Por: Félix Guerra

La llave de la ciudad, siempre

precedida por discursos, es grande, esmalta

da y no entra por cualquier cerradura estre

cha. Solo por la Avenida Independencia.

 

La llave que entregan a los ilustres,  no abre

nada, apenas algunos aplausos y licores.

 

La llave que tintinea en el bolsillo y jadea

por salir, es clave a la hora de regresar a ca

sa. Llave probada con destreza en los agujeros.

 

Allá al fondo, sin embargo, la llave secreta

del patio es la flor del naranjo.

 

Y la llave de las frutas es tu lengua,

que suele arrasar mi paladar. Néctar bajando

al Cielo de mi boca. Subiendo a las plantas

selváticas de los pies. Luego a inverosímiles

puertas mía que abren a tu paso.

 

Por: Gabriela Guerra Rey

Ya perdí la cuenta de cual número lleva esta reseña en

http://letroactivos.com/

ay una especie de novelas que, independientemente de la categoría literaria, se reconocen de dos formas posibles: 1. Le dices a una de esas personas que saben sugerir buenos libros: «Necesito una novela que estés seguro va a gustarme»; 2. La misma persona te dice: «Léete esto, me huelo que te va a encantar». El segundo caso me sucedió con Soldados de Salamina, y quisiera poder sugerir a todo el que no la haya leído que lo haga.

Soldados de Salamina, de Javier Cercas (español), es una fascinante novela testimonial y a la vez de ficción. Es la conjunción de la vida de un escritor que busca una buena historia para sentirse tal, y un suceso sin precedentes del final de la Guerra Civil esperando ser contado.

El fusilamiento no fusilamiento de un escritor e ideólogo de la Falange Española es el hecho núcleo de esta obra, que se bebe como agua y que es además alegato de amor, amistad, de las nostalgias de una España anterior a los sueños perdidos. Javier Cercas es autor y protagonista de la novela y, de alguna manera, también de una república que nunca llegó a ser.

El título, que de primera ojeada me enamoró, alude a la Batalla de Salamina: un combate naval entre atenienses y persas en el golfo Sarónico, Isla de Salamina (la mayor de esa ensenada), 480 años antes de Cristo.

Una historia apasionada que busca a un héroe y encuentra a muchos hombres.

Leer original en:

http://letroactivos.com/soldados-de-salamina-javier-cercas/

 

Por: Gabriela Guerra Rey

Mi quinta reseña en

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Qué se puede decir a estas alturas del El lobo estepario o de Hermann Hesse. Como todo importante filósofo, ha sido encasillado en una categoría de autores que se conocen y especulan pero no se leen con la misma asiduidad. No es difícil leerse a Hesse, sino comprenderlo. Pero también es agotador entender a Picasso y no por eso dejamos de admirar sus cuadros. Siendo la obra cumbre de un escritor demasiado conocido, no voy a divagar sobre los problemas existenciales que aborda el libro ni tampoco sobre su excelencia narrativa. Eso es cosa sabida.

Sin embargo, es inevitable meditar sobre el tema de los convencionalismos sociales a los que nos ha llevado la evolución humana, y que Harry Haller (el propio lobo…) detesta. No pocas veces he escuchado expresiones que significan el deseo humano de vivir en otra época diferente a la que nos tocó. Recordemos esa película de Woody Allen, Medianoche en París: un cuento de hadas que recrea la idea de que los tiempos pasados fueron siempre mejores; con el agravante de que todo pasado tuvo, a su vez, un pasado.

Conversando hace unos días, mientras leía esta obra, con un amigo (casualmente pintor), logré poner en orden algunos pensamientos. El lobo estepario no es más enrevesado filosóficamente hablando que los grandes escritores rusos del siglo XIX ni es menos literatura que las novelas de esos mismos escritores. Si has disfrutado a Dostoyevski, Hesse será un paseo de domingo.

