A 4 manos

La inspiración y yo

Tantas noches en busca de la inspiración, horas y jornadas perdidas. Tanto tiempo he tratado de alcanzarla con diferentes historias y resultados, pero lo que no cambia es el carácter, la naturaleza de la inspiración, idénticos a los de una mujer caprichosa, veleidosa, impredecible que, sin embargo, en contadas ocasiones parece hartarse de su propio comportamiento y busca compañía, un apapacho, un recibimiento como el de una amante que regresa arrepentida a los brazos que la esperan y anhela encontrar cobijo en ellos a pesar de que sabe que se portó mal, que fue ingrata, pero que piensa que con su silencio y cara triste será suficiente para alcanzar el perdón sin merecer reproche. Tal ha sido mi historia con la Inspiración. La he perseguido en tantas partes y alcanzado pocas veces; otras más se me ha presentado en los lugares y momentos menos esperados: delante mío en medio de una multitud que camina despreocupadamente una tarde de domingo y yo en el intento de llegar hasta ella aprovechando que la gente se ha detenido en espera de que cambie la luz del semáforo. Pero cuando estoy a punto de conseguirlo, la muchedumbre reanuda su marcha y, entre la confusión con aquellos que vienen del otro lado de la avenida, la pierdo de vista. En ocasiones he coincidido con ella en el transporte público, cuando, ya de noche, regreso del trabajo. Vamos sentados uno al lado del otro en el vagón del metro. Yo siento dentro mío un mar que se revuelve y golpea contra las paredes de mi pecho al tenerla cerca; ella parece incluso más harta y aburrida que una oficinista que ha pasado las últimas doce horas redactando informes que nadie leerá o mandando correos electrónicos al por mayor sin oportunidad de tomarse un café. Por más que le hablo, que intento ser simpático o interesante a pesar de mi propio cansancio, no consigo sacarle una sonrisa, no existe conversación posible. Cuando bajo del carro, ni siquiera una mirada, ninguna intención de ser amable para por lo menos cumplir con los convencionalismos. Mi frustración ha sido tal que he pensado que la Inspiración me odia, que le caigo mal sin motivo aparente, y esa suposición me entristece.

          Una mañana, sin embargo, las cosas parecían distintas. Aquella vez, como tantas otras, me senté frente a la computadora. Mi propósito era escribir un poema de largo aliento. Me esforzaba por enlazar las mejores ideas cuando, inesperadamente, vi a la Inspiración sentada en un sillón. Sin mostrar entusiasmo por su aparición, noté que me miraba, pero yo seguía sobre el teclado para darle a entender que su presencia me resultaba indiferente. Continué mi labor y por un momento me olvidé de mi huésped. A medida que avanzaba en mi escritura, los versos fluían y llenaban la pantalla. Entusiasmado, mi cerebro trabajaba a mayor velocidad y los resultados me satisfacían. No pude evitar una sonrisa al percatarme de cómo aquellas ideas que llevaban tanto tiempo guardadas en la bodega de la imaginación tomaban forma. Estaba emocionado ante ese inesperado éxito personal cuando la escuché acercarse. Alcé la vista y encontré a la Inspiración a mi lado, con un brillo indescriptible en la mirada y una sonrisa maravillosa que mostraba su dentadura perfecta. Con un movimiento lento y mágico a la vez, se alisó el cabello sin dejar de sonreír, como para demostrar el gusto que le daba que yo al fin hubiera alcanzado mi esplendor creativo, que mi mente brillara en medio de una apoteosis imaginativa. Era tanta la felicidad que la Inspiración parecía experimentar, que subió a mi escritorio y se recostó frente a mí, en una imagen tan sugerente como jamás había soñado. Entonces me vi a mí mismo como a aquellos músicos de las viejas películas de Hollywood que tocan con una hermosa mujer posada sobre un piano. Me imaginaba vestido de esmoquin, con una copa de champán sobre el piano, sacando las más hermosas notas de las teclas y con esa musa que se me había negado tanto tiempo al fin rendida por la belleza que yo era capaz de transmitir a través de mi arte. La Inspiración estaba extasiada; la había conquistado. Era mía y jamás la dejaría escapar. Con cada palabra que escribía, con cada nota que interpretaba, ella parecía a punto de gritar “¡Toca más alto! ¡No te detengas!”. Estábamos en medio del éxtasis, envueltos en su torbellino, cuando un ruido discordante interrumpió nuestro delirio. Desconcertados, volteamos a vernos y luego miramos hacia la puerta. Dejé mi asiento para averiguar quién hacía sonar el timbre; la Inspiración permaneció en su lugar encima del escritorio. Al abrir, me encontré con la vecina de junto, una mujer entrada en años y en carnes que dijo con voz chillona: “Señor, disculpe. Quería saber si a usted ya le llegó el recibo del teléfono, porque se me hace raro que estemos a finales de mes y aún no nos haya llegado. Digo: no vaya a ser que lo corten, ¿verdad? Porque ya sabe usted cómo son los de la compañía: pueden atrasarse lo que quieran con la entrega del recibo pero, si uno se retrasa en la fecha de pago, le cortan el servicio. ¿Usted ya lo tiene?”. Vi que la Inspiración continuaba en su sitio tras escuchar a la vecina y la miraba con extrañeza. Amable pero firme, le contesté a la señora: “No, tampoco lo he recibido. Pero no se preocupe: así ha sucedido antes. No hace falta el recibo para pagar. Basta con que se presente en la compañía y explique el problema. Le cobrarán sin necesidad de tener el papel. Ahora, si me disculpa…”. “Sí, vecino, lo sé, pero tampoco se vale que no entreguen el recibo o que lo dejen en una dirección equivocada, porque fíjese que a mi comadre…”. Desesperado, me volví para ver lo que hacía la Inspiración mientras intentaba evadir a la molesta mujer. Con angustia, me percaté de que había abandonado el escritorio y se dirigía a la cocina, tal vez en busca, pensé para tranquilizarme, de algo que comer mientras la vecina dejaba de importunar, para después reanudar nuestro idilio creativo. “Discúlpeme. No puedo platicar: estoy ocupado”. Y le cerré la puerta en las narices. Imaginé la cara de sorpresa mezclada con indignación que pondría, mas no me importó. Presa de la angustia, fui hacia la cocina en busca de la bella, pero no estaba. Corrí a las demás habitaciones; revisé debajo de la cama, en el baño, detrás de las cortinas… Todo fue inútil: la Inspiración me había abandonado. Como último recurso, intenté reanudar la escritura del poema que, creía, me daría fama internacional y haría que la Inspiración nunca se fuera de mi lado. Vana ilusión: no me salían las palabras, me resultaba imposible retomar el hilo de mis pensamientos, la creatividad se había cortado sin esperanza de regreso. En los días posteriores, de nada sirvió que llenara de flores las habitaciones, que pusiera las más hermosas melodías para atraerla: la Inspiración no volvió. Ha transcurrido un tiempo de aquello. Desde esa infausta mañana no he vuelto a encontrarme con ella ni en la calle ni en el metro, mucho menos en mi casa, en ninguna parte. Temo haberla perdido para siempre. A partir entonces, por mucho que insista, no le abro la puerta a ninguna vecina impertinente.

Lunaridades

Sí, lo ves ahí, redondo, colorado. Sería un lunar perfecto -pensás- si no estuviera rodeado de la nada, si alrededor y por debajo tuviera piel que lo dotara de ese mínimo relieve que tiene todo lunar que se respete. Querés ser diminuto para posar tus manos sobre él y abrazarlo, o recostar tu cabeza sobre su suave superficie y acurrucarte en sus delgadísimas arrugas.

De pronto ves salir jirones de piel a lo largo de su circunferencia. Te frotás los ojos como para quitarte el asombro de la mirada. Aquel punto ciego, que antes parecía el mínimo espacio donde comenzó el universo, ahora está rodeado de formas a ratos indefinidas, a ratos oblicuas, curvaturas que tienden al círculo antes de desmoronarse, temblar un segundo y desenrollarse como alfombras mágicas.

Desearías ser más ligero para precipitarte sobre aquellas extensiones trémulas de piel como en un tobogán. Pero una nueva redondez te saca de aquel viaje imaginario para ponerte al frente un pecho liso, impoluto, hasta que una pequeña imperfección se anilla en su parte más alta y forma un pezón. Pensás que no has visto un defecto tan maravilloso en tu vida hasta que otra tira de piel nace a un costado de aquella milagrosa formación y se enrolla justo a su lado, para ascender hasta volverse un nuevo pecho con su respectiva imperfección coronándolo en su cima.

Nueva piel sigue saliendo del lunar para tomar formas inusitadas. Dos enormes trazos se transmutan en unas piernas que no son como las tuyas. Estas tienen una curva por detrás de la pantorrilla que te produce un placer extraño en el vientre. Intentás disimular la erección, como si hubiera alguien más alrededor aparte de vos y ese lunar que se ha vuelto loco escupiendo piel por todos lados.

Ves que entre las piernas recién formadas un trozo minúsculo se enrolla hasta formar un clítoris. De nuevo querés ser más pequeño para abarcarlo con tus brazos y apretarlo contra vos, pero solo atinás a acercarlo torpemente a tu boca y probarlo con ese divertido miedo a lo desconocido.

De pronto, recordás el lunar con el que todo empezó, y levantás la vista para ver hacia dónde se ha ido. Entonces ves que otras curvaturas han encontrado su forma definitiva en una boca, unos brazos, orejas, nariz, cabellos, ojos… Aquellos ojos miel que ahora te miran ensimismado en su clítoris. Ahora querés ser más grande para tatuarte todo contra su cuerpo, aquel cuerpo que recién ha nacido en algún lugar del espacio-tiempo.

