A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

La orilla de los nadie

Las orillas de Montse Ordóñez

En La orilla de los nadie, Montse Ordóñez atraviesan las sombras que hacen de un mar, el mar: orillas, márgenes, confines, límites… Tuve la oportunidad de estar en Barcelona el día que la poeta catalana llevó por primera vez su poesía al público vivo, para una concurrida audiencia donde se adivinaban caras de quienes ya la querían antes de sus versos. Montse se ha dedicado, además de su labor lírica, a crear puentes en el mundo de las letras y las artes, y darles luz a muchas voces. Yo he sido de esas privilegiadas, así que mis comentarios no están exentos de agradecimiento infinito, pero son, puedo jurar, objetivos y justos, como es ella con sus colegas y amigos.

La orilla de los nadie es una colección intimista, por momentos muy cercana a todas las almas, que brota en torrente desde el alma humana de quien escribe. A veces Montse atraviesa la orilla de los nadie, y otras regresa a la orilla de los todos, porque en sus versos transitan las extremos múltiples.

Algunas de sus imágenes despiden una belleza tremenda; otras, duras y lacerantes, enfocan ojos de vidrio y duelen y son tristes, porque la vida es triste.

Me costó escoger un poema para esta nota. De hecho, terminé seleccionando dos, que vienen seguidos, y que son una representación de lo que el lector va a encontrar, amén de que la poesía de Montse, como la buena poesía, nunca termina en los versos recién escudriñados… sus límites, como sus orillas, son inalcanzables.  

Hoy, a pocos días de que la autora presente su obra en Miami, recuerdo haberla escuchado decir en Barcelona que este libro ya había dejado de ser suyo. Hoy, que escribo, es mío. Pero mañana me gustaría que fuera de ustedes, que tocara sus márgenes como ha llegado a acariciar mis fondos y sensibilidades.

Gracias Montse.

Balada triste para una madre ausente

El corazón de los hombres

Tiene huecos y perdones

El tuyo, madre

Grietas y ventanas donde la dignidad

Aparece envuelta en llanto

El desierto carece de sentido

Y en el mar

El grito mudo de tu ausencia

Pesa y duele

Como un verano

Sin sol

Como una tristeza

Sin pena

Elegía de un hombre solo

Llevas en ti un teatro

Un trapecista

Una cajita de música

Y una carpa de circo

Aceite de jengibre

Esencia de bosquejos

Anaqueles de otra historia

Un réquiem

Y dos sonetos

Llevas en ti una depresión

Una ira

Dos sonatas

Una guitarra

Y un diccionario de llantos

Con eso caminas

Haciendo de las calles

Una elegía fingida

Sufriendo de hambre vieja

Frío de tres inviernos

Y las fiebres de un noviembre

Pobre de ti hombre solo

La intransigencia de la humanidad

Convirtió tu futuro

En un holocausto

Club de Malos

Club de Malos

La lente avanza casi rajando la superficie de una laguna oscura y cenagosa. Poco a poco, entre ramas inertes que se expanden bajo el agua inmóvil, fétida, y los vapores que exhalan las entrañas del pantano, la cámara de Animal Planet se aproxima a un caño oxidado que gotea cierto líquido negruzco, sospechamos, nauseabundo. Se introduce en la cañería transportándonos como en un tren fantasma por un estrecho mundillo de sombras que se mueven sin que atinemos a descubrir sus verdaderas formas, hasta que, luego de un tenebroso, asfixiante viaje que podría pasar por un tour en el infierno, vislumbramos a lo lejos un círculo de difusa claridad, la famosa luz al final del túnel. Por fin, la cámara sale por un inodoro y se desliza en un rápido travelling (desplazamiento, para los no entendidos) hasta un cuarto en penumbras donde tres hombres, armados de whisky y tabaco, juegan al gold pocker; esto es el popular juego de cartas donde en lugar de dinero apuestan pepitas de oro. Sobre una de las paredes cuelga la bandera norteamericana. También una esvástica rediseñada con calas blanquecinas y rosas rojas. Y por un último un cartel, que en letra gótica anuncia: CLUB DE MALOS.

