A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

El campo de batalla

LA CARGA DEL REGIMIENTO MOJADO

Atrincherado tras un árbol observé el campo de batalla. La lluvia de la noche anterior había cubierto el suelo con innumerables charcos de agua sucia, y supe que sólo un milagro me permitiría cruzar a salvo hasta mi objetivo. Mi cuerpo era un cable de alta tensión. “Esta guerra acabará con mis nervios”, pensé.

Alguien llegó y se puso a mi lado. Otro soldado desconocido. Al menos yo no lo conocía, pero por su cara de angustia sin duda pertenecía a mi mismo regimiento. Era joven, un soldado bisoño, inexperto. “Están mandando cualquier cosa al frente”. Me pregunté si alguno de los dos caería en esta misión, y rogué al cielo que en ese caso el desafortunado fuera él; y me sentí culpable, asesino. Pero me tranquilizó pensar que seguramente él rogaba al cielo que cayera yo.

El tránsito empezó a ceder. Advertí que llegaba el momento. Miré a mi camarada de armas y sentí que nos entendíamos como se entienden los hombres en un momento decisivo, sin pronunciar palabra, dándonos mutuo valor con la mirada. Él se ajustó la campera y empuñó su paraguas. Yo me soné la nariz. Una ola de confianza invadió mi espíritu. Sentí que podíamos hacerlo, tenía fe en nuestra causa, estaba seguro de que lograríamos cruzar la avenida sin que esos malditos autos nos enchastraran la ropa con el agua sucia del asfalto. Y a pesar de que el semáforo no andaba, nos lanzamos al ataque, corriendo como ñandúes hacia la vereda de enfrente. Nunca me las di de héroe, pero respetando un código no escrito, yo, por ser veterano, iba adelante comandando la ofensiva, buscando claros, marcando el camino. El contraataque enemigo no se hizo esperar. Empezó con un Fitito que pasó a toda velocidad sobre un charco y a duras penas pudimos esquivar las salpicaduras. Miré hacia atrás para ver si mi recluta estaba bien. Me hizo un guiño. Sentí que confiaba en mi experiencia, y me sentí responsable por él. Tenía que llevarlo a salvo hasta la otra vereda.

Seguimos avanzando hasta copar la mitad de la avenida. Nuestro empuje duró muy poco. El enemigo logró detenernos con tránsito graneado. Las salpicaduras disparadas a quemarropa silbaban cerca nuestro y pensé que ahí acabaría todo. Sin embargo, esta vez la suerte estaba con nosotros; un Ford chocó contra un colectivo de la línea 60 y pude aprovechar el claro. “Sígueme”, ordené a mi subordinado, y empezamos a atravesar las líneas enemigas, avanzando en zigzag para evitar que una combi afinara puntería con sus ráfagas de barro. Vi la otra vereda. Tan cerca que recobré las esperanzas, y sólo pensé en llegar. La desesperación me hizo correr descuidando mi flanco. Ya casi estábamos, ya casi… De pronto algo me congeló la sangre. Un camión cisterna de YPF pasaba frente a mí disparando una poderosa andanada de agua sucia. Me zambullí hacia un costado, esquivándola. Entonces escuché el grito desgarrador y supe que mi compañero no había tenido la misma suerte. Quedé paralizado, el cuerpo me temblaba. Giré lentamente la cabeza. Vi su jean y sus botitas beiges bañados en barro. No quise ver más y corrí, corrí aterrado, corrí hasta que me dolieron los pies. Me avergüenza admitir que en ese momento sólo pensé en salvarme.

Por fin, de un salto llegué a la vereda. El corazón se me salió por la boca, y luego volvió a entrar. Una vez más había alcanzado el objetivo. Sin embargo, la amargura me envolvió al recordar a mis compañeros caídos. Miré el campo de batalla que quedaba atrás. Una anciana cruzaba con su caniche y era empapada por una moto. “Maldita guerra, ni a los civiles respeta”. Seguí mi camino, silbando una melodía triste.

En la siguiente esquina me esperaba otra batalla.

 

 

OTROS CUENTOS DE EDUARDO GOLDMAN:

BRIGITTE

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

Ginger no baila con Fred

Te habían enviado a trabajar ya no recuerdo a dónde (eso también lo quemé entre tantas otras cosas).  La paga apenas daba para un hotel cuyo mayor mérito era tener luz hasta las diez de la noche, luego decías que para leer o escribir tenías que encender velas. Nunca me contaste si entre esas líneas imaginabas mi sonrisa o si en las sombras que argumentaban las velas podías verme estirar los brazos para abrazarte.

No podías desayunar allí, ese era otro verbo que aquel hotel no conjugaba. (¡Cómo reía cuando leía eso!). Entonces, creo recordar, salías temprano rumbo a la estación de tren, acomodabas la valija con todo el material a tu lado y en un bar del andén pedías el primer café del día. Estoy segura de que lo revolvías con esa paciencia que solo conocí en vos. ¿Ahí fue que escribiste aquel poema? Trozos de tu alma decías que contenía, al menos así lo contabas en la carta que lo trajo.

Estaba escrito en una servilleta de bar, de esas que se pliegan en tres y se meten en servilleteros plásticos. Cuánto esfuerzo para que tu lapicera no rasgara el papel. (Un esfuerzo que no tuviste conmigo). Si los poetas supieran que los fuegos encendidos por las palabras pueden terminar incendiando la propia obra, quizá tendrían más decoro al escribir.

A mí, en esos años, sólo me importaba esperar la llegada del cartero. (Ahora soy yo la que no conjuga ninguno de esos verbos, como otros tantos). Cuando tu letra prolija golpeaba mi buzón, me escurría hasta el cuarto, para leerte. Egoísta, dirían las enfermeras que me veían pasar corriendo, pero no quería compartirte, eran nuestros minutos de soledad, el instante en que las distancias desaparecían. No estabas en aquel hotel, no estaba en ese cuarto, estábamos en el mundo que exclusivamente vos y yo conocíamos.

