A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Cinderella

CENICIENTA

Había una vez una muchacha triste llamada Cenicienta. No triste porque sí, como deporte, sino más bien porque vivía con dos hermanastras que siempre la trataban mal, y también con una madrastra que se la pasaba dándole órdenes con cara de limón ofendido.

  “¡Cenicienta, limpia la escalera!”, le decía. “¡Cenicienta, plánchame el vestido!” exigía luego. “¡Cenicienta, sírveme el té!”.

   Y era así que la pobre muchacha se la pasaba trabajando todo el santo día, sin tiempo para ir a pasear o para mirar la telenovela de las cuatro, cosa que hacían las otras mientras ensuciaban el piso comiendo pochoclo. ¡Pobre Cenicienta! ¡Qué cansada se acostaba por las noches! ¡Cuánta tristeza la invadía en ese cuarto solitario, metida en un pijamas viejo y lleno de agujeritos de polilla!

   Un día, la madrastra llegó entusiasmada de la calle para dar una gran noticia. El príncipe había decidido invitar a todas las chicas del reino a un baile en palacio, con el fin de escoger a la más bella como esposa y futura reina. Había también un premio consuelo para las finalistas que consistía en dos pasajes a Disneyworld, pero las hermanastras, que a ojo de buen cubero resultaban bastante lindas, empezaron a soñar con la boda real que le tocaría a cualquiera de ellas.

   “¡A mí! ¡Yo seré la princesa!”, decía una.

   “¡No! ¡La princesa seré yo!”, respondía la otra.

   “¿Y yo?”, preguntó la inocente Cenicienta.

   Las hermanastras rieron de buena gana y luego se burlaron con saña.

   “¡No seas tonta, Cenicienta!”, intervino la madrastra. “¿Cómo ha de fijarse un príncipe en una fregona como tú, que ni siquiera tiene E-mail?”.

   Rieron aun más fuerte las hermanastras, y Cenicienta, humillada, se dedicó a pasarle el plumero al gato mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

   Llegó la noche del baile y las tres perversas mujeres salieron rumbo a la pachanga real. Cenicienta las vio partir, con algo de envidia y mucho de dolor. Había empezado a llorar amargamente cuando de pronto se le apareció un hada. Cenicienta, sorprendida, le preguntó quién era. El hada le mostró su credencial del Sindicato de Hadas y le propuso que concurriese a palacio.

   “¡A palacio!”, exclamó Cenicienta. “¿Yo? ¿Cómo podría ir yo con estos harapos?”.

   “No te preocupes. Mira, ¿ves esa tapita de gaseosa que hay en el suelo?”.

   “La veo”, dijo Cenicienta.

   El hada movió su varita y la tapita se convirtió en la más hermosa remera y un jean de marca. Cenicienta no podía creer lo que veían sus ojos, y de inmediato, alentada por el hada, empezó a vestirse con esa ropa moderna que le quedó maravillosamente bien. Pero había un problema, Cenicienta estaba descalza.

  “Mira”, dijo el hada comprensiva. “¿Ves ese trozo de pan que quedó en el piso?”.

   Y con otro movimiento de la varita el pan se convirtió en un hermoso par de botitas, que vistiendo los pies de Cenicienta le dieron un look moderno y elegante. Aun así todavía faltaba la locomoción para ir a palacio, el cual no estaba para nada cerca.

   “Mira”, sonrió el hada. “¿Ves esa oruga grande que hay en el rincón? ¿Sabes lo que significa?”.

   “¿Que cada vez limpio peor?”.

   “No, Cenicienta. Que ya tienes cómo viajar a palacio”.

   Dicho esto tomó la oruga y la llevó a la calle. Un agitar de varita y el insecto se transformó en una moderna boca de subterráneo, con escalera mecánica y todo.

   “Vas a ir en subterráneo”, dijo orgullosa el hada. “Es más rápido que la carroza”.

   Finalmente, le dio unas monedas para el boleto, sin dejar de advertirle que la magia duraría sólo hasta las doce de la noche. A esa hora debería regresar si no quería terminar vestida con una tapita de gaseosa.

   Cenicienta puso su despertador en una cartera y tomó el subte para llegar rapidísimo a palacio. Subió los largos escalones que daban al salón principal y una vez allí deslumbró a todos con su presencia. Las hermanastras, que no la reconocieron, se atragantaron con canapés de pura envidia. El príncipe dejó de bailar la conga y pidió al discjokey que pasara un vals para sacar a Cenicienta. Fue así que danzaron y danzaron. La gente los admiraba en silencio y ellos no hacían más que mirarse a los ojos, embelesados, enamorados. No les hacía falta hablar. Ni siquiera de futbol. La noche fue transcurriendo sin que la pareja dejara de girar por todo el salón. Y cuando ya estaban algo mareados, sonó de pronto la alarma del despertador.

   “¡Las doce!”, se asustó ella. “¡Las doce!”.

   “¡Feliz año nuevo!”, exclamó despistado el príncipe.

   “¡No! ¡Me tengo que ir!”.

   Y salió presurosa del lugar. El príncipe, sin saber qué hacer, no tuvo más remedio que seguir bailando el vals por sí solo.

   En el apuro por alcanzar la salida, Cenicienta tropezó y rodó por los 57 escalones del palacio, pero como estaba acostumbrada a los golpes de la vida no se hizo nada. Sólo que perdió una de sus botitas. Sin prestar atención a ese detalle, Cenicienta subió rengueando al subte. Fue un viaje muy corto, ya que el vagón desapareció y la pobre muchacha se encontró de pronto montada sobre la oruga. La remera y el jean de marca habían vuelto a ser una tapita, y ella se encontraba en ropa interior. En lugar de la bota tenía un trozo de pan sobre el pie. Luego de dos horas, al darse cuenta de que sólo había avanzado diez centímetros, se bajó de la oruga y volvió corriendo a casa.

   Al día siguiente, las hermanastras no hacían más que quejarse y protestar contra esa extraña que había llegado al baile para robarse el corazón del príncipe. Cenicienta escuchaba con una sonrisa, mientras le pasaba el cepillo de dientes al armario. La madrastra también echaba maldiciones. No podía creer que ninguna de sus adorables hijitas fuera a convertirse en princesa. De pronto, dos secos golpes en la puerta de calle.

  “¿Otra vez se descompuso el portero eléctrico?”, chilló la mujer, para en seguida ordenar:    “¡Abre la puerta, Cenicienta!”.

   Cenicienta obedeció para dejar entrar a un pomposo cortesano que venía con un bando real, anunciando que aquella muchacha a quien le calzara cierta botita extraviada la noche anterior, sería la esposa del príncipe.

   “¡¡¡Dónde está la bota!!!”, exclamaron entusiasmadas las hermanastras mientras se sacaban los zapatos.

   “Hay un problema”, se excusó el cortesano. “Recién se la probamos a una muchacha de pie robusto, y se le atrancó”.

   “¿Y cómo se la probamos a mis hijas?”, se impacientó la madrastra.

   El cortesano chasqueó los dedos y entraron cuatro hombres trayendo en una silla a la muchacha de pie robusto, aún con la bota atrancada.

   “Que apoyen la planta del pie sobre la suela. La que calce perfecto es la ganadora”.

   Probó la primera hermana y su pie sobrepasó la suela por medio centímetro. La segunda hermana, en cambio, se quedó corta por un centímetro. La desazón de las malvadas se transformó en burla cuando Cenicienta ofreció su pie para la prueba. Y, ¡oh sorpresa!, calce perfecto. El príncipe apareció de pronto para abrazar a la ganadora.

   “¡Eras tú, mi Cenicienta! ¡Mi princesa! ¡Ídola! Ya mismo nos casamos”.

   “No, no”, lo frenó la muchacha. “No podemos casarnos ahora, casi no nos conocemos. Además, antes de casarme quiero tener novio”.

   El príncipe acordó en que Cenicienta tenía razón, no había que apresurarse con la boda. Así que decidieron ser novios esa tarde y casarse recién a la noche.

   ¿Y las hermanastras?, fueron muy felices con el premio consuelo de dos pasajes a Disney.

