A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

La libertad de correr

La libertad de correr

Esta mañana me desperté a las 5 am. Había mirado el reloj a las 2, a las 3 y algo, y luego cerca de las 4:45. Aunque estaba cansada y dormí profundamente, en el sueño llegaban ideas o demonios, porque así les llamó a esa hora, que me hacían dudar del tiempo. Iba a correr mi primer medio maratón de la vida, así que de ninguna manera podía quedarme dormida.

Cuando salí de casa no pensé en la trascendencia del momento, no pensé que estaba haciendo realidad un sueño, no pensé en nada que no fuera alimentarte lo suficiente para estar fuerte y resistente. Estaba ansiosa y, atrabancada como soy, loca por salir corriendo. A esa hora los jóvenes apenas regresaban de la fiesta del sábado por la noche.

Ahora escribo ya vivida la experiencia, con los rodillas aún adormiladas por el esfuerzo y las piernas agotadas, pero con una satisfacción que solo una noticia muy terrible podría borrar de mis pantorrillas endurecidas y el alma macerada de emoción.

Me había jurado que no escribiría mis primeras líneas sobre esta pasión que es correr, hasta que no corriera mi primer medio maratón, que sería oficialmente el de la Ciudad de México, el 30 de julio de 2016. Como desde finales de abril de este año soy también mexicana por naturalización, me embargaba el romanticismo de celebrar en my ciudad adoptiva los primeros méritos deportivos y el ya no tan corto camino del exilio, que ha sido cruel e intenso, doloroso y feliz.

Sin embargo, el apoyo moral de los amigos, la entrega durante los entrenamientos diarios en FNC por parte de Alejandro (quien ha sido mi entrenador personal), el equipo de coachs, y la gran familia que forman mis compañeros de spartan, me llevaron a adelantar ese instante perentorio un mes y medio. Incluyo en esta lista de gratitudes a los amigos que cada domingo corren conmigo en Ciudad Universitaria, donde dejamos el corazón detrás del sueño, nos superamos, y de paso compartimos la vida, además de los mejores desayunos de la semana.

A mis viejos, todo el agradecimiento del mundo, en esta ocasión especial a mi madre, a quien debo la fortaleza, si es que de ello puedo presumir, pero sobre todo la convicción de que no hay nada en la vida que de proponernos no podamos conseguir. Si ella no me hubiera hecho creer eso, hace unos meses me hubiera reído a pata partida de quien osara imaginarme corriendo un medio maratón a menos de 6 minutos por kilómetro; eso, para no burlarme de mi pueril pretensión de corredora.

Y heme aquí, sintiéndome corredora, mexicana, agradecida a la vida, creyendo que en el ejercicio delicioso de la carrera, en el esfuerzo extraordinario de dar todo, uno puede todavía cambiar cosas y convertir en milagro el barro, como decía ese poeta de nuestra infancia cubana.

Correr es como la vida. Durante el trayecto vives estadios similares: la ansiedad, la angustia, el dolor, la pasión, la excitación, el agotamiento extremo, la felicidad. A veces te preguntas qué diablos haces un domingo al amanecer dejando el gaznate en la pista, y otras no tienes la menor duda de que nada que hubieras hecho con esas dos horas podría ser mejor. Lo que la vida se toma años en enseñarte, la carrera te lo muestra en horas aceleradas e intensas, y en kilómetros.

Si hoy puedo decir que me siento una mujer libre, verdaderamente libre, ese sueño que me ha perseguido desde los encierros en la isla, se lo debo en parte a la carrera. Todo pasa durante las horas de volar con las piernas, alcanzar la velocidad crucero, y atravesar la frontera de lo que crees posible, hasta convencerte de que los límites de a de veras los pones tú. Es el tiempo de abandonarse a la música, de construir historias. Yo, además, pienso en los amigos lejanos que hace tanto no veo, en los amores pasados, en una niña que siempre me espera al otro lado del océano. Repaso las páginas leídas de los libros que me acompañan en la cotidianidad, y construyo sueños, porque si de algo se trata la libertad, es de soñar.

En julio correré. Y quizás en agosto. Y correré en noviembre en La Habana, cuando la villa de San Cristobal cumpla 497 años, porque antes de ser mexicana, fui, y para siempre, una cubana amantísima de su suelo. A esas ciudad he dedicado mis mejores cuartillas, mis más dolorosas penas y los mayores sueños de mi vida. En esta otra, caótica, desbarajustada, que me acogió como hija hace casi seis años, desde la libertad de pensar, de actuar, de correr y de sentir por lo que yo decida, pongo hoy mi huella, planto mi bandera y dejo el sudor en sus asfaltos, no sin cierto orgullo, o enrarecida vanidad, no sé…