Acariciaba las letras como si fueran tus labios, estrujaba la carta contra mi pecho, así te abrazaba. ¿Nunca te dije que repasaba cada correspondencia mientras esperaba una nueva? Lo hacía, sí, tanto que algunas las sabía de memoria. Es que no eran palabras en papel, era tu voz la que venía en ellas. La misma voz de aquella tarde de lluvia, cuando me contabas de tu admiración por Fred Astaire, su aire de señor, la elegancia de los movimientos, la habilidad para mover los pies como si no tocaran la tierra. Soñaba con la mañana en que te viera imitando a Fred bajo mi ventana. Sería una Ginger Rogers enamorada como esa Julieta del balcón, bajando las escaleras para bailar nuestra música. ¿Y cuándo me contaste de Evita? Sí, así, en diminutivo la nombrabas, sin darle apellido, porque no lo necesitaba. La reunión en los jardines de la Casa de Gobierno, con ella paseando elegante y hablando y moviendo las manos. Vos contabas de Evita y yo la veía, la sentía allí, entre nosotros. Si hasta me parece oír, todavía hoy, cómo ella te indicó la importancia de la cultura, del cine, del teatro; y vos, silencioso, la contemplabas. Enamorado de Evita, me confesaste así, con esas palabras, y yo no me enojé, cómo iba a hacerlo si ella era todas nosotras juntas.

No me arrepiento de aquello; algunos lo creerán tiempo perdido, yo no. ¿Te habrás disgustado de haber escrito ese poema? ¿O de todas esas promesas que la rutina de hoy volvió ronca como los besos perdidos en el aire que se marchitan sin ser correspondidos?

Pasaba las tardes pintando mariposas en papel celofán, las pegaba en las paredes y el techo del cuarto; durante las noches les hablaba de vos. A veces tomaba una, besaba sus alas, abría la ventana y la arrojaba al viento pidiéndole que te buscara.

Los domingos iba al cine a ver esas películas en blanco y negro, iguales a las que vos llevabas en la enorme valija y que procurabas vender a hombres desinteresados por el arte pero sí por saber cuántos asistirían a la sala. ¿Habrás vendido muchas de esas cintas o todavía te quedarán guardadas? Paramaun, decías sin importarte que algunos te creyeran torpe. Sé que era tu manera de enviarles mensajes a los gringos, que no iban a comprarte por más que trabajaras para ellos.

Los de la Paramaun no sabían de nuestros días pasados juntos ni del baile desnudos bajo los ojos de la luna; desconocían tu poesía, mi sed de tu boca. No fue la Paramaun quien terminó con nosotros, vos y yo sabemos bien en qué nos equivocamos.

Ya no hay películas en blanco y negro ni poetas que escriban en los bares. Los enamorados de Evita temen decirlo. No espero tus cartas. Todo se está quemando en esta noche vieja. Fred nunca vino a bailar bajo mi ventana. ¿Vos viste llorar a Ginger? Yo sí.

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

Nació un día en el reino de Segovia una princesa muy bella a la que dieron en llamar Clodovea.

Se cuenta que en la fiesta de su bautismo un hada medio chifladita la obsequió con una extraña profecía. “Algún día te harás una despiadada cazadora de dragones”, dijo el hada, para luego agregar a manera de post/data: “y entonces hallarás el más grande de los tesoros”. Por supuesto, nadie tomó en serio tales palabras. Nadie, a excepción de la reina madre, quien hizo jurar a cada cortesano de palacio que jamás recordaría las extrañas palabras del hada chifladita.

Sin embargo, el día en que Clodovea cumplía siete años, la reina madre tuvo la sospecha de que algún sirviente había informado a la princesita acerca de la vieja profecía, ya que Clodovea comenzó a decir que sus pasatiempos favoritos eran coleccionar figuritas brillantes, ponerse zapatos de taco alto y matar dragones.

“No, no, no”, decía el rey tentado de risa cada vez que escuchaba a Clodovea. “Está bien lo de las figuritas y los tacos altos, pero una princesa no debe ni pensar en matar dragones”.

“Algún día mataré uno”, afirmaba la princesita. “Y ese día pronto llegará”.

Al cumplir los 18 años, Clodovea sintió que ese día había llegado. Encaró a su padre, el rey, y le pidió permiso para partir hacia el bosque de la Espesura para cazar un dragón. El rey, que en ese momento estaba tomando mate, casi se atraganta con la bombilla.

 

REY: (tose) ¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero de qué estás hablando, hija mía?

CLODOVEA: Te lo dije, padre… Ya cumplí los 18, es tiempo de que me des la llave del palacio. Y me dejes ir a matar mi primer dragón.

REY: No puedes hablar en serio.

 

Pero Clodovea hablaba muy en serio. Más aún, le mostró a su padre el arco y las flechas con las que pensaba atravesar el corazón de alguno de los dragones que, según se decía, moraban en el temido bosque de la Espesura.

 

REY: ¡Estás loca! ¿Pero cómo piensas cazar un dragón con eso??? ¿Acaso no sabes que te enfrentarías a un animal monstruoso, que escupe fuego y tiene dientes enormes???

CLODOVEA: Y tiene muy mal aliento, ya lo sé.

REY: ¿Pero… por qué??? ¿Por qué tienes que hacer semejante locura???

CLODOVEA: Padre… oí decir que hay una vieja profecía. Voy a ser una despiadada cazadora de dragones… y entonces hallaré el más grande de los tesoros.

REY: ¡Tonterías! ¡Tú no necesitas más tesoros! ¿Por qué mejor no te quedas en palacio viendo telenovelas???

CLODOVEA: (enojada) ¡Odio las telenovelas!!!

 

Ruido de portazo.

 

REY: ¡Clodovea! ¿A dónde vas? ¡Clodovea! (suspira, murmura) Qué carácter tiene la petisa.

 

La princesa Clodovea montó su caballo blanco y, armada de su arco y cinco flechas, se dirigió al bosque de la Espesura dispuesta a cumplir con su destino. La reina madre lloraba desconsolada al ver confirmado sus más terribles temores.

“La va a cocinar”, gemía desesperada. “Ese dragón malvado va a cocinar a mi hija con su fuego”.

Pero el rey, ladino y precavido, secretamente envió a su guardia personal para que siguiera y protegiese a la princesa sin que ella lo advirtiese. La guardia personal estaba compuesta por dieciséis mil jinetes armados, treinta mil infantes de marina, cuarenta y ocho cañones y un submarino.

La princesa avanzaba lentamente por el tenebroso bosque. El silencio era casi total, sólo se escuchaba el lamento de un búho anunciando la cercanía del anochecer, y el cansino paso del caballo sobre un colchón de hojas secas. Clodovea no imaginaba que era seguida por la guardia personal del rey, su caballo tampoco. Y no se hubieran percatado jamás de esta circunstancia de no ser porque uno de los soldados…

 

SOLDADO: Atchíssss…

 

Estornudó.

 

CLODOVEA: ¿Eh??? ¿Quién anda ahí??? ¿Quién está siguiéndome???