   Uno de los jugadores, de uniforme militar lleno de estrellas, sin su gorra, corta el mazo y reparte las cartas.

   En el borde inferior de la pantalla aparece un subtitulado: “Coronel XX. Graduado en la escuela de formación de oficiales del campo de Guantánamo”.

   —¿Qué tratamos hoy? –dice, mascando la punta de su habano.

   —Lo que aparece en todos las primeras planas, coronel –informa un calvo a lo Bruce Willis, con una pequeña cicatriz bajo el ojo derecho–. Venezuela. –Y mira sus cartas con cierto disgusto.

   Subtitulado: “Agente NN. Importante funcionario de la CIA y asesino a sueldo en sus ratos libres”.

   —¡Venezuela! ¡Hermoso país, cuando era un país! –exclama el tercero, de lentes y traje enteramente blanco.

   Subtitulado: “Mister BB, hombre de negocios que ha hecho turismo por todo el mundo vendiendo armas”.

   El de blanco se divierte con su propio chiste y bebe un trago de whisky.

   La cámara hace un zoom al vaso y se introduce en el dorado líquido, choca con un cubito de hielo, y al salir da unos saltos debido a un ataque de hipo. Luego se enfoca en las manos del de la cicatriz, que mira sus cartas y después al coronel.

  —Dos –dice.

   Recibe dos cartas y las mira con la expresión de un Buda aburrido.

   —Y bien –murmura el comerciante–. ¿Qué hacemos con Venezuela?

   El coronel lo mira sorprendido, al tiempo que acerca dos pepitas de oro al centro de la mesa.

   —¿Cómo qué hacemos? Lo que hacemos siempre. Somos el club de malos, ¿no?

   —Y como malos que somos… –continúa Cicatriz ocultando sus cartas–. Solo podemos hacer una cosa en Venezuela.

   El comerciante arrima tres pepitas, entusiasmado.

   —¡Por supuesto! ¡Invadir ese país! ¡Derrocar al presidente Maduro y destruir a su pueblo!

   Los tres chocan palmas y lanzan una carcajada salvaje. Música incidental macabra. Acercamiento al rostro del militar, muy concentrado en sus cartas, que de improviso mira a cámara con ojos sanguinolentos. La pantalla queda en negro absoluto. Podemos jurar que la cámara ha tragado saliva. Lo siguiente que podemos ver es uno de los ceniceros con un cigarrillo encendido y suficiente ceniza como para sospechar que hay alguien cremado allí dentro.

   Reconocemos la voz del militar cuando dice:

   —¿Y cómo sugieren que logremos ese bello objetivo? ¿Qué opina la CIA?

   Enfocamos a Cicatriz cuando se encoge de hombros.

   —Supongo que lo de siempre. Destruir las industrias para que el país sea insustentable.

   —Temo que no es posible –interviene el comerciante–. Eso fue cumplimentado a la perfección por la política económica de Maduro.

   —¡Mierda! ¡Nos ganó de mano! –exclama el militar, y coloca tres pepitas más sobre la mesa.

   El de la CIA iguala esa cantidad, casi con furia.

   —¡Entonces hay que provocar desabastecimiento! ¡Que no haya comida, medicinas, servicios, y que nadie tenga un céntimo para comprar nada! ¿Me entienden? ¡Matar al pueblo de hambre y enfermedades!

   El militar escupe tabaco al piso. Mira impaciente a Cicatriz.

   —Mi umbral para tonterías es muy bajo, amigo –le reprocha–. Todo eso que usted dijo ya es viejo. Fue la acción de gobierno más exitosa alcanzada por Maduro.

   Pero la CIA nunca se da por vencida.

   —¿Y si fomentamos un régimen militar, bien represivo? –insiste el agente–. Eso que hicimos con America Latina en los 70.

   El coronel repiquetea marcialmente los dedos sobre la mesa.