Ella te mira, se miran… Y ya no querés ser más pequeño, ni más grande, ni más ligero. Tan solo querés tener la dimensión indefinida de sus ojos, y entrar en ellos y quedarte ahí, del tamaño justo de la felicidad.

El lugar donde encallan los barcos

Sin entender exactamente por qué o para qué, el día cinco de julio de mil novecientos ochenta y uno me encontraba en una sala del aeropuerto de la Ciudad de México. Un amigo de mi padre, entusiasta, lo había persuadido de la oportunidad que significaría para un muchacho citadino participar en un campamento donde, además de los deportes, aprendería algo sobre el régimen socialista. Por supuesto, a mí me importaba un cuerno Fidel, la Bahía de los Cochinos, la guerra fría, el bloqueo norteamericano o el ejercicio. De cualquier modo mi padre, no siendo especial partidario de Castro y sordo a las objeciones filiales (también mi hermana se opuso) y conyugales, inició los trámites en la embajada de Cuba. Tal vez imaginaba que un poco de movimiento atenuaría mi complexión adiposa: tenía doce años —yo, no mi ascendiente— y mi estatura, conforme a las tablas médicas más verosímiles, debía al peso unos diez centímetros (1.40 m – 50 kg). Recuerdo que entonces la erección matinal estaba más asociada a una milanesa con papas que a panoramas femeninos; confieso que el entendimiento posterior de este asunto —el de la erección matinal— tampoco tuvo un carácter muy científico: hasta hace poco, no sé si en descrédito propio o de las clases de la primaria que debieron orientarnos, descubrí en un libro de psicopatologías sexuales que la vejiga es la responsable: en la noche, el mentado órgano bombea líquidos a las fosas cavernosas.

            Conforme a la ruta de vuelo, debíamos aterrizar en La Habana. Sin embargo, una tempestad provocó una serie de vueltas improvisadas y un presuroso descenso en Varadero. Aunque ese era nuestro auténtico destino, cuando mejoraron las condiciones climatológicas, luego de cinco horas de espera, retomamos el rumbo. Previamente habíamos hecho al capitán piloto la solicitud de que nos dejara en Varadero, pues ahí y no a otro lado necesitábamos llegar. La respuesta: “Las líneas de comercio y de transporte, chavales, operan bajo normas de estricta observancia” (pensé que el capitán piloto era muy burro: la palabra correcta sería “mirada”, no “observancia”). En La Habana nos informaron que los choferes responsables de llevarnos al campamento habían regresado, imaginándonos quizá lo suficiente astutos para alegar con quien fuera que si estábamos en Varadero y luego iríamos a La Habana para volver a Varadero, ¿por qué diablos no quedarse de una buena vez en el primer sitio? Una especie de victoria del sentido común sobre el derecho aeronáutico. El número de horas que estuvimos aplastados y quejándonos en los pasillos no difirió gran cosa de la espera inicial. Salía del sanitario subiéndome la bragueta y examinando con desconfianza mis manos, en el instante en que un hombre daba instrucciones a los compañeros: otro camión —parece que al primero, de nuevo hacia La Habana, se le poncharon las llantas— nos llevaría a un albergue estudiantil en Guanabacoa, sólo para pasar la noche. “No hay habitaciones libres —notificó la administradora del albergue José Martí—, pero les invito a cenar y, si no les causa molestia, pueden dormir en el piso de esta oficina”. Mi primer alimento en Cuba fue un plato servido por la hija de la administradora (Artemisa, se llamaba la hija, y Ana María la madre): moros con cristianos. En medio de fervorosas cucharadas cometí mi primer tropiezo histórico político cultural: Ariel, uno de esos mejor preparado que uno, sí, el típico pedante de doce años que en vez de preocuparse por saber si el balón Tango del próximo campeonato de futbol tendrá vivos en rojo o en negro y blanco, intenta aprenderse la fecha en que ejecutaron a Luis XVI…; Ariel, tras afirmar que nunca había paladeado unos frijoles con arroz tan suculentos, lo que le valió un segundo plato y a nosotros una madrugada insufrible, comentó que le encantaría conocer la URSS. Se me ocurrió que, en efecto, visitar un sitio con tan bajas temperaturas no estaría mal. Y lo dije. Dije que estaba de acuerdo en ir, cuando fuera más grande, a Rusia. “No se llama Rusia”, me refutó. “Esa denominación —continuó mientras yo fijaba iracundo la vista en una cáscara de frijol atrapada en sus brackets— pertenece a una funesta etapa de la historia. Es como si dijeras que vives en Nueva España. ¿Te gustaría?”. Traté de defenderme, claro —Artemisa era una mujer de nada malos bigotes—, pero, como en el box, la técnica pudo más que el coraje. Ana María, conciliadora, apuntó: “Por favor laven sus platos: que descansen, yo me retiro”.

            A la mañanana siguiente, Ariel pronunciaba un discurso que incluía palabras como: “hermandad fraterna, gesto inolvidable, revolución mundial y Che Guevara”. Ana María, sin despabilarse bien aún, intentó sonreír: “Andale, gracias eh, feliz estancia”. Un señor alto, gordo, pelirrojo y con barba se acercó a la oficina de la administración. Afuera estaba un autobús con el motor en marcha. “Ustedes son del grupo B de México, ¿verdad?”. Pensé en mi grupo de primaria: sexto B. Por fortuna, permanecí en silencio. “¿A qué se refiere?”, aventuró David, uno de mis compañeros. “Sí, porque ustedes no son del CREA ni del Estado de Michoacán”. Agregó: “Yo soy Leo y seré su guía temporalmente. No se preocupen. Hoy partimos a Varadero”. Ariel intervino con una autoridad tan desconcertante como atribuida por sí mismo: “En efecto, formamos parte de una compaginación sui géneris, no afiliada…”. “Bueno, bueno —interrumpió Leo—, hagan el favor de apurarse, súbanse que ya casi no hay cupo”. A la altura del tercer o cuarto peldaño cayó un gargajo: junto al volante, desafiándonos (incluso al conductor), un joven tan morucho y recio como un tronco, el creador de aquella obra, Emilio, se carcajeó. Era el jefe, algo así como nuestro Ariel, de la delegación de Morelia. Reconozco mi pavor. David susurró: “Perro que ladra no muerde”. En ese instante conocí a mi amigo mexicano en Cuba. Todavía temblaba en el asiento más lejano a Emilio cuando un tufo, precursor de los entonces soviéticos, me ocasionó una peculiar congestión nasal. “¡Qué asco!”, observó David. Los búlgaros poseían su propio aunque no tan temible concepto del baño. Fueron los últimos en acomodarse. “¡Mira qué guapa!”, me codeó mi amigo mexicano en Cuba. Tenía razón.

            En menos de treinta y seis horas viajamos dos veces al lugar donde encallan los barcos. En esta ocasión, salvo los paseos de ida y vuelta en el mismo día (por ejemplo, a la célebre playa Girón, en la Bahía de Cochinos, o al Castillo de Jagua, en la provincia de Cienfuegos), permaneceríamos un mes en el Campamento Internacional de Pioneros 26 de Julio. Sus edificios, flanqueados por una cerca bien pintada que no disimulaba del todo la fachada de correccional, consistían en cuatro bloques de concreto: una estructura cuadrangular y, en el centro, una piscina de veinticinco metros con un pequeño trampolín. Cada bloque se dividía en tres pisos y cada piso en unos veinte cuartos. En cada uno de ellos: seis literas. Construcciones anexas: el comedor y la heladería, separadas entre sí y del conjunto principal por una breve distancia. Teníamos prohibido salir del vallado protector de los costados y la parte delantera; la parte trasera desembocaba en la arena, fina y clara, y la arena en un mar apacible, tanto que, en una tarde de excéntrica lluvia (una nube recorría el cielo abierto mojando la porción de tierra sobre la que pasaba), nos permitió rebasar a pie las boyas de seguridad.

            Ser miembro del grupo B de México o grupo México especial representaba ciertas (a juicio de nuestro caudillo Ariel) desventajas. Eramos un quinteto —David, Víctor, Ariel, Enrique y yo— incluido a última hora en el programa de actividades. Las solicitudes de admisión enviadas por diversos países y respondidas por los funcionarios caribeños no habían agotado la capacidad de las instalaciones. El gobierno cubano ofreció más lugares para que jóvenes independientes, no inscritos en alguna asociación, pudieran participar en el campamento. No sé si la premura con que se difundió la noticia y se cerraron las listas definitivas fue el motivo de que el total de nuevos peticionarios proviniéramos del Distrito Federal. Llegamos, al igual que el resto de los mexicanos, los del CREA y los que mandaba Michoacán, encabezados por el sátrapa de Emilio, y al igual que otras delegaciones: Etiopía, Bulgaria, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Alemania Democrática, después de la ceremonia de apertura. Salvo en nuestro caso, la visita de todos ellos había sido dispuesta desde el principio, y cada delegación —la mexicana parcialmente— tenía asignado un guía o instructor; y digo parcialmente pues el guía Ferrero se limitaba a la vigilancia de los del CREA y los de Michoacán. Para hacerse cargo de nosotros cinco, se comisionó a Leo, maestro de trovas y burácrata en una oficina de censos. Las náuseas, producto de despertarse tras una broma de dormitorio, al ritmo de Un nuevo sol te iluminó, es el dibujo divino… aquí hay ambiente, aquí es otra gente, la humanidad quiere paz, ¡viva la libertad!, viva hoy… melodía diseñada para que los hombres del futuro, reunidos en Cuba, abandonaran la pereza en las literas y ejecutaran, con asesoría forzosa del instructor, sus ejercicios matinales en los pasillos…; las náuseas, lo empujaron a implorar una sustitución. Leo se fue y nos transformamos o afirmamos en chinos libres, en beach boys con reservas latinoamericanas (carecíamos de tablas surf y otros adminículos). Nadar y retozar todo el día, menos a las horas del potaje y los helados, despreciando cursos y talleres. A Ariel, a quien no le gustaba ser chino libre o beach boy latinoamericano y sí asistir a los talleres y cursos, debemos, hay que reconocerlo, las escasas intervenciones en los paseos: él nos hizo entender la vergüenza que era jugar voleibol en vez de ir al Castillo de Jagua. No cabe duda, ser miembro del grupo B de México representaba sus (des) ventajas.