Aunque la edición que leí no era precisamente una buena traducción, y yo desconozco el alemán por completo, saboreé en sus construcciones exquisitas composiciones literarias. Tan solo por ese hecho merece la pena. En cuanto al tema, aconsejo leerlo con buen estado de ánimo, de preferencia feliz, como me sentía yo cuando recorrí sus páginas. Es inevitable que desdoblemos nuestra vida también en la de hombres, lobos y todas las demás, pero eso es tarea individual que queda para quien se arriesgue.

Quizás, y esto lo dejo como sugerencia, es un libro escrito para aquellos a los que invita la obra misma: «solo para locos».

 

Leer original en:

http://letroactivos.com/el-lobo-estepario-hermann-hesse/

Este es Gustavo pero no sé dónde está corriendo

Por: Gabriela Guerra Rey

Este lunes 15 de abril me preocupé mucho al saber de las explosiones en el maratón de Boston, justo en la línea de meta, por todos los que pudieran resultar heridos y muertos, pero sobre todo porque un gran amigo, cubano, pero que como yo vive en México, correría allí. Gustavo estaba muy emocionado con los 42 kilómetros de Boston y yo quería con todo mi corazón que le fuera bien. Pasó un rato grande antes de que sus amigos tuviéramos noticias suyas tras las explosiones. Esta vez FB fue una excelente herramienta contra la angustia. Por ahí nos manteníamos al tanto unos y otros, todos sus amigos, aunque yo en lo particular no conocía a la mayoría de ellos. Este miércoles, Gustavo publicó por la misma vía el relato de su carrera y los sucesos allí ocurridos. Le pedí me permitiera publicarlo en el blog, porque me parece que es una historia que merece mucho la pena ser compartida. A cambio sólo me pidió un beso y me gané un te quiero. Así es que casi sin costo, aquí les paso su relato:

Por Gustavo Borges

El cuento que debo

En el kilómetro 33 mis piernas se rebelaron y se negaron a seguir. Fue ahí la primera vez que le confesé a Pau que me sentía mal, pero que había dos cosas que mientras estuviera consciente no iba a aceptar, una abandonar, otra caminar. Entonces sentí un empujón de adelante hacia atrás, experimenté una salida de mi cuerpo que duró centésimas de segundos y supe que allí estaba, sin número, metida en la carrera de manera tramposa, sucia y oportunista.
Mrs Wall es como la bruja que sale en la curva de La Herradura en las afueras de Matanzas, la ciudad cubana donde nací. Dice la leyenda urbana que es una vieja que se aparece de madrugada en el medio de la calle, los choferes evitan atropellarla y al girar se van por el barranco de la curva. La señora Wall es más traicionera aun y ayer cuando me empujó necesité que Paula estuviera al lado, no para ayudarme porque eso no se permite en una carrera de 42 km, sino para que me guiara con su sabiduría de niña.
Me habían hablado de la colina de los corazones rotos, pero no de la de los pulmones rotos, los riñones rotos y el hígado roto. Eran cuatro una detrás de otra y las bajadas minimizaron la energía de mis piernas que empezaron a parecerse a esas esponjas que venden en el súper. Entonces acudí al mantra con el que ayudé al Artur Soler en 2010 y hablé mucho con Ana Paula con quien corrí todo el maratón más hermoso de mi vida. En la primera mitad de la carrera tuve tiempo para enviar mensajitos a más de 400 personas que quiero mucho y otras que ni conozco, hasta el 25 fue una fiesta correr tomado de la mano del niño que fui, pero la gran experiencia fueron mis 9 km finales.
Siempre tuve desconfianza de los que aseguraban que hay momentos en que el cuerpo se detiene y no se puede hacer nada. Yo decía, la voluntad lo puedo todo. Este lunes entendí cómo va la cosa y me reconocí como un corredor de maratón más humano y menos orgulloso. Es llamativo que Boston sea la carrera ideal para presumir porque es selectiva y a mi me haya servido para ser más humilde, para aceptar algo que un día iba a suceder, que iba a dejar de mejorar de un maratón al otro.
Disminuido me limité a dar órdenes al cuerpo confiado en la teoría de Murakami, quien corrió Boston en 1994, de que los músculos son como un animal al que se puede domesticar. No tuve dolores, Mayní se portó como lo que es, una niña divina, pero sentía un malestar general. Al llegar no ví la línea, pero estaba el cartel y allí me dieron la medalla. Le di un beso al unicornio y le dije algo, pero me interrumpió el médico empeñado en ponerme en un sillón de ruedas. Le dije que yo estaba muy bien, pero él veía que no podía caminar. Le dije cualquier cosa, que estaba agradeciendo, meditando o qué se yo. Y me dejó tranquilo.
Metros adelante agarré la bolsa amarilla y me comí todo lo que me dieron con una liga de sabores dulces, salados, ácidos que me empezaron a poner en mi sitio. Ya mejor me fui a ver a mis mexicanos en la letra M del punto de reunión. Entonces escuché el ruido brutal, pero jamás lo asocié a una bomba. Allí se volvió a aparecer Mrs Wall, esta vez de manera cobarde con las pezuñas llenas de tierra y una guadaña afilada. Lo demás que pasó todos lo saben.
Hay una frase que ni sé de quien es porque se la atribuyen a varios: “Amigos y nadie más. El resto…la selva”. Este lunes en el que gané mi medalla más valiosa, he tenido un trofeo mayor al entender que mi selva personal es muy pequeña gracias a los amigos que me sumieron en un estado de impotencia porque no pude contestarle los mensajes. Estoy conmovido por el amor y quiero agradecer en estas letras en las que a cambio de la generosidad, prometo ser un poquito menos egoísta.
Me queda mucho por aprender de la carrera de maratón y hoy sé que volveré a clasificarme a Boston y arreglaré la cuenta pendiente con la pared. Antes Lázaro Pereira Velázquez tendrá que explicarme cómo se entrena para correr 20 km de bajadas, pero más que eso deberá darme tips para acabar con una incapacidad que me limita a la hora de un 42 con 195. Yo que lloro hasta con la película de Forrest Gump llevo tres llegadas a la meta y en ninguna de las tres he podido llorar, en la primera porque Sandra Davila me mandó a posar para las fotos, en la segunda porque debí escoger entre llorar y respirar y el lunes porque no tenía líquido en mis ojos. Es algo que no logro entender porque la meta del maratón es el mejor lugar del mundo para llorar, según un sabio del maratón, German Silva.
Después de la tina de hielo los dolores del cuerpo bajaron. En el aeropuerto me tomé con mi amigo NaIn Morales una cerveza Samuel Adams, la favorita de Haruki, y decidimos no olvidar nada de lo ocurrido porque Boston nos ha enseñado un atajo en el camino hacia la alegría, que tendrá que regresar. Ahora estoy en Chicago. Mi hermano y su familia me llenan de cariño y por fin puedo contestar mensajes. Empiezo a estar bien y creo que en cinco horas comenzaré el camino de regreso a la paz. Lo iniciaré cuando la niña más hermosa del mundo, Ana Pau Borges Puga salga de la escuela, me conteste el teléfono y tengamos una llamada tal vez muy corta, pero llena de amor.

Franz Kafka

Por: Gabriela Guerra Rey

Íconos del siglo XX

El arte se contrapondría siempre a la política, las guerras y los enfrentamientos. Por ello, gana la atención universal, cuando de hombres universales se trata. En los seres iconográficos, apoya el pueblo su palabra, su imagen, su escudo, su hondura. Franz Kafka puede definirse como uno de los más emblemáticos representantes de su época en las letras. Su obra, en gran parte publicada póstumamente, expresa las ansiedades y la alienación del hombre del siglo XX. El astro – húngaro padeció el desarraigo social de no pertenecer a ninguna parte, al menos eso creía. Solitario por convencimiento, aunque consideraba que lo único importante era el reconocimiento público. Seductor de grandes magnitudes, pero siempre involucrado en amores trágicos y matrimonios a última hora cancelados.

