las historias como quien cuece panecillos. Vivió todas las vidas del emigrante, murió en todas ellas. Se peleó con la Muerte a muerte, y perdió.

Llorar lo hacía sentirse vulnerable, y se negaba la fragilidad. Era un apóstata de la ternura, pero la practicaba a escondidas, en silencio, en tinta negra. Jamás hubiera perdido la oportunidad de conquistar.

El hombre que lloraba padeció un enfisema pulmonar, aunque nunca fumó. Había comido demasiado, tal vez, y había bebido. Voló de un país a otro, desasosegado, buscando la cura. Se le pudrió un riñón. Se le fermentó la culpa entre las manos.

El día que lo fueron a trasplantar, mientras los tejidos de su cuerpo se iban sumiendo en el sopor de la anestesia, los miserables personajes de sus novelas comenzaron a saltar sobre la mesa camilla. Miniaturas visibles, al parecer, solo para su creador. Fue el temido final que debía liberarlo del llanto.

Lo lincharon, le echaron en cara las penurias de un siglo que el autor sufrió antes de crearlos, por su propia cuenta. No le perdonaron algunas víctimas brutales. Cuestionaron el carácter del hombre para asumir sus destinos. Hurgaron en la realidad y en la irrealidad, y más tarde, en los fondos de tan renombrada nostalgia. No encontraron nada. En lo hondo había un hoyo enorme, un agujero negro. Custodiaba un enano negro. Sus personajes, que él pretendió entrañables, creyeron que aquel enano significaba algo. Por ejemplo, que incluso un enano negro en el agujero negro era un símbolo de ternura.

Cuando lo llevaban al salón de operaciones, las enfermeras que lo recibirían sintieron un temblor de pies. Se tocaron los tobillos con las manos, asustadas y, por unos segundos, perdieron de vista el objeto de su trabajo, un riñón estropeado. El hombre corrió sin mirar atrás. Le palpitaban las córneas en los ojos, siempre anegados, pero al límite de un largo pasillo, cayó de rodillas y luego se hizo bolita, como un feto que regresa a la semilla. Su más famoso personaje, el León de la Metro Goldwyn Mayer, le había dado una estoqueada fatal en el hueco del corazón donde, en un tiempo, escondía bailarinas.

Hoy es el fantasma que llora, que llevó la tristeza a la muerte. Es la posteridad.

Nota de la autora: Del libro de cuentos inédito: La maga del canal. En homenaje a Eliseo Alberto Diego, Lichi, que hoy cumpliría 70 años.

La última y nos vamos

–Deja de llorar, cabrón. 

–Te juro que no lo vuelvo a hacer.

–¿Cómo dijiste? 

–Le juro que no la vuelvo a tocar. 

–Si ya sabías, para qué andas jugándole al bravito, chamaco pendejo. Ahora te va a cargar la chingada a menos que mi patrón se apiade de tu voz. 

Pollito es o era, hasta este momento, un fiel creyente de que si tocaba y cantaba en los podridos congales del pueblo podría salir de aquí. Lo creía hace un mes cuando por interpretar toda la noche le regalaron unos zapatos casi descalzos, pero útiles para vender los viejos. También lo creyó hace una semana cuando juntó lo suficiente para mandar a su mamá lejos. Incluso hace minutos, cuando mi patrón, el dueño del pueblo le pidió que cantara para él. 

Al morrito todos lo conocen, vino de madera dura, esa que sólo el fuego es capaz de sofocar, y aunque ahora no queda más que el cedro de su guitarra, ha sabido usarla a su favor. No la trata tan bien como uno quisiera, pero ese vozarrón le ayuda a disimular su rasgueo tardío y desafinado con notas que enchinan la piel, y hace llorar a más de un macho borracho.

Me parece triste verlo aquí, y peor verlo arrodillado a su edad. Es una mierda, no dejo de pensar. Si lo veo, me mira como un cachorro que sueña con echarse a correr, pero la realidad es que al escuchar la puerta, se esconde aterrado tras las seis cuerdas que lo destinaron a su muerte. 

Al pasar de varias botellas la puerta se abre y la sombra que ha hecho del pueblo una tormenta se acerca y se acomoda sobre la mesa de aluminio, a un lado de su .45 preparada para su liberación. Pollito no sabía de muchas cosas. En la escuela duró poco menos que nada y los escasos libros en su casa servían para nivelar el decadente sillón de la sala. Pero lo que sí conocía muy bien era el nombre de esa pistola. Toda su infancia la había escuchado en canciones que oía su padre y que ahora él recitaba por hambre. 

–¿Sabes cuántos pendejos me han dedicado esa canción? ¡Contesta chingao!

–No. 

–Muchísimos. Un chingo pa’ que te quede claro… ¿Y sabes cuántos siguen vivos?

–No. 

–Ni uno. A todos ellos ya se los llevo la flaca, y por lo visto, tú serás el siguiente… Chíngatelo. 

Uno creería: esto es una injusticia para Pollito, la vida no le regaló el tiempo para que su sentido común o su madurez llegaran a advertirle de no tocar esa canción, pero sinceramente, aquí el jodido soy yo. Yo no elegí este trabajo ni este patrón; tampoco el congal ni la hora para venir; yo no elegí esa canción y mucho menos a este jodido cantor; sin embargo, por su culpa, ahora tengo que jalarle el gatillo para que en los segundos que logre seguir respirando, comprenda que la música responde a algo más que una letra o un son. A la memoria de los que nos quedamos sin corazón. 

Si uno tiene una .45 cargada, todo puede ponerse color de hormiga, porque quien tiene las balas tiene la mano ganadora. Así que sin dudar giré hacia Pollito, quité el seguro, apunté con el ojo entrecerrado y disparé una vez contra sus cuerdas. 

Después vacié el cargador.  

Rodrigo Alaniz
Rodrigo Alaniz

–Sumérgete en lo desconocido. Quítate el hábito y empápate. Crea sabores diferentes.

–Como si…

–Como si chopearas un pan en el chocolate.

–Uf, qué rico. 

–De eso se trata, amigo mío.

Los hijos de la Violencia / José Gabriel Acuna Acuña

UN CAMINO SECO Y POLVORIENTO

Fabián Hernández nunca tuvo en claro los motivos de su elección. Ser policía distaba mucho de la carrera de su padre, ingeniero agrónomo, y más aún de la de su madre, que se desempeñaba como médica de guardia en cuanto hospital requiriese de sus servicios. Cierta vez, la psicóloga de la institución le había dicho que su vocación policial tenía que ver con el fatal accidente en la ruta que le cercenó la infancia, privándolo de sus padres. De alguna manera, ser policía se constituía en un acto simbólico, reflejo de un deseo subyacente por restaurar lo perdido. Buscaba recomponer el orden, la sacralidad de las leyes, la inmutabilidad de las normas que un irresponsable al volante había violado propiciando la tragedia. Odiaba a ese camionero que jamás llegó a conocer, y tomó conciencia de ese odio que lo llagaba por dentro cuando mató por primera vez. Fue en un tiroteo con motochorros, dos pájaros de cuenta que habían dejado inconsciente a una anciana tras robarle la cartera. El aviso oportuno de un comerciante lo puso en alerta. Los enfrentó. Intercambiaron disparos y su puntería fue más certera. Al ver los cadáveres bajo la moto sonrió. No se dio cuenta, pero sonrió.

A pesar de los vanos intentos de un fiscal ambicioso, no hubo cargos en contra de Fabián. Los delincuentes estaban armados y habían gatillado, según la básica observación de los hechos. Los peritajes no tomaban en cuenta una sonrisa. Sin embargo, los jefes decidieron que el oficial tomara algunas sesiones con la psicóloga del caso, para que todo quedara prolijito. De aquella abúlica relación terapéutica, Fabián extrajo solo una cosa en limpio, un secreto al que ni la joven licenciada pudo acceder. Fabián Hernández le había tomado el gusto a matar.

Fueron otros dos tiroteos en los que abatió a delincuentes de alta peligrosidad. Ése era su requisito, tenían que ser hampones armados y en lo posible de amplios antecedentes, a los que sabía dónde buscar. El perfecto maquillaje para su sed de sangre, el aura de un tenaz justiciero, como Charles Bronson en El Vengador Anónimo, sólo que él no sabía realmente de qué se estaba vengando. Se jugaba la vida en la búsqueda de un placer mortuorio. Aniquilar malditos lo aliviaba en cierta región de lo profundo, le concedía un efímero sosiego, como el porro en una noche de insomnio. Tras cada matanza, sobrevenía la calma, una fatiga dulce que le desentumecía los músculos, lo aplacaba. Siempre amparado en el cumplimiento del deber, bajo la sombra de lo estrictamente legal, disparos en defensa propia, inatacables, invulnerables. Fue así que ningún fiscal se atrevía a tocarlo, y así también alcanzó el grado de inspector con todos los honores del cuerpo.