Loba que aúlla

La loba

Después de alguna decepción que estaba muy lejos de ser la primera en su vida, y tampoco sería la última, Juliana decidió seguir el consejo y las enseñanzas de Tata Nieves. Tata Nieves era su abuela materna, quién murió el mismo día y a la misma hora de su nacimiento. Sin embargo Juliana no podía decir que no la hubiera conocido. Tata Nieves la visitaba en sueños con frecuencia desde que tenía memoria. A lo largo de los años le había contado bastante de su vida, con sufrimientos y sorpresas incluidos. Le había explicado que de todos los lugares del universo, conocidos y desconocidos por el hombre, era justo el hombre el mayor peligro. También le había hablado de su relación cercana con los dioses negros, de su bondad intrínseca y su severo sentido de justicia. Le había enseñado, poco a poco y sin asustarla, a comunicarse con ellos, a invocar sus favores y a pedir protección en casos de necesidad extrema. Pero, probablemente, la enseñanza más repetida por Tata era aquella de: “mantén cerca solo a los que amas y te aman”.

Así que esa mañana Juliana se levantó con el espíritu claro y puso su cuerpo a tono bañándolo profusamente con agua lluvia recién recogida y un jabón hecho con hierbas y raíces, que reservaba para los días realmente importantes. Dejó que el agua se evaporara de su cuerpo con paciencia, sin ensuciar el proceso con toallas ni ninguna otra cosa. Luego metió cabeza y hombros en un vestido blanco y con los pies descalzos y las partes más íntimas libres caminó despacio hasta la cocina, el centro mismo de su casa, desde donde además podía verse la ceiba del patio. Habló en silencio con los dioses, pidiendo consejo con los ojos cerrados y el alma abierta. Al paso de dos horas, o dos siglos (el tiempo de los dioses es así de irreverente), se puso de pie con el alma limpia y repleta de una paz que solo viene cuando finalmente decides hacer lo que sabes que siempre fue tu destino.

Tomó los ingredientes necesarios, incluyendo la colección de piedras rojas que le dejó Tata Nieves como herencia. Salió de casa con la determinación de los justos, realizó todos los conjuros necesarios y con las piedras hizo un círculo alrededor de la casa. Todo el tiempo que duró la acción murmuraba entre dientes palabras de sentido misterioso y la frase: “que solo entren los que amo más que a mí misma”. No se sabe si fue a propósito o sin darse cuenta que consideró únicamente medio consejo de la abuela. Esa noche durmió como hacía mucho. Tata Nieves la visitó, pero la miró fijo con ojos inquisitivos y no dijo nada.

A la mañana siguiente estaba lista para ver cómo cambiaba su vida, cómo el número de personas que la visitaban disminuían. Para su sorpresa siguieron viniendo los mismos de siempre, atravesaban el círculo de piedras sin inmutarse, sin preguntarse siquiera el porqué de esa novedad. Esperó una semana completa, dos, tres, cuatro… Al cabo de dos meses se convenció de que seguramente algo había estado mal con sus conjuros. Repitió todo el proceso, dejando las mismas piedras en su sitio, pero cambió un poco la parte inteligible del murmullo, ahora decía: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman”. Esa noche, Tata Nieves medio sonreía, pero seguía sin decir nada.

En los días siguientes el flujo de amigos quedó reducido aproximadamente a la mitad. Juliana se sentía bien, el conjuro parecía funcionar y el panorama era menos solitario de lo que había previsto. Conforme con el resultado, se sentía complacida con las dimensiones de su círculo cercano, de su manada. Pero la mente humana no da tregua. Sopesando con cuidado sus palabras durante las nuevas noches de desvelo, se dio cuenta de que su reclamo no había sido equilibrado. Decidió entonces jugarse el todo por el todo. Repitió la ceremonia, las palabras cambiadas por otras aún más contundentes: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman incondicionalmente”. Tata Nieves se veía medio borrosa esa noche, pero Juliana podía jurar que lloraba, un llanto callado y lastimero. Decía algo, estaba segura, pero no entendía las palabras. Al despertar estaba convencida de que Tata le advertía, dividida entre el espanto y la ternura: “los lobos también tienen que comer”. Saltó de la cama algo asustada, se persignó varias veces seguidas y cerró los ojos un instante para intentar ver otra vez el rostro arrugado de la Tata. No tuvo éxito.

Esta vez los días pasaron lentamente. Dichoso, el perro tuerto que tuvo desde siempre, ya viejo y algo cojo, era el único que entraba y salía del círculo virtuoso, donde las piedras estaban cambiando sospechosamente de color. Ante cualquier ruido alentador, Juliana se asomaba a la ventana, esperando el milagro de algún rostro conocido. Nadie venía. Perdió el apetito, la sonrisa y muchos kilos. Lo bueno fue que también perdió el insomnio. Cada noche dormía un poco más que la anterior y también un poco más profundo. A lo mejor era que necesitaba volver a encontrar a Tata Nieves. Pero la testaruda no venía, desde la noche de su llanto no había vuelto a aparecer. Los días de Juliana se hicieron cortos, muy cortos, estaba en pie ya solo unos momentos, los necesarios para darle de comer a Dichoso y mirar de reojo a la ventana. La ceiba había perdido muchas hojas y las piedras estaban completamente grises.

Juliana era de voluntad fuerte, así que continuaba empeñada en encontrar a Tata en algún rincón de sus sueños. No se daba cuenta de que las larguísimas horas de búsqueda y ayuno la habían debilitado más allá de lo que un cuerpo humano puede tolerar. Un buen día ya no se levantó, el sueño se hacía más y más profundo. Finalmente vio a lo lejos a una Tata que, apoyada en un bastón, se dolía en su caminar y sonreía, las lágrimas corriendo por su rostro desolado. La Tata se acercaba, Juliana no podía creer su buena suerte. La vista tan débil como el resto de su cuerpo le debía estar jugando una mala pasada. La veía atravesar una y otra vez el círculo de piedras rojas, intentaba leer sus labios para saber lo que decía. Finalmente lo entendió: “el lobo solo al final muere de hambre”.

Pasados muchos meses encontraron a Juliana y a Dichoso. Una sobre la cama con apariencia de momia y un gesto indefinido entre sonrisa y mueca. El otro a los pies de la cama, con una piedra roja en la boca y la cuenca del único ojo bueno apuntando hacia su dueña.

Club de Malos

Club de Malos

La lente avanza casi rajando la superficie de una laguna oscura y cenagosa. Poco a poco, entre ramas inertes que se expanden bajo el agua inmóvil, fétida, y los vapores que exhalan las entrañas del pantano, la cámara de Animal Planet se aproxima a un caño oxidado que gotea cierto líquido negruzco, sospechamos, nauseabundo. Se introduce en la cañería transportándonos como en un tren fantasma por un estrecho mundillo de sombras que se mueven sin que atinemos a descubrir sus verdaderas formas, hasta que, luego de un tenebroso, asfixiante viaje que podría pasar por un tour en el infierno, vislumbramos a lo lejos un círculo de difusa claridad, la famosa luz al final del túnel. Por fin, la cámara sale por un inodoro y se desliza en un rápido travelling (desplazamiento, para los no entendidos) hasta un cuarto en penumbras donde tres hombres, armados de whisky y tabaco, juegan al gold pocker; esto es el popular juego de cartas donde en lugar de dinero apuestan pepitas de oro. Sobre una de las paredes cuelga la bandera norteamericana. También una esvástica rediseñada con calas blanquecinas y rosas rojas. Y por un último un cartel, que en letra gótica anuncia: CLUB DE MALOS.

   Uno de los jugadores, de uniforme militar lleno de estrellas, sin su gorra, corta el mazo y reparte las cartas.

   En el borde inferior de la pantalla aparece un subtitulado: “Coronel XX. Graduado en la escuela de formación de oficiales del campo de Guantánamo”.

   —¿Qué tratamos hoy? –dice, mascando la punta de su habano.

   —Lo que aparece en todos las primeras planas, coronel –informa un calvo a lo Bruce Willis, con una pequeña cicatriz bajo el ojo derecho–. Venezuela. –Y mira sus cartas con cierto disgusto.

   Subtitulado: “Agente NN. Importante funcionario de la CIA y asesino a sueldo en sus ratos libres”.

   —¡Venezuela! ¡Hermoso país, cuando era un país! –exclama el tercero, de lentes y traje enteramente blanco.

   Subtitulado: “Mister BB, hombre de negocios que ha hecho turismo por todo el mundo vendiendo armas”.

   El de blanco se divierte con su propio chiste y bebe un trago de whisky.

   La cámara hace un zoom al vaso y se introduce en el dorado líquido, choca con un cubito de hielo, y al salir da unos saltos debido a un ataque de hipo. Luego se enfoca en las manos del de la cicatriz, que mira sus cartas y después al coronel.

  —Dos –dice.

   Recibe dos cartas y las mira con la expresión de un Buda aburrido.

   —Y bien –murmura el comerciante–. ¿Qué hacemos con Venezuela?