Partidario del naturismo, hecho que muchos creen le provocó la tuberculosis que lo llevó a la muerte. Temía ser repulsivo, aunque era un hombre excesivamente encantador. Sufrió y vivió la vida con intensidad fuera de lo común, obsesionado con demonios y derrumbamientos que le permitieron ser protagonista y creador a la par de una obra inmortal. Una vida llena de paradojas, que unido a su grandeza literaria, le ganaron el carácter mitológico entre lectores y admiradores del globo. Hoy, lo kafkiano sigue siendo un término de frecuente uso, que simboliza o define un mundo complejo, con reglas desconocidas, esa fue la vida de Kafka.

Por: Félix Guerra

¿Qué no ablanda la lágrima? Llanto ablanda casi todo.

Gota ablanda rocas y cava hasta el fondo de la ternura. Cada lágrima es talento. Muchas, un taladro de agua.

La lluvia del ojo humano siembra en la agricultura

de las emociones. Ablanda frijoles y el corazón endurecido. Lágrima de mujer traspasa sangre y pared. La de niño levanta al pájaro de su muerte. Lágrimas sobre ataúd

del mártir y  el héroe, son semillas. Ojo

es una alcancía de lágrima para el tiempo de las vacas flacas. Lágrima infantil al borde del párpado, paraliza

los intestinos. En la lágrima, la humedad se vuelve humana. ¿Por qué no enseñar a la lágrima a llenar el vaso

del sediento? ¿Lágrima de remordimiento merece cielo? Digo: huevo de pájaro pasado por agua de lágrimas

es alimento de la resurrección. Y del arrepentimiento.

Si el pájaro no llora es porque canta. Ojo especializado

en sentirse ofendido derrama de golpe más lágrimas

que abril y mayo juntos. Desemboca la lágrima y

es la ruina oceánica de algún derrumbe. Y ¿qué me dicen del ojo recipiente, protector y portero de lágrimas? Yo

no discriminaría la lágrima que viene de la cebolla. O

la del cocodrilo. No hay lágrima falsa: ni la del teatro,

el traidor o la infiel. Anoche soñé lágrimas de una aldea despojada por el invasor o la adversidad. Ojo: rechazad conquistador e injusticias, poder enquistado o endiosamientos. Que todo, cierto, no lo ablandan las lágrimas.

Arcoíris sobre el sol en La Habana

Por: Gabriela Guerra Rey

Este curioso fenómeno se dio hoy en La Habana. Una amiga emocionada me envió las fotos cuya autoría desconozco (un compañero suyo del trabajo), pero me pareció bueno compartirlo. Es un arcoíris, en círculo cuasi perfecto, alrededor del sol.

Disfrútenlo

arcoiris sol la habana 2

Por: Gabriela Guerra Rey

Mi cuarta reseña en

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Hace unos meses leí esta obra que unos amigos (matrimonio e hijo: gente leída y culta) me recomendaron mucho y luego obsequiaron. Ellos habían devorado todos la novela de esta escritora turco-india-francesa (la madre: una princesa turca; el padre: un rajá hindú; el nacimiento: la Francia de la ocupación nazi).

Como les había gustado tanto, incluso la leyeron en francés y español (ya he dicho que son gente culta), solían comprarla para regalarla a amistades. Una de esas ediciones de más fue para mí. Explico esto porque luego he leído reseñas buenas y malas sobre De parte de la princesa muerta, algunas bastante duras. Quizás tengo problemas para identificar a la gente culta y las buenas lecturas, porque yo confieso haberla disfrutado de sobremanera.

Es una novela biográfica. Hace un recorrido histórico-geográfico que por sí solo ya es de gran valor para los hambrientos interesados en este mundo, especialmente sobre la primera mitad del siglo XX.