Pero un día fue demasiado lejos. Quizás porque vio a ese perro muerto en la calle, al parecer atropellado y olvidado como una bolsa de basura caída del conteiner, algo que lo sacudió más allá de la memoria. Un dolor añejo que se le enredaba en la garganta. Un recuerdo intermitente, como el parpadeo de un tubo de luz a punto de agotarse. La imagen del perro que acompañó su niñez. Un cusquito peludo y blanquecino llamado Tomy, acompañándolo en sus juegos solitarios, mitigando su tristeza, protegiéndolo de las pesadillas al pie de la cama. Sacudió la cabeza, espantando imágenes reveladoras. Irrumpió sin pensarlo en esa guarida de narcos y asesinos. Los sorprendió en medio de una transa, el olor avinagrado a heroína mal cortada, al menos cinco delincuentes. Gritó: ¡Policía! No como una fórmula disuasiva, sino como un desafío. Una llamada al combate. Su primer disparo abortó para siempre la flexión de una mano al extraer la Colt. De inmediato perforó el entrecejo de un grandote que lo buscaba con el caño de su arma. Quedaban tres. El juego de parapetarse entre los distintos muebles desvencijados de la casona. Al tercero lo alcanzó cuando asomaba la cabeza junto a su mano armada, el quejido apagándose confirmaba el impacto. El cuarto escapó del lugar, lo oyó correr hacia la salida. El quinto, en cambio, se puso de pie y arrojó su revólver, entregándose. La lógica de Fabián hubiera sido dar por terminada la batalla, un hombre desarmado no representaba el enemigo deseado. Pero había algo en ese hombre que lo exasperaba. Puede que su cuerpo trabajado por horas en algún gimnasio de cuarta, o la breve cicatriz que le bajaba del ojo hasta el pómulo derecho, o su pelo entrecano cortado casi al ras. Algo en Fabián lo impulsaba a mantenerlo en la mira de la Browning, sin despegar su indeciso dedo del gatillo, listo a disparar ante cualquier movimiento sospechoso. No tuvo tiempo de sacar el celular para pedir un patrullero. Sintió el estampido y un dolor agudo, punzante, que se abría paso atravesándole la espalda. Luego la sensación de que todo daba vueltas. Sus piernas doblegándose y la caída final. Lo último que vio fueron sus propios dedos enredados en la Browning. 

Al despertar tenía las uñas clavadas en la tierra seca. Abrió un poco los ojos. El reflejo del sol le peregrinaba sobre los párpados. Tomó una bocanada de aire. No sentía dolor en la espalda y bendijo al inventor del chaleco antibalas. Se incorporó hasta quedar sentado sobre el camino polvoriento. Se preguntó qué diablos hacía en ese lugar, sin duda un paraje despoblado en el interior de la provincia. Apenas unas casitas en la lejanía. Unos pocos árboles al borde del camino. La nada misma. Buscó su celular en los bolsillos aún sabiendo que no iba a encontrarlo, tampoco tenía la Browning, era lógico. Lo que no alcanzaba a comprender era el motivo por el que no había sido rematado. Quizás, elucubró, lo daban casi por muerto y les pareció buena idea dejar el cadáver fresquito muy lejos del barrio. Quizás. Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un delincuente. Se puso de pie para mirar a uno y otro lado del camino, tratando de divisar algún vehículo que pudiera acercarlo a una estación de servicio. Su desazón fue acompañada por la danza errática de un remolino de polvo. 

Fue entonces que escuchó el gruñido. Pudo advertir que a pocos metros, al costado del camino, un enorme perro lo acechaba enseñándole los dientes. Era un animal enorme, no supo precisar la raza pero sí su ferocidad. Un halo de espuma goteaba de sus fauces entreabiertas, humedeciendo unos colmillos filosos que brillaban a la luz del sol. Quedó paralizado, no se atrevió a mover un solo músculo ante la clara amenaza de que el perro, presuntamente con hidrofobia, le saltase al cuello para despedazarlo. Un nuevo gruñido lo hizo retroceder unos pasos. Trató de serenarse, de pensar, calcular oportunidades, tal como años atrás había aprendido en el entrenamiento. Su mirada se disparó hacia el árbol más cercano, un sauce de hojas secas y ramas raquíticas. Volvió a retroceder pero con mayor lentitud, paso por paso, vigilando los ojos vidriosos del animal, con las manos alzadas, como si mágicamente pudiera contener su inminente embestida. La estridencia de un ladrido le prensó las piernas, junto con el aliento. El perro avanzó unos metros en su busca y se frenó para ladrar con más fuerza. Parecía listo a soltar toda su furia. Fabián no dudó. Se lanzó a la carrera y cuando ya escuchaba la respiración del animal muy cerca de la nuca, pudo trepar al tronco de un salto descomunal que, aun aterrado, le dejó margen para el asombro. Lo que puede el miedo, pensó entre arcadas de aire.

La visión del perro bajo sus pies, merodeando el árbol, le producía la misma inquietud de saberse apuntado desde lejos por un rifle. Se preguntó cuánto debería estar allí arriba, esperando a que el perro se hartara y fuera en busca de una presa más accesible. Apoyó las manos en una rama y estiró el cuello para observar el terreno. Nadie a quien pedir ayuda en ese desierto de pasto amarillento. No podía entender la ausencia absoluta de todo vehículo en el camino, como si la localidad se hallara bloqueada por infinidad de piquetes.

Le llevó unos minutos darse cuenta. Se preguntó dónde se había metido ese maldito perro. Haberlo perdido de vista no significaba que se hubiese marchado, tal como deseaba. Podía estar oculto tras uno de los árboles cercanos, o detrás de una pila de ladrillos que se erigía a pocos metros, rellena de un cemento ennegrecido y salpicado de barro seco, al parecer como parte de un proyecto inconcluso. Lo cierto es que se dejó guiar por la prudencia y decidió permanecer un buen rato en ese árbol. Lo fastidió toda esa pérdida de tiempo. Deseaba que nada de eso hubiese ocurrido y estar en su departamento, como todas las noches, sentado frente al televisor y con una copa de algo fuerte en la mano. Ese algo fuerte y la voz de alguna locutora serían su única compañía hasta muy entrada la madrugada. Quizás por eso amaba su trabajo, aún con los peores delincuentes se podía charlar. De todas maneras, no se arrepintió de haber entrado solo en aquella vieja casona, ni de haberse trabado en lucha con los narcos en tan desiguales términos, y mucho menos de haber matado. Lo que no paraba de recriminarse era el error de bajar la guardia, de quedarse mirando a ese imbécil de la cicatriz, que ya se había rendido, para descuidar ingenuamente su espalda. Un error estúpido, de principiante. Y se preguntó qué puta cosa lo había obsesionado con  aquel delincuente. No conocía a ese tipo. Nunca antes lo había visto, ni aun en los archivos policiales. Quizás no era él en sí mismo, sino esa marca en el pómulo. ¿Por qué le era tan familiar aquella cicatriz? ¿Por qué se había constituido en un detalle de relevante importancia? La imagen apareció como un relámpago, como si hubiese esperado décadas a ser llamada. Del ojo al pómulo derecho, así era la cicatriz de aquel hombre de pelo largo, muy negro, ése que lo había sorprendido en el corredor de la casa chorizo por donde él, en ese entonces un niño de ocho años, se dirigía a la puerta de calle para jugar con su pelota. El hombre de la cicatriz sonrió forzadamente y le preguntó por su padre. El pequeño Fabián se alegró de que su padre recibiera amigos y le franqueó la puerta de su hogar, para enseguida seguir su camino por el corredor. Antes de llegar a la calle escuchó gritos, y enseguida un estampido que le atravesó la respiración. El hombre de pelo negro se retiró a paso firme por el corredor sin siquiera mirarlo. El pequeño entró temblando a su casa, sin soltar la pelota. Vio a su padre en un sillón, con la camisa destrozada, llorando. Muy cerca estaba Tomy. Se acercó al perrito, que yacía boca abajo en el piso. Descubrió la sangre inundando su pelaje blanquecino. Le tomó una de las patas, sacudiéndola, buscando que cobrara vida, que despertara como siempre lo hacía después de una siesta al sol. Pero la patita resbaló de sus manos y quedó en el piso, inmóvil. El llanto de su padre le hería los oídos, pero él no lloró. Sólo apretaba la pelota contra su pecho, y pensaba, pensaba en que no debió haber abierto la puerta para ese extraño, que todo lo que había ocurrido se debía a él, Tomy había muerto por su culpa. Su culpa. Y odió el momento en que decidió salir a jugar, odió al hombre de pelo negro, odió a su padre, pero por sobre todo, abonó la idea que lo acompañaría de por vida, la de odiarse a sí mismo.

Nunca relató lo sucedido y por eso nadie lo contuvo, nadie le aseguró que su culpa era infundada, que no cabía en él la responsabilidad del hecho, que era solo un niño y no podía prever lo acontecido. Sin embargo, no hubiera servido de nada. Nadie se libra del dedo acusatorio de un niño, y mucho menos el adulto que lo lleva dentro. La memoria fue lo suficiente piadosa para borrar ese nefasto día de su conciencia, pero el odio perduró, y se convirtió en la matriz subrepticia de todas sus relaciones en la vida. La sensación de que destruía todo lo que tocaba. Así malogró amistades, lealtades, proyectos. Y la pareja con la única mujer que amó. Hasta quedarse solo, con la oculta, agazapada imposición de pagar esa vieja deuda. Castigarse por el tremendo error cometido, condenarse, ejecutarse. Y por primera vez en mucho tiempo el odio primigenio salía a la luz, retornando a su origen. Y se despreció con toda la fuerza de su infancia herida, la imagen de su perro muerto era un cuchillo removiéndose en el pecho, y lloró, por primera vez lloró. Gritó de dolor. Y golpeó, dio trompadas a la rama del viejo sauce,  sin el menor cuidado por la sangre que manaba de su puño. Golpeó deseando que fuera él mismo el objeto de su ira. Hasta que la rama se quebró. Fabián perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la tierra. Escuchó el gruñido llegando desde algún lugar pero ya no le importaba. Había matado a su perro, su único amigo, el único sostén, su refugio en ese hogar estéril de caricias, y ahora otro perro sería su verdugo. Era el justo castigo. Cerró los ojos, aceptándolo.