 

El joven capitán Matasiete dudó un instante, pero luego espoleó a su caballo para acercarse con respeto a la princesa.

 

CAPITAN: Soy el capitán Matasiete… y comando la guardia de tu padre, el rey.

CLODOVEA: ¿Por qué me sigues?

CAPITAN: El rey me ha enviado a protegerte.

CLODOVEA: No necesito protección, puedo matar al dragón yo sola.

 

De pronto, un tremendo rugido sacudió el bosque.

 

DRAGON: (lejano) Aaaaaaagggggrrrrrrr…

CLODOVEA: (risita nerviosa) Aunque… pensándolo bien… Siempre es lindo tener una persona con quien charlar.

CAPITAN: Somos cuarenta y seis mil soldados.

CLODOVEA: Bueno… siempre es lindo tener cuarenta y seis mil personas con quienes charlar.

 

La bella princesa Clodovea, ahora acompañada por todo un ejército, siguió su valiente marcha en busca del monstruoso ser que dominaba la Espesura. Por momentos, el camino se volvía tan estrecho debido a los árboles y la maleza que los soldados debían contener el aliento para no rasgarse el uniforme con las filosas ramas. Fue así que en el camino quedaron atascados los cañones, y también el submarino, cuyos tripulantes se cansaron de tanto intentar navegar por la tierra.

Así y todo, avanzaban confiados los valientes. Se sabían el ejército más poderoso de la región. Sabían que su poder de fuego podía desafiar al más colosal de los animales. Eran la mayor fuerza armada sobre la tierra dispuesta a ofrendar la vida al servicio de su princesita. Sin embargo, volvió a escucharse otro rugido.

 

DRAGON: (algo más fuerte) Aaahhhhgggrrrrrrrrr….

 

Y todos salieron corriendo. El capitán Matasiete, al ver huir a su tropa, desesperó.

 

MATASIETE: ¡No huyan!!! ¡Vuelvan aquí, cobardes!!! ¡No pueden abandonar a la princesa!!! ¡Vuelvaaaaannn!!!

 

Pero fue imposible evitar la desbandada. El capitán y la princesa quedaron solos en medio de ese paraje infernal.

 

MATASIETE: Se han ido, princesa. Nos han abandonado a nuestra suerte.

CLODOVEA: Le diré a mi padre que se los descuente del sueldo.

MATASIETE: No entiendes… debemos irnos también… El dragón está muy cerca… Si nos encuentra es seguro que nos comerá de un bocado.

CLODOVEA: Jamás… Soy la princesa Clodovea… ¡la despiadada matadragones!

MATASIETE: Pero…

CLODOVEA: ¡Basta! Si tienes miedo puedes irte también. Cazaré al dragón por mí misma… y se cumplirá la profecía.

 

(Ruido de caballo que se aleja)

 

MATASIETE: No te vayas así… Por favor… Princesa…

CLODOVEA: (voz más lejana) No te preocupes. Te mando una postaaaalll.

 

El joven capitán la vio marcharse con admiración, y no pudo menos que murmurar: “Qué carácter tiene la petisa”. Fue así que su naciente amor pudo más que el miedo, y galopó hacia la princesa dispuesto a jamás dejarla sola.

Al verlo llegar, la princesa suspiró.

 

CLODOVEA: (con admiración) Capitán…

 

El capitán suspiró.

 

CAPITAN: (con admiración) Princesa…

 

Los caballos suspiraron. (Relincho de dos caballos)

 

Y juntos marcharon hacia el final del camino. Hacia el lugar de la Espesura donde esperaba hambrienta, la bestia asesina.

 

DRAGON: ¡Aaaaaaggggghhh…!!!

 

(Pausa, pasos lentos de dos caballos)

 

PRINCESA: Hace calor… ¿Ya es verano?

CAPITAN: Temo que no, princesa. Sin duda el fuego que sale de las fauces del dragón es lo que ha elevado la temperatura. Eso significa que está muy cerca.

PRINCESA: ¡Ay, no! ¡Mira eso!!!

 

Ante sus ojos apareció la descomunal figura del dragón que los miraba con fiereza.

 

DRAGON: (más fuerte que antes) ¡Agggrrrrrr….!!!

CAPITAN: ¡Cuidado! ¡Va a lanzar su fuego!

 

(Ruido de lanzallamas)

 

Por fortuna, los rápidos reflejos del capitán le permitieron apartar a los caballos y buscar protección tras una roca.

 

CLODOVEA: ¡Me has salvado, capitán!

CAPITAN: ¡Casi nos quema vivos! Por favor, princesa… Huyamos mientras podamos.

CLODOVEA: ¡Jamás!

 

Y dicho esto se bajó de su caballo y avanzó temerariamente hacia el dragón mientras preparaba una flecha en su arco.

 

CLODOVEA: ¡Voy a atravesar tu corazón, bestia del infierno!

CAPITAN: ¡No, princesa! ¡Nooooo!!!

 

El joven capitán, tras un instante de duda, siguió a la princesa y dispuesto a enfrentarse a la bestia desenvainó su espada mágica, pero pensándolo mejor, sacó su ametralladora y una Magnum para apuntar directamente a la cabeza del dragón.

 

CAPITAN: (furioso) ¡No te muevas, dragón pulguiento!

 

El dragón asustado levantó sus manos. “No tiren”, dijo con voz temblorosa. “No tengo dinero”.

 

CLODOVEA: ¡No venimos a robarte sino a cazarte, cretino!

CAPITAN: Aprovecha que lo tengo dominado, princesa. Vamos. Lanza una flecha a su corazón y mátalo de una vez.

DRAGON: Ay, no. A mí las flechas al corazón me caen mal.

CLODOVEA: ¡Silencio y no te muevas! ¡No puedo apuntarte bien!

DRAGON: (triste) Okey… Okey… pero antes de que me maten… déjenme escribirle una carta de despedida a mi tío Pepe. Vive en Escocia, ¿saben? Es el famoso monstruo del Loch Ness. Y a mi primo Nahuelito… el monstruo del lago Nahuel Huapi, en Argentina… (llora) Van a extrañarme… Buaaaaa….

 

Aunque no lo admitiera, el capitán se encontraba conmovido por el llanto del monstruo. Y también la princesa, quien de pronto tuvo una brillante idea.

 

CLODOVEA: ¿Pero qué te pasa, dragón tonto? Nadie va a dispararte. Este es un safari fotográfico.

DRAGON: Pero… ¿entonces no me van a matar?

CLODOVEA: Claro que no. Sólo quiero tomarte una foto.