            Un deporte, más que el voleibol o el futbol, destacaba en mi arsenal de entretenimientos: el ping-pong. Buenos reflejos, antes que musculaturas insólitas (la inexistencia de esto último me valió la décima posición en una competencia de nado) y, sobre todo, ocio, mucho ocio. Un etíope, Zabek, fue mi maestro. “Es que estoy gordo”, le decía decepcionado mientras miraba botar la pelota en el rellano de la escalera, al fondo del segundo piso de uno de los edificios. “No es cosa de peso —me replicaba en excelente castellano—, es cosa de paciencia”. Por cierto, paciencia fue lo que le faltó a Zabek cuando Emilio, encorajinado por una derrota (Zabek era el campeón indiscutible en cualquier categoría), arrojó un escupitajo sobre la mesa. El negro se encaminó contra el morucho y colocó, uno en cada lado, el pulgar y el índice en los cachetes agresores; luego apretó, hasta que los dedos hicieron contacto. ¡Emilio lloró! Lágrimas a cuentagotas, muy distantes a las que brotaron de mis ojos al ver un aguamala extendida en mi rodilla, pero lágrimas al fin. ¡Era soberbio ese Zabek! Sus enseñanzas me redituaron el tercer sitio en el torneo del campamento.

            La edad tope para asistir a Varadero, se leía en la convocatoria, era dieciséis años. A nadie sorprenden las excepciones: el soviético más alto y apestoso tenía veinte; Poccuya Manyeba, la búlgara guapa del camión, dieciocho… ¡Pero el Franchute…! ¡Veintisiete! Su apodo, un nuevo nombre, ya que toda persona se dirigía a él de esta manera, funcionaba como señal de alerta para ocultar el patrimonio personal; bribón y alcohólico, el Franchute representaba, solo, a Francia. ¡Había que verlo izar la bandera de su patria!, una de las pocas obligaciones, esta, la de izar la bandera, con la que cumplíamos. En un principio le pedía a un par de chilenos que le ayudaran a extenderla y amarrarla a la cuerda del asta, temprano, y a desamarrarla y doblarla, al anochecer. Fastidiado de solemnidades, acabó pagándoles a los sudamericanos para que se encargaran por completo del asunto. Las ceremonias cívicas se efectuaban en domingo y en fechas importantes. Mi relación con el francés, fuera de las extorsiones para ahorrarme la molestia de deslizar con la punta de la lengua un peso cubano que aguardaba en el piso, resultó cordial. Enrique, siempre díscolo a la hora de cubrir la cuota de seguridad y poseedor del récord de distancia transitada por un peso cubano, solía decirle que era un imbécil. El Franchute, acaso demasiado esporádicamente, sacaba a relucir su lado generoso: “Tú dedicación al ping-pong —me psicoanalizaba en atisbos de inglés— es un escándalo; no te vayas a convertir en malviviente”. Y al decir malviviente no se refería en sentido estricto al vago, sino, más bien, al opuesto del bon vivant. Su consejo o reproche se fundaba en un favor que me había hecho: con el propósito de romper un compromiso con Poccuya Manyeba o Rosie o la primera mujer que me besó en la boca con mi consentimiento (Reina, una doméstica que en determinada época demostró gran afición por los relojes familiares, ya había explorado mis colmillos de leche) (los besos de Reina generaban un escozor similar a los besos de la tía Gacha; rascarse no parecía ser remedio suficiente); con ese propósito, le rogué al Franchute que se apersonara en el cuarto de los búlgaros, donde Poccuya esperaba mi visita, y justificara mi ausencia alegando que un conglomerado de cerumen, tan sólido como imprevisto, fruto del exceso de agua de mar, me había desviado a la enfermería. La que efectivamente había acudido al local médico esa mañana, griposa, era Rosie. Para contrarrestar el legendario virus le recetaron reposo absoluto, obvio impedimento para salir de una habitación en la que, a esa hora, cinco de la tarde, estarían presentes, escuchando a todo volumen una grabadora, los demás representantes de Bulgaria. Panorama devastador. Y si bien el mensajero se hizo cargo de la diligencia, en la noche, cuando nos vimos de vuelta, me aconsejó o reprochó lo ya anotado: “Un gesto de solidaridad con una mujer —añadió— merece anteponerse a un rato de pseudotenis”.

            El cuarto o quinto día de mi estancia: Víctor y yo regresábamos de la playa lanzándonos un balón y gritando incoherencias con acento cubano. “¡Eh, chico, mira, pásala! ¡Ah te va, ah te va!”. Después del baño iríamos al comedor, para merendar. En sentido contrario, avanzaban las búlgaras. Seis en total. Probablemente se dirigían a ver la puesta del sol. Nos saludamos en inglés y nosotros seguimos adelante. Gritaron algo y volteamos. Le pidieron a Víctor que se acercara. Lo rodearon y, para sorpresa mía, retomaron el camino rumbo al edificio central. Víctor, que fingía mucha seriedad, se les unió; al pasar me guiñó un ojo. “Ahí te hablan”. Rosie, de pie frente a mí, preguntó si querría ir a la playa, para esas horas, desierta. En mi memoria se configuraron todas las escenas de violación que había visto en el cine. Le respondí que sí, con trabajo; mis labios: hechos grietas; el paladar: reseco; el pecho: arrítmico. Nos sentamos sobre un montoncito de arena; medio metro entre los dos. “¿Acércate”, me sugirió. “¿Ya viste cuántos colores tiene el mar? ¿Te doy miedo?”. Me esforzaba por mirarla directo, al rostro. En un intento, percibí un aroma salado, fuerte. La punta de su nariz golpeó la mía. Ataqué, pero los nervios me hicieron errar el tiro hacia un pómulo. La mujer del autobús retrocedió divertida y envolvió con sus manos mi cara.

            Sin sospecharlo, me convertí en una especie de autoridad: en un padrote; claro que sin las más remotas funciones del padrote. Los de mi grupo, aun el morucho Emilio y uno que otro del CREA, me felicitaron. “¿Cómo le hiciste?”, inquirían. “Casi te dobla la edad y, no te ofendas, la estatura”. El Franchute iba más al grano: “¿Ya se la metiste?”. Víctor opinó: “Está muy buena”. Inauguraba pues, mi carrera de novio o compañero o amante. “¡Amante no!”, se exasperaba el Franchute: “Amante, hasta que se la metas”. Para su decepción ­—la del Franchute—, mi currículum en estos asuntos era nulo y mi lascivia, como ya puntualicé, transitaba con lentitud de las milanesas con papas al ping-pong y de este, también con rémoras, a Rosie. Pese a la prepubertad y sus misterios (por ejemplo: ¿el semen es verde, blanco o transparente?, ¿sale solito o hay que tomarse algo?…), la idea de ser un hombre de respeto, un novio, me entusiasmó sobremanera. Ahora, ignorando burlas proferidas hasta por Ariel, me levantaba al escuchar Un nuevo sol te iluminó… y en el pasillo hacía los ejercicios obedeciendo las indicaciones del disciplinado instructor búlgaro. Ella sonreía y mis rótulas temblaban doblemente al hacer las flexiones. Terminábamos y cada quien volvía a su cuarto. En el mío, David, Vctor y Enrique, semidespiertos, entonaban Estar enamorado es, descubrir lo bella que es la vida…, me arrojaban calcetines y hacían bromas: “Fuit fuíu, tararararará, tararararara”. Más tarde, nos dirigíamos al comedor; las charolas: con divisiones para los guisos. Nuestra mesa quedaba lejos de la de los búlgaros, así que durante el desayuno me contentaba con mirarla. De nuevo en las habitaciones, los mexicanos comenzábamos, a juicio de muchos extranjeros, un rito exótico: el cepillado de dientes.

