A 4 manos

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Extinción

UN MÁRTIR DE LA SOBREVIDA

CAGÓN COMÚN

Anolis vesiculus morbo

Una pregunta, tal vez indiscreta para la ciencia: ¿cómo la materia, en su irrupción organizada hacia formas cada vez  superiores de vida, fue a dar al callejón sin salidas de los dinosaurios? Según indicios y exploraciones, todo comenzó muy atrás pero muy bien, bajo los auspicios de la lógica y la racionalidad. El hidrógeno, el oxígeno, el carbono y hasta el minoritario nitrógeno, fundaron el triunfante partido de la vida, al que se adhirieron otros varios elementos químicos de orientación progresista. Aparecieron entonces aminoácidos, proteínas, enzimas. De ahí a las algas fotosintéticas, el camino ya no fue demasiado largo. Y cada paso resultaba gradual, paulatino, ascendente. Eso, claro, contemplados los sucesos desde una visión necesariamente retrospectiva y antropomórfica, es decir, susceptible de colosales equivocaciones.
Pero incluidos errores, ¿qué puñeta fue a hacer la evolución de la vida en ese recodo del Jurásico? Se argumenta que el alimento abundaba y que los animalitos comenzaron a comer más con la boca que con los ojos. Incluso los desganados tragaban a cuatro patas, cometiendo a cada segundo morrocotudos pecados de gula. Y la barriga creció. También lo que cuelga: muslos, nalgas, pechos y hasta algo la cabeza. El cerebro no: ese se alimenta distinto y los dinosaurios eran únicamente vegetarianos o carnívoros. Fue un minuto sórdido, en que la materia, aturdida por su ambición de alcanzar formas cada vez más complejas de vida, desembocó en magnitudes y pesos descomunales. Se atavió además con colmillos, garras y rugidos de dudosa utilidad. Aunque nunca oí críticas, tampoco escuché elogios para esos desafueros del Mesozoico.
Cierto que cualquiera se equivoca. Y cierto que rectificar es de sabios. Así, un día, bajo una dilatada racha autocrítica, los dinosaurios comenzaron (¿inexplicablemente?) a extinguirse. La defunción de esos superpesados del reino animal, dio lugar a un inevitable hedor, que de alguna manera mortificó la aparición de los más explicables mamíferos, así como de las alígeras y preciosas aves, quienes, como una expresión del proceso rectificador de la materia y con sus vuelos al atardecer, reclamaban ya muy precozmente la aparición de la metáfora y el poeta.
Pero hay un hecho curioso y casi desconocido. Por aquellos años coexistió un saurio: el Anolis vesiculus morbo, que presenció todos los capítulos del drama. El vesiculus, comparado con sus lejanos y supuestos primotes, fue un pigmeo: tal cual una lagartija de hoy. Eso lo hizo padecer y comenzó a trasmutarlo en una criatura escurridiza y tímida. Esa suerte de lagartija precursora, en cuanto notó la abundancia de alimentos y el fenómeno del gigantismo dinosáurico, se dio a las comelatas. Luego de las primeras ingestas, sobrevinieron unas atronadoras indigestiones. Con el estómago revuelto, las idas constantes al retrete y la punzada bajo las costillas, el vesiculus perdía toda oportunidad de estirar la talla, que por otro lado se ofrecía sin límites a su glotón y saludable vecindario.
Se trataba de una insuficiencia vesicular de la especie, que la lagartija no podía ni remotamente sospechar. Por esa vía contrajo el raquitismo crónico, que padeció estoicamente durante unos ciento cincuenta  millones de años.
El vesiculus asistió a los funerales de sus imponentes coterráneos, aguardando su propia extinción. Pero no: a pesar de los vómitos y diarreas, allí permaneció, anémico y coleando. Es dudoso que los varios millones de años subsiguientes hayan aclarado al vesiculus con respecto a su sobrevivencia, pues la ciencia continúa perpleja hoy con la dureza de entendederas de los saurios.
Pero, ah, he ahí los enigmas y las maravillas: el cagón común, por instinto, según parece, sigue ingiriendo cada cierto tiempo de aquellas mismas gramíneas que lo torturaron y enjillaron en épocas pretéritas. Es un ritual semanal dentro de una ya más balanceada dieta de digestivos insectos.
Con la extinción de los dinosaurios, tal vez la materia, incluso sin proponérselo, redactó un mensaje indeleble en las enormes paredes del tiempo. Interpretar esa escritura, sacar las conclusiones y mantenerlas ventiladas, puede resultar tan útil como una vesícula enferma.