DRAGON: (emocionado) Ay, sí… Cómo no… Esperen que me peino.

 

Y fue así que la princesa dio por terminada su carrera de despiadada matadragones, pero la profecía se había cumplido. Clodovea encontró el más valioso de los tesoros, el de la compasión. Había aprendido a conmoverse por el sufrimiento del otro, aunque ese otro fuera un dragón pulguiento. Y por eso, cuando años más tarde fue coronada como reina, inició el más benigno reinado que el mundo entero haya conocido.

Se cuenta que finalmente se casó con el capitán, quien fue designado rey consorte. Y en las noches frías junto al fuego, ambos contemplaban la foto colgada en uno de los murales del castillo. En la misma se veía a Clodovea junto al dragón, ambos sonriendo a cámara. Y si algún invitado preguntaba qué era esa bestia que posaba a su lado, Clodovea simplemente respondía: “Es mi amigo el dragón”.

Mientras tanto, en una cueva del bosque de la Espesura, el dragón mostraba a sus dragones amigos la misma foto. Y si alguno de ellos le preguntaba: “Ay, ¿qué es ese monstruito insignificante que posa a tu lado?”. Nuestro dragón simplemente contestaba: “Es mi amiga Clodovea, pero cuidado, ¡tiene un carácter la petisa!”.

San-Telmo https://hoornvintage.com/

El Gran Danés

Publicado en revista La Mascarada

Imagen: San-Telmo, tomada de  https://hoornvintage.com/

Lo conocí en una pulpería porteña con herencia gaucha explotando por los largos corredores y los espacios abiertos y en penumbra. En una plataforma de madera, a tres o cuatro escalones de altura, una mujer canosa, moño fijo y edad indeterminada tocaba una melodía del barroco alemán, Johann Sebastian Bach, en un viejo piano de cola traído de Italia medio siglo atrás. De las paredes se desprendían objetos de los más diversos destinos, pampeanos o asiáticos, sin orden ni concierto, pero que armonizaban agradablemente con el ambiente bohemio de aquella tarde de verano tórrido.

Me fui a la terraza, buscando la brisa. Bancos de piedra, troncos cortados y mesas convencionales de madera formaban el mobiliario. De los corroídos muros colgaba otra sarta de objetos antiguos que embriagaban a los curiosos: poleas; armatrostes de hierro que alguna vez tuvieron una utilidad, hoy vacua; un pequeño estanque mugriento de peces de colores, que parecían olvidados pero que continuaban respirando y tomando el sol agudo después del mediodía.

Él estaba sentado a una de las mesas bajo una carpa verde botella de la que también caían cafeteras, cascos, botas viejas, ábacos, brújulas y hasta tornos y piezas de máquinas de coser corroídas, también alemanas, como las notas de fondo. Traía una remera blanca debajo de un saco azul de hilo por cuyo bolsillo asomaba un pañuelo de flores tenues. Lentes oscuros tras los cuales se escondía el misterio de aquel rostro grande, blanco, adornado con un sombrero de ala corta y cinta marrón sobre los visos. En la boca, un oscuro y aromático puro cubano. Se tragaba a mordidas gigantescas y en pocos segundos un vil choripán de cancha, como un gran danés delante de un plato de croquetas. Yo había tenido uno de esos aristocráticos perros, que al morir hube de enterrar en una tumba humana, por el amor tan grande que le entregué, y porque era un desastre abrir un hueco en el jardín para tan enorme animal. Entre mordida y mordida, se metía el cigarro a la boca y echaba una bocanada densa.

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Retrato Íntimo: El Gran Danés

 

Orión

Él, un huraño curador de arte, no estaba acostumbrado a las personas. Pero la vio cantar ese día con la misma mirada que, seguramente, Monet debió arrojar sobre los nenúfares del estanque.

Él, que prefería la cuadrada soledad de las galerías cerradas, soportó los aplausos que ahogaban aquel vibrato cuando más quería saborear sus colores.

Hasta que logró abstraerse lo suficiente como para no escuchar los murmullos distraídos que cometían el sacrilegio de no prestarle total atención a aquel prodigio.

La vio como se imaginó tantas veces a Van Gogh mirando las noches estrelladas. Y el primer beso se lo dio a la distancia, desde la incómoda butaca, sin que ella todavía lo viera con aquellos ojos negros de pupilas temblorosas que también parecían cantar…

Él, un callado curador de arte, acusado con frecuencia de poca imaginación, pensó que la voz de ella comenzaba en la sima de sus pies de luna, para ascender luego por cada uno de sus 146 centímetros de estatura hasta salir por esa boca pequeña que de vez en cuando se curvaba sobre sí misma como una cereza.

Él, un tipo ajeno a los arrebatos, que se pasaba las tardes entre inmóviles lienzos, se levantó de su butaca cuando ella terminó su aria. Con su mano derecha buscó su mano izquierda. En una reverencia la tomó para felicitarla y descubrió en su brazo siete pequeños lunares que formaban la constelación de Orión. Apartó su vista de ellos como seguramente Monet la apartaría de los nenúfares y Van Gogh de las noches estrelladas para retirarse a pintar.

El segundo beso se lo dio ahí, con esa segunda mirada que esta vez sí se vio correspondida por los ojos negros de pupilas temblorosas que ahora parecían cantarle…