La inspiración y yo

Tantas noches en busca de la inspiración, horas y jornadas perdidas. Tanto tiempo he tratado de alcanzarla con diferentes historias y resultados, pero lo que no cambia es el carácter, la naturaleza de la inspiración, idénticos a los de una mujer caprichosa, veleidosa, impredecible que, sin embargo, en contadas ocasiones parece hartarse de su propio comportamiento y busca compañía, un apapacho, un recibimiento como el de una amante que regresa arrepentida a los brazos que la esperan y anhela encontrar cobijo en ellos a pesar de que sabe que se portó mal, que fue ingrata, pero que piensa que con su silencio y cara triste será suficiente para alcanzar el perdón sin merecer reproche. Tal ha sido mi historia con la Inspiración. La he perseguido en tantas partes y alcanzado pocas veces; otras más se me ha presentado en los lugares y momentos menos esperados: delante mío en medio de una multitud que camina despreocupadamente una tarde de domingo y yo en el intento de llegar hasta ella aprovechando que la gente se ha detenido en espera de que cambie la luz del semáforo. Pero cuando estoy a punto de conseguirlo, la muchedumbre reanuda su marcha y, entre la confusión con aquellos que vienen del otro lado de la avenida, la pierdo de vista. En ocasiones he coincidido con ella en el transporte público, cuando, ya de noche, regreso del trabajo. Vamos sentados uno al lado del otro en el vagón del metro. Yo siento dentro mío un mar que se revuelve y golpea contra las paredes de mi pecho al tenerla cerca; ella parece incluso más harta y aburrida que una oficinista que ha pasado las últimas doce horas redactando informes que nadie leerá o mandando correos electrónicos al por mayor sin oportunidad de tomarse un café. Por más que le hablo, que intento ser simpático o interesante a pesar de mi propio cansancio, no consigo sacarle una sonrisa, no existe conversación posible. Cuando bajo del carro, ni siquiera una mirada, ninguna intención de ser amable para por lo menos cumplir con los convencionalismos. Mi frustración ha sido tal que he pensado que la Inspiración me odia, que le caigo mal sin motivo aparente, y esa suposición me entristece.

          Una mañana, sin embargo, las cosas parecían distintas. Aquella vez, como tantas otras, me senté frente a la computadora. Mi propósito era escribir un poema de largo aliento. Me esforzaba por enlazar las mejores ideas cuando, inesperadamente, vi a la Inspiración sentada en un sillón. Sin mostrar entusiasmo por su aparición, noté que me miraba, pero yo seguía sobre el teclado para darle a entender que su presencia me resultaba indiferente. Continué mi labor y por un momento me olvidé de mi huésped. A medida que avanzaba en mi escritura, los versos fluían y llenaban la pantalla. Entusiasmado, mi cerebro trabajaba a mayor velocidad y los resultados me satisfacían. No pude evitar una sonrisa al percatarme de cómo aquellas ideas que llevaban tanto tiempo guardadas en la bodega de la imaginación tomaban forma. Estaba emocionado ante ese inesperado éxito personal cuando la escuché acercarse. Alcé la vista y encontré a la Inspiración a mi lado, con un brillo indescriptible en la mirada y una sonrisa maravillosa que mostraba su dentadura perfecta. Con un movimiento lento y mágico a la vez, se alisó el cabello sin dejar de sonreír, como para demostrar el gusto que le daba que yo al fin hubiera alcanzado mi esplendor creativo, que mi mente brillara en medio de una apoteosis imaginativa. Era tanta la felicidad que la Inspiración parecía experimentar, que subió a mi escritorio y se recostó frente a mí, en una imagen tan sugerente como jamás había soñado. Entonces me vi a mí mismo como a aquellos músicos de las viejas películas de Hollywood que tocan con una hermosa mujer posada sobre un piano. Me imaginaba vestido de esmoquin, con una copa de champán sobre el piano, sacando las más hermosas notas de las teclas y con esa musa que se me había negado tanto tiempo al fin rendida por la belleza que yo era capaz de transmitir a través de mi arte. La Inspiración estaba extasiada; la había conquistado. Era mía y jamás la dejaría escapar. Con cada palabra que escribía, con cada nota que interpretaba, ella parecía a punto de gritar “¡Toca más alto! ¡No te detengas!”. Estábamos en medio del éxtasis, envueltos en su torbellino, cuando un ruido discordante interrumpió nuestro delirio. Desconcertados, volteamos a vernos y luego miramos hacia la puerta. Dejé mi asiento para averiguar quién hacía sonar el timbre; la Inspiración permaneció en su lugar encima del escritorio. Al abrir, me encontré con la vecina de junto, una mujer entrada en años y en carnes que dijo con voz chillona: “Señor, disculpe. Quería saber si a usted ya le llegó el recibo del teléfono, porque se me hace raro que estemos a finales de mes y aún no nos haya llegado. Digo: no vaya a ser que lo corten, ¿verdad? Porque ya sabe usted cómo son los de la compañía: pueden atrasarse lo que quieran con la entrega del recibo pero, si uno se retrasa en la fecha de pago, le cortan el servicio. ¿Usted ya lo tiene?”. Vi que la Inspiración continuaba en su sitio tras escuchar a la vecina y la miraba con extrañeza. Amable pero firme, le contesté a la señora: “No, tampoco lo he recibido. Pero no se preocupe: así ha sucedido antes. No hace falta el recibo para pagar. Basta con que se presente en la compañía y explique el problema. Le cobrarán sin necesidad de tener el papel. Ahora, si me disculpa…”. “Sí, vecino, lo sé, pero tampoco se vale que no entreguen el recibo o que lo dejen en una dirección equivocada, porque fíjese que a mi comadre…”. Desesperado, me volví para ver lo que hacía la Inspiración mientras intentaba evadir a la molesta mujer. Con angustia, me percaté de que había abandonado el escritorio y se dirigía a la cocina, tal vez en busca, pensé para tranquilizarme, de algo que comer mientras la vecina dejaba de importunar, para después reanudar nuestro idilio creativo. “Discúlpeme. No puedo platicar: estoy ocupado”. Y le cerré la puerta en las narices. Imaginé la cara de sorpresa mezclada con indignación que pondría, mas no me importó. Presa de la angustia, fui hacia la cocina en busca de la bella, pero no estaba. Corrí a las demás habitaciones; revisé debajo de la cama, en el baño, detrás de las cortinas… Todo fue inútil: la Inspiración me había abandonado. Como último recurso, intenté reanudar la escritura del poema que, creía, me daría fama internacional y haría que la Inspiración nunca se fuera de mi lado. Vana ilusión: no me salían las palabras, me resultaba imposible retomar el hilo de mis pensamientos, la creatividad se había cortado sin esperanza de regreso. En los días posteriores, de nada sirvió que llenara de flores las habitaciones, que pusiera las más hermosas melodías para atraerla: la Inspiración no volvió. Ha transcurrido un tiempo de aquello. Desde esa infausta mañana no he vuelto a encontrarme con ella ni en la calle ni en el metro, mucho menos en mi casa, en ninguna parte. Temo haberla perdido para siempre. A partir entonces, por mucho que insista, no le abro la puerta a ninguna vecina impertinente.

Lunaridades

Sí, lo ves ahí, redondo, colorado. Sería un lunar perfecto -pensás- si no estuviera rodeado de la nada, si alrededor y por debajo tuviera piel que lo dotara de ese mínimo relieve que tiene todo lunar que se respete. Querés ser diminuto para posar tus manos sobre él y abrazarlo, o recostar tu cabeza sobre su suave superficie y acurrucarte en sus delgadísimas arrugas.

De pronto ves salir jirones de piel a lo largo de su circunferencia. Te frotás los ojos como para quitarte el asombro de la mirada. Aquel punto ciego, que antes parecía el mínimo espacio donde comenzó el universo, ahora está rodeado de formas a ratos indefinidas, a ratos oblicuas, curvaturas que tienden al círculo antes de desmoronarse, temblar un segundo y desenrollarse como alfombras mágicas.

Desearías ser más ligero para precipitarte sobre aquellas extensiones trémulas de piel como en un tobogán. Pero una nueva redondez te saca de aquel viaje imaginario para ponerte al frente un pecho liso, impoluto, hasta que una pequeña imperfección se anilla en su parte más alta y forma un pezón. Pensás que no has visto un defecto tan maravilloso en tu vida hasta que otra tira de piel nace a un costado de aquella milagrosa formación y se enrolla justo a su lado, para ascender hasta volverse un nuevo pecho con su respectiva imperfección coronándolo en su cima.

Nueva piel sigue saliendo del lunar para tomar formas inusitadas. Dos enormes trazos se transmutan en unas piernas que no son como las tuyas. Estas tienen una curva por detrás de la pantorrilla que te produce un placer extraño en el vientre. Intentás disimular la erección, como si hubiera alguien más alrededor aparte de vos y ese lunar que se ha vuelto loco escupiendo piel por todos lados.

Ves que entre las piernas recién formadas un trozo minúsculo se enrolla hasta formar un clítoris. De nuevo querés ser más pequeño para abarcarlo con tus brazos y apretarlo contra vos, pero solo atinás a acercarlo torpemente a tu boca y probarlo con ese divertido miedo a lo desconocido.

De pronto, recordás el lunar con el que todo empezó, y levantás la vista para ver hacia dónde se ha ido. Entonces ves que otras curvaturas han encontrado su forma definitiva en una boca, unos brazos, orejas, nariz, cabellos, ojos… Aquellos ojos miel que ahora te miran ensimismado en su clítoris. Ahora querés ser más grande para tatuarte todo contra su cuerpo, aquel cuerpo que recién ha nacido en algún lugar del espacio-tiempo.

