A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Y se hizo la luz, y la luz era Roma

Fotos: Gabriela Guerra Rey (tomadas de celular)

Cada hombre es del tamaño de su jaula…

Cada hombre es del tamaño de su jaula. Hoy he empujado los barrotes hasta hacerlos retroceder tanto, que he viajado en el tiempo. He ido a la Roma antigua, entre cuyas piedras, hombres y bestias se destrozaban en enfrentamientos sin equivalente, dentro de la obra más magnífica construida por los mismos hombres. La crueldad y la estupidez humana no tienen memoria ni tiempo, de eso no cabe dudas.

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He descubierto en Roma, a Roma… He atrapado, si eso es posible, la luz de esta ciudad. Durante las dos o tres inaugurales horas pensé que se trataba de eso, del momento del día, uno especial que hacía que la luz penetrara por los mosaicos, las columnas, entre los contornos de las estatuas esculpidas en mármol. Pero no, con el transcurrir de la primera jornada romana, vi que la luz llega siempre y enceguece un paisaje que no podría ser dibujado. Siempre un rayo de sol atraviesa el firmamento y convierte en imagen difuminada la belleza inaccesible de la pomposa ciudad.

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Roma suena a campanas, a música clásica, a Ave María y a hombres anónimos que se desarman con las notas de Doménico Modugno, en un “Volaré, Cantaré, Oh oh oh…” o con las estrofas de Sting, “Englishman in New York”, tratando de cautivar al viajero presuroso. Estas melodías me sorprendieron en las veras del inaugural paisaje, que me llevó de la Plaza de San Pedro, por el camino del Tíber, hasta la Plaza Navona, en cuyas esculturas blancas nacen los ríos y se hace definitivamente esa luz de la que hablo.

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He descubierto allí cuánto he cambiado, al presentirme viajera impávida, aunque doliente, ante toda la belleza que mis ojos atesoran. Me ha dolido descubrir la magnificencia, pero sin angustias, así, lento y lacerante, como duelen los verdaderos amores. Me he enamorado de Roma a muy pocas horas de haber llegado, y tengo la sospecha irreparable de que es para siempre.

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A unas contadísimas cuadras de la Plaza Navona, el Panteón se armó con su derroche de antigüedad que yo creía imposible (118 a 125 años después de Cristo), en la Plaza de la Rotonda. Pareciera que te va a caer encima la historia del mundo, cuando bajo sus imperiales columnas y columnatas descubres el templo de paz que fue Roma, mientras no lejos los hombres se batían hasta la sangre y la muerte para deleite de sus emperadores.

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Andando, siempre andando, porque solo así hay que tratar de conocerla a Roma, se alza la blanca y reluciente Piazza Venezia. Detrás, escondidas al pasante, perviven las ruinas de lo antiguo: El Foro romano, el Coliseo, Palatino, en un paseo que al principio parece poco por el precio de una sola entrada, pero que no se recorre en menos de tres horas. Si es la primera vez que visitas Roma no podrás detenerte hasta que tus ojos hayan consumido todo lo que tus piernas te permitan. La grandilocuencia de la tradición se escribe en esas ruinas, en los pasadizos laberínticos donde las fieras engullían prisioneros y los gladiadores conquistaban la oportunidad de pelear las grandes batallas de la antigüedad.

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De regreso, todo el camino del Tíber, pasando los puentes desde el Palatino, con un alto en la Isola Tiberina, hasta S. Angelo, donde se impone el castillo del mismo nombre, y a cuya izquierda vuelve a estar, incólume, la Plaza y la Basílica de San Pedro. En Roma, desde ahora la verdadera ciudad luz, destronando a París de este inmerecido título (que por supuesto ostenta por otras razones menos naturales pero bien justificas), pareciera que todo lo que ocurre es lo más importante del mundo.

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Cuando la noche anterior, sin tiempo para más, puse los pies en la Piazza St. Pietro, y vi el nacimiento gigante, que por las fechas navideñas figura en medio de la plaza, sentí eso, que casi todo lo que ocurre acá es, al menos, lo más importante del mundo cristiano. Esta mañana la peregrinación del Angelus ocupó la plaza para recibir la bendición del papa. ¿Qué otros seres en el universo religioso de nuestro planeta tienen ese privilegio un domingo cualquiera?

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Cada hombre es del tamaño de su jaula. El papa es del tamaño de su religión, que nace en San Pedro, Ciudad del Vaticano, y alcanza distantes confines y eras. Los hombres comunes son de esta u otras ciudades. Los emperadores romanos, del gigante imperio que construyeron, oficialmente desde el Atlántico hasta las orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico; desde el Sahara hasta las tierras boscosas a orillas del Rin y del Danubio y en la frontera con Caledonia. Alrededor de 6.5 millones de kilómetros cuadrados, según la enciclopedia.

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Es por esta razón que hoy es posible encontrar columnatas romanas, y hasta templos, en muchas ciudades de Europa. A diferencia de estas, en donde cualquier trozo de mármol o piedra antigua es venerada, en Roma la antigüedad convive con la modernidad en una armonía asombrosa. Si no está marcada en los mapas y las guías turísticas, nadie se detiene a mirar una piedra dura de larguísimos siglos de existencia. Yacen ahí, las ruinas, como si no existieran, desapercibidas para los naturales y los viajeros veloces, interesados más en la foto junto a la imagen vendida que en los verdaderos orígenes de este imperio fenecido.

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Hoy yo he sido del tamaño del tiempo, he luchado contra los barrotes, las cárceles, contra la ignorancia y la infinita estupidez humana. He visto, a través de la luz, las partículas de piedra que la historia ha puesto a mis pies. He temblado, me he conmovido y, aunque eso parecía extraviado en los vericuetos del corazón, he vuelto a enamorarme. Hágase pues, la luz, y rómpanse las cadenas en esta alma peregrina.