   El coronel lo mira sorprendido, al tiempo que acerca dos pepitas de oro al centro de la mesa.

   —¿Cómo qué hacemos? Lo que hacemos siempre. Somos el club de malos, ¿no?

   —Y como malos que somos… –continúa Cicatriz ocultando sus cartas–. Solo podemos hacer una cosa en Venezuela.

   El comerciante arrima tres pepitas, entusiasmado.

   —¡Por supuesto! ¡Invadir ese país! ¡Derrocar al presidente Maduro y destruir a su pueblo!

   Los tres chocan palmas y lanzan una carcajada salvaje. Música incidental macabra. Acercamiento al rostro del militar, muy concentrado en sus cartas, que de improviso mira a cámara con ojos sanguinolentos. La pantalla queda en negro absoluto. Podemos jurar que la cámara ha tragado saliva. Lo siguiente que podemos ver es uno de los ceniceros con un cigarrillo encendido y suficiente ceniza como para sospechar que hay alguien cremado allí dentro.

   Reconocemos la voz del militar cuando dice:

   —¿Y cómo sugieren que logremos ese bello objetivo? ¿Qué opina la CIA?

   Enfocamos a Cicatriz cuando se encoge de hombros.

   —Supongo que lo de siempre. Destruir las industrias para que el país sea insustentable.

   —Temo que no es posible –interviene el comerciante–. Eso fue cumplimentado a la perfección por la política económica de Maduro.

   —¡Mierda! ¡Nos ganó de mano! –exclama el militar, y coloca tres pepitas más sobre la mesa.

   El de la CIA iguala esa cantidad, casi con furia.

   —¡Entonces hay que provocar desabastecimiento! ¡Que no haya comida, medicinas, servicios, y que nadie tenga un céntimo para comprar nada! ¿Me entienden? ¡Matar al pueblo de hambre y enfermedades!

   El militar escupe tabaco al piso. Mira impaciente a Cicatriz.

   —Mi umbral para tonterías es muy bajo, amigo –le reprocha–. Todo eso que usted dijo ya es viejo. Fue la acción de gobierno más exitosa alcanzada por Maduro.

   Pero la CIA nunca se da por vencida.

   —¿Y si fomentamos un régimen militar, bien represivo? –insiste el agente–. Eso que hicimos con America Latina en los 70.

   El coronel repiquetea marcialmente los dedos sobre la mesa.

   —¿Es usted de la CIA o de Disney Channel? –le espeta–. Lo de Maduro ya es una dictadura militar, siempre lo fue.

   Cicatriz lo espía por el rabillo del ojo, frunce el ceño. Duelo de miradas. Música incidental de suspenso. El comerciante trata de romper el hielo.

   —¿Y si… hacemos que estalle una guerra civil? –Muestra todos sus dientes; algún televidente puede pensar que se trata de una sonrisa–. Que la gente caiga como moscas, igual que en esos comerciales de insecticida.

   —Temo que tampoco es una opción –dice Cicatriz, con un gesto de soberbia que dirige al coronel–. Nuestros informes dicen que la criminalidad en Venezuela alcanza niveles pavorosos. Ni con una bomba nuclear podríamos igualar eso.

   —¡Maldito Maduro! –El militar da un puñetazo a la mesa y hace saltar algunas pepitas. La cámara se aleja unos metros.

   —Nos queda una chance aún, caballeros –dice el comerciante. Los otros dos lo miran con ojos ansiosos y una sonrisa vacía de esperanzas–. ¿Qué tal si hacemos que los países envíen ayuda humanitaria para el pueblo venezolano. Los ilusionamos a todos pero a último momento no entregamos nada.

   El de la CIA deja caer su cabeza, resignado.

   —Tarde –susurra–. La ayuda ya la enviamos, y el mismo Maduro la bloqueó, diciendo que no necesita limosnas.

   El coronel arroja el mazo de cartas contra la pared. Se controla. Suspira, inflándose. Finalmente sonríe, como lo habría hecho el capitán del Titanic.

   —Temo, caballeros –prologa–, que si no encontramos una idea en los próximos diez segundos… estaremos ante el primer completo fracaso del Club de Malos.

   Diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco…

   La tensión crece al ritmo del conteo regresivo, solo que en lugar del lanzamiento de un cohete desde Cabo Cañaveral, una onda expansiva de maldad insatisfecha estallará como ojiva nuclear expandiéndose por el mundo.

   Cuatro… tres… dos…

   La cámara temblequea.

   Uno…

   —¡Un momento! ¡Un momento! –irrumpe la voz del comerciante–. ¡Ya sé cuál es la gran maldad que podemos hacerle al pueblo venezolano!

   El coronel lo mira con ojos suplicantes. Cicatriz reza una plegaria atea.

   —¿Qué maldad? –pregunta el militar con un hilo de voz.

   —La peor –masculla el comerciante, y sus ojos sonríen con crueldad–. ¡Apoyemos a Maduro!

   Los tres se miran, cómplices. Chocan palmas al grito de:

   —¡Iupiiiiii!!!!

   Y se ponen de pie para entonar el himno nacional. La cámara de Animal Planet se va alejando tímidamente, en un travelling inverso, hasta introducirse nuevamente en el inodoro.

La cuarta versión

LA CUARTA VERSIÓN

  4:00 PM

   Steve Lerner frota sus manos como si tuviera frío, aun cuando le suda la frente, acalorada. No es síntoma de gripe sino de su creciente ansiedad, de la pálida incertidumbre que lo invade cuando debe encarar la primer página en blanco de su computadora. Es parte del oficio. Un ritual incómodo y necesario que lo incita a aceptar el desafío y, según dice, calentar motores, combatir el pánico a la nada, ese vacío en donde ninguna palabra, por maravillosa que parezca, podría llegar a flotar entre olas deshidratadas o a sostenerse de otra palabra que aún no ha sido escrita. Eso, según su definición gramático existencial, es la nada. Y es a fuerza de caminos fallidos que el esperado milagro acontece, como un salvavidas que se descubre a último momento. Las piezas comienzan a ordenarse en su mente y el sistema nervioso da la orden de incrementar la adrenalina. La sangre corre más rápido, irrigando manos y cerebro, la página en blanco deja de ser un ente poderoso para transformarse en un solícito sirviente. Es entonces que Lerner arruga el entrecejo, sus dedos parecen escapar hacia el teclado. Los contiene, los cruje. Casi puede figurarse la escena, casi, hasta que se hace más nítida y empieza a dibujarla con una andanada de tecleos.

   4:30 PM

   En la habitación de un lujoso edificio en pleno centro de Washington D. C., un hombre de aspecto rudo y macizo apoya su humanidad en la silla que le señala el fiscal Thomas Perry. El hombre rudo seca el sudor de su frente con un pañuelo arrugado y húmedo, como si el aire acondicionado no terminara de convencer a su empecinado organismo de que, por un rato, se ha ausentado del tórrido verano de la planta baja.

   Perry se sienta frente a él. Es un hombre pulcro y de manos cuidadas. Su gesto ansioso revela apuro y cierta molestia por verse obligado a interrumpir su trabajo, dejando un escritorio lleno de papeles y una notebook donde aún no se ha activado el protector de pantalla.

   —Y bien. ¿Qué quería decirme con tanto apuro, Miller? –inquiere el fiscal.

   El rudo se toma su tiempo, sonríe nervioso y de inmediato borra la sonrisa.

   —Bueno. Ante todo, quiero decirle que debe estar tranquilo. Estamos con los ojos bien abiertos.

   —Por favor, vaya al grano. Tengo mucho trabajo por delante y pocas horas para terminarlo.

   —De eso se trata, doctor. De su trabajo. Yo… –y se acerca para hablarle casi al oído–. Bueno… tenemos indicios de que van a atentar contra usted.

   Para Perry no es precisamente noticia de último momento. Hace rato que recibe amenazas de todas partes. Cuando denunció los manejos del presidente Trump sabía a lo que iba a enfrentarse.

   Su miedo primitivo, visceral, se transforma en desafío.

   —Para eso están ustedes, ¿no? ¡Para cuidarme las espaldas!

   —Sí, sí, claro. Usted sabe que cuenta con nosotros las veinticuatro horas. Sin embargo, habíamos pensado…

   —¿Quiénes?

   Miller afina la mirada.

  —No entiendo –masculla.

  —¿Quiénes han pensado… lo que sea iba a decirme? ¿Usted y quién más?

  —Ah… –No le resulta fácil entender a Perry, nunca sabe con qué puede venirse. Pero todo parece andar bien, y eso le da más confianza–. Rico y yo, los dos. Le decía que habíamos pensado en un tercer anillo de seguridad.