            De acuerdo con el reglamento, mujeres y varones de la misma o distinta nacionalidad debían dormir en alcobas separadas. Esto lo supimos cuando Tania, una niña del CREA, irrumpió en la oficina del director, un tal Velasco, exigiendo que castigaran a Julio, del mismo CREA; Julio, so pretexto de haber visto a Belcebú en la superficie de lámina de la puerta del cuarto de niños, se había saltado la barda (los aposentos se interconectaban por pequeñas terrazas en la parte trasera) y metido en la cama de Tania. Al parecer, Belcebú hizo de las suyas y desapareció los calzones del muchacho, quien, además, sufría una tumefacción en medio de las piernas; tumefacción atemperada con rasguños, baladros y un cubetazo de agua dispuesta para jalar el retrete. Pero aparte de Tania, era difcil que a alguien le preocupara esta norma. Después del cepillado de dientes y de acicalarme, tocaba la puerta de mis vecinas las búlgaras; los vecinos de mis vecinas, los búlgaros, solían amanecer en el dormitorio de mis vecinas, sin que esto hiciera prueba de algún contacto sexual (ni, por supuesto, de alguna abstinencia) entre ellos y ellas. No era extraño que Stanislaus abriera y me saludara —le caía bien a ese Stanislaus— y gritara frases incomprensibles antes de hacerme pasar. Poccuya o Rosie estaría recostada leyendo un libro o una revista, o en el baño, o afuera en la terraza, caso en que era innecesario el trámite descrito y entraba por atrás, desde mi cuarto. Nos decíamos ternezas, antes de besarnos en los labios. Me explicaba su programa de actividades. Si tenía la mañana libre íbamos a nadar a la alberca o a la playa. Si no, quedábamos en reunirnos más tarde; a las dos postmeridiano, invariablemente, acudíamos juntos a la heladería, un paraíso: cuantas veces y los sabores que quisiéramos. Esa construcción, anexa al edificio central, era también el escenario nocturno de nuestro deleite. Allí, solos, más besos y uno que otro roce; hasta las diez, momento en que apagaban las luces, señal y término para irse a dormir. Antes, a la hora del crepúsculo, caminábamos sobre la arena y sus partículas, frescas o tibias, según el vaivén del agua, formaban surcos, remolinos y cráteres alrededor de nuestros tobillos. El fin de las charlas y lanzamientos de conchitas y piedras lo marcaban los zancudos, tan feroces, que era más fácil, tras untarse sustancias repelentes, conseguir una dermatitis que disuadirlos de su acometida.

            “Dinos la verdad”, me arrinconó el Franchute, aburrido de martirizar a Enrique, quien en esta ocasión había hecho una suerte más complicada: al tiempo de arrastrar un peso cubano con la lengua, sostuvo con el labio superior un billete enrollado a manera de mostacho; en el lavamanos, el mártir tallaba la palanca con jabón, mentaba madres y amenazaba al Franchute con destazarlo algún día. “Anda, dínosla”, insistió. Salvo Ariel, que había ido a intercambiar unos paliacates o timbres de correo, y el protagonista del espectáculo reseñado, ocupábamos unos banquitos en la terraza del francés que, como las búlguras, era nuestro vecino; curiosamente, también era el único morador de una recámara tan rancia como su persona. Platicábamos y bebíamos Havana Club de tres años. “¿Eh, ya se la metiste?”. “¿Qué carajos te importa?”, contestó David, quien a expensas de una ceja abierta empezaba a obtener un ápice de respeto galo. “¡Oh, vamos, lo pregunto por el bien del chico!”. El chico, o sea yo, reprimió la idea de salvaguardar la intimidad vía golpes, no tanto por lo animal sino por los posibles resultados. “¡Eres un cerdo!”, gritó David. “¡Un puto cerdo!”. Víctor y David, como quien dice, pasaron a retirarse; luego salió del cuarto Enrique, azotando la puerta. Me quedé solo. “La verdad, no se la he metido”. “¡Ajajá, lo sabía, lo sabía!”, repitió satisfecho el Franchute. “No te aflijas —analizó en voz alta, con aire paternal—, no te aflijas”. Me quedé mirando la botella y unos dedos amarillos por el tabaco la rodearon y sirvieron en mi vaso. Dio un largo trago, directo del Havana, y dijo: “El tuyo es un típico problema de localización. ¿Cómo —continuó— vas a meter algo que no sabes dónde se mete? Te diré lo que haremos. ¿Tienes un cepillo?”.

            Saltamos los pequeños muros que mediaban entre las terrazas. Sola, Rosie dormía la siesta en la cama superior de una litera. Se encontraba en ropa íntima, acostada boca abajo. Uno de sus brazos, arriba de su cabeza, descansando sobre la almohada; el otro se extendía al lado del torso, más allá de la cadera: esta mano, cautiva de la bragadura blanca de encaje florido. El calor arreciaba y en algunos puntos de las piernas, sobre todo detrás de los muslos y rodillas, se habían formado gotitas de sudor. El Franchute picoteó con el mango del cepillo las plantas de los pies de la búlgara. Víctima de jadeos y arrimando el área pélvica contra una pata de la litera, ordenó: “Mira, ven”. Valiéndose del cepillo como los profesores de las varitas que señalan la anotación correspondiente en la pizarra, me aclaró cuestiones técnicas: “Esta es la vulva, este, imagínatela volteada, es el monte de Venus; los labios menores están, lógico, dentro de este como ostión y, por ello, los mayores son los que tocan la tela del calzoncillo. Más hacia el ombligo, insisto, imagínatela al revés, tienen una especie de pito, más corto que el nuestro, claro, y sin agujero para mear. Te confieso —prosiguió acezoso el Franchute— que nunca he entendido por dónde echan los orines”. De súbito, para rascarse, Rosie se llevó la mano prisionera a la punta de la nariz. “¡Shhh!”, me previno el tutor, atribuyendo a mi cara de pánico el motivo de la inquietud de la durmiente. “¡Y tú! —alzó la voz, poseído— ¡y tú… se la tienes que meter aquí!”. El cepillo salió volando y el poseso arrancó la prenda e introdujo medio dedo cordial en la vagina. “¡Da ti eva maikata!”, pronunció la mujer del autobús. Da ti eva maikata, me enseñó un día el amable Stanislaus, equivalía, más o menos, a fuck your mother. El sopapo que la ofendida asestó en la oreja del violador acabó de aumentar mi espanto. Tenía ganas de salir corriendo, pero el que lo hizo dejó un camino de líquido blanco que recorría el piso hasta el muro de la terraza. El modo de mirarme de Rosie demandaba, naturalmente, una explicación. Se la dí lo mejor que pude.

            Un día de la etapa final de mi estancia, la búlgara me propuso dormir con ella en la habitación de los chilenos, recién desocupada. Sus amigos se encargarían de que el asunto no llegara a oídos del instructor y nosotros, a medianoche, nos deslizaríamos con cuidado por los corredores. Pese a la claridad de la luna, ejecutamos el plan. Dentro, se desnudó, despojándome posteriormente de un short que constituía mi única indumentaria. Nos acostamos. Me quedé atónito al palpar el centro duro y abultado del seno. Me pareció increíble que en su vida diaria Rosie portara debajo de camisas, camisetas, bikinis o brasieres, esas protuberancias coronadas de piel oscura: las células en relieve y formando líneas irregulares. Comenzó a frotarme los hombros, la espalda, el vientre y, con un muslo, la entrepierna. Me apretujó. Cerré con fuerza los ojos y luego los abrí. Hundí la cabeza entre sus pechos. Colocó su palma sobre mi pene. Dijo que lo entendía, que no debíamos sentirnos mal, y abrazó el cuerpo desmadejado de un niño con taquicardia.

            A la madrugada siguiente, los ronquidos de mis compañeros y un escozor insoportable me despertaron. La típica broma. En el baño, tallé las zonas embadurnadas de pasta dental. Ayer, a estas horas, sudoroso y asustado, tanteaba un organismo con pelos y redondeces tan fantásticos como su lengua materna. “¡Cobarde!”, pensé. “¡La hubiera hecho mía!”, añadí, sin contener la risa al recordar la telenovela que suministraba esta nostálgica oración. Fijé la mirada en un lunar de la pelvis. Acaso tres o cuatro manifestaciones pilosas, aisladas cual ermitaños. Recurriendo a la diestra y a la esperanza, lo agité para producir un flotamiento de sustancia de vida o nata mágica (palabras del Franchute) sobre el agua del retrete. Lo único que flotó, reflejándose descompuesta, fue una cara escudriñadora.

            A un paso de conseguirlo, de ganarle un juego a Zabek, Ariel me comunicó, con sus brackets y suficiencia característicos, que el director necesitaba saber si nos iríamos pasado mañana o dentro de cinco días. Tocamos la puerta. Frente al escritorio, en dos sillas, estaban David y Enrique; a un lado, de pie, Víctor. Velasco hojeaba nuestros pasaportes. Preguntó: “¿Ustedes son los de México especial?”. Afirmaciones. “Escojan la fecha de su regreso. El fallo —aclaró— debe ser conjunto”. Organizamos una rápida y democrática ceremonia de votación. Por extraño que se lea, Ariel fue un tenaz oponente a emprender el retorno al término del plazo más largo. Le inquietaba que nuestros permisos migratorios vencían justo en dos días. “¡Bah! —replicó el director—, eso se puede solucionar”. Evidentemente, optamos por más vacaciones.

            Pensaba que la quinta noche sería el momento ideal para un ataque, redentor y definitivo. Me correspondería ahora reformular la propuesta búlgara como si fuera iniciativa propia. Pero las cosas se presentaron de tal modo que invalidaron mis cálculos. Pasado mañana se diluyó en tiempo vigente y Leo, reaparecido, ordenó que preparáramos nuestros equipajes. ¡Las tres últimas noches las pasaríamos en Guanabacoa! Frente al camión, le advertí a Leo que no subiría, hasta resolver un asunto pendiente; que deberíamos tramitar una autorización para quedarme en Varadero. Un brazo amistoso rodeó mi espalda. “Tú sabes que eso es imposible”. Bajé la cabeza y contemplé el suelo pedregoso de la explanada. Me erguí. Arriba, despejado, el cielo del adiós. Una silueta corredora que aumentaba de tamaño ocupó mi campo visual. Rosie me apretó con ganas, diciendo lo que se dice en estos casos: te amo, y para siempre, sin ti no podré vivir, ya te extraño, escribe, es sólo un hasta luego, te llevo en mí… Y yo contesté, antes de mi llanto, lo que se contesta (o tradicionalmente se debe contestar) en las despedidas. Suscribimos un pacto cuyo cumplimiento, más que de nuestras voluntades, dependería del destino. En 1986, ella, he olvidado la razón o el pretexto, me encontraría en México.