tango-moderno

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

Bajé del taxi en la calle Agüero, cerca del Abasto. Me habían informado que el hombre frecuentaba ese lugar, y a juzgar por los compases de La Cumparsita que llegaban desde el interior, mi fuente resultaba fidedigna. Subí por una escalera metálica ornamentada con
indolentes manchones de óxido. Llegué a un amplísimo salón. Todo a media luz. No el tango sino la iluminación del lugar. Varias mesas, sólo unas pocas ocupadas. La barra de un bar. Un mozo aburrido apoyaba la espalda sobre el mostrador, la bandeja que pendía de sus manos parecía servirle de gran taparrabos. Un pequeño escenario, vacío. Un bafle mediano que vibraba con las notas bajas. Y lo más importante, cinco parejas bailando, cada una con su peculiar nivel de destreza en esa danza que, como en el fútbol, sólo puede jugarse en equipo.
No tardé en reconocerlo. Su barba y melena eran blancas, espumosas, tal como lo había visto en todos sus retratos. Saco también blanco. Unos anteojos oscuros le colgaban de la nariz y parecían a punto de saltar por el aire con cada uno de los cortes y quebradas. Lo observé, conmovido. No bailaba mal para su edad. La hermosa joven de vestido rojo lo seguía sin vacilar en todos los pasos y cadencias. Los amagues y firuletes que enriquecen el ritual de la danza. En un momento, la joven siguió bailando sola, en dirección al baño. El hombre dio unos pasos sin seguir el ritmo y, levemente encorvado, más por la edad que por el cansancio, se sentó en una de las mesas y retomó un vaso de tintillo a medio tomar. Aproveché la oportunidad para acercarme.
“Perdón…”, dije. “¿El señor Marx? ¿Karl Marx? ¿El padre del socialismo?”.
Él sonrió con los ojos. Me invitó a sentarme con una seña que parecía de truco, dispuesto a mi reportaje. Le concedí un sorbo del tintillo antes de comenzar, y luego encendí mi pequeña grabadora.
PERIODISTA: Señor Marx. Ante todo quiero informarle, por una cuestión de honestidad ideológica, que yo no soy marxista.
MARX: Yo tampoco.
PERIODISTA: ¿Cómo que usted tampoco?
MARX: Yo nunca quise fundar un Partido ni nada por el estilo. Lo que yo quería era tomarme una cervecita y charlar de economía con gente que pensaba como yo, como Federico Engels y mi esposa, en ese orden.
PERIODISTA: Pero hubo muchos países que se hicieron socialistas en su nombre. ¿Qué me dice de los rusos, cuando eran soviéticos? Y los chinos, y los cubanos.
MARX: Por favor, estuve a punto de demandar a los soviéticos por uso indiscriminado de marca. Esos no eran socialistas. A lo sumo, eran burócratas elegantes. Recién ahora que se hicieron francamente capitalistas están un poquito más cerca del socialismo.
PERIODISTA: Chávez decía ser socialista. ¿Qué opina de él?
MARX: Chávez era como mi tía Ruth. Se la pasaba hablando bien de mí, pero nunca supe lo que pensaba. En cuanto a Maduro, si él es socialista yo soy Michael Jackson.
PERIODISTA: ¿Y los chinos?
MARX: Esos son los que van a dar el gran golpe al capitalismo.
PERIODISTA: ¿Exportando la revolución maoísta?
MARX: No, fabricando más computadoras, y más baratas.
PERIODISTA: Quedan los cubanos.
MARX: Muy ricos con dulce de leche.
PERIODISTA: Me refiero a los de Cuba, señor Marx.
MARX: Se lo diré sin tapujos. Para mí el verdadero socialismo promueve tanto el bienestar colectivo como la libertad individual, y esto implica la libre expresión de las ideas.
PERIODISTA: Fidel hablaba libremente, sin pelos en la lengua.
MARX: Lo cual es toda una proeza para los que usamos barba. Mire, críticas para hacer no me faltan, pero concuerdo en que los cubanos han obtenido enormes logros. Ahora veamos si Raulito puede mejorar las condiciones del pueblo, pero sin ser comido por el consorcio de al lado.
PERIODISTA: Y ya que menciona a los Estados Unidos. ¿Cómo ve al capitalismo de hoy?
MARX: Tal como lo predije, el capitalismo termina convirtiéndose en el poder de los monopolios, que se lleva a las patadas con el pensamiento liberal que dio origen al capitalismo. Es como volver al feudalismo pero sin el romanticismo del rey Arturo.
PERIODISTA: Desde ese punto de vista, teniendo en cuenta las contradicciones ideológicas en el seno de la sociedad norteamericana, sumada a los movimientos aislacionistas dentro de la comunidad europea, ¿dónde colocaría a Donald Trump?
MARX: En el manicomio. Pero no solo, hay muchos candidatos para acompañarlo.
PERIODISTA: En cierta oportunidad usted se ha declarado discípulo de Hegel. ¿Siente que en todos estos años ha variado el eje de su pensamiento?
MARX: No mucho, aunque en un principio no concordaba demasiado con él. Lo fui degustando de a poco, como este tintillo.
PERIODISTA: ¿Qué recuerda de sus lecturas de juventud?
MARX: Yo de joven me la pasaba leyendo, por supuesto, a Hegel, y también a Feuerbach, Demócrito, Epicuro, Spinoza, Adam Smith…
PERIODISTA: Y en la actualidad, ¿qué es lo que lee?
MARX: Playboy. Es una asignatura que me quedó pendiente. Por supuesto, lo compro por los artículos.
PERIODISTA: Hay una frase suya que es como su marca de fábrica, esa que dice “la religión es el opio de los pueblos”. ¿Sigue pensando así?
MARX: Ya no. Míreme. A esta edad y bailando tango con esa flor de mina. Es un milagro de Dios.
PERIODISTA: ¿Algún consejo para la Argentina, señor Marx?
MARX: Sí, apliquen la dialéctica.
PERIODISTA: ¿Perdón?
MARX: Acá nadie se pone de acuerdo porque cada uno se aferra a la primera parte de la dialéctica. Es decir, no resuelven las contradicciones. Por ejemplo, uno dice “el gobierno hace todo mal”, y el otro dice “el gobierno hace todo bien”. No hay una síntesis que resuelva esa contradicción (hasta que surja otra) diciendo “bueno, el gobierno ha hecho esto bien y esto mal”. No quiere decir que todos estén de acuerdo acerca de qué es lo que hizo bien o mal, pero al menos no van a estar aferrados a antinomias y peleando como perro y gato. ¿Me entiende?
PERIODISTA: Ese instrumento que usted llama materialismo dialéctico, ¿le sirve para entender la realidad argentina?
MARX: La realidad argentina no la entiende nadie. Yo sólo hago mi mejor esfuerzo.
PERIODISTA: Pero, ¿cómo aplica la dialéctica en un tema tan obvio como los cortes de calles o rutas?
MARX: ¿Qué tiene de obvio?
PERIODISTA: Bueno, está muy claro que es fruto de la prepotencia. Hoy día cualquiera quiere resolver los conflictos tomando a la gente como rehén.
MARX: ¿Ve? Usted ha expuesto una tesis. “Los que cortan las calles son prepotentes”. ¿Cuál sería la antítesis. “Los cortes de ruta surgieron por la desesperación de la gente ante la falta de trabajo, ante la sensación de impotencia por autoridades que no les daban ni la hora”. ¿Cuál es la verdad?
PERIODISTA: ¿Cuál?
MARX: Ambas. Porque lo que empieza como una lucha legítima, motivada por la desesperación, esto es, la convicción de que se toma esa medida injusta porque no queda otro camino, se transforma en prepotencia cuando se pierde la desesperación. ¿Entiende?
PERIODISTA: Ni ahí.
MARX: Los que cortan legítimamente lo hacen porque antes lo intentaron todo. Están desesperados, pero eso no les impide solidarizarse con el sufrimiento de otros. El día que un corte de ruta no permitió pasar a una ambulancia con alguien en grave estado, bueno, ese día nació la prepotencia.
PERIODISTA: Me acuerdo de unos piqueteros que golpeaban el coche de un hombre, y en su interior había un niño llorando.
MARX: La desesperación estaba en el niño, ya no en esos piqueteros.
PERIODISTA: De acuerdo, entiendo su punto. Pero entre esa tesis y antítesis, que es una gran problemática para nuestro país, ¿cuál sería la síntesis?
MARX: ¿No pretenderá que se la busque yo? Esa es tarea de todos los argentinos.
El reportaje fue interrumpido por una espectacular rubia que se nos acercó a los saltitos. Le dio un beso a Marx en la mejilla. El filósofo me guiñó un ojo.
“Charly”, dijo la rubia. “Están pasando Margot. Me lo prometiste. Este tango es mío”.
Marx se paró de un salto sorprendentemente ágil, para tomar la mano y la cintura de la rubia.
“Por supuesto que es tuyo”, le respondió. “El tango es de quien lo baila”.
“¡Ay, Charly! ¡Me matás con esas frases!”.
Y salieron danzando hacia el centro del salón. Me quedé sentado, observando a la extraña pareja. El creador del materialismo dialéctico parecía revitalizado porque no paró de dibujar figuras tangueras de todo tipo, seguido por la entusiasmada rubia que cada tanto levantaba su puño y exclamaba: “Viva la revolución, ¿viste?”. Apagué mi grabadora y, antes de levantarme, eché una mirada al vaso con el resto de tintillo. Me lo bebí de un trago. No pensé que eso molestase al señor Marx. Después de todo, él es socialista.