Ella te mira, se miran… Y ya no querés ser más pequeño, ni más grande, ni más ligero. Tan solo querés tener la dimensión indefinida de sus ojos, y entrar en ellos y quedarte ahí, del tamaño justo de la felicidad.

El lugar donde encallan los barcos

Sin entender exactamente por qué o para qué, el día cinco de julio de mil novecientos ochenta y uno me encontraba en una sala del aeropuerto de la Ciudad de México. Un amigo de mi padre, entusiasta, lo había persuadido de la oportunidad que significaría para un muchacho citadino participar en un campamento donde, además de los deportes, aprendería algo sobre el régimen socialista. Por supuesto, a mí me importaba un cuerno Fidel, la Bahía de los Cochinos, la guerra fría, el bloqueo norteamericano o el ejercicio. De cualquier modo mi padre, no siendo especial partidario de Castro y sordo a las objeciones filiales (también mi hermana se opuso) y conyugales, inició los trámites en la embajada de Cuba. Tal vez imaginaba que un poco de movimiento atenuaría mi complexión adiposa: tenía doce años —yo, no mi ascendiente— y mi estatura, conforme a las tablas médicas más verosímiles, debía al peso unos diez centímetros (1.40 m – 50 kg). Recuerdo que entonces la erección matinal estaba más asociada a una milanesa con papas que a panoramas femeninos; confieso que el entendimiento posterior de este asunto —el de la erección matinal— tampoco tuvo un carácter muy científico: hasta hace poco, no sé si en descrédito propio o de las clases de la primaria que debieron orientarnos, descubrí en un libro de psicopatologías sexuales que la vejiga es la responsable: en la noche, el mentado órgano bombea líquidos a las fosas cavernosas.

            Conforme a la ruta de vuelo, debíamos aterrizar en La Habana. Sin embargo, una tempestad provocó una serie de vueltas improvisadas y un presuroso descenso en Varadero. Aunque ese era nuestro auténtico destino, cuando mejoraron las condiciones climatológicas, luego de cinco horas de espera, retomamos el rumbo. Previamente habíamos hecho al capitán piloto la solicitud de que nos dejara en Varadero, pues ahí y no a otro lado necesitábamos llegar. La respuesta: “Las líneas de comercio y de transporte, chavales, operan bajo normas de estricta observancia” (pensé que el capitán piloto era muy burro: la palabra correcta sería “mirada”, no “observancia”). En La Habana nos informaron que los choferes responsables de llevarnos al campamento habían regresado, imaginándonos quizá lo suficiente astutos para alegar con quien fuera que si estábamos en Varadero y luego iríamos a La Habana para volver a Varadero, ¿por qué diablos no quedarse de una buena vez en el primer sitio? Una especie de victoria del sentido común sobre el derecho aeronáutico. El número de horas que estuvimos aplastados y quejándonos en los pasillos no difirió gran cosa de la espera inicial. Salía del sanitario subiéndome la bragueta y examinando con desconfianza mis manos, en el instante en que un hombre daba instrucciones a los compañeros: otro camión —parece que al primero, de nuevo hacia La Habana, se le poncharon las llantas— nos llevaría a un albergue estudiantil en Guanabacoa, sólo para pasar la noche. “No hay habitaciones libres —notificó la administradora del albergue José Martí—, pero les invito a cenar y, si no les causa molestia, pueden dormir en el piso de esta oficina”. Mi primer alimento en Cuba fue un plato servido por la hija de la administradora (Artemisa, se llamaba la hija, y Ana María la madre): moros con cristianos. En medio de fervorosas cucharadas cometí mi primer tropiezo histórico político cultural: Ariel, uno de esos mejor preparado que uno, sí, el típico pedante de doce años que en vez de preocuparse por saber si el balón Tango del próximo campeonato de futbol tendrá vivos en rojo o en negro y blanco, intenta aprenderse la fecha en que ejecutaron a Luis XVI…; Ariel, tras afirmar que nunca había paladeado unos frijoles con arroz tan suculentos, lo que le valió un segundo plato y a nosotros una madrugada insufrible, comentó que le encantaría conocer la URSS. Se me ocurrió que, en efecto, visitar un sitio con tan bajas temperaturas no estaría mal. Y lo dije. Dije que estaba de acuerdo en ir, cuando fuera más grande, a Rusia. “No se llama Rusia”, me refutó. “Esa denominación —continuó mientras yo fijaba iracundo la vista en una cáscara de frijol atrapada en sus brackets— pertenece a una funesta etapa de la historia. Es como si dijeras que vives en Nueva España. ¿Te gustaría?”. Traté de defenderme, claro —Artemisa era una mujer de nada malos bigotes—, pero, como en el box, la técnica pudo más que el coraje. Ana María, conciliadora, apuntó: “Por favor laven sus platos: que descansen, yo me retiro”.

            A la mañanana siguiente, Ariel pronunciaba un discurso que incluía palabras como: “hermandad fraterna, gesto inolvidable, revolución mundial y Che Guevara”. Ana María, sin despabilarse bien aún, intentó sonreír: “Andale, gracias eh, feliz estancia”. Un señor alto, gordo, pelirrojo y con barba se acercó a la oficina de la administración. Afuera estaba un autobús con el motor en marcha. “Ustedes son del grupo B de México, ¿verdad?”. Pensé en mi grupo de primaria: sexto B. Por fortuna, permanecí en silencio. “¿A qué se refiere?”, aventuró David, uno de mis compañeros. “Sí, porque ustedes no son del CREA ni del Estado de Michoacán”. Agregó: “Yo soy Leo y seré su guía temporalmente. No se preocupen. Hoy partimos a Varadero”. Ariel intervino con una autoridad tan desconcertante como atribuida por sí mismo: “En efecto, formamos parte de una compaginación sui géneris, no afiliada…”. “Bueno, bueno —interrumpió Leo—, hagan el favor de apurarse, súbanse que ya casi no hay cupo”. A la altura del tercer o cuarto peldaño cayó un gargajo: junto al volante, desafiándonos (incluso al conductor), un joven tan morucho y recio como un tronco, el creador de aquella obra, Emilio, se carcajeó. Era el jefe, algo así como nuestro Ariel, de la delegación de Morelia. Reconozco mi pavor. David susurró: “Perro que ladra no muerde”. En ese instante conocí a mi amigo mexicano en Cuba. Todavía temblaba en el asiento más lejano a Emilio cuando un tufo, precursor de los entonces soviéticos, me ocasionó una peculiar congestión nasal. “¡Qué asco!”, observó David. Los búlgaros poseían su propio aunque no tan temible concepto del baño. Fueron los últimos en acomodarse. “¡Mira qué guapa!”, me codeó mi amigo mexicano en Cuba. Tenía razón.

            En menos de treinta y seis horas viajamos dos veces al lugar donde encallan los barcos. En esta ocasión, salvo los paseos de ida y vuelta en el mismo día (por ejemplo, a la célebre playa Girón, en la Bahía de Cochinos, o al Castillo de Jagua, en la provincia de Cienfuegos), permaneceríamos un mes en el Campamento Internacional de Pioneros 26 de Julio. Sus edificios, flanqueados por una cerca bien pintada que no disimulaba del todo la fachada de correccional, consistían en cuatro bloques de concreto: una estructura cuadrangular y, en el centro, una piscina de veinticinco metros con un pequeño trampolín. Cada bloque se dividía en tres pisos y cada piso en unos veinte cuartos. En cada uno de ellos: seis literas. Construcciones anexas: el comedor y la heladería, separadas entre sí y del conjunto principal por una breve distancia. Teníamos prohibido salir del vallado protector de los costados y la parte delantera; la parte trasera desembocaba en la arena, fina y clara, y la arena en un mar apacible, tanto que, en una tarde de excéntrica lluvia (una nube recorría el cielo abierto mojando la porción de tierra sobre la que pasaba), nos permitió rebasar a pie las boyas de seguridad.

            Ser miembro del grupo B de México o grupo México especial representaba ciertas (a juicio de nuestro caudillo Ariel) desventajas. Eramos un quinteto —David, Víctor, Ariel, Enrique y yo— incluido a última hora en el programa de actividades. Las solicitudes de admisión enviadas por diversos países y respondidas por los funcionarios caribeños no habían agotado la capacidad de las instalaciones. El gobierno cubano ofreció más lugares para que jóvenes independientes, no inscritos en alguna asociación, pudieran participar en el campamento. No sé si la premura con que se difundió la noticia y se cerraron las listas definitivas fue el motivo de que el total de nuevos peticionarios proviniéramos del Distrito Federal. Llegamos, al igual que el resto de los mexicanos, los del CREA y los que mandaba Michoacán, encabezados por el sátrapa de Emilio, y al igual que otras delegaciones: Etiopía, Bulgaria, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Alemania Democrática, después de la ceremonia de apertura. Salvo en nuestro caso, la visita de todos ellos había sido dispuesta desde el principio, y cada delegación —la mexicana parcialmente— tenía asignado un guía o instructor; y digo parcialmente pues el guía Ferrero se limitaba a la vigilancia de los del CREA y los de Michoacán. Para hacerse cargo de nosotros cinco, se comisionó a Leo, maestro de trovas y burácrata en una oficina de censos. Las náuseas, producto de despertarse tras una broma de dormitorio, al ritmo de Un nuevo sol te iluminó, es el dibujo divino… aquí hay ambiente, aquí es otra gente, la humanidad quiere paz, ¡viva la libertad!, viva hoy… melodía diseñada para que los hombres del futuro, reunidos en Cuba, abandonaran la pereza en las literas y ejecutaran, con asesoría forzosa del instructor, sus ejercicios matinales en los pasillos…; las náuseas, lo empujaron a implorar una sustitución. Leo se fue y nos transformamos o afirmamos en chinos libres, en beach boys con reservas latinoamericanas (carecíamos de tablas surf y otros adminículos). Nadar y retozar todo el día, menos a las horas del potaje y los helados, despreciando cursos y talleres. A Ariel, a quien no le gustaba ser chino libre o beach boy latinoamericano y sí asistir a los talleres y cursos, debemos, hay que reconocerlo, las escasas intervenciones en los paseos: él nos hizo entender la vergüenza que era jugar voleibol en vez de ir al Castillo de Jagua. No cabe duda, ser miembro del grupo B de México representaba sus (des) ventajas.