   El fiscal resopla impaciencia.

   —¿De qué anillo me habla? ¿Puede ser más claro?

   —Quiero decir… El primer anillo somos nosotros, los guardias. Los que custodiamos la puerta del edificio y lo seguimos cuando sale, a donde se dirija; un coche delante del suyo y otro detrás. Somos una muralla. El segundo anillo, o cordón, como quiera llamarlo, es Walker, el chofer, que está armado, por si alguno se nos  llegara a escapar. Nadie puede pasar esa barrera, créame.

   —¿Y?

   —Y… desde que estuvo en ese programa de televisión, usted es el hombre más amenazado del país. Y más ahora que va a presentar cargos contra el presidente. Entiéndame, doctor, no es que dude de nuestro servicio, pero de veras pensamos que no está demás tomar una última precaución para protegerlo.

   —Miller, sigo sin entender de qué me habla. ¿A qué precaución se refiere?

   —Mire, doctor, si algo llegara a fallar, cosa que, insisto, estoy seguro de que no es posible, pero si nuestro sistema defensivo fallara y llegasen a usted, no es bueno que lo encuentren indefenso, ¿me entiende? Creemos que usted debería tener un arma.

   —¿Está loco? ¿Para qué tenemos un servicio secreto? ¡Para que yo deba ir armado como en el far west!

   —No, doctor. No me malentienda. Pero, piénselo. Suponga que un comando asesino logra infiltrarse.

   —¿Qué comando?

   —Ruso. Usted dice tener pruebas para imputar al presidente por haber conspirado con los rusos en las presidenciales contra Hillary Clinton.

   —Pruebas concluyentes. Trump va derecho al impeachment.

   —Lo sé, lo sé. Pero el tema es… Suponga que en algún momento se infiltra un comando y lo sorprende a usted con sus niños… ¿Qué hará? ¿Eh? ¿Dejar que los acribillen, uno por uno? ¿O querría tener un arma para defenderlos?

   Perry calla. Sus labios apretados son la señal de que está sopesando la situación, horrorizado. Luego asiente con la cabeza.

   —Debo reconocer que tiene razón. Me irrita la idea de llevar un… Pero tiene razón.

   —Bien. Sabemos que usted guarda una pistola en casa de su madre.

   —Es una pistola vieja. Ni siquiera sé si funciona.

   —Podríamos revisarla.

   Perry reacciona con su habitual mal humor.

   —¡Deje a mi madre tranquila! ¡Lo único que falta es que vaya a pedirle la pistola y la deje más preocupada de lo que está!

   —Entiendo. Y… ¿conoce a alguien que pueda prestarle una?

   —¿Por qué no me la consiguen ustedes? Deben tener un montón guardadas por ahí?

   —Desgraciadamente, estamos muy controlados. Ha habido movimiento de armas y sumariaron a varios de nosotros. No es posible que le demos una pistola. Ni siquiera debe saberse que le sugerimos portar una. Vamos, usted conoce a mucha gente. Debe haber alguien que puede prestársela.

   Perry queda pensativo.

   —Mi técnico –murmura–. El muchacho que mantiene mis computadoras. Él tiene una pistola.

   El guardia mira el celular que hay sobre la mesita. Lo agarra y se lo alcanza a Perry.

   —Pregúntele, ya mismo!

   El fiscal lo mira alarmado.

   —¿Por qué tanto apuro?

   —Hay enemigos actuando en las sombras. No hay que arriesgarse –dice Miller, sin la más mínima expresión en el rostro–. ¡Llámelo ahora!

   3:00 AM

   Los golpes a la puerta son pausados, casi educados, golpecitos. Lo único que los hace sobrecogedores es que se escuchan a las tres de la madrugada. Perry despierta sobresaltado. Por un momento trata de dilucidar si solo se trata de un sueño. Nuevos golpecitos. Enciende el velador y mira la hora. Maldice por lo bajo. El sueño le entorpece los pies y la prudencia. Ni siquiera toma conciencia de que camina hacia la puerta en ropa interior, sin cuidar su imagen, que en plena vigilia adquiere tanta importancia para él.

   —¿Quién es? –pregunta, y la sólida madera de la puerta le devuelve su propia voz distorsionada.

   —Miller –responde alguien desde el otro lado.

   —¿Qué pasa? ¿Sabe la hora que es?

   —Por favor, doctor. Es urgente.

   Perry da un largo suspiro antes de entreabrir la puerta, resguardando su cuerpo detrás de la misma. En cuanto lo hace, una punzada de temor le comprime el vientre. Miller no está solo. Lo acompañan dos tipos a los que no conoce, ambos con una gorra de visera. Uno de ellos lleva un bigote muy poblado, como el de un mariachi. Para alivio del fiscal también está Rico, el otro guardia, un tipo que, hace tiempo se le antojó, tiene aspecto bonachón y confiable.

   Así y todo, Perry desconfía.

   —¿Quiénes son estos señores? –inquiere, atravesando con su mirada los ojos de Miller.

   El mariachi sonríe y hace una venia informal.

   —Dick Anderson, señor. De la CIA. Tenemos órdenes de reforzar su guardia. Mi compañero y yo vamos a estar en el pasillo, custodiando la puerta.

   —Ridículo –se queja el fiscal–. Nunca fue necesario tanta…

   —Lo es ahora, señor. Se ha detectado una célula rusa aquí mismo, en Washington.

   —Es lo que le había dicho, doctor –interviene Miller–. El nivel de riesgo está en alerta roja.

   Es tarde, piensa el fiscal, ¿qué sentido tiene discutir con la CIA? Si esos tipos quieren quedarse ahí afuera que lo hagan. Solo espera que no fumen ni hagan demasiado ruido.

   —Está bien –acepta encogiéndose de hombros. Amaga cerrar, pero el zapato de Miller lo impide.

   —Disculpe, doctor –dice el guardia–. Pero… su técnico vino esta noche a verlo. Suponemos que le trajo el arma. –Perry lo mira sorprendido. Miller asiente y señala a los de la CIA–. No se preocupe, ellos lo saben.

   —Sí, me trajo una… Bersa, creo. Y ahora si me disculpan…

   —Espere, doctor. Un minuto más. Necesitamos ver esa pistola.

   —¿Cómo? ¿Está loco? ¿Viene a esta hora por esa ridiculez?

   —Ninguna ridiculez, doctor. El agente Anderson es un experto. Debe revisar su arma para verificar que funcione como corresponde.

   —¡Que lo haga mañana! ¡Ahora me voy a dormir! ¡Sabe lo que significa para mí perder estas horas de sueño! ¡Tengo mucho trabajo!

   —Lo sabemos, señor fiscal, pero esto es por su seguridad. –La voz de mariachi suena calma pero firme, esa clase de voz que no acepta desacuerdos-. Es mi deber no salir de aquí hasta revisar el arma.

   —Pero es que… el técnico me enseñó a amartillarla. Funciona bien.

   —Eso nunca se sabe –replicó la voz calma–. Ha habido casos en que se ha encasquillado al usarla…

   —Pero…

   —Incluso ha explotado por defectos de fábrica, volando la cara del dueño. Lo siento, señor. Debo revisarla ahora mismo. Es el protocolo.

   —¡Dios mío! –estalla Perry, se encamina hacia la mesita de luz–. ¡Ustedes y sus malditos protocolos!

   Perry extrae el arma de uno de los cajones y al voltear lo sorprende que los hombres han entrado.

   —Permítame –dice mariachi acercando su palma. Perry duda un momento y le entrega la pistola. El tipo la manipula con mano hábil–. Es buena. Algo vieja, pero en buen estado.

   —Gracias –ironiza el fiscal, solicitando el arma con su mano–. Y ahora si me permiten…

   Sorpresivamente, el compañero de mariachi saca una Glock y apunta al corazón de Perry, quien, confuso, mira sonriendo a mariachi, luego a Miller.

   —¿Qué es esto? –atina a decir.

   —Entre al baño… señor –es el único comentario del agente Anderson, al tiempo que se coloca guantes de hule.

   —Pero…

   Miller busca tranquilizarlo.

   —No se preocupe, doctor. Es… rutina. Van a revisar el departamento, por si hay una bomba.

   Perry se niega a entender, huye de la realidad con su habitual prepotencia.

   —¿De qué bomba está hablando, imbécil? ¡Llame al jefe del operativo! ¡Quiero hablar con el jefe! ¡Ahora mismo!

   -¡Entre… al… baño! –ruge mariachi, y su compañero toma a Perry de la camiseta para introducirlo en el pequeño cuarto, aún a oscuras.