Travis Loui- Miss Mery Olmstead

La llave

T. Arzate

Tomó la llave como siempre. El mismo lugar, vigas viejas rechinantes, humedad salina que pintaba los labios. Abrió la puerta y el olor a viejo le causó cierta melancolía.

No había luz. Los sonidos de la madera y el chillar de la silla que jaló hasta la ventana cortó de tajo la oscuridad; sus ojos punzantes percibían intensos colores verdosos, la vista se acostumbraba a la negrura humeante del cuarto.

Tiró su cuerpo en el asiento mirando por la ventana en forma impasible.

Ella no había llegado.

—¡Descanse, caballero! —dijo una extraña voz con tono de sombra.

—¿Quién anda ahí? —preguntó el joven, asustado.

—Oh, tonto, soy tu compañero de cuarto. Nadie más pudiera ser que tu compañero.

—Disculpe, señor, pero… mi habitación no la comparto, de haber sabido que usted estaba aquí no hubiera entrado.

—No pierdas tiempo. Tal vez se fue mientras discutías y no la volviste a ver.

Se levantó de un salto y le dijo:

—Maldito, cobarde. Aléjese de ella, usted jamás podrá separarnos. Era mía antes de que fuera de usted. Dejémonos de tonterías y peleemos, lo espero afuera. Un desgraciado como usted no es digno de llevar una de mis balas en su cuerpo, pero no puedo permitir que esto siga así.

—Tranquilo… No soy quien tú piensas. Soy lo que tú quieras ser. Demonio cual espectro vaga por la tierra como triste condenado debido a tu causa.

—Exijo que muestre la cara. Cobarde es quien se escuda en las tinieblas.

—Todo a su tiempo, hombre iracundo. Piensas en ella todas las noches. La buscas entre las sábanas y en la cama no encuentras consuelo más que soñándola. Tu error fue haber pensado que ella era diferente; te carcome el corazón y ahora, seco, ya no puedes hacer nada. Cada vez que piensas haberla visto todo se desmorona como un pan duro.

—Si la conoce… ¡Le suplico que me diga dónde está!

—Está en ti.

—Señor, ¡se lo ruego!, dígame y seré capaz de arrastrarme cual perro.

—Pobre muchacho. Tu error fue grande. Ella está casada, tiene hijos y, aunque su esposo sea un imbécil, le pertenece. Te fijaste en la mujer ajena. Mientras piensas en sus caricias, ella está desnudándose frente a él. Mientras la sueñas, ella está pariendo. Mientras la besas en el recuerdo de su imagen, ella piensa en su mascota, que por azares del destino, lleva tu nombre tal vez como recuerdo, como una forma de no olvidarte o por simple burla.

—¿Por qué me habla así? —contestó melancólico—. Muéstrese, ¡lo exijo!

—Me siento tan mal como tú. La única diferencia entre nosotros es que yo no puedo llorar más.

—Déjeme… la extraño tanto.

—¿Todavía no sabes quién soy?

—No.

—¿Qué día es?

—El día de ella.

—¿Quién viene todos los años a esperarla en esta habitación, a la misma hora y el mismo día en que consumaron su amor? ¿Quién creyó en la promesa de que asesinaría a su marido y regresaría un año después a buscarte para ser felices?, ¿Quién más podría ser que la única persona que estaría aquí? ¿Y… todavía no sabes? Sé que eres joven pero no estúpido.

—Eres… ¿yo?

El anciano mostró su cabeza sin pelo, los ojos inundados por una masa blanca mientras sonreía con su boca casi sin dientes.

—Hemos muerto hoy —dijo el anciano con el rostro afligido.

Se tocaron la cara, uno para verlo con el tacto, el otro para imaginarse cómo sería en unos años.

—Antes de morir, pedí saber en qué había fallado y la respuesta está aquí. En esta habitación. En esta fecha. En este lugar. En esta maldita llave. Todos los años me pasaba sufriendo cuando la recordaba. En este día. En este minuto… Ella jamás fue nuestra. Cuando nos enterraron teníamos en la mano, apretando con una fuerza tan endemoniada, esta maldita llave. Pensábamos que algún día ella regresaría. Llegamos a creer que estaba muerta, pero cuando nos enteramos de que estaba por tener su cuarto hijo supimos que era feliz. Se piensa que al haber una tragedia romántica un pedazo de alma del amante se desprende y se queda en ese lugar. Eso nos pasó. ¿Cómo llegar al cielo si no tenemos alma? Ella terminó con nosotros. Con todos nosotros. Ahora solo nos queda consolarnos mutuamente.