            Un deporte, más que el voleibol o el futbol, destacaba en mi arsenal de entretenimientos: el ping-pong. Buenos reflejos, antes que musculaturas insólitas (la inexistencia de esto último me valió la décima posición en una competencia de nado) y, sobre todo, ocio, mucho ocio. Un etíope, Zabek, fue mi maestro. “Es que estoy gordo”, le decía decepcionado mientras miraba botar la pelota en el rellano de la escalera, al fondo del segundo piso de uno de los edificios. “No es cosa de peso —me replicaba en excelente castellano—, es cosa de paciencia”. Por cierto, paciencia fue lo que le faltó a Zabek cuando Emilio, encorajinado por una derrota (Zabek era el campeón indiscutible en cualquier categoría), arrojó un escupitajo sobre la mesa. El negro se encaminó contra el morucho y colocó, uno en cada lado, el pulgar y el índice en los cachetes agresores; luego apretó, hasta que los dedos hicieron contacto. ¡Emilio lloró! Lágrimas a cuentagotas, muy distantes a las que brotaron de mis ojos al ver un aguamala extendida en mi rodilla, pero lágrimas al fin. ¡Era soberbio ese Zabek! Sus enseñanzas me redituaron el tercer sitio en el torneo del campamento.

            La edad tope para asistir a Varadero, se leía en la convocatoria, era dieciséis años. A nadie sorprenden las excepciones: el soviético más alto y apestoso tenía veinte; Poccuya Manyeba, la búlgara guapa del camión, dieciocho… ¡Pero el Franchute…! ¡Veintisiete! Su apodo, un nuevo nombre, ya que toda persona se dirigía a él de esta manera, funcionaba como señal de alerta para ocultar el patrimonio personal; bribón y alcohólico, el Franchute representaba, solo, a Francia. ¡Había que verlo izar la bandera de su patria!, una de las pocas obligaciones, esta, la de izar la bandera, con la que cumplíamos. En un principio le pedía a un par de chilenos que le ayudaran a extenderla y amarrarla a la cuerda del asta, temprano, y a desamarrarla y doblarla, al anochecer. Fastidiado de solemnidades, acabó pagándoles a los sudamericanos para que se encargaran por completo del asunto. Las ceremonias cívicas se efectuaban en domingo y en fechas importantes. Mi relación con el francés, fuera de las extorsiones para ahorrarme la molestia de deslizar con la punta de la lengua un peso cubano que aguardaba en el piso, resultó cordial. Enrique, siempre díscolo a la hora de cubrir la cuota de seguridad y poseedor del récord de distancia transitada por un peso cubano, solía decirle que era un imbécil. El Franchute, acaso demasiado esporádicamente, sacaba a relucir su lado generoso: “Tú dedicación al ping-pong —me psicoanalizaba en atisbos de inglés— es un escándalo; no te vayas a convertir en malviviente”. Y al decir malviviente no se refería en sentido estricto al vago, sino, más bien, al opuesto del bon vivant. Su consejo o reproche se fundaba en un favor que me había hecho: con el propósito de romper un compromiso con Poccuya Manyeba o Rosie o la primera mujer que me besó en la boca con mi consentimiento (Reina, una doméstica que en determinada época demostró gran afición por los relojes familiares, ya había explorado mis colmillos de leche) (los besos de Reina generaban un escozor similar a los besos de la tía Gacha; rascarse no parecía ser remedio suficiente); con ese propósito, le rogué al Franchute que se apersonara en el cuarto de los búlgaros, donde Poccuya esperaba mi visita, y justificara mi ausencia alegando que un conglomerado de cerumen, tan sólido como imprevisto, fruto del exceso de agua de mar, me había desviado a la enfermería. La que efectivamente había acudido al local médico esa mañana, griposa, era Rosie. Para contrarrestar el legendario virus le recetaron reposo absoluto, obvio impedimento para salir de una habitación en la que, a esa hora, cinco de la tarde, estarían presentes, escuchando a todo volumen una grabadora, los demás representantes de Bulgaria. Panorama devastador. Y si bien el mensajero se hizo cargo de la diligencia, en la noche, cuando nos vimos de vuelta, me aconsejó o reprochó lo ya anotado: “Un gesto de solidaridad con una mujer —añadió— merece anteponerse a un rato de pseudotenis”.

            El cuarto o quinto día de mi estancia: Víctor y yo regresábamos de la playa lanzándonos un balón y gritando incoherencias con acento cubano. “¡Eh, chico, mira, pásala! ¡Ah te va, ah te va!”. Después del baño iríamos al comedor, para merendar. En sentido contrario, avanzaban las búlgaras. Seis en total. Probablemente se dirigían a ver la puesta del sol. Nos saludamos en inglés y nosotros seguimos adelante. Gritaron algo y volteamos. Le pidieron a Víctor que se acercara. Lo rodearon y, para sorpresa mía, retomaron el camino rumbo al edificio central. Víctor, que fingía mucha seriedad, se les unió; al pasar me guiñó un ojo. “Ahí te hablan”. Rosie, de pie frente a mí, preguntó si querría ir a la playa, para esas horas, desierta. En mi memoria se configuraron todas las escenas de violación que había visto en el cine. Le respondí que sí, con trabajo; mis labios: hechos grietas; el paladar: reseco; el pecho: arrítmico. Nos sentamos sobre un montoncito de arena; medio metro entre los dos. “¿Acércate”, me sugirió. “¿Ya viste cuántos colores tiene el mar? ¿Te doy miedo?”. Me esforzaba por mirarla directo, al rostro. En un intento, percibí un aroma salado, fuerte. La punta de su nariz golpeó la mía. Ataqué, pero los nervios me hicieron errar el tiro hacia un pómulo. La mujer del autobús retrocedió divertida y envolvió con sus manos mi cara.

            Sin sospecharlo, me convertí en una especie de autoridad: en un padrote; claro que sin las más remotas funciones del padrote. Los de mi grupo, aun el morucho Emilio y uno que otro del CREA, me felicitaron. “¿Cómo le hiciste?”, inquirían. “Casi te dobla la edad y, no te ofendas, la estatura”. El Franchute iba más al grano: “¿Ya se la metiste?”. Víctor opinó: “Está muy buena”. Inauguraba pues, mi carrera de novio o compañero o amante. “¡Amante no!”, se exasperaba el Franchute: “Amante, hasta que se la metas”. Para su decepción ­—la del Franchute—, mi currículum en estos asuntos era nulo y mi lascivia, como ya puntualicé, transitaba con lentitud de las milanesas con papas al ping-pong y de este, también con rémoras, a Rosie. Pese a la prepubertad y sus misterios (por ejemplo: ¿el semen es verde, blanco o transparente?, ¿sale solito o hay que tomarse algo?…), la idea de ser un hombre de respeto, un novio, me entusiasmó sobremanera. Ahora, ignorando burlas proferidas hasta por Ariel, me levantaba al escuchar Un nuevo sol te iluminó… y en el pasillo hacía los ejercicios obedeciendo las indicaciones del disciplinado instructor búlgaro. Ella sonreía y mis rótulas temblaban doblemente al hacer las flexiones. Terminábamos y cada quien volvía a su cuarto. En el mío, David, Vctor y Enrique, semidespiertos, entonaban Estar enamorado es, descubrir lo bella que es la vida…, me arrojaban calcetines y hacían bromas: “Fuit fuíu, tararararará, tararararara”. Más tarde, nos dirigíamos al comedor; las charolas: con divisiones para los guisos. Nuestra mesa quedaba lejos de la de los búlgaros, así que durante el desayuno me contentaba con mirarla. De nuevo en las habitaciones, los mexicanos comenzábamos, a juicio de muchos extranjeros, un rito exótico: el cepillado de dientes.

