A 4 manos

Todos los amigos, lectores y soñadores de Latinoamérica y el mundo que lleguen a este espacio, para volar cantar y compartir, son bienvenidos.

El malecón de La Habana

Reparar la esperanza

O La esperanza de San Lázaro

Ayer, 17 de diciembre de 2014, con el anuncio del restablecimiento de las relaciones Cuba-Estados Unidos, me dijo un amigo muy reciente: “Este es de los días que vamos a recordar dónde estábamos y qué hacíamos cuando sucedió”. Tengo la impresión de que muchas personas que conozco en este país adoptivo no lo van a recordar, ni siquiera saben qué pasó o qué significa esto, pero yo lo voy a llevar en la memoria por el resto de mi vida, como sé lo llevará mi pueblo.

Era 1991 cuando, parada en un matutino de mi escuela primaria en Regla, La Habana, alguien nos anunciaba que había que prepararse, porque Cuba había declarado el Período Especial en Tiempos de Paz. Tenía 10 años y ni la más remota idea de qué significaba aquello, pero fue la primera vez que sentí que estábamos viviendo algo grave. De regreso a casa mis padres se encargaron de que mi hermano y yo no sufriéramos de más. Al fin que aún teníamos la edad de la inocencia y la de ser felices y eso… La siguiente década se encargaría de robarnos toda candidez. (El día memorable de esta anécdota debió haber sido el de la caída del Muro de Berlín, pero ese no entra en mi memoria; yo tenía dos años menos y en Cuba prácticamente no se mencionaron ni previeron los riesgos de las circunstancias).

El 11 de septiembre de 2001, como todos los humanos de este planeta, recuerdo dónde estaba y qué hacía cuando supe que habían caído las Torres Gemelas en Nueva York. Un calambre helado se trepó por mi columna. Cuando todavía nos reponíamos del “fin” de la Guerra Fría, llegaba otra: la Guerra Terrorista, que remolcó a la Guerra contra el Terrorismo.

Ayer, 17 de diciembre de 2014, día de San Lázaro, cumpleaños de mi tío Lázaro, que vive en Miami y a quien conocí hace apenas un año (porque fuimos parte de las separaciones descarnadas), otro suceso marcó mi día, mi mes, mi año, mi destino y el de los 12 millones de cubanos de Cuba, y el de los millones de cubanos de disímiles latitudes.

¿Cuántas veces he platicado con los amigos, los conocidos y hasta los desconocidos sobre mi patria? ¿Cuánto se ha especulado sobre qué pasará cuando la generación que hizo la Revolución sea reemplazada naturalmente (ya que no, en un proceso electoral abierto)? ¿Qué va a suceder en Cuba?, es la pregunta común y la del millón de dólares. Y he ahí que nos sorprende la noticia, o me sorprende la notica de que La Habana y Washington restablecen relaciones casi seis décadas después de tanto sufrimiento, de tanta migración y eternas nostalgias. Ahora sí, el último vestigio de una guerra fría, que destajó vidas y esperanza, palidece.

Como muchos, todavía no entiendo todo lo bueno y malo que esto implicará. No intento hacer un análisis político; hay quienes lo harán mejor. Solo pretendo manifestar mi alegría, por mi gente, porque este 17 de diciembre fue día de reparar esperanzas. Me uno ello, al anhelo de un futuro diferente para los hombres y mujeres que se curten cada día a sol y sal en esa isla mágica y terrible en la que me he dejado, una y otra vez, la suela de los zapatos y las del corazón.