Los demás hombres salieron de la oscuridad. Se descifraba por la vestimenta, el cabello y sobre todo la piel, el año del que provenían. Todos gemían con lágrimas en la cara intentando dar consuelo al más cercano. La habitación era un cuarto atemporal lleno de él, del que fue y del que sería. En ese momento alguien, tal vez ella, cerró la puerta con una llave tan pesada como una lápida.

Sombras

En medio de ninguna parte

No puedo extraviarme sin camino…

Repito estas palabras que me tranquilizan mientras la penumbra se come los edificios, las calles, las mismas luces de los autos que parecen rendirse ante un peso invisible, a una bifurcación del viento que lo aniquila todo, a un capricho de dios enojado y perdido, como un gran ojo negro que nos observa mientras nos cubre. ¿Nos cubre? ¿Por qué incluyo a los otros? Los incluyo porque en realidad los otros no son nadie y no quiero sentirme solo. No hay nombres que me pertenezcan, nadie a quien pueda convocar porque de todos modos sería inútil (mi propia garganta parece apagarse en este juego de sombras), ni un solo rostro porque ahora no son más que siluetas recortadas contra el vacío. ¿Seré yo también una silueta para ellos? No hay más que un  murmullo, un rumor invisible de gente caminando a mi lado. Pero en realidad no caminan a mi lado, no junto a mí, no hacia mí, no para mí. Un rumor que se confunde con algo que llega desde los años perdidos de esta oscuridad, como si hubiera estado siempre ahí, aguardando a que esta ceguera compartida me obligara a extender los brazos, agitar las manos nerviosamente como si dibujara un pequeño arco en el viento, esperando ese instinto primario y olvidado de asir las cosas al primer contacto… Lo escucho en las cavidades antiguas de mi oído: el sordo chasquido de mil bombillos quemándose al mismo tiempo, como un solitario y último latido; la campanilla ahogada de una máquina sumadora; una computadora que se apaga de pronto, dejando solamente un punto brillante y moribundo en el centro de la pantalla; una tarea inconclusa de oficinista confinado a un edificio muerto; la alfombra de un vendedor ambulante que recoge sus cosas porque ya nadie puede verlas en esta  extinción masiva de la luz.

Palpo, sigo palpando con mi mano temblorosa que se extiende necia entre el frío. Sigo escuchando el murmullo. Pero se ha transformado en  un nombre, uno que no puedo soportar porque este sí me pertenece aunque ahora sea el de una ciudad invisible, una ciudad perdida y devorada por una mancha oscura y líquida que se retuerce en las alcantarillas, en las vitrinas opacas, en los contornos ahora desaparecidos de bulevares exhaustos. Me retumba  en la cabeza con sabor a ocre…

San José

puedo escuchar mientras tropiezo con alguien, con algunos. ¿Será el mismo con el que tropiezo todo el tiempo, el que no puedo ver, el que antes era muchos y diferentes pero que ahora se ha convertido en uno solo por arte de este abismal prodigio en el que nos hemos quedado sin visión, sin esta retina luminosa que antes se llenaba con adoquines, librerías, restaurantes, zapaterías, puteros, policías, bancos, cafeterías, teatros, bares? Y ya que no puedo establecer diferencias con quienes tropiezo, opto por convertirlos en la misma persona, una y otra vez hasta que me convenzo de que no voy hacia ninguna parte. Nunca entendí los puntos cardinales, entonces me guiaba por los edificios y su forma de  cortar la distancia a los cuatro costados de la ciudad. Por eso nunca me sentí perdido aquí, pero afuera era distinto. Fuera de la ciudad, digo, donde no hay líneas rectas ni orillas con paredes a las cuales sujetarse. El campo siempre fue para mí un enigma de contornos difusos y extraños, un espacio de extensión abrumadora donde nunca supe si el camino tenía la milenaria y simple función de llevarte hacia un destino, o, más bien, era el infinito punto medio de ninguna parte. Afuera me sentía inútil, anodino, temeroso, invadido por un terror oceánico que me paralizaba. Y se me hacía tan difícil salir a respirar el aire nuevo entre los árboles, sentir con mi pie desnudo la irregular superficie de la tierra.

Por eso escapé, me escabullí entre el bosque y llegué aquí, hambriento y desarrapado, con la tristeza aún fresca en la frente.

Pero aquí, aun ahora que este apagón abisal parece habérselo comido todo, no me siento perdido, ya lo he dicho. Y no me preocupo porque sé que algún día terminará. La luz siempre vuelve, como todas las cosas, como los autos y las casas y los cuchillos y los semáforos y las calles. Aquí todo vuelve pero no se transforma, tan solo adquiere un tono levemente distinto, como estas gotas de llovizna que ahora rompen la monotonía de esta negritud y transportan el frío como cápsulas endemoniadas. Llegan desde todos los puntos y van hacia todas las direcciones. Chocan en mi rostro como diminutos puñales y empapan mi ropa poco a poco hasta hacerla más pesada. Pienso que esto no es normal. No es normal que  la lluvia salga de todas partes, no solo del cielo, sino de las ventanas, de las calles, de las aceras. Si esta fuera una noche con luz, con la fuerza eléctrica que parece movernos a todos y no solo a las máquinas, podría ver las gotas, identificarlas, medir el destello que reflejan al emprender su viaje desde lo alto hasta morir en los empapados adoquines.

Entonces me inunda este terror olvidado de la niñez, este vértigo que creí haber dejado atrás. Porque siento que la llovizna no es de aquí, es ajena a mi ciudad; vino de otro lado, de allá, de afuera. Apunto con el índice invisible, ese dedo mío que ahora no puedo ver. Apunto hacia algo que no existe, o que quizás se oculta entre la sombra, o quizás, aun peor, sea el culpable de ella. Y en cuanto más crece la crispación temerosa en mi cabeza aterida, más me atacan estas gotas heladas que parecen surgir de todas partes. Siento una gran máscara de agua en mi rostro que quiere ahogarme. Se introduce por mis fosas nasales. Intento no respirar pero es inútil, la llovizna parece tener vida propia. Ahora se mete por mis oídos y estoy demasiado débil para tapármelos. Viene de afuera, ¡lo sé!, viene con el lejano aleteo de la libélula, con el roce del viento en la hojarasca, con la inútil letanía de la abuela, con este insoportable ruido de mar, de orilla infinita, de arena pálida, de una piel morena que gime primeriza cuando estoy entre sus piernas.