   —¿Es usted de la CIA o de Disney Channel? –le espeta–. Lo de Maduro ya es una dictadura militar, siempre lo fue.

   Cicatriz lo espía por el rabillo del ojo, frunce el ceño. Duelo de miradas. Música incidental de suspenso. El comerciante trata de romper el hielo.

   —¿Y si… hacemos que estalle una guerra civil? –Muestra todos sus dientes; algún televidente puede pensar que se trata de una sonrisa–. Que la gente caiga como moscas, igual que en esos comerciales de insecticida.

   —Temo que tampoco es una opción –dice Cicatriz, con un gesto de soberbia que dirige al coronel–. Nuestros informes dicen que la criminalidad en Venezuela alcanza niveles pavorosos. Ni con una bomba nuclear podríamos igualar eso.

   —¡Maldito Maduro! –El militar da un puñetazo a la mesa y hace saltar algunas pepitas. La cámara se aleja unos metros.

   —Nos queda una chance aún, caballeros –dice el comerciante. Los otros dos lo miran con ojos ansiosos y una sonrisa vacía de esperanzas–. ¿Qué tal si hacemos que los países envíen ayuda humanitaria para el pueblo venezolano. Los ilusionamos a todos pero a último momento no entregamos nada.

   El de la CIA deja caer su cabeza, resignado.

   —Tarde –susurra–. La ayuda ya la enviamos, y el mismo Maduro la bloqueó, diciendo que no necesita limosnas.

   El coronel arroja el mazo de cartas contra la pared. Se controla. Suspira, inflándose. Finalmente sonríe, como lo habría hecho el capitán del Titanic.

   —Temo, caballeros –prologa–, que si no encontramos una idea en los próximos diez segundos… estaremos ante el primer completo fracaso del Club de Malos.

   Diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco…

   La tensión crece al ritmo del conteo regresivo, solo que en lugar del lanzamiento de un cohete desde Cabo Cañaveral, una onda expansiva de maldad insatisfecha estallará como ojiva nuclear expandiéndose por el mundo.

   Cuatro… tres… dos…

   La cámara temblequea.

   Uno…

   —¡Un momento! ¡Un momento! –irrumpe la voz del comerciante–. ¡Ya sé cuál es la gran maldad que podemos hacerle al pueblo venezolano!

   El coronel lo mira con ojos suplicantes. Cicatriz reza una plegaria atea.

   —¿Qué maldad? –pregunta el militar con un hilo de voz.

   —La peor –masculla el comerciante, y sus ojos sonríen con crueldad–. ¡Apoyemos a Maduro!

   Los tres se miran, cómplices. Chocan palmas al grito de:

   —¡Iupiiiiii!!!!

   Y se ponen de pie para entonar el himno nacional. La cámara de Animal Planet se va alejando tímidamente, en un travelling inverso, hasta introducirse nuevamente en el inodoro.

La cuarta versión

LA CUARTA VERSIÓN

  4:00 PM

   Steve Lerner frota sus manos como si tuviera frío, aun cuando le suda la frente, acalorada. No es síntoma de gripe sino de su creciente ansiedad, de la pálida incertidumbre que lo invade cuando debe encarar la primer página en blanco de su computadora. Es parte del oficio. Un ritual incómodo y necesario que lo incita a aceptar el desafío y, según dice, calentar motores, combatir el pánico a la nada, ese vacío en donde ninguna palabra, por maravillosa que parezca, podría llegar a flotar entre olas deshidratadas o a sostenerse de otra palabra que aún no ha sido escrita. Eso, según su definición gramático existencial, es la nada. Y es a fuerza de caminos fallidos que el esperado milagro acontece, como un salvavidas que se descubre a último momento. Las piezas comienzan a ordenarse en su mente y el sistema nervioso da la orden de incrementar la adrenalina. La sangre corre más rápido, irrigando manos y cerebro, la página en blanco deja de ser un ente poderoso para transformarse en un solícito sirviente. Es entonces que Lerner arruga el entrecejo, sus dedos parecen escapar hacia el teclado. Los contiene, los cruje. Casi puede figurarse la escena, casi, hasta que se hace más nítida y empieza a dibujarla con una andanada de tecleos.