            De acuerdo con el reglamento, mujeres y varones de la misma o distinta nacionalidad debían dormir en alcobas separadas. Esto lo supimos cuando Tania, una niña del CREA, irrumpió en la oficina del director, un tal Velasco, exigiendo que castigaran a Julio, del mismo CREA; Julio, so pretexto de haber visto a Belcebú en la superficie de lámina de la puerta del cuarto de niños, se había saltado la barda (los aposentos se interconectaban por pequeñas terrazas en la parte trasera) y metido en la cama de Tania. Al parecer, Belcebú hizo de las suyas y desapareció los calzones del muchacho, quien, además, sufría una tumefacción en medio de las piernas; tumefacción atemperada con rasguños, baladros y un cubetazo de agua dispuesta para jalar el retrete. Pero aparte de Tania, era difcil que a alguien le preocupara esta norma. Después del cepillado de dientes y de acicalarme, tocaba la puerta de mis vecinas las búlgaras; los vecinos de mis vecinas, los búlgaros, solían amanecer en el dormitorio de mis vecinas, sin que esto hiciera prueba de algún contacto sexual (ni, por supuesto, de alguna abstinencia) entre ellos y ellas. No era extraño que Stanislaus abriera y me saludara —le caía bien a ese Stanislaus— y gritara frases incomprensibles antes de hacerme pasar. Poccuya o Rosie estaría recostada leyendo un libro o una revista, o en el baño, o afuera en la terraza, caso en que era innecesario el trámite descrito y entraba por atrás, desde mi cuarto. Nos decíamos ternezas, antes de besarnos en los labios. Me explicaba su programa de actividades. Si tenía la mañana libre íbamos a nadar a la alberca o a la playa. Si no, quedábamos en reunirnos más tarde; a las dos postmeridiano, invariablemente, acudíamos juntos a la heladería, un paraíso: cuantas veces y los sabores que quisiéramos. Esa construcción, anexa al edificio central, era también el escenario nocturno de nuestro deleite. Allí, solos, más besos y uno que otro roce; hasta las diez, momento en que apagaban las luces, señal y término para irse a dormir. Antes, a la hora del crepúsculo, caminábamos sobre la arena y sus partículas, frescas o tibias, según el vaivén del agua, formaban surcos, remolinos y cráteres alrededor de nuestros tobillos. El fin de las charlas y lanzamientos de conchitas y piedras lo marcaban los zancudos, tan feroces, que era más fácil, tras untarse sustancias repelentes, conseguir una dermatitis que disuadirlos de su acometida.

            “Dinos la verdad”, me arrinconó el Franchute, aburrido de martirizar a Enrique, quien en esta ocasión había hecho una suerte más complicada: al tiempo de arrastrar un peso cubano con la lengua, sostuvo con el labio superior un billete enrollado a manera de mostacho; en el lavamanos, el mártir tallaba la palanca con jabón, mentaba madres y amenazaba al Franchute con destazarlo algún día. “Anda, dínosla”, insistió. Salvo Ariel, que había ido a intercambiar unos paliacates o timbres de correo, y el protagonista del espectáculo reseñado, ocupábamos unos banquitos en la terraza del francés que, como las búlguras, era nuestro vecino; curiosamente, también era el único morador de una recámara tan rancia como su persona. Platicábamos y bebíamos Havana Club de tres años. “¿Eh, ya se la metiste?”. “¿Qué carajos te importa?”, contestó David, quien a expensas de una ceja abierta empezaba a obtener un ápice de respeto galo. “¡Oh, vamos, lo pregunto por el bien del chico!”. El chico, o sea yo, reprimió la idea de salvaguardar la intimidad vía golpes, no tanto por lo animal sino por los posibles resultados. “¡Eres un cerdo!”, gritó David. “¡Un puto cerdo!”. Víctor y David, como quien dice, pasaron a retirarse; luego salió del cuarto Enrique, azotando la puerta. Me quedé solo. “La verdad, no se la he metido”. “¡Ajajá, lo sabía, lo sabía!”, repitió satisfecho el Franchute. “No te aflijas —analizó en voz alta, con aire paternal—, no te aflijas”. Me quedé mirando la botella y unos dedos amarillos por el tabaco la rodearon y sirvieron en mi vaso. Dio un largo trago, directo del Havana, y dijo: “El tuyo es un típico problema de localización. ¿Cómo —continuó— vas a meter algo que no sabes dónde se mete? Te diré lo que haremos. ¿Tienes un cepillo?”.

            Saltamos los pequeños muros que mediaban entre las terrazas. Sola, Rosie dormía la siesta en la cama superior de una litera. Se encontraba en ropa íntima, acostada boca abajo. Uno de sus brazos, arriba de su cabeza, descansando sobre la almohada; el otro se extendía al lado del torso, más allá de la cadera: esta mano, cautiva de la bragadura blanca de encaje florido. El calor arreciaba y en algunos puntos de las piernas, sobre todo detrás de los muslos y rodillas, se habían formado gotitas de sudor. El Franchute picoteó con el mango del cepillo las plantas de los pies de la búlgara. Víctima de jadeos y arrimando el área pélvica contra una pata de la litera, ordenó: “Mira, ven”. Valiéndose del cepillo como los profesores de las varitas que señalan la anotación correspondiente en la pizarra, me aclaró cuestiones técnicas: “Esta es la vulva, este, imagínatela volteada, es el monte de Venus; los labios menores están, lógico, dentro de este como ostión y, por ello, los mayores son los que tocan la tela del calzoncillo. Más hacia el ombligo, insisto, imagínatela al revés, tienen una especie de pito, más corto que el nuestro, claro, y sin agujero para mear. Te confieso —prosiguió acezoso el Franchute— que nunca he entendido por dónde echan los orines”. De súbito, para rascarse, Rosie se llevó la mano prisionera a la punta de la nariz. “¡Shhh!”, me previno el tutor, atribuyendo a mi cara de pánico el motivo de la inquietud de la durmiente. “¡Y tú! —alzó la voz, poseído— ¡y tú… se la tienes que meter aquí!”. El cepillo salió volando y el poseso arrancó la prenda e introdujo medio dedo cordial en la vagina. “¡Da ti eva maikata!”, pronunció la mujer del autobús. Da ti eva maikata, me enseñó un día el amable Stanislaus, equivalía, más o menos, a fuck your mother. El sopapo que la ofendida asestó en la oreja del violador acabó de aumentar mi espanto. Tenía ganas de salir corriendo, pero el que lo hizo dejó un camino de líquido blanco que recorría el piso hasta el muro de la terraza. El modo de mirarme de Rosie demandaba, naturalmente, una explicación. Se la dí lo mejor que pude.

            Un día de la etapa final de mi estancia, la búlgara me propuso dormir con ella en la habitación de los chilenos, recién desocupada. Sus amigos se encargarían de que el asunto no llegara a oídos del instructor y nosotros, a medianoche, nos deslizaríamos con cuidado por los corredores. Pese a la claridad de la luna, ejecutamos el plan. Dentro, se desnudó, despojándome posteriormente de un short que constituía mi única indumentaria. Nos acostamos. Me quedé atónito al palpar el centro duro y abultado del seno. Me pareció increíble que en su vida diaria Rosie portara debajo de camisas, camisetas, bikinis o brasieres, esas protuberancias coronadas de piel oscura: las células en relieve y formando líneas irregulares. Comenzó a frotarme los hombros, la espalda, el vientre y, con un muslo, la entrepierna. Me apretujó. Cerré con fuerza los ojos y luego los abrí. Hundí la cabeza entre sus pechos. Colocó su palma sobre mi pene. Dijo que lo entendía, que no debíamos sentirnos mal, y abrazó el cuerpo desmadejado de un niño con taquicardia.

            A la madrugada siguiente, los ronquidos de mis compañeros y un escozor insoportable me despertaron. La típica broma. En el baño, tallé las zonas embadurnadas de pasta dental. Ayer, a estas horas, sudoroso y asustado, tanteaba un organismo con pelos y redondeces tan fantásticos como su lengua materna. “¡Cobarde!”, pensé. “¡La hubiera hecho mía!”, añadí, sin contener la risa al recordar la telenovela que suministraba esta nostálgica oración. Fijé la mirada en un lunar de la pelvis. Acaso tres o cuatro manifestaciones pilosas, aisladas cual ermitaños. Recurriendo a la diestra y a la esperanza, lo agité para producir un flotamiento de sustancia de vida o nata mágica (palabras del Franchute) sobre el agua del retrete. Lo único que flotó, reflejándose descompuesta, fue una cara escudriñadora.

            A un paso de conseguirlo, de ganarle un juego a Zabek, Ariel me comunicó, con sus brackets y suficiencia característicos, que el director necesitaba saber si nos iríamos pasado mañana o dentro de cinco días. Tocamos la puerta. Frente al escritorio, en dos sillas, estaban David y Enrique; a un lado, de pie, Víctor. Velasco hojeaba nuestros pasaportes. Preguntó: “¿Ustedes son los de México especial?”. Afirmaciones. “Escojan la fecha de su regreso. El fallo —aclaró— debe ser conjunto”. Organizamos una rápida y democrática ceremonia de votación. Por extraño que se lea, Ariel fue un tenaz oponente a emprender el retorno al término del plazo más largo. Le inquietaba que nuestros permisos migratorios vencían justo en dos días. “¡Bah! —replicó el director—, eso se puede solucionar”. Evidentemente, optamos por más vacaciones.

            Pensaba que la quinta noche sería el momento ideal para un ataque, redentor y definitivo. Me correspondería ahora reformular la propuesta búlgara como si fuera iniciativa propia. Pero las cosas se presentaron de tal modo que invalidaron mis cálculos. Pasado mañana se diluyó en tiempo vigente y Leo, reaparecido, ordenó que preparáramos nuestros equipajes. ¡Las tres últimas noches las pasaríamos en Guanabacoa! Frente al camión, le advertí a Leo que no subiría, hasta resolver un asunto pendiente; que deberíamos tramitar una autorización para quedarme en Varadero. Un brazo amistoso rodeó mi espalda. “Tú sabes que eso es imposible”. Bajé la cabeza y contemplé el suelo pedregoso de la explanada. Me erguí. Arriba, despejado, el cielo del adiós. Una silueta corredora que aumentaba de tamaño ocupó mi campo visual. Rosie me apretó con ganas, diciendo lo que se dice en estos casos: te amo, y para siempre, sin ti no podré vivir, ya te extraño, escribe, es sólo un hasta luego, te llevo en mí… Y yo contesté, antes de mi llanto, lo que se contesta (o tradicionalmente se debe contestar) en las despedidas. Suscribimos un pacto cuyo cumplimiento, más que de nuestras voluntades, dependería del destino. En 1986, ella, he olvidado la razón o el pretexto, me encontraría en México.