   —No se preocupe, doctor –alcanza a repetirle Miller, antes de que la CIA se encierre en el baño con él. Luego le hace un gesto a Rico–. Empecemos.

   Los guardias se colocan guantes de hule, y mientras Miller limpia con un trapo todas las huellas posibles, Rico pasa por el piso una pequeña aspiradora portátil.

   Se escucha un estampido. Miller paraliza su accionar por unos segundos. Luego continúa. Los guardias no se miran. Al rato salen los de la CIA del baño, cierran la puerta.

   —Arreglá la cerradura –le dice mariachi a su compañero–. Yo me encargo del celular y la computadora.

   Cuando Miller se encuentra frente al agente Anderson, siente algo de miedo. Trata de caerle simpático.

   —El presidente va a estar muy contento… digo… por el operativo.

   Anderson lo mira de arriba a abajo.

   —¿El presidente? Se enterará por los medios. ¿O cree que necesitamos su permiso para hacer nuestro trabajo?

   Miller traga saliva.

   —Claro… claro…

   —Ahora bajen a la guardia y háganse los idiotas, es lo que mejor les sale.

   Miller asiente y sale. Oprime el botón del ascensor, espera al otro guardia antes de entrar.

   —Odio a ese tipo –le dice en voz muy baja.

   6:00 AM

    Lerner lee su cuento por segunda vez, y decide que buscará el punto propicio donde agregar un detalle que se le había escapado, la mención de que los agentes de la CIA han maniobrado para dejar residuos de disparo en la mano de Perry. No quiere omitir ningún detalle. Vuelve a leer desde el principio. Bebe un sorbo de café. Saca un cigarrillo de la cajetilla, toma el encendedor, se arrepiente y abandona el cigarrillo en un poblado cenicero de vidrio. Maldice. Cuando le encargaron el cuento en esa revista le pidieron que investigara bien el caso, y que lo desarrollara según su criterio. Pero sabe que no existe tal cosa en una publicación. El editor le dará curso solo si concuerda con su propia teoría acerca de la muerte del fiscal. Previendo eso y demostrándose a sí mismo una falta elemental de escrúpulos, Lerner ha plasmado tres versiones diferentes del cuento. En la primera el fiscal entra en pánico y se suicida. En la segunda se trata de un suicidio inducido, por amenaza directa a sus hijos. Y la tercera, la que acaba de escribir, no está nada mal. Pero, ¿cuál? ¿Cuál de esas versiones coincidirá con las apetencias del editor? ¿Acaso le conviene entregar las tres juntas para que el tipo elija? No, claro que no. Se sentiría uno de esos periodistas mercenarios que siempre marchan por donde sopla el viento. Eso le recuerda la anécdota de un profesional que fue a buscar trabajo en un diario y como prueba le propusieron una nota acerca de Dios. Cuando el periodista preguntó: “¿a favor o en contra?”, fue contratado inmediatamente. La antítesis de lo que él siempre soñó ser. Un periodista independiente, comprometido con la verdad. La verdad. La verdad os hará libres. Y al murmurar estas palabras, el milagro sucede. Pero esta vez con una fuerza inusitada que lo sacude desde las entrañas. Algo que nunca antes había sentido, como una trompada inmaterial que le destroza el plexo. Dios mío. Siente miedo de lo que está vislumbrando. Apenas puede dar crédito al rompecabezas que termina de armarse en su cerebro. ¿Sería eso lo que realmente pasó? Porque si esa es la verdad, temblarán los cimientos mismos que sostienen la Nación. Y si no lo es… pasará por un demente, o un escritor trasnochado enmarcado en la más catastrófica de las ficciones. Un sudor helado le atenaza el cuerpo. Flexiona una y otra vez las manos, buscando irrigarlas, darles vida, bombearles una adrenalina que lo inunda. Mira la página en blanco en su computadora. Siente la ansiedad y el pánico al vacío con la velocidad de un meteoro, como si ya no tuviera tiempo para rituales. Está dispuesto a desafiar al mundo, aunque termine víctima de un suicidio orquestado por sus propios personajes. Ya no hay margen para la mentira, y empieza a escribir la cuarta versión.   

Tres deseos...

TRES DESEOS A LA LUNA DE AGOSTO

(Fragmentos de una novela que nunca verá la luz)

De aquellos tiempos solo me queda el silencio. Vivíamos nuestro propio mundo, éramos la noche plena y como vampiros negábamos el sol durmiendo. Yo no era ni mejor ni peor que los otros. Y ellos, a quienes los años han desdibujado de algún ingrato modo, fueron mi único espejo.

Anduvimos juntos desde chicos. A los once o doce resultábamos ser el terror de Villa Inflamable. A los dieciséis La Colorada cargaba una 45 en la cintura y dos abortos. Polaco y Gaspar tendrían la misma edad, yo era el menor. No tardamos mucho en meternos en problemas serios, o tal vez, por nuestro estilo, tardamos demasiado. Polaco coleccionaba dos muertes, Gaspar y yo estábamos ansiosos por alcanzarlo. Era la Colo quien nos mantenía unidos y a la vez con sospechas. Cada uno pensaba que los otros habían tenido algo con ella, y ella nos hacía creer que quien no lo hubiera hecho ya, terminaría (al menos una vez) entre sus piernas. Era la jefa.

 Me consiguió la primera 45. El arma pesaba más que mi vida.

— ¿Tenés revólver vos? —preguntó con voz áspera, clavando los ojos de caramelo en los míos. Iba a mentirle diciendo que lo tenía que ir a buscar, pero por inexperiencia o instinto dije que no. Entonces ella aseguró que lo solucionaría enseguida. Delante de mí se bajó los pantalones, llevaba una tanga negra con un dibujo de Kitty al frente y el culo dividido por un hilo casi invisible. Se puso una minifalda negra que dejaba ver sus piernas algo golpeadas pero bonitas. Luego le hizo un nudo a la remera dejando el ombligo al aire, se ató el pelo y se maquilló.

— Ya vengo.

Me quedé pensando cómo sería tocar ese cuerpo. Encendí un cigarrillo y me tiré sobre los restos del sillón; el relleno de los almohadones apolillados sobresalía; varias pulgas iban del tapizado a mis brazos, dejaban pequeñas ronchas, seguían rumbo al piso y saltaban otra vez al sillón. Me acaricié sobre el pantalón, saqué la pija algo dura y comencé a masturbarme pensando en las tetas de La Colorada, acabar sobre esos pezones pálidos… Acabé y me limpié con una parte de la manta.

Todavía estaba agitado cuando ella volvió con una botella de tinto. Me miró, puso su mano en la espalda y sacó la 45.

— Tomá, dijo y la arrojó a mi estómago. Me sorprendí. Sonrió y se desmoronó sobre el colchón que estaba junto a la pared.

— ¿Qué te pasa, pendejo? ¿Pensaste que no la iba a conseguir? —negué con la cabeza— ¿Viste? Y todo con esta boquita —echó un trago, se acomodó y siguió—. Fui hasta lo del Tano, tiene en el aguantadero a dos rati que liquidaron a un tipo de guita mientras lo afanaban. Se la chupé a un tal Miguel y me pagó con el caño y la botella. ¿Imaginate si le entrego el culo? ¿Sabés lo que me podría dar si se lo dejo todo para él? Me quedo con la 4 x 4 que tiene el tipo —rió— Pero no, todavía no nació el que se ganó este culo.

Metió la mano bajo el colchón y sacó una bolsita con un par de fasos de marihuana. Prendió uno y lo compartimos. No podía dejar de mirarle las tetas, ni los labios, ni imaginar cómo sería su concha. En medio del humo dulce dejé la pistola a un lado y me le acerqué para besarla. No solo esquivó mi boca, sino que manoteó la 45 y la puso en mi sien.

— Escuchá pendejo, a mí, escuchá, aprendé, a mí me tocan cuando yo quiero, ¿entendés? —afirmé con la cabeza— ¿Está claro? No te escucho. —Dijo y preparó el arma para disparar.

Las piernas me temblaron.

— Perdoname, loca.

Tiró de mi pelo con fuerza y me entregó el arma. Enmudecido, la guardé en la cintura. La Colo estaba furiosa. Puteaba y escupía. Se paró junto a la puerta, brazos cruzados y cara de asco, no hizo falta que dijera nada. Era hora de irme. Al pasar a su lado la empujé contra el marco y la besé. Fue un segundo. Ni siquiera le pude meter la lengua en la boca. Pero esta vez no tuvo tiempo de morderme o tirar una patada. 