            La segunda visita al albergue José Martí me pareció perpetua. Ariel, platicando las impresiones del viaje. Ana María, sirviéndole una y otra vez moros con cristianos; Artemisa, noviando en mis narices (los clavos sacan otros clavos sólo si al precipitar el martillo los tenemos entre los dedos). Por fin, una aeromoza de Mexicana ordenó abrocharse los cinturones y aterrizamos en la ciudad más grande del planeta. Entre chiste y chiste mis familiares hicieron que me percatara del color costeño genuino de mi piel y de los cien dólares que habían tenido que pagar a la embajada cubana por el vencimiento de nuestras visas. También comentaron algo sobre mis incisivos y la dentadura de los roedores (el futuro me preparaba la maldición de la ortodoncia y su efecto más notorio: la sonrisa metálica de Ariel). En 1986, se celebró en México el mundial de futbol número XIII. Yo asistí al encuentro en que Bulgaria empató a dos tantos con Corea.

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(Relato incluido en Unos niños inundaron la casa. México: Cal y Arena, 1999; Ficticia, 2019).

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Sobre el autor:

Adrián Curiel Rivera (Ciudad de México, 1969) es doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Publicó su primer libro de relatos en 1999: Unos niños inundaron la casa (reeditado en 2019), al que le han seguido Día franco (2016), Quién recuerda a doña Olvido (2012), Madrid al través (2003) y Mercurio y otros relatos (2003). También es autor de seis novelas: Paraíso en casa (2018), Blanco Trópico (2014), Vikingos (2012), A bocajarro (2008), El Señor Amarillo (2004) y Bogavante (publicada en 2000 en España y reeditada en 2008 en México). Además, tiene tres volúmenes de ensayos: Avistamientos críticos (2016), Los piratas del Caribe en la novelística hispanoamericana del siglo XIX (2010) y Novela española y boom hispanoamericano (2006). Ha sido incluido en numerosas antologías: La X en la frente, Día de muertos, 20 años de narrativa FONCA, Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, Cuentos perversos, entre otras. Reside en Mérida, Yucatán.

Lavar los trastes

Quiero que la noche se quede sin ojos

Federico García Lorca

Es lo que hago cada noche antes de dormir. Agua hipnotizante, espuma frágil, chocar de platos, uñas rotas, apatía, dolor de espalda, mente en blanco. No esta vez. Un pensamiento me acosa: ya lo viví todo. Me reconozco vacía, inútil, repetida, sin nada que agregar.

Una profesión en la que alternas playas y arrecifes. Varios amores. Un hijo que ahora vive con su novia a cinco metros de aire de mis ojos. Tres divorcios. Siete perros que ya no arruinan mis alfombras. Viajes. Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Miro, distraída, a través de la ventana turbia de abandono. Del otro lado, un edificio de apartamentos idéntico a este hasta la última grieta de sus muros. Recorro vidas ajenas, despacio. Teje la anciana de los gatos, lee el joven vestido de tatuajes, se adivina la gimnasia del amor a través de una pálida cortina, cena la familia numerosa, una paloma dormita en la cornisa plagada de intemperie, reta músculos el adolescente pelilargo, discute mi hijo con su novia.

Gesticulan con vehemencia. Él la agarra del brazo, la sacude, el grito tiembla debajo del bigote. Ella dibuja insultos con los labios, se suelta de un tirón, abre la puerta corrediza, sale a la terraza. Él la sigue. Sujeta hombros, le da vuelta. Tsunami de gestos. Espalda contra balcón. Cuerpo doblado en cóncava pirueta. Un trozo de blusa blanca ondea sus arrugas en el muro carcomido. 

Cierro la llave. Los platos pueden quedarse como están.

Es mi fiesta y, si quiero, escribo de Gaby Sambuccetti

Este año quise regalarme la escritura de este texto para mi día especial. Por eso lo titulé, “Es mi fiesta y, si quiero, escribo”.

Quedan tres días para mi gran fiesta multitudinaria (si no ven la ironía en esto, no tuvieron pandemia). Hoy, además, es el día de la poesía y parece que a la poesía también la saluda gente que después no la recuerda el resto del año ni por casualidad.

  Voy a ponerme seria: hace un año, cuando el encierro recién empezaba, escribía este texto sobre la pandemia. Fue justo el día de mi cumpleaños cuando empezó el lockdown en el Reino Unido. Vuelvo a leer mi crónica y pienso en el ayer, en el hoy.

Me acuerdo de aquel Boris Johnson hablando en las noticias, diciendo que íbamos a perder a muchos de nuestros seres queridos. Recuerdo haber pensado en la noción de comunidad con mucha más fuerza que nunca. Ese hecho que fue un shock, no lo fue del todo, porque para mis cumpleaños, históricamente, pasan cosas dramáticas. Cosas que no siempre están relacionadas conmigo necesariamente.

Si bien nunca dejé que esos sucesos empañen mis cumpleaños, incluso en plenos festejos, siempre sentí el poder de ese karma en forma de mensajes ocultos, diciendo que nunca debo olvidarme de la realidad, por más distraída y alejada que esté de ella. 

XXVI

“Esta fue la primera cosa

que he entendido:

el tiempo es el eco de un hacha

dentro de un bosque”.

Philip Larkin

En contraste con el 2020, en este 2021, la pandemia parecería estar por terminar. En mi isla de residencia, a mitad de octubre, la pandemia empezó con la nueva cepa y la histeria de toda una Europa y resto del mundo asustados y cerrando puertas, y luego continuó con un largo encierro. Durante ese fuerte encierro vimos pasar la noche, el frío, la nieve, la niebla, la famosa lluvia. Recién esta semana vimos salir un sol resplandeciente, por primera vez. Podemos afirmar que el 50% de la gente está vacunada en Reino Unido hoy. Y con eso, todo este gran paréntesis en nuestras historias colectivas parecería estar llegando a su fin.

Me pregunto qué nos deja esta culminación como escritores que siempre estuvimos marginados del mundo económico con nuestras actividades literarias, hecho que durante la pandemia se acentuó aún más. Es decir, se notó la falta de empatía con los artistas. La parte más chocante fue que todos consumieron más arte que siempre. Pero, tristemente, los escritores seguimos escribiendo, seguimos publicando, en este contexto contra viento y marea.

Durante este período que va desde que Boris dio su discurso hasta el día de hoy, me conecté y desconecté con distintas personas, como también lo hice con mis ciudades, con los WIFIs, conmigo, pero, sobre todo, con la escritura.

Es por eso que quise darme este festejo, que no es una sesión de Zoom, ni unos zapatos nuevos, ni una caminata por el parque. Es un texto. Son palabras. Quise regalarme estos párrafos, estos relieves de lo que quiero volver a ver en mis próximos cumpleaños, cuando la pandemia sea un recuerdo borroso de algo que nos cambió las vidas temporalmente y también, para siempre.

Quise regalarme este texto producido en este escritorio repleto de libros desorganizados en un caos sin pretexto alguno, entre cremas de coco, piedras amatistas de viajes que no recuerdo, resaltadores de bajo coste y millones de hojas y cuadernos reutilizados.

Quería un cumpleaños que represente esta otra pandemia: la de la introspección, los libros y la literatura; la pandemia que me mantuvo sana mentalmente en un mundo muy incoherente y desorganizado.

Durante la pandemia pude conectarme con mi ser escritora de manera más radical. Fue uno de los años que más escribí, gestioné, publiqué, colaboré, entre otras actividades.

Un amigo escribió un texto (que no puedo compartir todavía porque es inédito), donde dice que uno no es escritor como se es oficinista. No se puede salir de la escritura como se sale de la oficina. No tenemos una tarjeta para marcar nuestra salida de la escritura. La escritura nos atraviesa en todas nuestras áreas de la vida, es parte de lo que somos. Está en la esencia.

Ser escritor es más complejo que simplemente escribir. Este año cumplo treinta y cinco de ser escritora. Alrededor de veinte años de manera consciente. Y otros doce publicando y compartiendo con el “exterior” mis textos, ensayos, poemas, canciones y otros sin forma alguna.

“Envejecer no es algo para estar avergonzado.

Especialmente cuando toda la humanidad está en eso […]

es un gran privilegio no morir prematuramente”.

Bernadine Evaristo

Aquí estoy: escribo para el adentro, para el afuera. Y, muchas veces, es en ese medio where the magic happens. Me acuerdo que hubo un tiempo lejano en el que escribir para otro era tan aterrador, que prefería no hacerlo. Prefería escribir para mí misma y mis fantasmas. Pero un día decidí romper con esa falsa creencia de que el afuera era aterrador. Sacar las hojas de la vitrina.

Este último período de mi vida comencé a percatarme de que soy una escritora muy consciente de mi tiempo. Tengo un sentido muy afilado de lo que pasa a mi alrededor, sé leer el mundo literario en el que me muevo con mucho detalle, veo cosas que otros no ven con extrema facilidad y rapidez —No se pongan celosos, ustedes también tienen sus dones—. A veces, pienso que si escritores como Cortázar, Virginia Woolf, Vallejo, Shakespeare, Sor Juana, entre tantos otros (de cualquier época y con cualquier antecedente), se levantaran de sus tumbas y vivieran este presente, no podrían soportarlo: la reencarnación es un arte como cualquier otro, y, por ende, no es para todos.