No veo nada de esto, pero lo escucho, lo huelo, lo siento en los huesos que ahora se vuelven escarcha. Pero sobre todo escucho la débil voz de la abuela, de mujer con delantal, de matrona, de santos ocultos tras la puerta. La  siento en medio de ataúdes, llamándome, levantando la cabeza y abriendo los ojos mientras me oculto en las piernas de los adultos. Pero me sacudo y pienso que nada de esto puede ser. Es demasiado ridículo, demasiado literario. Debe ser a causa de mis sentidos atrofiados por el apagón, de esta oscuridad que ya ha durado… no sé, horas, minutos. Ya no siento el ataque de la llovizna. Me vuelvo a secar todo por dentro hasta volver a ser parte de un gigantesco cuerpo de gente que no veo pero que sigue ahí, esperando a que todo termine. O, mejor dicho, que empiece de nuevo la luz y su ritual de movimiento perpetuo.

Ahora me siento leve, y una pequeña claridad me ciega. Ha llegado la luz pero no la visión. ¿Será esto posible? ¿Será que ahora me sumerjo en un sueño? ¿Será que todo hasta aquí había sido imaginado? Pienso todo esto mientras la abuela sigue rezando en medio de ninguna parte…

 

 

 

 

 

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

Caminaba con martillo en mano por el patio de mi casa. Llegué hasta el rincón donde descansaba mi perro (un bóxer llamado Hamlet), me agaché para acariciarle el lomo. Fue entonces que descubrí el cadáver, el cuerpo inmóvil de una pulga colgada de un pelo en la oreja del animal. La tomé entre mis dedos y me puse a examinarla. Estaba seca, como si le hubieran chupado la sangre o lo que fuese que tuvieran dentro esos bichos. Por un momento pensé que se trataría de un fenómeno biológicamente normal, que las pulgas se secaban cuando dormían la siesta. Para salir de dudas, le apreté suavemente la cabecita con una paja de escoba; no vi que se moviera. Le busqué el pulso pero no se lo encontré por ningún lado.

Ya había decidido realizar un solemne y rápido funeral tirándola al inodoro, cuando descubrí otro cuerpo a la altura de los cachetes del perro. Eso fue suficiente para alarmarme. Dos muertes en un mismo día, eso descartaba la posibilidad de accidente o suicidio. Empecé a investigar, removiendo cuidadosamente el corto pelo del bóxer. Con lágrimas en los ojos fui encontrando dos, cinco, nueve cadáveres. A cada pasaje de mi dedo descubría más cuerpecitos colgados. Una verdadera catástrofe. Inexplicable. Sin causa aparente. ¿Intoxicación por sangre en mal estado? ¿Rascada feroz por parte de mi perro? ¿Crímenes seriales desatados por una pulga loca?

Por fin, con inocultable alegría, divisé una pulga que caminaba por entre la espesura capilar. La agarré. Se movió sobre mis dedos tambaleando, como borracha, sin poder dar un salto, hasta que tropezó precipitándose al vacío sin decir ni ay. Vi en el espejo de la pared mi propia cara tornarse sombría. Epidemia. La peste negra pulguera. Urgente llevé a Hamlet al veterinario; el tipo lo subió a una camilla, lo revisó, le palpó la panza, le puso un termómetro en la cola (normal, murmuró acariciándose la pera), me interrogó sobre si se rascaba mucho, si vomitaba, si hacía caca blanda, etc., etc., etc. Yo a todo dije que no. Por último, me preguntó qué era entonces lo que le pasaba al perro.

-Al perro nada –contesté-. A las pulgas. ¡Se me mueren, sálvelas doctor!

El veterinario me miró como si yo fuese un canguro rabioso. Se le puso la cara roja y empezó a gritar que si yo no tenía otra cosa que hacer que andar jodiendo a la gente y que mejor me fuera o iba a sacarme a patadas. Ahí pasé a explicarle, sin perder la calma, lo importante que para mí era pulga sana en perro sano y “que no tiene por qué faltarme el respeto porque yo vengo por su consejo profesional y usted tiene la obligación de escucharme porque soy miembro de esta comunidad y…”. De pronto, el veterinario dijo que todo estaba bien, que atendería el caso. Sin duda impresionado por mis ardorosos y justos argumentos había cambiado su actitud negativa. Después de todo, era realmente un caballero. Entonces lo solté del cuello y empezó a examinar el pelaje del animal.

Pasado un rato dijo que posiblemente las pulgas murieron anémicas y me preguntó cada cuánto bañaba al perro. Yo le dije: una vez al año con Sarnol. Movió la cabeza negativamente y recomendó que probase con Baby Johnson y también que masajeara el lomo del perro para mejorar la circulación sanguínea, eso facilitaría la alimentación de las pulgas.

-Vuelva en tres años para ver cómo siguen –dijo despidiéndome desde la puerta.

Fueron meses de sacrificio, levantándome a las cuatro de la mañana para agarrar a Hamlet dormido y meterlo en una palangana con Baby Johnson, masajeándolo hasta despellejarme los dedos, dándole a cada rato vitaminas para la sangre, tejiéndole un sweater para que las pulgas no pasaran frío en invierno. Pero el esfuerzo no fue en vano. Por fin llegó la primavera. Las pulgas desbordaban salud. Fuertes, ágiles, saltarinas. Yo estaba excitado. Fui con Hamlet al patio, -échese- ordené, y él obedeció. El corazón palpitándome con fuerza. Me senté en el piso. Removí el pelo hasta encontrar una pulga. Fue difícil, ya dije que andaban muy ágiles, pero al final la pude cazar. Sentí que me moría de placer. La coloqué cuidadosamente sobre una baldosa, y la reventé de un martillazo. Empecé a buscar una nueva presa, silbando alegremente. Todo volvía a la normalidad.

La guerra

Días de guerra

De libro, A propósito de San Juan y otras miniaturas

 

A diario la podíamos ver llorando en la Sala de Emergencias del Hospital, siempre reconfortando a los heridos. No le daba asco ni temor ver los cuerpos sangrantes que entraban uno tras otro. Siempre procuraba estar ahí para un abrazo, para angustiarse y apretar manos convulsas. Los médicos nos hacíamos de la vista gorda porque no estorbaba con su cuerpo esmirriado.

No sabíamos quién era, nadie le habló nunca: estábamos tan ocupados intentando salvar vidas que, cuando le tocó a ella, pocos reconocimos el rostro enjuto, su cuerpo maltrecho por el bombardeo. Me acerqué y le di la mano, ya no había nada que hacer. —Yo me quedo con ella —me dijo una mujer muy parecida a la moribunda—. Usted vaya a salvar a alguien.

—¿La conoce? —pregunté.

—Sí —dijo con tristeza—. Es mi hermana, pero está loca.

Días después acabó la guerra.