Demonios

LA BROMA

Los resortes del colchón emitían un lamento metálico cada vez que mi cadera buscaba acomodarse, o la de ella. Habíamos traspasado sin euforia la barrera del orgasmo, y ya me estaba aburriendo. Será por eso que se me ocurrió la broma. Fijé la vista en el espejo del techo; mi cara resaltaba en la penumbra por el resplandor rojizo de una lámpara. Marta descansaba a mi lado. Respiré profundo, dos o tres veces.

-¿Qué te pasa? –preguntó ella.

No contesté. Apreté los puños, abrí desmesuradamente los ojos y empecé a murmurar palabras extrañas, palabras que ni yo mismo entendía y que semejaban un susurro diabólico. Palabras que reverberaban en los recovecos del cuarto, y que, extrañamente, le daban a mi voz una cualidad siniestra que nunca antes había escuchado. Me pareció divertido. Pero Marta se asustó. Y se asustó en serio. No la creí tan sensible. La vi por el espejo alejarse de mí suplicando que no siguiera.

-Vení, tontita –le dije. Se puso a llorar-. Vení, no lo voy a hacer más –y la abracé.

Permanecimos así por un rato. Fue hermoso descubrir su debilidad. Sentí que podía dominarla plenamente, y esa sensación vitalizaba mi deseo hacia ella. Hicimos el amor mejor que nunca, hasta que el tiempo se agotase.

Doce de la noche. Todo estaba por terminar. En cinco minutos ella iría al baño y empezaría a vestirse. En cinco minutos mi poder llegaría a su fin. No más miedo, no más protegerla. Tenía que experimentar mi dominio por última vez, prolongar cuanto fuese posible el goce que me procuraba. Y casi sin proponérmelo, nuevamente los puños apretados, ojos bien abiertos. Las palabras salían ahora con más fuerza. Marta volvió a suplicar, y se escondió bajo la sábana. Yo no podía detenerme, estaba poseído por mi propio deseo de aterrarla. Pronuncié los nombres que, como lengüetazos de serpiente, iban emergiendo por los fangosos desfiladeros de mi cerebro. Así aparecieron Molock, Asmodeus, Dofernus, Belcebú, y muchos otros. Hasta que por fin me detuve. Me sentí culpable. Marta estaba totalmente cubierta por la sábana. Quise pedirle perdón. No pude siquiera intentarlo. Otra vez el susurro. Pero esta vez no era yo. Beliak. Dirus. Astarot… Se me erizaron los pelos de la nuca, un sudor de hielo me recorrió la espalda. Pero enseguida me di cuenta. Era ella. Le dije que estaba bien, que la terminase. Pero seguía con mayor intensidad. Nebirus. Gotar. Satanás… Me incliné sobre ella y arranqué la sábana. No encontré el rostro de Marta, sino el de un anciano que me miraba fijamente y seguía susurrando.

El campo de batalla

LA CARGA DEL REGIMIENTO MOJADO

Atrincherado tras un árbol observé el campo de batalla. La lluvia de la noche anterior había cubierto el suelo con innumerables charcos de agua sucia, y supe que sólo un milagro me permitiría cruzar a salvo hasta mi objetivo. Mi cuerpo era un cable de alta tensión. “Esta guerra acabará con mis nervios”, pensé.

Alguien llegó y se puso a mi lado. Otro soldado desconocido. Al menos yo no lo conocía, pero por su cara de angustia sin duda pertenecía a mi mismo regimiento. Era joven, un soldado bisoño, inexperto. “Están mandando cualquier cosa al frente”. Me pregunté si alguno de los dos caería en esta misión, y rogué al cielo que en ese caso el desafortunado fuera él; y me sentí culpable, asesino. Pero me tranquilizó pensar que seguramente él rogaba al cielo que cayera yo.

El tránsito empezó a ceder. Advertí que llegaba el momento. Miré a mi camarada de armas y sentí que nos entendíamos como se entienden los hombres en un momento decisivo, sin pronunciar palabra, dándonos mutuo valor con la mirada. Él se ajustó la campera y empuñó su paraguas. Yo me soné la nariz. Una ola de confianza invadió mi espíritu. Sentí que podíamos hacerlo, tenía fe en nuestra causa, estaba seguro de que lograríamos cruzar la avenida sin que esos malditos autos nos enchastraran la ropa con el agua sucia del asfalto. Y a pesar de que el semáforo no andaba, nos lanzamos al ataque, corriendo como ñandúes hacia la vereda de enfrente. Nunca me las di de héroe, pero respetando un código no escrito, yo, por ser veterano, iba adelante comandando la ofensiva, buscando claros, marcando el camino. El contraataque enemigo no se hizo esperar. Empezó con un Fitito que pasó a toda velocidad sobre un charco y a duras penas pudimos esquivar las salpicaduras. Miré hacia atrás para ver si mi recluta estaba bien. Me hizo un guiño. Sentí que confiaba en mi experiencia, y me sentí responsable por él. Tenía que llevarlo a salvo hasta la otra vereda.

Seguimos avanzando hasta copar la mitad de la avenida. Nuestro empuje duró muy poco. El enemigo logró detenernos con tránsito graneado. Las salpicaduras disparadas a quemarropa silbaban cerca nuestro y pensé que ahí acabaría todo. Sin embargo, esta vez la suerte estaba con nosotros; un Ford chocó contra un colectivo de la línea 60 y pude aprovechar el claro. “Sígueme”, ordené a mi subordinado, y empezamos a atravesar las líneas enemigas, avanzando en zigzag para evitar que una combi afinara puntería con sus ráfagas de barro. Vi la otra vereda. Tan cerca que recobré las esperanzas, y sólo pensé en llegar. La desesperación me hizo correr descuidando mi flanco. Ya casi estábamos, ya casi… De pronto algo me congeló la sangre. Un camión cisterna de YPF pasaba frente a mí disparando una poderosa andanada de agua sucia. Me zambullí hacia un costado, esquivándola. Entonces escuché el grito desgarrador y supe que mi compañero no había tenido la misma suerte. Quedé paralizado, el cuerpo me temblaba. Giré lentamente la cabeza. Vi su jean y sus botitas beiges bañados en barro. No quise ver más y corrí, corrí aterrado, corrí hasta que me dolieron los pies. Me avergüenza admitir que en ese momento sólo pensé en salvarme.

Por fin, de un salto llegué a la vereda. El corazón se me salió por la boca, y luego volvió a entrar. Una vez más había alcanzado el objetivo. Sin embargo, la amargura me envolvió al recordar a mis compañeros caídos. Miré el campo de batalla que quedaba atrás. Una anciana cruzaba con su caniche y era empapada por una moto. “Maldita guerra, ni a los civiles respeta”. Seguí mi camino, silbando una melodía triste.

En la siguiente esquina me esperaba otra batalla.

 

 

OTROS CUENTOS DE EDUARDO GOLDMAN:

BRIGITTE

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

Ginger no baila con Fred

Te habían enviado a trabajar ya no recuerdo a dónde (eso también lo quemé entre tantas otras cosas).  La paga apenas daba para un hotel cuyo mayor mérito era tener luz hasta las diez de la noche, luego decías que para leer o escribir tenías que encender velas. Nunca me contaste si entre esas líneas imaginabas mi sonrisa o si en las sombras que argumentaban las velas podías verme estirar los brazos para abrazarte.

No podías desayunar allí, ese era otro verbo que aquel hotel no conjugaba. (¡Cómo reía cuando leía eso!). Entonces, creo recordar, salías temprano rumbo a la estación de tren, acomodabas la valija con todo el material a tu lado y en un bar del andén pedías el primer café del día. Estoy segura de que lo revolvías con esa paciencia que solo conocí en vos. ¿Ahí fue que escribiste aquel poema? Trozos de tu alma decías que contenía, al menos así lo contabas en la carta que lo trajo.

Estaba escrito en una servilleta de bar, de esas que se pliegan en tres y se meten en servilleteros plásticos. Cuánto esfuerzo para que tu lapicera no rasgara el papel. (Un esfuerzo que no tuviste conmigo). Si los poetas supieran que los fuegos encendidos por las palabras pueden terminar incendiando la propia obra, quizá tendrían más decoro al escribir.

A mí, en esos años, sólo me importaba esperar la llegada del cartero. (Ahora soy yo la que no conjuga ninguno de esos verbos, como otros tantos). Cuando tu letra prolija golpeaba mi buzón, me escurría hasta el cuarto, para leerte. Egoísta, dirían las enfermeras que me veían pasar corriendo, pero no quería compartirte, eran nuestros minutos de soledad, el instante en que las distancias desaparecían. No estabas en aquel hotel, no estaba en ese cuarto, estábamos en el mundo que exclusivamente vos y yo conocíamos.