Es recreada la infancia de la protagonista (Selma, madre de la autora e hija de una de las últimas sultanas turcas antes de la disolución definitiva del antiquísimo imperio otomano), y, con ello, las condiciones del sultanato turco al nacer la centuria. Los problemas políticos trasladan el escenario a Beirut, Líbano, donde son exiliadas sultana y princesa, y comienzan una vida radicalmente opuesta en un país bajo el dominio francés. Años más tarde, Selma se convertirá, junto a un rajá, en soberana de una provincia de poca significancia en la India. La panorámica de esa sociedad arcaica, implacable contra las mujeres, llena de conflictos étnicos, políticos y religiosos será lo más emocionante del libro. Todo termina en el París donde estalla la Segunda Guerra Mundial; el París del hambre, del terror y de la muerte.

Lo mejor de la novela, en mi inculta opinión, es la capacidad de la autora de ambientar y recrear cada estación de vida de una princesa que no fue princesa, y tampoco fue su madre. ¿La recomiendo? Por supuesto.

Leer original en:

http://letroactivos.com/de-parte-de-la-princesa-muerta-kenise-mourad/

Rio Almendares, La Habana

Por: Félix Guerra

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

¿Qué imagen le acude cuando piensa en el río?

Cuando pienso en los ríos o en un río, en esa gran tortuosa vena otilina, como hubiese dicho (César) Vallejo, siempre me acude la imagen de un mismo inexplorado placer: cómo me gustaría remangar el pantalón y cruzar a la otra orilla por un vado transparente, rumoroso y añil. Sería el acto ejemplar e idílico de la rurali­dad, además de una acción de criollísima prudencia y sensualidad. El agua que lame el tobillo es la mansedumbre magnificada, dada la horrorosa longitud del lamedor y sus  aletargadas poten­cias.  Uno logra, el hombre logra domesticar muchas alimañas, pequeñas o grandes, lineales o redondas, alejadas o próximas, pero que el perrito faldero y azul venga, agachado de ojo, suave­mente áspero de lengua, sin ofensas ni colmillos, a besar la piel de tus extremidades inferiores, es de una voluptuosidad demente.  Es como poner los fundamentos de la razón en función de los ve­llos de tus piernas que, mellizas o rollizas, iguales o ligera­mente asimétricas, son bien distintas y duplican la acción y el placer.

Al río de Heráclito el cambiante, los filósofos echaron mi­llones de metros cúbicos de razonamientos. Resulta que a ellos inicialmente les pareció estático, inmutable, quieto, como a ve­ces le parece al testigo conmigo. Pero el río inesperadamente insosegado siempre había sido insosegado, porque la ansiedad del agua no iba a aguardar por los descubridores.  Lo que siempre fue, un día sorprendió a la boca inexperta del filósofo.

Sabemos ya, de sobra, que el líquido viaja, aunque todo viaja, sin cesar, igual que el río, y viaja el escaparate y viaja la ventana seguida de los ventanales, viajan los adoquines de Trocadero por los meandros  del espacio,  viajan los feligre­ses dentro de sus catedrales y, por supuesto, viajan mi sillón y su pasajero, que apenas logran apearse en las estaciones.  He visto al puma beber en la ribera y luego levantar el ópalo de fuego de su mirar.  Vi a la garza detener la potencia trasnochada del ala, para apurar y beber de la corriente. Observé a la golon­drina cuando calmaba la sed, sin detener el incesante aleteo migratorio.  Me he soñado a mí mismo barritando al pie de una larga exaltación de agua, agua añil, otilina como nunca, que quería pimplar de mi carne y mi sangre en movimiento.  He pensado y pienso, siempre con algunas goticas de humedad perlándome el sudor, que el primero en avalanzarse será el que beba más, por­que ambos somos deriva, agua o sangre insosegada, sin quietud posible, sin paciencias en las posibles aunque siempre aplazadas estaciones.  Si me bebe, lo bebo.  Si me baña lo baño,  Si me lame, lo lamo.  Seríamos culpables mutuos de saciar la mutua contemplación sedente.

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Por: Gabriela Guerra Rey

Octavio Paz, uno de los más grandes escritores y poetas del siglo XX y de todos los tiempos, Premio Nobel de Literatura. Para recordarlo una reseña de El Siglo de Torreón

http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/854521.1914-nace-octavio-paz-mexicano-premio-nobel-de-literatura.html

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