            La segunda visita al albergue José Martí me pareció perpetua. Ariel, platicando las impresiones del viaje. Ana María, sirviéndole una y otra vez moros con cristianos; Artemisa, noviando en mis narices (los clavos sacan otros clavos sólo si al precipitar el martillo los tenemos entre los dedos). Por fin, una aeromoza de Mexicana ordenó abrocharse los cinturones y aterrizamos en la ciudad más grande del planeta. Entre chiste y chiste mis familiares hicieron que me percatara del color costeño genuino de mi piel y de los cien dólares que habían tenido que pagar a la embajada cubana por el vencimiento de nuestras visas. También comentaron algo sobre mis incisivos y la dentadura de los roedores (el futuro me preparaba la maldición de la ortodoncia y su efecto más notorio: la sonrisa metálica de Ariel). En 1986, se celebró en México el mundial de futbol número XIII. Yo asistí al encuentro en que Bulgaria empató a dos tantos con Corea.

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(Relato incluido en Unos niños inundaron la casa. México: Cal y Arena, 1999; Ficticia, 2019).

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Sobre el autor:

Adrián Curiel Rivera (Ciudad de México, 1969) es doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Publicó su primer libro de relatos en 1999: Unos niños inundaron la casa (reeditado en 2019), al que le han seguido Día franco (2016), Quién recuerda a doña Olvido (2012), Madrid al través (2003) y Mercurio y otros relatos (2003). También es autor de seis novelas: Paraíso en casa (2018), Blanco Trópico (2014), Vikingos (2012), A bocajarro (2008), El Señor Amarillo (2004) y Bogavante (publicada en 2000 en España y reeditada en 2008 en México). Además, tiene tres volúmenes de ensayos: Avistamientos críticos (2016), Los piratas del Caribe en la novelística hispanoamericana del siglo XIX (2010) y Novela española y boom hispanoamericano (2006). Ha sido incluido en numerosas antologías: La X en la frente, Día de muertos, 20 años de narrativa FONCA, Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, Cuentos perversos, entre otras. Reside en Mérida, Yucatán.

Lavar los trastes

Quiero que la noche se quede sin ojos

Federico García Lorca

Es lo que hago cada noche antes de dormir. Agua hipnotizante, espuma frágil, chocar de platos, uñas rotas, apatía, dolor de espalda, mente en blanco. No esta vez. Un pensamiento me acosa: ya lo viví todo. Me reconozco vacía, inútil, repetida, sin nada que agregar.

Una profesión en la que alternas playas y arrecifes. Varios amores. Un hijo que ahora vive con su novia a cinco metros de aire de mis ojos. Tres divorcios. Siete perros que ya no arruinan mis alfombras. Viajes. Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Miro, distraída, a través de la ventana turbia de abandono. Del otro lado, un edificio de apartamentos idéntico a este hasta la última grieta de sus muros. Recorro vidas ajenas, despacio. Teje la anciana de los gatos, lee el joven vestido de tatuajes, se adivina la gimnasia del amor a través de una pálida cortina, cena la familia numerosa, una paloma dormita en la cornisa plagada de intemperie, reta músculos el adolescente pelilargo, discute mi hijo con su novia.

Gesticulan con vehemencia. Él la agarra del brazo, la sacude, el grito tiembla debajo del bigote. Ella dibuja insultos con los labios, se suelta de un tirón, abre la puerta corrediza, sale a la terraza. Él la sigue. Sujeta hombros, le da vuelta. Tsunami de gestos. Espalda contra balcón. Cuerpo doblado en cóncava pirueta. Un trozo de blusa blanca ondea sus arrugas en el muro carcomido. 

Cierro la llave. Los platos pueden quedarse como están.

Es mi fiesta y, si quiero, escribo de Gaby Sambuccetti

Este año quise regalarme la escritura de este texto para mi día especial. Por eso lo titulé, “Es mi fiesta y, si quiero, escribo”.

Quedan tres días para mi gran fiesta multitudinaria (si no ven la ironía en esto, no tuvieron pandemia). Hoy, además, es el día de la poesía y parece que a la poesía también la saluda gente que después no la recuerda el resto del año ni por casualidad.

  Voy a ponerme seria: hace un año, cuando el encierro recién empezaba, escribía este texto sobre la pandemia. Fue justo el día de mi cumpleaños cuando empezó el lockdown en el Reino Unido. Vuelvo a leer mi crónica y pienso en el ayer, en el hoy.

Me acuerdo de aquel Boris Johnson hablando en las noticias, diciendo que íbamos a perder a muchos de nuestros seres queridos. Recuerdo haber pensado en la noción de comunidad con mucha más fuerza que nunca. Ese hecho que fue un shock, no lo fue del todo, porque para mis cumpleaños, históricamente, pasan cosas dramáticas. Cosas que no siempre están relacionadas conmigo necesariamente.

Si bien nunca dejé que esos sucesos empañen mis cumpleaños, incluso en plenos festejos, siempre sentí el poder de ese karma en forma de mensajes ocultos, diciendo que nunca debo olvidarme de la realidad, por más distraída y alejada que esté de ella. 

XXVI

“Esta fue la primera cosa

que he entendido:

el tiempo es el eco de un hacha

dentro de un bosque”.

Philip Larkin

En contraste con el 2020, en este 2021, la pandemia parecería estar por terminar. En mi isla de residencia, a mitad de octubre, la pandemia empezó con la nueva cepa y la histeria de toda una Europa y resto del mundo asustados y cerrando puertas, y luego continuó con un largo encierro. Durante ese fuerte encierro vimos pasar la noche, el frío, la nieve, la niebla, la famosa lluvia. Recién esta semana vimos salir un sol resplandeciente, por primera vez. Podemos afirmar que el 50% de la gente está vacunada en Reino Unido hoy. Y con eso, todo este gran paréntesis en nuestras historias colectivas parecería estar llegando a su fin.

Me pregunto qué nos deja esta culminación como escritores que siempre estuvimos marginados del mundo económico con nuestras actividades literarias, hecho que durante la pandemia se acentuó aún más. Es decir, se notó la falta de empatía con los artistas. La parte más chocante fue que todos consumieron más arte que siempre. Pero, tristemente, los escritores seguimos escribiendo, seguimos publicando, en este contexto contra viento y marea.

Durante este período que va desde que Boris dio su discurso hasta el día de hoy, me conecté y desconecté con distintas personas, como también lo hice con mis ciudades, con los WIFIs, conmigo, pero, sobre todo, con la escritura.

Es por eso que quise darme este festejo, que no es una sesión de Zoom, ni unos zapatos nuevos, ni una caminata por el parque. Es un texto. Son palabras. Quise regalarme estos párrafos, estos relieves de lo que quiero volver a ver en mis próximos cumpleaños, cuando la pandemia sea un recuerdo borroso de algo que nos cambió las vidas temporalmente y también, para siempre.

Quise regalarme este texto producido en este escritorio repleto de libros desorganizados en un caos sin pretexto alguno, entre cremas de coco, piedras amatistas de viajes que no recuerdo, resaltadores de bajo coste y millones de hojas y cuadernos reutilizados.

Quería un cumpleaños que represente esta otra pandemia: la de la introspección, los libros y la literatura; la pandemia que me mantuvo sana mentalmente en un mundo muy incoherente y desorganizado.

Durante la pandemia pude conectarme con mi ser escritora de manera más radical. Fue uno de los años que más escribí, gestioné, publiqué, colaboré, entre otras actividades.

Un amigo escribió un texto (que no puedo compartir todavía porque es inédito), donde dice que uno no es escritor como se es oficinista. No se puede salir de la escritura como se sale de la oficina. No tenemos una tarjeta para marcar nuestra salida de la escritura. La escritura nos atraviesa en todas nuestras áreas de la vida, es parte de lo que somos. Está en la esencia.

Ser escritor es más complejo que simplemente escribir. Este año cumplo treinta y cinco de ser escritora. Alrededor de veinte años de manera consciente. Y otros doce publicando y compartiendo con el “exterior” mis textos, ensayos, poemas, canciones y otros sin forma alguna.

“Envejecer no es algo para estar avergonzado.

Especialmente cuando toda la humanidad está en eso […]

es un gran privilegio no morir prematuramente”.

Bernadine Evaristo

Aquí estoy: escribo para el adentro, para el afuera. Y, muchas veces, es en ese medio where the magic happens. Me acuerdo que hubo un tiempo lejano en el que escribir para otro era tan aterrador, que prefería no hacerlo. Prefería escribir para mí misma y mis fantasmas. Pero un día decidí romper con esa falsa creencia de que el afuera era aterrador. Sacar las hojas de la vitrina.

Este último período de mi vida comencé a percatarme de que soy una escritora muy consciente de mi tiempo. Tengo un sentido muy afilado de lo que pasa a mi alrededor, sé leer el mundo literario en el que me muevo con mucho detalle, veo cosas que otros no ven con extrema facilidad y rapidez —No se pongan celosos, ustedes también tienen sus dones—. A veces, pienso que si escritores como Cortázar, Virginia Woolf, Vallejo, Shakespeare, Sor Juana, entre tantos otros (de cualquier época y con cualquier antecedente), se levantaran de sus tumbas y vivieran este presente, no podrían soportarlo: la reencarnación es un arte como cualquier otro, y, por ende, no es para todos.