Acariciaba las letras como si fueran tus labios, estrujaba la carta contra mi pecho, así te abrazaba. ¿Nunca te dije que repasaba cada correspondencia mientras esperaba una nueva? Lo hacía, sí, tanto que algunas las sabía de memoria. Es que no eran palabras en papel, era tu voz la que venía en ellas. La misma voz de aquella tarde de lluvia, cuando me contabas de tu admiración por Fred Astaire, su aire de señor, la elegancia de los movimientos, la habilidad para mover los pies como si no tocaran la tierra. Soñaba con la mañana en que te viera imitando a Fred bajo mi ventana. Sería una Ginger Rogers enamorada como esa Julieta del balcón, bajando las escaleras para bailar nuestra música. ¿Y cuándo me contaste de Evita? Sí, así, en diminutivo la nombrabas, sin darle apellido, porque no lo necesitaba. La reunión en los jardines de la Casa de Gobierno, con ella paseando elegante y hablando y moviendo las manos. Vos contabas de Evita y yo la veía, la sentía allí, entre nosotros. Si hasta me parece oír, todavía hoy, cómo ella te indicó la importancia de la cultura, del cine, del teatro; y vos, silencioso, la contemplabas. Enamorado de Evita, me confesaste así, con esas palabras, y yo no me enojé, cómo iba a hacerlo si ella era todas nosotras juntas.

No me arrepiento de aquello; algunos lo creerán tiempo perdido, yo no. ¿Te habrás disgustado de haber escrito ese poema? ¿O de todas esas promesas que la rutina de hoy volvió ronca como los besos perdidos en el aire que se marchitan sin ser correspondidos?

Pasaba las tardes pintando mariposas en papel celofán, las pegaba en las paredes y el techo del cuarto; durante las noches les hablaba de vos. A veces tomaba una, besaba sus alas, abría la ventana y la arrojaba al viento pidiéndole que te buscara.

Los domingos iba al cine a ver esas películas en blanco y negro, iguales a las que vos llevabas en la enorme valija y que procurabas vender a hombres desinteresados por el arte pero sí por saber cuántos asistirían a la sala. ¿Habrás vendido muchas de esas cintas o todavía te quedarán guardadas? Paramaun, decías sin importarte que algunos te creyeran torpe. Sé que era tu manera de enviarles mensajes a los gringos, que no iban a comprarte por más que trabajaras para ellos.

Los de la Paramaun no sabían de nuestros días pasados juntos ni del baile desnudos bajo los ojos de la luna; desconocían tu poesía, mi sed de tu boca. No fue la Paramaun quien terminó con nosotros, vos y yo sabemos bien en qué nos equivocamos.

Ya no hay películas en blanco y negro ni poetas que escriban en los bares. Los enamorados de Evita temen decirlo. No espero tus cartas. Todo se está quemando en esta noche vieja. Fred nunca vino a bailar bajo mi ventana. ¿Vos viste llorar a Ginger? Yo sí.

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

Nació un día en el reino de Segovia una princesa muy bella a la que dieron en llamar Clodovea.

Se cuenta que en la fiesta de su bautismo un hada medio chifladita la obsequió con una extraña profecía. “Algún día te harás una despiadada cazadora de dragones”, dijo el hada, para luego agregar a manera de post/data: “y entonces hallarás el más grande de los tesoros”. Por supuesto, nadie tomó en serio tales palabras. Nadie, a excepción de la reina madre, quien hizo jurar a cada cortesano de palacio que jamás recordaría las extrañas palabras del hada chifladita.

Sin embargo, el día en que Clodovea cumplía siete años, la reina madre tuvo la sospecha de que algún sirviente había informado a la princesita acerca de la vieja profecía, ya que Clodovea comenzó a decir que sus pasatiempos favoritos eran coleccionar figuritas brillantes, ponerse zapatos de taco alto y matar dragones.

“No, no, no”, decía el rey tentado de risa cada vez que escuchaba a Clodovea. “Está bien lo de las figuritas y los tacos altos, pero una princesa no debe ni pensar en matar dragones”.

“Algún día mataré uno”, afirmaba la princesita. “Y ese día pronto llegará”.

Al cumplir los 18 años, Clodovea sintió que ese día había llegado. Encaró a su padre, el rey, y le pidió permiso para partir hacia el bosque de la Espesura para cazar un dragón. El rey, que en ese momento estaba tomando mate, casi se atraganta con la bombilla.

 

REY: (tose) ¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero de qué estás hablando, hija mía?

CLODOVEA: Te lo dije, padre… Ya cumplí los 18, es tiempo de que me des la llave del palacio. Y me dejes ir a matar mi primer dragón.

REY: No puedes hablar en serio.

 

Pero Clodovea hablaba muy en serio. Más aún, le mostró a su padre el arco y las flechas con las que pensaba atravesar el corazón de alguno de los dragones que, según se decía, moraban en el temido bosque de la Espesura.

 

REY: ¡Estás loca! ¿Pero cómo piensas cazar un dragón con eso??? ¿Acaso no sabes que te enfrentarías a un animal monstruoso, que escupe fuego y tiene dientes enormes???

CLODOVEA: Y tiene muy mal aliento, ya lo sé.

REY: ¿Pero… por qué??? ¿Por qué tienes que hacer semejante locura???

CLODOVEA: Padre… oí decir que hay una vieja profecía. Voy a ser una despiadada cazadora de dragones… y entonces hallaré el más grande de los tesoros.

REY: ¡Tonterías! ¡Tú no necesitas más tesoros! ¿Por qué mejor no te quedas en palacio viendo telenovelas???

CLODOVEA: (enojada) ¡Odio las telenovelas!!!

 

Ruido de portazo.

 

REY: ¡Clodovea! ¿A dónde vas? ¡Clodovea! (suspira, murmura) Qué carácter tiene la petisa.

 

La princesa Clodovea montó su caballo blanco y, armada de su arco y cinco flechas, se dirigió al bosque de la Espesura dispuesta a cumplir con su destino. La reina madre lloraba desconsolada al ver confirmado sus más terribles temores.

“La va a cocinar”, gemía desesperada. “Ese dragón malvado va a cocinar a mi hija con su fuego”.

Pero el rey, ladino y precavido, secretamente envió a su guardia personal para que siguiera y protegiese a la princesa sin que ella lo advirtiese. La guardia personal estaba compuesta por dieciséis mil jinetes armados, treinta mil infantes de marina, cuarenta y ocho cañones y un submarino.

La princesa avanzaba lentamente por el tenebroso bosque. El silencio era casi total, sólo se escuchaba el lamento de un búho anunciando la cercanía del anochecer, y el cansino paso del caballo sobre un colchón de hojas secas. Clodovea no imaginaba que era seguida por la guardia personal del rey, su caballo tampoco. Y no se hubieran percatado jamás de esta circunstancia de no ser porque uno de los soldados…

 

SOLDADO: Atchíssss…

 

Estornudó.

 

CLODOVEA: ¿Eh??? ¿Quién anda ahí??? ¿Quién está siguiéndome???

 

El joven capitán Matasiete dudó un instante, pero luego espoleó a su caballo para acercarse con respeto a la princesa.

 

CAPITAN: Soy el capitán Matasiete… y comando la guardia de tu padre, el rey.

CLODOVEA: ¿Por qué me sigues?

CAPITAN: El rey me ha enviado a protegerte.

CLODOVEA: No necesito protección, puedo matar al dragón yo sola.

 

De pronto, un tremendo rugido sacudió el bosque.

 

DRAGON: (lejano) Aaaaaaagggggrrrrrrr…

CLODOVEA: (risita nerviosa) Aunque… pensándolo bien… Siempre es lindo tener una persona con quien charlar.

CAPITAN: Somos cuarenta y seis mil soldados.

CLODOVEA: Bueno… siempre es lindo tener cuarenta y seis mil personas con quienes charlar.

 

La bella princesa Clodovea, ahora acompañada por todo un ejército, siguió su valiente marcha en busca del monstruoso ser que dominaba la Espesura. Por momentos, el camino se volvía tan estrecho debido a los árboles y la maleza que los soldados debían contener el aliento para no rasgarse el uniforme con las filosas ramas. Fue así que en el camino quedaron atascados los cañones, y también el submarino, cuyos tripulantes se cansaron de tanto intentar navegar por la tierra.