Incluso a nosotros mismos nos cuesta aceptar este presente literario y de la escritura, nos cuesta aceptar ese terrible ego que es tan obvio como el Big Ben: los seguidores de Instagram, los algoritmos, los lectores que quieren todo cortado como si fueran bebelectores, los hyperlinks y los links, los fondos destinados a lo mismo, las reacciones, las fotos, los trolls, la extraña presencia académica y corporativa en redes. Hay muchas cosas raras que pasan en esta mezcla contemporánea de factores. Cosas raras como sentir presión por tener seguidores en nuestras cuentas de Twitter; presión que no es personal sino social: ¿eso no es raro, casi inhumano? Sobre todo, cuando los seguidores se pueden comprar por 3 pesos devaluados en el mercado ilegal.   

No sé en qué momento de esos 35 años vi toda esa mezcla como una posibilidad. La posibilidad del error: infiltrar las letras como un bug de ese sistema asfixiante. Ahora, tú lector estás leyendo esto por un error del sistema. ¿Por qué un error? Porque a mí no me pagaron para escribirlo, ni a ti por leerlo. Este sistema no quiere intercambios que no sean mercantiles. La Ninfa Eco es un hermoso error. Para mi cumpleaños me regalé emocionarme con la noticia de que este error de mi pensamiento se expandió como respuesta a un virus. Ahora tenemos tres equipos: el de Latinomérica+España, Reino Unido y Estados Unidos. Creo que muy pocas personas podrían entender la emoción de haber construido eso desde la base hace más de tres años.

Somos un equipo de escritores trabajando en una revista que no necesita followers para existir, ni necesita algoritmos, no necesita un mercado, ni sponsors. Se beneficia de ellos, como también lo agradece como una bendición extra (por favor no se vayan), pero puede continuar con o sin ellos. Al principio éramos unos pocos creando algo sin forma, con una emoción totalmente desproporcional a lo que es la crudeza del mundo literario.

Pienso que junto a mis poemas, La Ninfa Eco fue una de las mejores cosas que creé en estos treinta y cinco años, porque demostró que hay algo que escapa de las lógicas del capital: “Y la medicina, el derecho, la ingeniería, todas esas son necesarias y nobles para hacer la vida sostenible, pero la poesía, la belleza, el romance, el amor… Esas son las razones por las que nos mantenemos vivos”.

Mi segundo cumpleaños en pandemia me regaló la posibilidad de sentir alegría y felicidad por poder construir con pequeños ladrillos las cosas más ridículas, inútiles e impensadas, que son las más importantes de mi vida.


El otro día fui a comprar un café, y me quedé sentada, tomándolo, en una pequeña plaza que se mantiene casi desértica (a diario). Mientras lo tomaba, miraba a la gente caminar en sus burbujas-humanas de la pandemia. Todos estaban hablando y no había nadie viendo sus celulares. Miré cuidadosamente ese detalle. La pandemia nos recordó que también podemos vivir como en los noventa, en parte.

En una entrevista que me pasaron de Elon Musk con Joe Rogan, sobre el neurolink, Elon decía: “Ya todos somos cyborgs hasta cierto punto porque tenemos nuestros celulares como extensiones nuestras […] hoy no traer tu celular es como si tuvieras el síndrome de la extremidad fantasma, se siente como si algo estuviera faltando”. La tecnología es parte de nuestra vida y nuestro cuerpo. Los escritores ya no somos los de antes. A veces siento que esa evolución algunos la ven más clara que otros.

Vivir al filo del tiempo, en la cresta del progresismo literario es también un arte aparte. Entender la evolución tecnológica no se trata de ser un influencer, sino de ver la posibilidad. La posibilidad de crear algo bello con lo que tenemos en cualquier lugar y momento. No esperar más de estructuras y direcciones impuestas. Incluso las editoriales y las universidades más grandes y con mayores recursos se sienten perdidas. Este cambio es drástico y se profundizó con la pandemia.

Lo nuevo y lo diferente siempre es visto con ojos de estigma; el estigma de que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, no puedo pensar en un momento mejor para escribir que en este hermoso caos en el que todavía se pueden tener ideas.


A veces pienso que vivo al filo de alguna periferia de una gran y pequeña ciudad, en los márgenes de la selva actual, en unas aguas que se filtran con las nuevas lecturas. En ese escenario, en esas maderas, es en las que cumplo treinta y cinco años como escritora y gestora, como alguien que pensó en soledad y en el encierro de su comunidad. Hoy podría estar en una fiesta por Zoom, pero preferí estar en esta felicidad, en la alegría de las palabras que van y vienen, que nos forman como las piedras a la arena.


En este cumpleaños quiero celebrar la palabra porque es la única que puede gobernarnos y liberarnos como el fuego incandescente de una velita de colores que nunca se apagará. Este día me trajo la satisfacción de vivir este momento, este hoy eterno que es lo único que soy.

No sabemos cuándo nos vamos a ir de esta fiesta, no sabemos si todo lo que tenemos mañana va a desaparecer con un inesperado giro de suerte. Nada es propiedad privada en este mundo de apropiación. La vida se derrama de manera tan, pero tan salvaje frente a nuestros ojos, que no nos queda otra alternativa que vivirla con la máxima pasión.

Vivimos rodeados de muerte emocional, pero es hora de crecer y arribarse a ese precipicio que es la vida. Voy a dejar unos versos de uno de mis poemas The Good, the Bad & the Poet:

“Somos menos que polvo.

Somos una hoja que cae.

Y la belleza esta escondida

En la manera en la que caemos”

Quisiera completarlo con una cita de la novela de Ricardo Piglia, El camino de ida, “En la caída soy un halcón”. Me gustaría ser ese halcón que cae en esta vida literaria que elegí. No me refiero al aspecto agresivo del halcón, sino a la cualidad de volar siendo libre y respaldado por la propia disciplina e independencia de su edad, la edad de oro personal.

Me gustaría volar y caer con aspiraciones y anhelos; subir y bajar como solo puede hacerlo un animal. Llorar y reír por la incertidumbre y la certeza de que somos menos que polvo, conglomerados de polvo, tan mundanos como el que se acumula debajo de la cama. Somos tan terrenales como ese polvo que barremos, nunca estamos limpios, nunca perfectos. Siempre escondemos, pero hay poquísimos momentos en el que nos abrimos como un libro, y dejamos que otros vean mientras nos atrevemos a verlos: no hay nada mas celestial que eso, ni siquiera el polvo de las estrellas.

“El ser más inesperado es uno mismo:

Hasta las esfinges nos miran con ojos asombrados”

Silvina Ocampo

Voy a terminar agradeciendo a todos los lectores, sean cercanos o no, por dejarme compartir esto y pasar mi cumpleaños en esta extraña transacción que son las palabras.

Ilustración: Victor Argüelles

Arlequín [Fragmento]

Son tiempos crueles, el cielo entristecido cubre cada rincón de la tierra. Todas las noches, las criaturas acuden al solar, para ver el espectáculo que ahí se representa –es la única alegría, si cabe decirlo–. El reconocimiento para los actores es una sonrisa amarga, una estría sujetada por los labios apretados de los asistentes; el trabajo envilecido no produce otra cosa que la apatía por la función y, a pesar de todo, la gente acude.

El cuarto del fondo de la casucha se ilumina por los rayos del sol. La luz se introduce vieja, carente de brillo, moribunda, como lo es la vida; alumbra un rostro blanco pintarrajeado sin armonía. Unas líneas delgadas se escapan del rostro y se impregnan en las paredes, nadie podría decir quién las originó, sólo que atraviesan al payaso tumbado en el vértice de la galera, al lado de un cuadrado cartográfico, arriba de lo que fue un taburete, debajo de lo que parece un artilugio de locos y casi tocando la laguna que se extiende de una garrafa desmayada del otro lado de la habitación, en donde también se halla una portezuela cerrada que esconde las voces de los dueños del espectáculo.

Una puerta separa la felicidad de las criaturas. Una puerta es lo que se necesita para cerrar o abrir los cerrojos de un alma perdida. Los patrones lo saben bien, son los únicos que bailan llegando el anochecer, los que contemplan el sol, los que sonríen, aunque su sonrisa sea una mueca siniestra. Los dueños se apropiaron de todo, por eso son los dueños. Amos de la comida –nuestra sed–, los ríos –nuestro trabajo–, la tierra –nuestras decisiones– y del cielo que nos mira.

En el amanecer del payaso se dibujan las ilusiones del resto de los seres que divagan con caminar allende del páramo, por las planicies coquetas frente a sus ojos. Todas las criaturas encerradas se escudriñan de reojo y esquivan el contacto visual. Los holanes sin sentido del traje variopinto del payaso se pasean por el aire que entra vestido de hojas secas a través de la puerta de telaraña. El letargo se profundiza, nada lo rompe. El payaso está empeñado en lo que se encuentra más allá de su vista. Es un cobarde, pero un buen soñador. Le tiene miedo a correr, a salir de una vez y por todas de aquel encierro que lo llena de más garabatos. Es un maestro de la ilusión y un desdichado de sus anhelos. Observa el cuadro cartográfico, memorizando los lugares a los que podría ir si se atreviera a cruzar la puertecilla que lo separa del espectáculo tan lamentable que ofrece a la hora del ocaso. Gira la cabeza hacia el otro lado, hacia la puerta de los patrones, rechaza la idea relámpago y se concentra en la telaraña de enfrente que deja entrar otra ráfaga de aire.

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Sobre Ana Matías Rendón

Sin origen ni destino. Es una errante sin remedio. A la fecha ha tenido más de 60 empleos. Escribe, porque le gusta más que hablar. Tuvo (mucha) suerte y estudió Filosofía y Literatura. Es ensayista y narradora. Ha publicado algunos libros y textos en diferentes diarios y revistas. Le fascina la Filosofía Posmodernista y la Literatura Fantástica, pues cree fervientemente que tienen mucho en común.