   4:30 PM

   En la habitación de un lujoso edificio en pleno centro de Washington D. C., un hombre de aspecto rudo y macizo apoya su humanidad en la silla que le señala el fiscal Thomas Perry. El hombre rudo seca el sudor de su frente con un pañuelo arrugado y húmedo, como si el aire acondicionado no terminara de convencer a su empecinado organismo de que, por un rato, se ha ausentado del tórrido verano de la planta baja.

   Perry se sienta frente a él. Es un hombre pulcro y de manos cuidadas. Su gesto ansioso revela apuro y cierta molestia por verse obligado a interrumpir su trabajo, dejando un escritorio lleno de papeles y una notebook donde aún no se ha activado el protector de pantalla.

   —Y bien. ¿Qué quería decirme con tanto apuro, Miller? –inquiere el fiscal.

   El rudo se toma su tiempo, sonríe nervioso y de inmediato borra la sonrisa.

   —Bueno. Ante todo, quiero decirle que debe estar tranquilo. Estamos con los ojos bien abiertos.

   —Por favor, vaya al grano. Tengo mucho trabajo por delante y pocas horas para terminarlo.

   —De eso se trata, doctor. De su trabajo. Yo… –y se acerca para hablarle casi al oído–. Bueno… tenemos indicios de que van a atentar contra usted.

   Para Perry no es precisamente noticia de último momento. Hace rato que recibe amenazas de todas partes. Cuando denunció los manejos del presidente Trump sabía a lo que iba a enfrentarse.

   Su miedo primitivo, visceral, se transforma en desafío.

   —Para eso están ustedes, ¿no? ¡Para cuidarme las espaldas!

   —Sí, sí, claro. Usted sabe que cuenta con nosotros las veinticuatro horas. Sin embargo, habíamos pensado…

   —¿Quiénes?

   Miller afina la mirada.

  —No entiendo –masculla.

  —¿Quiénes han pensado… lo que sea iba a decirme? ¿Usted y quién más?

  —Ah… –No le resulta fácil entender a Perry, nunca sabe con qué puede venirse. Pero todo parece andar bien, y eso le da más confianza–. Rico y yo, los dos. Le decía que habíamos pensado en un tercer anillo de seguridad.

   El fiscal resopla impaciencia.

   —¿De qué anillo me habla? ¿Puede ser más claro?

   —Quiero decir… El primer anillo somos nosotros, los guardias. Los que custodiamos la puerta del edificio y lo seguimos cuando sale, a donde se dirija; un coche delante del suyo y otro detrás. Somos una muralla. El segundo anillo, o cordón, como quiera llamarlo, es Walker, el chofer, que está armado, por si alguno se nos  llegara a escapar. Nadie puede pasar esa barrera, créame.

   —¿Y?

   —Y… desde que estuvo en ese programa de televisión, usted es el hombre más amenazado del país. Y más ahora que va a presentar cargos contra el presidente. Entiéndame, doctor, no es que dude de nuestro servicio, pero de veras pensamos que no está demás tomar una última precaución para protegerlo.

   —Miller, sigo sin entender de qué me habla. ¿A qué precaución se refiere?

   —Mire, doctor, si algo llegara a fallar, cosa que, insisto, estoy seguro de que no es posible, pero si nuestro sistema defensivo fallara y llegasen a usted, no es bueno que lo encuentren indefenso, ¿me entiende? Creemos que usted debería tener un arma.

   —¿Está loco? ¿Para qué tenemos un servicio secreto? ¡Para que yo deba ir armado como en el far west!

   —No, doctor. No me malentienda. Pero, piénselo. Suponga que un comando asesino logra infiltrarse.

   —¿Qué comando?

