A 4 manos

Todos los amigos, lectores y soñadores de Latinoamérica y el mundo que lleguen a este espacio, para volar cantar y compartir, son bienvenidos.

Martin Luther King

¿Por qué escribo?

Me dijo un editor de cierta revista de prestigio, recientemente, y aludiendo a las palabras de un escritor famoso, que escribir es 10% inspiración y 90% trabajo. Estoy de acuerdo en que el trabajo que viene después del vómito es obligatorio, por más que nos cueste. Sin embargo, pareciera que ese vómito sale fácil… Lograr revolver todo lo que hay en el estómago, unir el pasado con el futuro, querer reconocernos en el segundo y no poder encontrarnos en el primero… es una de las cosas que me han rasguñado más los años, a veces los jodidos minutos de vivir. Reconozco que medité sobre sus opiniones, comentarios a varios textos míos. Las dos únicas conclusiones que pude sacar fueron que sí, que había que trabajar más lo escrito, y que si no escribía por inspiración yo, al menos yo, me moría.

Soy una mujer ambiciosa. Quisiera ser buena en todo: pintar, cantar, cocinar, ser una excelente economista, una importante periodista, una editora de nivel, una hija sensible, una gran amante, la mejor amiga, la mujer de la que los hombres no puedan olvidarse…. Sin embargo, la única cosa de la que no puedo prescindir es de escribir. Escribir es un acto de magia, pero, a veces, es un acto de vida. Escribir es la única manera que he encontrado de sacar los dolores, ponerlos a la vera del sendero, y seguir caminando como si no pasara nada, aunque pase todo.

Escribimos para seducir, dice un amigo. Sí, también, si no hubiera tenido las palabras, quizás no hubiera podido rescatar al más antiguo de mis amores, que hoy me espera en La Habana. Si no pudiera poner mis dedos sobre las teclas y dejar que resbalaran por ellas, no hubiera comprendido jamás, en mi autoexilio, qué es eso que me encadena a La Habana ni el término raíces.

Un día, de hace demasiados años, despedí a un amigo por vez primera, a un familiar, ya no recuerdo cuál. Desde entonces no he parado de decir adiós, y las lágrimas se han encargado de llevarse los rencores contra la vida, hasta asumir que así debe ser, que así tiene que ser. Un día de hace cuatro años, llegó la que yo pensaba entonces era la peor de las despedidas. Ese día me subí a un avión, atravesé el mar, y batí manos y mocos por todo lo que había sido y, para bien o para mal, seguiría siendo. Yo era la música de Cuba; yo soy sus calles, sus campos, sus palmeras, su mar, sus mujeres, su amante infiel, su hija bastarda, su llanto, su gente. Hace unos días me tocó lo inexplicable: abrazar a amigos cubanos, aun fuera de Cuba, y decir hasta pronto, temiendo que sea una mentira más. Ella me contaba de un programa americano en el que una “cubana” dijo alguna vez que el pueblo de Cuba era cobarde. Le respondieron: son otras las circunstancias que han definido sus vidas, pero un pueblo dispuesto a tirarse al mar, y atravesar 90 millas de vacío y tiburones, para cambiar la vida por un destino incierto, es demasiado valiente. Agrego, es incluso cojonudo el pueblo que se queda porque adivina lo que le espera al isleño enamorando allende el mar: las soledades.

Una noche extraña, y reciente, ayudé a subir a una camioneta a los hijos de mis amigos: “Que la suerte los acompañe”, era lo que pensaba mientras el vehículo cargado de bultos y humanos se alejaba por una calle de la colonia Roma. Iban a atravesar el país hasta la frontera, para luego cruzar al precipicio de las promesas. Recordé aquellos años del Período Especial, en que el Gobierno de La Habana abrió las fronteras del mar, en respuesta al recibimiento que hacía Estados Unidos a los cubanos que llegaban por esa vía (los mojados), con la posibilidad de acogerse a la Ley de Ajuste Cubano. No me interesa ahora quien tenía o no razón. Solo traigo al presente a los vecinos, a los amigos que salían de casa con balsas hechas artesanalmente, con la ilusión de que soportaran las inclemencias de esas 90 millas que separan La Habana de La Florida. Muchas llegaron, otras tantas, naufragaron.

Hoy, para dejar que fluyera la tristeza atragantada, me refugié en el cine cubano: Habana Station, una buena película, no memorable, y Los dioses rotos. Esta última la había visto hace años, pero hoy mis ojos tienen otra mirada. Un film sobre la prostitución, sobre el derrumbe de un viejo mito: Alberto Yarini, el chulo más famoso de principios de siglo XX, cuando era posible que un proxeneta fuera ídolo de la nación por su belleza y su patriotismo. Si hoy el patriotismo salvara, hasta yo iría al cielo. Pero pasó un siglo sobre esa historia, y lo que queda es una Habana roída por males sociales, por la emigración, por la miseria, y salvada por la magia inexplicable. Una puta Habana a la que el corazón me arrastra sin que yo lo pueda controlar.

Ambas películas están en Youtube, por si alguien se atreve. Mis amigos ya no están, ni aquí, ni allá, para que ni se atrevan. Mi corazón, a unas cuadras de la Vía Blanca que divide Regla de Guanabacoa: mitad de un lado, mitad del otro. Mis manos siguen pegadas a unas teclas, a una relación virulenta y apasionada con el suelo natal y con el aterrador mar que nos encierra y da de comer. A esa ciudad, a ese país, debo el 90% de mi inspiración y el 10% de mi trabajo.

Durante muchos años no escribí, porque no sabía cómo hacerlo ni cómo mostrar a todos lo que creía eran mis pudores. Ahora, quizás, me volví grande, me crecieron los cabellos y perdí el recato. Escribo porque es lo que me hace valiente y cobarde; lo que me enclaustra y me libera; lo que me regresa a La Habana de mis pesadillas e ilusiones. Escribo porque es lo único que me puedo llevar a donde quiera; el único rastro que soy capaz de dejar cuando desaparezco, los hombres se olvidan de mí y los amigos persiguen otros sueños. Escribo porque abre infinitamente mi capacidad de volverme a enamorar.