Así y todo, avanzaban confiados los valientes. Se sabían el ejército más poderoso de la región. Sabían que su poder de fuego podía desafiar al más colosal de los animales. Eran la mayor fuerza armada sobre la tierra dispuesta a ofrendar la vida al servicio de su princesita. Sin embargo, volvió a escucharse otro rugido.

 

DRAGON: (algo más fuerte) Aaahhhhgggrrrrrrrrr….

 

Y todos salieron corriendo. El capitán Matasiete, al ver huir a su tropa, desesperó.

 

MATASIETE: ¡No huyan!!! ¡Vuelvan aquí, cobardes!!! ¡No pueden abandonar a la princesa!!! ¡Vuelvaaaaannn!!!

 

Pero fue imposible evitar la desbandada. El capitán y la princesa quedaron solos en medio de ese paraje infernal.

 

MATASIETE: Se han ido, princesa. Nos han abandonado a nuestra suerte.

CLODOVEA: Le diré a mi padre que se los descuente del sueldo.

MATASIETE: No entiendes… debemos irnos también… El dragón está muy cerca… Si nos encuentra es seguro que nos comerá de un bocado.

CLODOVEA: Jamás… Soy la princesa Clodovea… ¡la despiadada matadragones!

MATASIETE: Pero…

CLODOVEA: ¡Basta! Si tienes miedo puedes irte también. Cazaré al dragón por mí misma… y se cumplirá la profecía.

 

(Ruido de caballo que se aleja)

 

MATASIETE: No te vayas así… Por favor… Princesa…

CLODOVEA: (voz más lejana) No te preocupes. Te mando una postaaaalll.

 

El joven capitán la vio marcharse con admiración, y no pudo menos que murmurar: “Qué carácter tiene la petisa”. Fue así que su naciente amor pudo más que el miedo, y galopó hacia la princesa dispuesto a jamás dejarla sola.

Al verlo llegar, la princesa suspiró.

 

CLODOVEA: (con admiración) Capitán…

 

El capitán suspiró.

 

CAPITAN: (con admiración) Princesa…

 

Los caballos suspiraron. (Relincho de dos caballos)

 

Y juntos marcharon hacia el final del camino. Hacia el lugar de la Espesura donde esperaba hambrienta, la bestia asesina.

 

DRAGON: ¡Aaaaaaggggghhh…!!!

 

(Pausa, pasos lentos de dos caballos)

 

PRINCESA: Hace calor… ¿Ya es verano?

CAPITAN: Temo que no, princesa. Sin duda el fuego que sale de las fauces del dragón es lo que ha elevado la temperatura. Eso significa que está muy cerca.

PRINCESA: ¡Ay, no! ¡Mira eso!!!

 

Ante sus ojos apareció la descomunal figura del dragón que los miraba con fiereza.

 

DRAGON: (más fuerte que antes) ¡Agggrrrrrr….!!!

CAPITAN: ¡Cuidado! ¡Va a lanzar su fuego!

 

(Ruido de lanzallamas)

 

Por fortuna, los rápidos reflejos del capitán le permitieron apartar a los caballos y buscar protección tras una roca.

 

CLODOVEA: ¡Me has salvado, capitán!

CAPITAN: ¡Casi nos quema vivos! Por favor, princesa… Huyamos mientras podamos.

CLODOVEA: ¡Jamás!

 

Y dicho esto se bajó de su caballo y avanzó temerariamente hacia el dragón mientras preparaba una flecha en su arco.

 

CLODOVEA: ¡Voy a atravesar tu corazón, bestia del infierno!

CAPITAN: ¡No, princesa! ¡Nooooo!!!

 

El joven capitán, tras un instante de duda, siguió a la princesa y dispuesto a enfrentarse a la bestia desenvainó su espada mágica, pero pensándolo mejor, sacó su ametralladora y una Magnum para apuntar directamente a la cabeza del dragón.

 

CAPITAN: (furioso) ¡No te muevas, dragón pulguiento!

 

El dragón asustado levantó sus manos. “No tiren”, dijo con voz temblorosa. “No tengo dinero”.

 

CLODOVEA: ¡No venimos a robarte sino a cazarte, cretino!

CAPITAN: Aprovecha que lo tengo dominado, princesa. Vamos. Lanza una flecha a su corazón y mátalo de una vez.

DRAGON: Ay, no. A mí las flechas al corazón me caen mal.

CLODOVEA: ¡Silencio y no te muevas! ¡No puedo apuntarte bien!

DRAGON: (triste) Okey… Okey… pero antes de que me maten… déjenme escribirle una carta de despedida a mi tío Pepe. Vive en Escocia, ¿saben? Es el famoso monstruo del Loch Ness. Y a mi primo Nahuelito… el monstruo del lago Nahuel Huapi, en Argentina… (llora) Van a extrañarme… Buaaaaa….

 

Aunque no lo admitiera, el capitán se encontraba conmovido por el llanto del monstruo. Y también la princesa, quien de pronto tuvo una brillante idea.

 

CLODOVEA: ¿Pero qué te pasa, dragón tonto? Nadie va a dispararte. Este es un safari fotográfico.

DRAGON: Pero… ¿entonces no me van a matar?

CLODOVEA: Claro que no. Sólo quiero tomarte una foto.

DRAGON: (emocionado) Ay, sí… Cómo no… Esperen que me peino.

 

Y fue así que la princesa dio por terminada su carrera de despiadada matadragones, pero la profecía se había cumplido. Clodovea encontró el más valioso de los tesoros, el de la compasión. Había aprendido a conmoverse por el sufrimiento del otro, aunque ese otro fuera un dragón pulguiento. Y por eso, cuando años más tarde fue coronada como reina, inició el más benigno reinado que el mundo entero haya conocido.

Se cuenta que finalmente se casó con el capitán, quien fue designado rey consorte. Y en las noches frías junto al fuego, ambos contemplaban la foto colgada en uno de los murales del castillo. En la misma se veía a Clodovea junto al dragón, ambos sonriendo a cámara. Y si algún invitado preguntaba qué era esa bestia que posaba a su lado, Clodovea simplemente respondía: “Es mi amigo el dragón”.

Mientras tanto, en una cueva del bosque de la Espesura, el dragón mostraba a sus dragones amigos la misma foto. Y si alguno de ellos le preguntaba: “Ay, ¿qué es ese monstruito insignificante que posa a tu lado?”. Nuestro dragón simplemente contestaba: “Es mi amiga Clodovea, pero cuidado, ¡tiene un carácter la petisa!”.

San-Telmo https://hoornvintage.com/

El Gran Danés

Publicado en revista La Mascarada

Imagen: San-Telmo, tomada de  https://hoornvintage.com/

Lo conocí en una pulpería porteña con herencia gaucha explotando por los largos corredores y los espacios abiertos y en penumbra. En una plataforma de madera, a tres o cuatro escalones de altura, una mujer canosa, moño fijo y edad indeterminada tocaba una melodía del barroco alemán, Johann Sebastian Bach, en un viejo piano de cola traído de Italia medio siglo atrás. De las paredes se desprendían objetos de los más diversos destinos, pampeanos o asiáticos, sin orden ni concierto, pero que armonizaban agradablemente con el ambiente bohemio de aquella tarde de verano tórrido.

Me fui a la terraza, buscando la brisa. Bancos de piedra, troncos cortados y mesas convencionales de madera formaban el mobiliario. De los corroídos muros colgaba otra sarta de objetos antiguos que embriagaban a los curiosos: poleas; armatrostes de hierro que alguna vez tuvieron una utilidad, hoy vacua; un pequeño estanque mugriento de peces de colores, que parecían olvidados pero que continuaban respirando y tomando el sol agudo después del mediodía.

Él estaba sentado a una de las mesas bajo una carpa verde botella de la que también caían cafeteras, cascos, botas viejas, ábacos, brújulas y hasta tornos y piezas de máquinas de coser corroídas, también alemanas, como las notas de fondo. Traía una remera blanca debajo de un saco azul de hilo por cuyo bolsillo asomaba un pañuelo de flores tenues. Lentes oscuros tras los cuales se escondía el misterio de aquel rostro grande, blanco, adornado con un sombrero de ala corta y cinta marrón sobre los visos. En la boca, un oscuro y aromático puro cubano. Se tragaba a mordidas gigantescas y en pocos segundos un vil choripán de cancha, como un gran danés delante de un plato de croquetas. Yo había tenido uno de esos aristocráticos perros, que al morir hube de enterrar en una tumba humana, por el amor tan grande que le entregué, y porque era un desastre abrir un hueco en el jardín para tan enorme animal. Entre mordida y mordida, se metía el cigarro a la boca y echaba una bocanada densa.

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Retrato Íntimo: El Gran Danés