   —Ruso. Usted dice tener pruebas para imputar al presidente por haber conspirado con los rusos en las presidenciales contra Hillary Clinton.

   —Pruebas concluyentes. Trump va derecho al impeachment.

   —Lo sé, lo sé. Pero el tema es… Suponga que en algún momento se infiltra un comando y lo sorprende a usted con sus niños… ¿Qué hará? ¿Eh? ¿Dejar que los acribillen, uno por uno? ¿O querría tener un arma para defenderlos?

   Perry calla. Sus labios apretados son la señal de que está sopesando la situación, horrorizado. Luego asiente con la cabeza.

   —Debo reconocer que tiene razón. Me irrita la idea de llevar un… Pero tiene razón.

   —Bien. Sabemos que usted guarda una pistola en casa de su madre.

   —Es una pistola vieja. Ni siquiera sé si funciona.

   —Podríamos revisarla.

   Perry reacciona con su habitual mal humor.

   —¡Deje a mi madre tranquila! ¡Lo único que falta es que vaya a pedirle la pistola y la deje más preocupada de lo que está!

   —Entiendo. Y… ¿conoce a alguien que pueda prestarle una?

   —¿Por qué no me la consiguen ustedes? Deben tener un montón guardadas por ahí?

   —Desgraciadamente, estamos muy controlados. Ha habido movimiento de armas y sumariaron a varios de nosotros. No es posible que le demos una pistola. Ni siquiera debe saberse que le sugerimos portar una. Vamos, usted conoce a mucha gente. Debe haber alguien que puede prestársela.

   Perry queda pensativo.

   —Mi técnico –murmura–. El muchacho que mantiene mis computadoras. Él tiene una pistola.

   El guardia mira el celular que hay sobre la mesita. Lo agarra y se lo alcanza a Perry.

   —Pregúntele, ya mismo!

   El fiscal lo mira alarmado.

   —¿Por qué tanto apuro?

   —Hay enemigos actuando en las sombras. No hay que arriesgarse –dice Miller, sin la más mínima expresión en el rostro–. ¡Llámelo ahora!

   3:00 AM

   Los golpes a la puerta son pausados, casi educados, golpecitos. Lo único que los hace sobrecogedores es que se escuchan a las tres de la madrugada. Perry despierta sobresaltado. Por un momento trata de dilucidar si solo se trata de un sueño. Nuevos golpecitos. Enciende el velador y mira la hora. Maldice por lo bajo. El sueño le entorpece los pies y la prudencia. Ni siquiera toma conciencia de que camina hacia la puerta en ropa interior, sin cuidar su imagen, que en plena vigilia adquiere tanta importancia para él.

   —¿Quién es? –pregunta, y la sólida madera de la puerta le devuelve su propia voz distorsionada.

   —Miller –responde alguien desde el otro lado.

   —¿Qué pasa? ¿Sabe la hora que es?

   —Por favor, doctor. Es urgente.

   Perry da un largo suspiro antes de entreabrir la puerta, resguardando su cuerpo detrás de la misma. En cuanto lo hace, una punzada de temor le comprime el vientre. Miller no está solo. Lo acompañan dos tipos a los que no conoce, ambos con una gorra de visera. Uno de ellos lleva un bigote muy poblado, como el de un mariachi. Para alivio del fiscal también está Rico, el otro guardia, un tipo que, hace tiempo se le antojó, tiene aspecto bonachón y confiable.

   Así y todo, Perry desconfía.

   —¿Quiénes son estos señores? –inquiere, atravesando con su mirada los ojos de Miller.

   El mariachi sonríe y hace una venia informal.

   —Dick Anderson, señor. De la CIA. Tenemos órdenes de reforzar su guardia. Mi compañero y yo vamos a estar en el pasillo, custodiando la puerta.

   —Ridículo –se queja el fiscal–. Nunca fue necesario tanta…

   —Lo es ahora, señor. Se ha detectado una célula rusa aquí mismo, en Washington.