Un lugar común / Cadáver exquisito

Se conocieron la noche anterior en una discoteca local. Débora fingió pecar de inocencia adolescente. Escondió sus negras intenciones bajo un vestido rojo entallado. Hombres de todas las edades la cortejaron; ella solo tuvo ojos para Roberto, un tipo corpulento que se esforzaba por agradarla.

Luego de la primera pieza de baile Roberto se sacó el saco. A la tercera, tuvo que aflojar la corbata dejando a la vista su papada grasienta. Presa del oscuro deseo que le provocaba aquel hombre, Débora comenzó a seducirlo. Lamió con inusual fervor las gotas de sudor que le escurrían por la mejilla.

—Eres perfecta  —le susurró Roberto al oído, apretándole las nalgas.

Antes de la media noche ya estaban en un motel a las afueras de la ciudad. Débora no opuso la menor resistencia cuando el gordo la montó a horcajadas. Por primera vez en muchos años sintió que un desbordado cúmulo de alegría le brotaba por los poros.

Por la mañana se vistió alegre. Contempló a Roberto, que roncaba sin pudor con el miembro al aire. La profunda mirada de Débora lo despertó. Se levantó aliviado al ver que la muchacha no había abandonado la habitación. Mientras se bañaba le saltó una duda. Nunca había conseguido tanto sin el menor esfuerzo. “¿Sería una infiltrada del gobierno? ¡Qué va! Esas cosas no pasan en México. No hay que desafiar al destino”.

Roberto la invitó a desayunar. Antes de arrancar el auto, entre besos mustios le juró amor eterno. Dijo sentirse el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra. Luego, tomó el celular para responder mensajes.

—¿A quién le escribes?

Roberto tartamudeó unos segundos, guardó el teléfono entre sus gruesas piernas y puso el Ford Fiesta blanco en marcha.

—A nadie, mi amor. Cosas de trabajo.

Débora parecía recobrar la compostura cuando el celular comenzó a vibrar frenéticamente anunciando la entrada de mensajes.

—¿No vas a contestar?

—Ahora que lleguemos. Estoy manejando.

—Puedo contestar por ti si quieres.

—No es necesario, amor.

Sumida en una repentina tristeza, Débora dejó escapar lágrimas amargas entre suspiros. Bajó el vidrio y se dejó acariciar por la suave brisa otoñal.

—Pensé que eras diferente.

—Pero ¿de qué hablas? Si casi acabamos de conocernos.

Se adentraron en el sinuoso camino arbolado. En un intento por romper el hielo, Roberto prendió el estéreo. La música aligeró la tensa calma que casi podía olerse dentro del auto.

Alargó su mano rechoncha para acariciarle la pierna. La muchacha la tomó entre las suyas, la olfateó cariñosa y la condujo hacia sus senos. Él sonrió aliviado, relajó el cuerpo. Débora se acercó para besarle la mejilla y aprovechando el descuido le robó el celular.

Roberto reaccionó bruscamente; en un intento por recuperar el aparato le golpeó la cara. Abrasada por la ira, Débora jaló el volante. El Ford giró en su propio eje y salió despedido rumbo al  acantilado.

Cuando la chica recobró el sentido, el auto se tambaleaba al borde del abismo. Una minúscula flama se abría paso entre los circuitos eléctricos. Detenido por el cinturón de seguridad, Roberto colgaba inconsciente. Su vida pendía de un hilo. Débora tomó el regordete dedo pulgar inerte y lo presionó en la pantalla para desbloquearla.

Los últimos mensajes provenían de un tal Juan. Por un instante se le iluminó el rostro. Leyó apurada:

¿A qué hora llegas?

¿Traes mi encargo?

Pues ¿qué tanto haces que no llegas?

No me la vayas a traer cansada.

Quería calarla primero, pero ya llegó el cliente

Débora se estremeció, jamás entendería a los humanos. ¿Cómo pudo cautivarla su sonrisa? Aquella apacible mirada la había desarmado por completo la noche anterior.

Salió ágil por la ventana. Con un aullido agudo se convirtió en dragón. Extendió las alas escarlatas. En ese preciso instante, Roberto abrió los ojos extrañado. La hermosa bestia exhaló un fuego fatuo que envolvió entre gritos a su amante.

Antes de dejar caer el Ford Fiesta blanco al precipicio, sacó el cuerpo ahumado que todavía gemía, pegó la nariz en el miembro achicharrado y sonrió.

Tal como lo imaginé, un cadáver exquisito.

El vendedor de agonías 2

El vendedor de agonías 2

Parpadeó en mi memoria lo ya vivido un año atrás, y que ahora evocaba como en un sueño odioso y recurrente. La misma sensación de extrañeza al descubrir el cartel de Agonías, los frasquitos de colores expuestos en anaqueles como una vulgar selección de perfumes y cremas faciales. Alguna que otra cadenita con medallón dorado como parte de una biyuterí. Nada emparentado con la muerte, a excepción de la Bersa 9 milímetros que, a diferencia de la primera vez, ahora llevaba en el bolsillo de mi campera.

   Traspuse la puerta de madera rústica, delatado por un quejido de bisagra que parecía servir de alarma. El mismo perfume pegajoso y dulzón de aquel día. El mostrador al frente, el mismo viejito de anteojos, la sonrisa empotrada en su boca, como la de esos muñecos de plástico a los que muchos niños arrancan la cabeza de puro fastidio.

   -Qué gusto verlo de nuevo -exclamó, con un tono jovial que me sonó a burla.

   No perdí tiempo en sacar el arma y apuntarle justo sobre el entrecejo.

   -Se acuerda de mí? -desafié.

   -Por supuesto -respondió sin inmutarse-. Usted es el que se casó con la paralítica. Porque al final se casó, ¿verdad?

   Mis palabras salieron como escupitajos.

   -¡Me casé! ¡Por su culpa!

   -Yo nunca lo obligué. Usted tomó la decisión. Y no me va a negar que eso lo salvó de sufrir mis agonías.

   -Agonía es lo que estoy viviendo ahora, por seguir su consejo.

   Supurada mi primera carga de resentimiento, tomé un largo sorbo de aire y bajé el arma.

   -No, no -dijo él, sorpresivamente-. Siga apuntándome. Nada más estimulante que una amenaza de muerte.

   Elevé a medias el caño de la Bersa, confuso, como un niño que obedece la orden de su padre sin por eso entenderla. El viejito apoyó los codos sobre el mostrador generando cercanía. Parecía un almacenero amable que aceptaba la devolución de una conserva en mal estado.

   -Y ahora explíqueme cuál es su reclamo -quiso saber, aunque sospeché que ya lo sabía.

   Cambié de mano la pistola y refugié la otra en el bolsillo.

   -Hace un año le conté mi historia, mi tragedia. No puedo creer que la haya olvidado.

   -Nunca olvido una historia, de las muchas que me cuentan aquí. Había una mujer enamorada, pero usted no le correspondía. Le dijo la triste verdad cuando iban en su auto. Ella se largó a llorar, usted quiso consolarla, una imperdonable distracción, y una mala maniobra que terminó en accidente. Ella quedó paralítica.

   Asentí lentamente. Mi desgraciada historia relatada en pocas palabras resultó más que vívida, fue como si el tiempo nunca hubiese transcurrido desde aquel fatídico choque en la autopista. El mismo dolor naciendo en la boca de mi estómago. La misma tortura al verla enclaustrada en esa silla, con los ojos tristes de quien vela sueños muertos.

   -Exacto -reafirmó el viejito, con su exasperante hábito de adivinar pensamientos-. Recuerdo cuando vino usted aquí esa primera vez. Recuerdo su expresión de hombre vencido, dispuesto a comprarme cualquier brebaje con que envenenarse paulatinamente, solo para que ella tuviera el consuelo de verlo sufrir hasta el infinito, expiando la culpa de no haberla amado.

   Sacudí la cabeza, algo en las palabras del viejo me irritaba.

   -No necesito compasión  –rezongué-. Y menos esa perorata cursi.

   -La cursilería es la esencia misma de la vida, antes de ser desmantelada por la razón. Pero no quiero importunarlo con estas frases de autoayuda doméstica, tal como lo definiría usted con ironía.

   -Escuche…

-Déjeme terminar. –Se sacó los lentes para masajearse un ojo con los nudillos-. Hace un año usted estaba dispuesto a terminar con su vida, no sin antes conocer el infierno sobre la Tierra, por eso vino a mí, para que yo le proveyera de una agonía terminal. La purgación perfecta para el mayor de sus pecados. Pero estalló en alivio y felicidad cuando le sugerí que casarse con ella sería el mayor de los castigos, evitándose el tormento de una muerte dolorosa. Pensó en reparar el daño causado entregando nada menos que su propia libertad como moneda de cambio. Y eso funcionó por un tiempo, ¿verdad?

   -Por un tiempo.

   -Luego empezaron las demandas de ella al presentir que su amor no era auténtico. Con cada demanda crecía su resentimiento. Como usted mismo lo predijo, empezó a odiarla. Al punto que hasta le sedujo la idea de asesinarla.

   -Fue justamente por eso que compré esta pistola. Para matarla, o suicidarme.

   -Pero no hizo nada de eso. ¿Por qué?

   -No lo sé. Nunca me animé a comprar las balas.

   Me encogí de hombros y dejé la pistola sobre el mostrador, como quien se deshace de un cacharro inútil. El viejito la miró con sorna y la hizo girar como un trompo, igual que en esos juegos mortales al estilo de la ruleta rusa. El caño dejó de girar, apuntándome. De inmediato me interpelaron sus ojos, ávidos, de alguna manera, bestiales.

   -¿Y ahora qué? -inquirió.