Incluso a nosotros mismos nos cuesta aceptar este presente literario y de la escritura, nos cuesta aceptar ese terrible ego que es tan obvio como el Big Ben: los seguidores de Instagram, los algoritmos, los lectores que quieren todo cortado como si fueran bebelectores, los hyperlinks y los links, los fondos destinados a lo mismo, las reacciones, las fotos, los trolls, la extraña presencia académica y corporativa en redes. Hay muchas cosas raras que pasan en esta mezcla contemporánea de factores. Cosas raras como sentir presión por tener seguidores en nuestras cuentas de Twitter; presión que no es personal sino social: ¿eso no es raro, casi inhumano? Sobre todo, cuando los seguidores se pueden comprar por 3 pesos devaluados en el mercado ilegal.   

No sé en qué momento de esos 35 años vi toda esa mezcla como una posibilidad. La posibilidad del error: infiltrar las letras como un bug de ese sistema asfixiante. Ahora, tú lector estás leyendo esto por un error del sistema. ¿Por qué un error? Porque a mí no me pagaron para escribirlo, ni a ti por leerlo. Este sistema no quiere intercambios que no sean mercantiles. La Ninfa Eco es un hermoso error. Para mi cumpleaños me regalé emocionarme con la noticia de que este error de mi pensamiento se expandió como respuesta a un virus. Ahora tenemos tres equipos: el de Latinomérica+España, Reino Unido y Estados Unidos. Creo que muy pocas personas podrían entender la emoción de haber construido eso desde la base hace más de tres años.

Somos un equipo de escritores trabajando en una revista que no necesita followers para existir, ni necesita algoritmos, no necesita un mercado, ni sponsors. Se beneficia de ellos, como también lo agradece como una bendición extra (por favor no se vayan), pero puede continuar con o sin ellos. Al principio éramos unos pocos creando algo sin forma, con una emoción totalmente desproporcional a lo que es la crudeza del mundo literario.

Pienso que junto a mis poemas, La Ninfa Eco fue una de las mejores cosas que creé en estos treinta y cinco años, porque demostró que hay algo que escapa de las lógicas del capital: “Y la medicina, el derecho, la ingeniería, todas esas son necesarias y nobles para hacer la vida sostenible, pero la poesía, la belleza, el romance, el amor… Esas son las razones por las que nos mantenemos vivos”.

Mi segundo cumpleaños en pandemia me regaló la posibilidad de sentir alegría y felicidad por poder construir con pequeños ladrillos las cosas más ridículas, inútiles e impensadas, que son las más importantes de mi vida.


El otro día fui a comprar un café, y me quedé sentada, tomándolo, en una pequeña plaza que se mantiene casi desértica (a diario). Mientras lo tomaba, miraba a la gente caminar en sus burbujas-humanas de la pandemia. Todos estaban hablando y no había nadie viendo sus celulares. Miré cuidadosamente ese detalle. La pandemia nos recordó que también podemos vivir como en los noventa, en parte.

En una entrevista que me pasaron de Elon Musk con Joe Rogan, sobre el neurolink, Elon decía: “Ya todos somos cyborgs hasta cierto punto porque tenemos nuestros celulares como extensiones nuestras […] hoy no traer tu celular es como si tuvieras el síndrome de la extremidad fantasma, se siente como si algo estuviera faltando”. La tecnología es parte de nuestra vida y nuestro cuerpo. Los escritores ya no somos los de antes. A veces siento que esa evolución algunos la ven más clara que otros.

Vivir al filo del tiempo, en la cresta del progresismo literario es también un arte aparte. Entender la evolución tecnológica no se trata de ser un influencer, sino de ver la posibilidad. La posibilidad de crear algo bello con lo que tenemos en cualquier lugar y momento. No esperar más de estructuras y direcciones impuestas. Incluso las editoriales y las universidades más grandes y con mayores recursos se sienten perdidas. Este cambio es drástico y se profundizó con la pandemia.

Lo nuevo y lo diferente siempre es visto con ojos de estigma; el estigma de que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, no puedo pensar en un momento mejor para escribir que en este hermoso caos en el que todavía se pueden tener ideas.


A veces pienso que vivo al filo de alguna periferia de una gran y pequeña ciudad, en los márgenes de la selva actual, en unas aguas que se filtran con las nuevas lecturas. En ese escenario, en esas maderas, es en las que cumplo treinta y cinco años como escritora y gestora, como alguien que pensó en soledad y en el encierro de su comunidad. Hoy podría estar en una fiesta por Zoom, pero preferí estar en esta felicidad, en la alegría de las palabras que van y vienen, que nos forman como las piedras a la arena.


En este cumpleaños quiero celebrar la palabra porque es la única que puede gobernarnos y liberarnos como el fuego incandescente de una velita de colores que nunca se apagará. Este día me trajo la satisfacción de vivir este momento, este hoy eterno que es lo único que soy.

No sabemos cuándo nos vamos a ir de esta fiesta, no sabemos si todo lo que tenemos mañana va a desaparecer con un inesperado giro de suerte. Nada es propiedad privada en este mundo de apropiación. La vida se derrama de manera tan, pero tan salvaje frente a nuestros ojos, que no nos queda otra alternativa que vivirla con la máxima pasión.

Vivimos rodeados de muerte emocional, pero es hora de crecer y arribarse a ese precipicio que es la vida. Voy a dejar unos versos de uno de mis poemas The Good, the Bad & the Poet:

“Somos menos que polvo.

Somos una hoja que cae.

Y la belleza esta escondida

En la manera en la que caemos”

Quisiera completarlo con una cita de la novela de Ricardo Piglia, El camino de ida, “En la caída soy un halcón”. Me gustaría ser ese halcón que cae en esta vida literaria que elegí. No me refiero al aspecto agresivo del halcón, sino a la cualidad de volar siendo libre y respaldado por la propia disciplina e independencia de su edad, la edad de oro personal.

Me gustaría volar y caer con aspiraciones y anhelos; subir y bajar como solo puede hacerlo un animal. Llorar y reír por la incertidumbre y la certeza de que somos menos que polvo, conglomerados de polvo, tan mundanos como el que se acumula debajo de la cama. Somos tan terrenales como ese polvo que barremos, nunca estamos limpios, nunca perfectos. Siempre escondemos, pero hay poquísimos momentos en el que nos abrimos como un libro, y dejamos que otros vean mientras nos atrevemos a verlos: no hay nada mas celestial que eso, ni siquiera el polvo de las estrellas.

“El ser más inesperado es uno mismo:

Hasta las esfinges nos miran con ojos asombrados”

Silvina Ocampo

Voy a terminar agradeciendo a todos los lectores, sean cercanos o no, por dejarme compartir esto y pasar mi cumpleaños en esta extraña transacción que son las palabras.

Ilustración: Victor Argüelles

Arlequín [Fragmento]

Son tiempos crueles, el cielo entristecido cubre cada rincón de la tierra. Todas las noches, las criaturas acuden al solar, para ver el espectáculo que ahí se representa –es la única alegría, si cabe decirlo–. El reconocimiento para los actores es una sonrisa amarga, una estría sujetada por los labios apretados de los asistentes; el trabajo envilecido no produce otra cosa que la apatía por la función y, a pesar de todo, la gente acude.

El cuarto del fondo de la casucha se ilumina por los rayos del sol. La luz se introduce vieja, carente de brillo, moribunda, como lo es la vida; alumbra un rostro blanco pintarrajeado sin armonía. Unas líneas delgadas se escapan del rostro y se impregnan en las paredes, nadie podría decir quién las originó, sólo que atraviesan al payaso tumbado en el vértice de la galera, al lado de un cuadrado cartográfico, arriba de lo que fue un taburete, debajo de lo que parece un artilugio de locos y casi tocando la laguna que se extiende de una garrafa desmayada del otro lado de la habitación, en donde también se halla una portezuela cerrada que esconde las voces de los dueños del espectáculo.

Una puerta separa la felicidad de las criaturas. Una puerta es lo que se necesita para cerrar o abrir los cerrojos de un alma perdida. Los patrones lo saben bien, son los únicos que bailan llegando el anochecer, los que contemplan el sol, los que sonríen, aunque su sonrisa sea una mueca siniestra. Los dueños se apropiaron de todo, por eso son los dueños. Amos de la comida –nuestra sed–, los ríos –nuestro trabajo–, la tierra –nuestras decisiones– y del cielo que nos mira.

En el amanecer del payaso se dibujan las ilusiones del resto de los seres que divagan con caminar allende del páramo, por las planicies coquetas frente a sus ojos. Todas las criaturas encerradas se escudriñan de reojo y esquivan el contacto visual. Los holanes sin sentido del traje variopinto del payaso se pasean por el aire que entra vestido de hojas secas a través de la puerta de telaraña. El letargo se profundiza, nada lo rompe. El payaso está empeñado en lo que se encuentra más allá de su vista. Es un cobarde, pero un buen soñador. Le tiene miedo a correr, a salir de una vez y por todas de aquel encierro que lo llena de más garabatos. Es un maestro de la ilusión y un desdichado de sus anhelos. Observa el cuadro cartográfico, memorizando los lugares a los que podría ir si se atreviera a cruzar la puertecilla que lo separa del espectáculo tan lamentable que ofrece a la hora del ocaso. Gira la cabeza hacia el otro lado, hacia la puerta de los patrones, rechaza la idea relámpago y se concentra en la telaraña de enfrente que deja entrar otra ráfaga de aire.

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Sobre Ana Matías Rendón

Sin origen ni destino. Es una errante sin remedio. A la fecha ha tenido más de 60 empleos. Escribe, porque le gusta más que hablar. Tuvo (mucha) suerte y estudió Filosofía y Literatura. Es ensayista y narradora. Ha publicado algunos libros y textos en diferentes diarios y revistas. Le fascina la Filosofía Posmodernista y la Literatura Fantástica, pues cree fervientemente que tienen mucho en común.