   —Es lo que le había dicho, doctor –interviene Miller–. El nivel de riesgo está en alerta roja.

   Es tarde, piensa el fiscal, ¿qué sentido tiene discutir con la CIA? Si esos tipos quieren quedarse ahí afuera que lo hagan. Solo espera que no fumen ni hagan demasiado ruido.

   —Está bien –acepta encogiéndose de hombros. Amaga cerrar, pero el zapato de Miller lo impide.

   —Disculpe, doctor –dice el guardia–. Pero… su técnico vino esta noche a verlo. Suponemos que le trajo el arma. –Perry lo mira sorprendido. Miller asiente y señala a los de la CIA–. No se preocupe, ellos lo saben.

   —Sí, me trajo una… Bersa, creo. Y ahora si me disculpan…

   —Espere, doctor. Un minuto más. Necesitamos ver esa pistola.

   —¿Cómo? ¿Está loco? ¿Viene a esta hora por esa ridiculez?

   —Ninguna ridiculez, doctor. El agente Anderson es un experto. Debe revisar su arma para verificar que funcione como corresponde.

   —¡Que lo haga mañana! ¡Ahora me voy a dormir! ¡Sabe lo que significa para mí perder estas horas de sueño! ¡Tengo mucho trabajo!

   —Lo sabemos, señor fiscal, pero esto es por su seguridad. –La voz de mariachi suena calma pero firme, esa clase de voz que no acepta desacuerdos-. Es mi deber no salir de aquí hasta revisar el arma.

   —Pero es que… el técnico me enseñó a amartillarla. Funciona bien.

   —Eso nunca se sabe –replicó la voz calma–. Ha habido casos en que se ha encasquillado al usarla…

   —Pero…

   —Incluso ha explotado por defectos de fábrica, volando la cara del dueño. Lo siento, señor. Debo revisarla ahora mismo. Es el protocolo.

   —¡Dios mío! –estalla Perry, se encamina hacia la mesita de luz–. ¡Ustedes y sus malditos protocolos!

   Perry extrae el arma de uno de los cajones y al voltear lo sorprende que los hombres han entrado.

   —Permítame –dice mariachi acercando su palma. Perry duda un momento y le entrega la pistola. El tipo la manipula con mano hábil–. Es buena. Algo vieja, pero en buen estado.

   —Gracias –ironiza el fiscal, solicitando el arma con su mano–. Y ahora si me permiten…

   Sorpresivamente, el compañero de mariachi saca una Glock y apunta al corazón de Perry, quien, confuso, mira sonriendo a mariachi, luego a Miller.

   —¿Qué es esto? –atina a decir.

   —Entre al baño… señor –es el único comentario del agente Anderson, al tiempo que se coloca guantes de hule.

   —Pero…

   Miller busca tranquilizarlo.

   —No se preocupe, doctor. Es… rutina. Van a revisar el departamento, por si hay una bomba.

   Perry se niega a entender, huye de la realidad con su habitual prepotencia.

   —¿De qué bomba está hablando, imbécil? ¡Llame al jefe del operativo! ¡Quiero hablar con el jefe! ¡Ahora mismo!

   -¡Entre… al… baño! –ruge mariachi, y su compañero toma a Perry de la camiseta para introducirlo en el pequeño cuarto, aún a oscuras.

   —No se preocupe, doctor –alcanza a repetirle Miller, antes de que la CIA se encierre en el baño con él. Luego le hace un gesto a Rico–. Empecemos.

   Los guardias se colocan guantes de hule, y mientras Miller limpia con un trapo todas las huellas posibles, Rico pasa por el piso una pequeña aspiradora portátil.

   Se escucha un estampido. Miller paraliza su accionar por unos segundos. Luego continúa. Los guardias no se miran. Al rato salen los de la CIA del baño, cierran la puerta.

   —Arreglá la cerradura –le dice mariachi a su compañero–. Yo me encargo del celular y la computadora.

   Cuando Miller se encuentra frente al agente Anderson, siente algo de miedo. Trata de caerle simpático.