   -¿Ahora? -Y dejé que todo el peso de mi cuerpo descansara sobre la mano apoyada en el mostrador-. Ahora estoy igual que antes, o peor. Me muero de culpa solo por pensar en matarla.

   -Tampoco se ha suicidado.

   -Si lo hago, ella sentiría que algo de culpa tuvo en mi decisión. No, prefiero una muerte lenta, culpar a una enfermedad terminal nos libera a los dos. Es por eso que vine. Esta vez sí, voy a comprarle una agonía.

   Él meneo la cabeza. Parecía decepcionado. Como un jugador que descubre la fragilidad deportiva de su contendiente.

   -La agonía está bien para el final. Pero aún no agotó sus posibilidades.

   -¿Posibilidades de qué?

   -De seguir buscando una salida menos… trágica.

   -No me ilusione. Yo sé que no hay otra salida.

   -Siempre hay otra salida, hasta que ya no la hay

   Una secreta, intrusiva esperanza, me quitó de las manos la soga fantasmal que estaba anudando a mi cuello.

   -¿A qué se refiere? –musité.

   -Una de las armas para combatir esa trampa de odio y culpa es la distracción. Me refiero a producir un hecho convulsivo que desvíe la atención del foco central, como hacen muchos gobiernos.

   -Perdón, pero no lo entiendo.

   -Cómo explicarle. A ver… -Abrió un cajón bajo el mostrador, revolvió un rato lo que por el sonido serían unos blisters, y por fin sacó uno-. Tenga -dijo ofreciéndomelo. Bajo la transparencia, esta vez, había una pastilla grande y marrón. La miré con desconfianza.

  -¿Qué es?

   -La salida. Vamos, anímese.

   Me resultaba sacrílego negarme a seguir la sugerencia de alguien que me miraba a través de sus lentes con la convicción de un médico especialista. Extraje la pastilla y dejé que mi lengua la atrapara. Me sorprendió el sabor dulce, intensamente familiar.

   -¡Muy rica! -aprobé-. ¿Es de chocolate?

   -Uno de los ingredientes es chocolate.

   La pastilla se deshacía con rapidez en la boca, extasiando mi paladar.

   -¿Y usted cree que con esto…?

   -Tenga paciencia. Pronto sentirá el efecto.

   -¿Efecto? -me alarmé-. ¿Qué clase de efecto?

   -Ya le dije, una distracción. Lo que usted ha tomado es un súper purgante.

   Tragué saliva junto con el diminuto resto de pastilla.

   -¿Cómo un purgante? No entiendo… ¿para qué?

   -Justamente para purgar la culpa acantonada en su vientre. Verá, esto lo tendrá un tiempo ocupado en el baño, despidiendo heces históricas, y gases, y también maldiciones.

   -Pero… esto es ridículo. Yo no sufro de estreñimiento.

   -De alguna manera, sí.  Pero no importa, usted obtendrá grandes beneficios con esto. Los retorcijones no lo dejarán pensar en su culpa, y mucho menos en matar a su esposa. Y cuando todo pase se sentirá tan fresco y livianito que la vida le parecerá maravillosa.

   -¿Me lo dice en serio?

   -Este proceso durará una semana. Luego, sus males pueden recrudecer, entonces podrá tomar otra pastilla y repetir la experiencia. Y si al cabo de unos meses la intensidad de su culpa no mejora, entonces sí, pensaremos en una agonía que valga la pena.

   En ese momento sentí un retorcijón a la altura media del vientre. Al principio leve, pero que fue creciendo hasta presagiar una procesión fastuosa a todo lo largo de mis intestinos.

   -Uuyuy… -gemí, al tiempo que mi cuerpo se arqueaba sobre el mostrador.

   Él se limitó a sonreír celebrando mi pequeño martirio con orgullo profesional.

   -Buena la pastilla, ¿verdad?

   -Uyyyyyyy… déjeme pasar al baño.

   -Lo siento, pero está ocupado. Mi esposa tomó a la mañana una de estas pastillas y todavía sigue ahí.

   -Uyyyyyyyyyyyyyyyy…

   -Espere… ¿A dónde va? Ya le dije que el baño está ocup… ¡No entre! ¡Oiga! Pero… Perdón, querida… es un cliente y… ¡Salga de ahí, cretino! ¡Basta! ¡Suelte a mi esposa! ¡Por favor! ¡Dejen de pelear por el maldito inodoro!

Cuchilladas

ELLA: ¿Qué hiciste, flaco? ¡Lo mataste!

EL: ¿A quién?

ELLA: ¿Cómo a quién? ¡A ese tipo! ¡El que está tirado al lado tuyo!

EL: Ah… ¿Ese? No, no está muerto.

ELLA: ¿Cómo que no? A ver. (LO EXAMINA) ¡No tiene pulso, no respira y está lleno de sangre! ¡Está remuerto!

EL: Pucha. ¿Qué le habrá pasado?

ELLA: ¡Vos sabés lo que le pasó! ¡Todavía tenés el cuchillo en la mano!

EL: Ah, sí. Es un cuchillo artesanal. Me lo regalaron para el día del amigo.

ELLA: ¡Dios mío! ¿Por qué lo mataste?

EL: Yo no lo maté.

ELLA: Pero si tenés el pantalón salpicado de sangre. ¡Lo acuchillaste!

EL: Lo acuchillé, sí. Pero eso no quiere decir que lo haya matado.

ELLA: ¿Qué estás diciendo?

EL: Muy simple. Yo lo acuchillé, pero la decisión de morirse fue de él.

ELLA: ¡Vas a ir en cana, flaco!

EL: ¿Por qué? Te digo que fue su decisión morirse. Es el típico razonamiento burgués. “Si me acuchillan agarro y me muero, así el otro se siente culpable”.

ELLA: ¿Qué?

EL: ¿Cómo reaccionaría alguien de nuestro Partido si lo acuchillan? Se va a los barrios pobres a repartir comida a los chicos, con el cuchillo clavado y todo. ¡Eso es militancia!

ELLA: Flaco… vos terminás en la cárcel. O en el manicomio. A vos te falla la cabeza.

EL: Y a vos te falla la ideología.

El Payaso y otras historias mínimas

El Payaso

Primer viernes de mayo y la ciudad comienza a doblarse sobre sí misma.

Un autobús lluvioso a las seis de la tarde, rumbo a los suburbios.

El payaso vestido de azul y amarrillo y pelo engominado hacia el cielo es el último en subir. ¡Buenas tardes, amiguitos! Le grita al montón de adultos cansados, ocultos tras el silencio de sus respectivas máscaras, que espera el brinco grosero de aquella lata amarilla, resabio de mi niñez ochentera.

Observo desde el último asiento. Algunos ignoran el improvisado show, otros vuelven a ver a su vecino con filoso y sincero hastío.

El payaso esgrime una sucesión de chistes malos: torpeza humorística calculada que obra el milagro de algunas risas culposas.

“Muchas gracias por soportarme estos minutos…”, dice, finalmente.

“Porque siempre es mejor que se monte un payaso al bus y no un ladrón”.

Me sobreviene un escalofrío —no miento—. Imagino al payaso sacando un revólver de alguno de sus enormes bolsillos de payaso, o un cuchillo de sus holgadas mangas de payaso, abriendo su gran boca de payaso para dejarnos sin billeteras ni celulares, y después despedirse con sus guantes amarillos de payaso mientras transpiramos contra las ventanas empañadas de aquel armatoste que debió haber dejado de circular desde mi adolescencia.

Soy el último al que le extiende su guante. Le doy una moneda de cien pesos.

Y se baja. Se aleja mientras veo cómo se moja su traje de payaso. Cuando desaparece, comido por el doblez de una esquina, veo el reflejo de mi cara en la ventana empapada, con esa mascarilla que me tapa cómicamente el rostro y me calla las metáforas.

¡Qué gran crónica hubiera escrito de haberme asaltado en realidad!, digo mientras me quedo pensando en que ahora tendré que inventarla.

Hay rincones

Hay rincones de la casa que la escoba no puede, ni debe, ni quiere barrer. Sitios por donde el ojo no inclina su luz para proteger la pupila cobarde. Lugares donde la risa es un pozo clausurado. Esquinas con el grabado de una bala rompiendo el cráneo.

La espalda se arquea, las manos rodean el palo acusador, pero los pies giran y abandonan. La memoria canta una canción derrotada y aquellos rincones comienzan a odiar su ceremonia diaria.

Sabe que la escoba no puede, ni debe, ni quiere barrer aquellos lugares en los que unos brazos no pudieron ser más que el llanto cursi de un niño que no pudo salir, donde el grito encerrado no fue más que una triste imitación de Munch.

Los rincones se quedarán esperando la ceniza de mejores tiempos, quizás a otro inquilino que pueda y deba y quiera barrer los escombros que dejaron los gatos de la noche al partir.

Aproximaciones

Primero el rasgar de la uña en la superficie de madera. Después los nudillos. Después el golpe hueco del cartílago. Después la palma extendida sobre la puerta. Después la oreja aplanchada contra el silencio del otro lado. Después el llanto de los goznes oxidados.  Después la sombra escurriéndose hacia afuera. Después la luz aplastando la oscuridad añeja. Después un pie. Después otro. Después tobillos y rodillas arrastrando la lentitud de sus pasos. Después la mirada en el cuadro de barquitos. Después la mirada en la tele apagada. Después la mirada en la refri hambrienta. Después la mirada en el sillón terracota. Después la mirada fija en la figura casi inmóvil sentada en el sillón terracota. Después la boca, seca, casi inmóvil, que pregunta: ¿ya pasó? Por último, la boca roja, carnosa, que responde: sí, te perdiste la vida.