   —El presidente va a estar muy contento… digo… por el operativo.

   Anderson lo mira de arriba a abajo.

   —¿El presidente? Se enterará por los medios. ¿O cree que necesitamos su permiso para hacer nuestro trabajo?

   Miller traga saliva.

   —Claro… claro…

   —Ahora bajen a la guardia y háganse los idiotas, es lo que mejor les sale.

   Miller asiente y sale. Oprime el botón del ascensor, espera al otro guardia antes de entrar.

   —Odio a ese tipo –le dice en voz muy baja.

   6:00 AM

    Lerner lee su cuento por segunda vez, y decide que buscará el punto propicio donde agregar un detalle que se le había escapado, la mención de que los agentes de la CIA han maniobrado para dejar residuos de disparo en la mano de Perry. No quiere omitir ningún detalle. Vuelve a leer desde el principio. Bebe un sorbo de café. Saca un cigarrillo de la cajetilla, toma el encendedor, se arrepiente y abandona el cigarrillo en un poblado cenicero de vidrio. Maldice. Cuando le encargaron el cuento en esa revista le pidieron que investigara bien el caso, y que lo desarrollara según su criterio. Pero sabe que no existe tal cosa en una publicación. El editor le dará curso solo si concuerda con su propia teoría acerca de la muerte del fiscal. Previendo eso y demostrándose a sí mismo una falta elemental de escrúpulos, Lerner ha plasmado tres versiones diferentes del cuento. En la primera el fiscal entra en pánico y se suicida. En la segunda se trata de un suicidio inducido, por amenaza directa a sus hijos. Y la tercera, la que acaba de escribir, no está nada mal. Pero, ¿cuál? ¿Cuál de esas versiones coincidirá con las apetencias del editor? ¿Acaso le conviene entregar las tres juntas para que el tipo elija? No, claro que no. Se sentiría uno de esos periodistas mercenarios que siempre marchan por donde sopla el viento. Eso le recuerda la anécdota de un profesional que fue a buscar trabajo en un diario y como prueba le propusieron una nota acerca de Dios. Cuando el periodista preguntó: “¿a favor o en contra?”, fue contratado inmediatamente. La antítesis de lo que él siempre soñó ser. Un periodista independiente, comprometido con la verdad. La verdad. La verdad os hará libres. Y al murmurar estas palabras, el milagro sucede. Pero esta vez con una fuerza inusitada que lo sacude desde las entrañas. Algo que nunca antes había sentido, como una trompada inmaterial que le destroza el plexo. Dios mío. Siente miedo de lo que está vislumbrando. Apenas puede dar crédito al rompecabezas que termina de armarse en su cerebro. ¿Sería eso lo que realmente pasó? Porque si esa es la verdad, temblarán los cimientos mismos que sostienen la Nación. Y si no lo es… pasará por un demente, o un escritor trasnochado enmarcado en la más catastrófica de las ficciones. Un sudor helado le atenaza el cuerpo. Flexiona una y otra vez las manos, buscando irrigarlas, darles vida, bombearles una adrenalina que lo inunda. Mira la página en blanco en su computadora. Siente la ansiedad y el pánico al vacío con la velocidad de un meteoro, como si ya no tuviera tiempo para rituales. Está dispuesto a desafiar al mundo, aunque termine víctima de un suicidio orquestado por sus propios personajes. Ya no hay margen para la mentira, y empieza a escribir la cuarta versión.   

Tres deseos...

TRES DESEOS A LA LUNA DE AGOSTO

(Fragmentos de una novela que nunca verá la luz)

De aquellos tiempos solo me queda el silencio. Vivíamos nuestro propio mundo, éramos la noche plena y como vampiros negábamos el sol durmiendo. Yo no era ni mejor ni peor que los otros. Y ellos, a quienes los años han desdibujado de algún ingrato modo, fueron mi único espejo.

Anduvimos juntos desde chicos. A los once o doce resultábamos ser el terror de Villa Inflamable. A los dieciséis La Colorada cargaba una 45 en la cintura y dos abortos. Polaco y Gaspar tendrían la misma edad, yo era el menor. No tardamos mucho en meternos en problemas serios, o tal vez, por nuestro estilo, tardamos demasiado. Polaco coleccionaba dos muertes, Gaspar y yo estábamos ansiosos por alcanzarlo. Era la Colo quien nos mantenía unidos y a la vez con sospechas. Cada uno pensaba que los otros habían tenido algo con ella, y ella nos hacía creer que quien no lo hubiera hecho ya, terminaría (al menos una vez) entre sus piernas. Era la jefa.

 Me consiguió la primera 45. El arma pesaba más que mi vida.

— ¿Tenés revólver vos? —preguntó con voz áspera, clavando los ojos de caramelo en los míos. Iba a mentirle diciendo que lo tenía que ir a buscar, pero por inexperiencia o instinto dije que no. Entonces ella aseguró que lo solucionaría enseguida. Delante de mí se bajó los pantalones, llevaba una tanga negra con un dibujo de Kitty al frente y el culo dividido por un hilo casi invisible. Se puso una minifalda negra que dejaba ver sus piernas algo golpeadas pero bonitas. Luego le hizo un nudo a la remera dejando el ombligo al aire, se ató el pelo y se maquilló.

— Ya vengo.

Me quedé pensando cómo sería tocar ese cuerpo. Encendí un cigarrillo y me tiré sobre los restos del sillón; el relleno de los almohadones apolillados sobresalía; varias pulgas iban del tapizado a mis brazos, dejaban pequeñas ronchas, seguían rumbo al piso y saltaban otra vez al sillón. Me acaricié sobre el pantalón, saqué la pija algo dura y comencé a masturbarme pensando en las tetas de La Colorada, acabar sobre esos pezones pálidos… Acabé y me limpié con una parte de la manta.

Todavía estaba agitado cuando ella volvió con una botella de tinto. Me miró, puso su mano en la espalda y sacó la 45.

— Tomá, dijo y la arrojó a mi estómago. Me sorprendí. Sonrió y se desmoronó sobre el colchón que estaba junto a la pared.

— ¿Qué te pasa, pendejo? ¿Pensaste que no la iba a conseguir? —negué con la cabeza— ¿Viste? Y todo con esta boquita —echó un trago, se acomodó y siguió—. Fui hasta lo del Tano, tiene en el aguantadero a dos rati que liquidaron a un tipo de guita mientras lo afanaban. Se la chupé a un tal Miguel y me pagó con el caño y la botella. ¿Imaginate si le entrego el culo? ¿Sabés lo que me podría dar si se lo dejo todo para él? Me quedo con la 4 x 4 que tiene el tipo —rió— Pero no, todavía no nació el que se ganó este culo.

Metió la mano bajo el colchón y sacó una bolsita con un par de fasos de marihuana. Prendió uno y lo compartimos. No podía dejar de mirarle las tetas, ni los labios, ni imaginar cómo sería su concha. En medio del humo dulce dejé la pistola a un lado y me le acerqué para besarla. No solo esquivó mi boca, sino que manoteó la 45 y la puso en mi sien.

— Escuchá pendejo, a mí, escuchá, aprendé, a mí me tocan cuando yo quiero, ¿entendés? —afirmé con la cabeza— ¿Está claro? No te escucho. —Dijo y preparó el arma para disparar.

Las piernas me temblaron.

— Perdoname, loca.

Tiró de mi pelo con fuerza y me entregó el arma. Enmudecido, la guardé en la cintura. La Colo estaba furiosa. Puteaba y escupía. Se paró junto a la puerta, brazos cruzados y cara de asco, no hizo falta que dijera nada. Era hora de irme. Al pasar a su lado la empujé contra el marco y la besé. Fue un segundo. Ni siquiera le pude meter la lengua en la boca. Pero esta vez no tuvo tiempo de morderme o tirar una patada.